lunes, 28 de enero de 2013

La Luz

Con alegría y alborozo se afirma por ahí que, al final de los túneles, suele haber una luz.

Si está usted en Madrid, lo más probable es que también haya un atasco y, además, de los gordos; pero eso es lo de menos cuando se rueda a ciegas por la galería ¿no creen?

En cualquier caso, no vengo yo hoy a contarles nada que no sepan de cuestiones circulatorias, y mucho menos de grandes ciudades. De lo que sí quiero hablarles, no obstante, es de luces y túneles.

Y es que verán, esa alegórica luminiscencia vital de la que tanto se habla y con la que los padres tendemos a consolarnos a diario, la divisé hace unos meses.

Al principio no era más que un destello, tan minúsculo, que incluso llegué a dudar de mi fustigada cordura. O ya me dirán ustedes si con tres niños, dos de ellos aún apañalados, y a miles de kilómetros de mi madre, no era como para dudar de la autenticidad de mi visión.

Sin embargo, ahí siguió el fulgorcito, lejano pero evidente, poniéndose cada día más rollizo.

Tanto había engordado este último año que, hace unas semanas, incluso lo llamé luz y hablé de ella con convicción y entusiasmo.

Que sí, que sí, que la veo. Que el mayor va y viene solo, que Destroyer pide caca con tiempo, que el del Rizo va a la guarde, que comen de todo, que dos ya se visten sin ayuda, que a veces recogen, que, que, que.

Haber parido tres pares de testículos en cuatro años es lo que tiene, que si acaso encuentran un minutito para mirar a su alrededor, sólo avistarán lobreguez y sombras difusas.

Entenderán pues mi alegría cuando apareció la chispa y se convirtió en candela ¿no? Y también que, después de seis años de arresto domiciliario, el Maromen y yo decidiésemos que había llegado el momento de regalarnos cuatro días - con sus tres noches - de asueto en pareja ¿verdad que sí?

Y vaya holganza, oigan, que volvimos con las orejas desbordando buñuelos de bacalao. Dormimos en el avión, por las noches, desayunamos tranquilos, paseamos a nuestro ritmo, comimos en silencio y bebimos sin remordimientos.

También hablamos mucho, claro; sobre todo de los niños, de la caverna y de la luz. Sí, la luz, que cómo había crecido, lo enorme que estaba, lo hermosa que se había puesto y lo guapísima que va a ser de mayor. Casi le compramos un souvenir, para que vean.

Mas luego volvimos a la realidad. Y debimos de darle tanta pena que, en vez de una bofetada, nos palmeó la espalda con cara de disculpa.

Porque todo estaba tal y como lo habíamos dejado, sí, pero nosotros ya no éramos los mismos. Esas piezas de Lego perdidas debajo de los muebles que antes percibía de pasada y sin inmutarme, ahora me producen urticaria. Esas migas proliferantes en todas las superficies que antaño dejaba para más tarde, hoy día me arrancan lágrimas. Mi adorada sordera selectiva, fruto de arduos entrenamientos a lo largo de los años, ha muerto. Ahora escucho todos - todos - los mamááááá y mamiiiii por minuto que tienen a bien reclamarme mis escandalosos infantes.

Una pesadilla.

Pero eso no es lo peor, no. Lo peor, señores, ha sido el desengaño.

Y es que esa luz tan celebrada no era natural. Resultó ser una bombilla maltrecha que habíamos colgado nosotros mismos, en un alarde de autosugestión caritativa - o intento de supervivencia, como prefieran -, supongo que en algún momento en el que nos pillamos cavilando si nos cortábamos las venas o nos las dejábamos largas.

 Avisados quedan ustedes, por si acaso les da por fiarse de resplandores lejanos, de no apresurarse a celebrarlos. Y menos aún si están ovulando.

martes, 15 de enero de 2013

¡Inocente! ¡Inocente!

Llevo desde ayer ensayando esa mueca de asombro y alivio infinito que tan bien les salía a los famosos cuando veían aparecer a Juan y Medio tras los bastidores cargando un orondo ramo y aquel muñeco lechoso y anodino que lleva siglos simbolizando las bromas más pesadas.

Es más, hoy me he peinado y he tiznado mis pestañas; y tentada he estado de ponerme tacones.

Pero nada, oigan, aquí no hay cámaras a la vista y todos parecen proseguir sus vidas con absoluta normalidad.

¿Seré yo entonces la lunática? ¿Lo de ayer iba en serio? ¿Esto es el motor de Europa?

Porque es que verán, ayer tuvimos reunión de padres - más bien de madres - en la guardería. Elternkaffee lo llaman aquí; una reunión informal de progenitoras, con los niños a buen recaudo pedagógico, para poder charlar, conocerse mejor e intercambiar impresiones sobre el funcionamiento didáctico y organizativo del jardín de infancia en cuestión.

Admito que esas reuniones me matan del aburrimiento y suelen dejarme un regusto bastante amargo; y es que, después de más de cuatro primaveras llevando y trayendo niños y compartiendo Elternkaffees dos veces al año, todavía no sé ni cómo se llaman ni a qué se dedican la mitad de las Mutter con las que me cruzo a diario.

En esas reuniones lo que impera son las caras de pedo y las preguntas inquisitivas sobre quién habrá traído piojos a la guardería o si esa tarta es casera o de sobre. Un supino koñacen, sí, pero que no conviene perderse, no vaya a ser que aprovechen las Übermütter para votar en mayoría y achicarnos más los horarios o retrasar la edad de aparcamiento infantil permitida. Así que ahí estoy yo siempre, discreta pero segura, controlando mis alegatos feministas e intentando entablar conversaciones a destajo, a ver si cae la breva y a alguna se le reactivan las neuronas.

No les costará pues imaginar mi asombro cuando ayer, tras las agitaciones de mano protocolarias, se puso una a repartir folios. Y lápices de colores. De natural impaciente, me apresuré a poner mi nombre bien grandote y flanquearlo con caritas sonrientes, divulgando así mis intenciones de alegre y pacífica charla; pero, por la reprimenda ocular de la repartidora y un nuevo folio impoluto, deduje que por ahí no iban los tiros.

Cuando terminó el reparto y la Übermütter jefa pegó en la pizarra la foto de un caballo, empecé a temerme lo peor. Y no me equivoqué, señores, porque sobre la foto colocó papel cebolla y se puso a calcar el corcel, animándonos a imitar sus trazos.

Obediente que es una y, pensando que esto tendría alguna explicación lógica y racional, esbocé un rocín - que más parecía un asno - y levanté la mano. Tras unos minutos de halagos generales y conversaciones cruzadas del tipo ¡qué bien le salen las colas! o ¡su musculatura está muy conseguida! alguien se dignó a hacerme caso.

Les juro que cuando pregunté que para qué hacíamos eso, todavía tenía mucha fe en la humanidad y rechazaba de plano toda teoría conspiranoica sobre la lobotización femenina en Alemania. Se lo juro por Gott. Yo sólo quería saber si se me había pasado algún evento, una colaboración, una fiesta, el día del equino, yo qué sé, pero algo que me explicase por qué cojones estábamos dibujando caballos en una reunión de padres.

Mas cuando se hizo el silencio general y reconocí censura en sus miradas, supe que algo iba mal.

- Pues para nosotras mismas, para saber hacerlo ¿para qué va a ser?

Desde entonces espero a Juan y Medio; porque va a venir ¿verdad? ¡¿verdad?!


martes, 8 de enero de 2013

La suerte de la fea...

Se dice, se cuenta, se comenta que la suerte de la fea, la guapa la desea.

Y, miren ustedes por donde, es verdad verdadera.

Aunque personalmente no me gusta llamarlo suerte, sino gracia y salero, lo que no tenía yo tan claro es si en este lance particular de lo que se trata es de natural equidad retributiva o instinto de supervivencia.

Tal y como está el mundo, les parecerá esto una tontería, pero a mí es un tema que me preocupa sobremanera. Porque es que verán, yo a mis pollelos los quiero mucho y a todos igual, pero ciega no estoy.

Sé que el mayor es guapo y que el pequeño volverá a serlo en cuanto le crezca pelo; pero mi Destroyer, señores, es un tema aparte.

Siendo como es el que más se me parece, me consta que con los años mejorará un porrón y que no tendrá nada que envidiar a sus agraciados hermanos; pero de momento y muy a pesar de su respingona naricilla y su boquita de piñón, en lo que a guapura se refiere poco tiene que hacer.

A una cocorota de dimensiones adultas y unas orejas asoplilladas, añádanle una paleta desaparecida, otra renegría y una extensa cicatriz en el párpado derecho. Y una risa malévola y mucha - pero que mucha - energía. Con decirles que este Halloween triunfó de Frankenstein y sólo tuve que simularle los tornillos se harán una idea aproximada de la facha del mediano.

Supongo que ahora entenderán mi extrañeza al comprobar su supremacía salivante entre féminas de todas las edades, estando como está el niño flanqueado por dos bellezones proporcionados y más o menos civilizados.

Años llevo intentando desvelar el misterio, barajando a diario infinitas posibilidades que me aclaren su irresistible atractivo más allá de mí misma que, al fin y al cabo soy su madre y me resultaron todos guapos hasta recién paridos y arrugaos.

¿Será que dice cojonito? ¿que juguetea con su pelo cuando está cansado? ¿Será que dulcifica la voz cuando pide galletas?  ¿que todos sus peluches se llaman "Fresa"?

Pero nada terminaba de convencerme. Al fin y al cabo, todo esto no son más que gajes de la edad y cualquier rorro a los tres años encandila a disparates.

Me sorprendía acuñando términos como karma compensativo, justicia existencial o equidad reproductiva y fascinada por el egoísmo del gen y el saber hacer de la madre Naturaleza.

Hasta ayer mismo, que me di cuenta de que eso del karma es una chorrada y de que la Naturaleza con lo que ha compensado a Destroyer es con un cerebro privilegiado y un extensísimo morro. O ya me dirán ustedes si es normal que me llame mi compañera de despacho por la tarde llorando a moco tendido. De la risa. Porque su íntima amiga resulta ser la que lleva la comida a la guardería todos los días y la acaba de llamar también llorando; y también de la risa.

No te lo vas a creer, me decía entre jocosos espasmos, pero al terminar de entregar los pucheros se le ha acercado tu mediano y le ha dicho, así tal cual "¿sabes? cada día estás más guapa."

Féminas del mundo, sabed que estáis perdidas. Porque ahora os hace mucha gracia, pero cuando se estire y tenga dientes os va a traer de calle. A todas.

miércoles, 2 de enero de 2013

Enajenación mental transitoria

Les escribo estas líneas arriesgando mi vida, que lo sepan.

Desde el 23 de diciembre que pusimos los pinreles en un cochambroso Barajas, apenas duermo, me acechan terribles pesadillas y vivo angustiada y temerosa en presencia de mis padres.

No es para menos, les advierto, que mi madre dijo que de aquí no me iba sin padecer su revancha y quedan apenas tres días para poner rumbo a las Teutonias, territorio seguro. Eso significa que mi final se acerca y que, a no ser que ocurra un milagro, de esta no me salvan ni los Reyes Magos.

Aunque mis progenitores no han pasado por el aro, en mi defensa aduciré traumas infantiles varios y enajenación mental transitoria. Y un sentido arrepentimiento. Porque yo siento mucho haber hecho lo que hice; lo juro por Gott; palabrita.

Pero nada, que no, que no cuela. No ayuda mucho la cara de espanto de la multitud ibérica a la que rendimos visita estos días; ni la de la gente con la que nos cruzamos por la calle; ni la de los dependientes de todas - pero todas - las tiendas; ni la del camarero del bar de la esquina.

Nos acechan con su mirada, cuchichean entre ellos, sonríen con timidez y un poco de aprensión. También alucinan, no crean, que el niño corretea dicharachero por los Madriles y engulle churros como si no hubiese un mañana. Y todos los que descubren la verdad, sin falta, se aguantan las ganas de plantarme una colleja; bueno, mi abuela no se ha aguantado, no les voy a mentir.

Pero díganme ustedes, bitte, ¿qué habrían hecho en mi situación? De verdad, piénsenlo un momento, enfúndense mis zapatos un instante, se lo ruego.

¿Qué se les habría pasado por la cabeza si hubiesen crecido ustedes con mi pelaje, nirvana de cualquier parásito que se precie? ¿Si hubiesen sufrido cada plaga escolar de piojos? ¿Si su madre hubiese ejercido con diligencia de mamífera descendiente del simio hasta las tantas de la madrugada, pelo a pelo, noche tras noche? ¿Si hubiesen pernoctado en exceso con la cabeza inundada de vinagre?

Pues que hiperventilarían - y se rascarían enteritos - cada vez que oyesen pronunciar el nombre de tan ajquersoso animalito, por ejemplo. O que directamente enloquecerían a la vista de uno de ellos ¿a que sí? ¿verdad que sí?

Digan que sí, se lo ruego, y explíquenle a mi madre que lo que hice es normal, que es lo que cualquiera de ustedes habría hecho en mi situación. Que a 5 horas de cogerse un avión, un domingo en un pueblo de mierda a cuarenta minutos de la farmacia de guardia, sin vinagre y con las maletas aún vacias, no me quedaban muchas más opciones. Que fui práctica y atajé el problema del raíz. Que no soy peluquera, que qué se le va a hacer, pero que el pelo crece y que el que es guapo es guapo ¿no?

Si hay algún profesional de la barbería entre ustedes, le suplico explique a mi madre que las maquinillas tienen su truco, que lo de la teniente O´Neill requirió horas de ensayo y que rapar la cabeza no es fácil, que está infravalorado.

Sobre todo al borde del colapso nervioso, rapando sobre esquilado, que yo juraría que al maromen le dije rapar y no afeitar, pero el muy mamón ahora se lava las manos. "Yo sólo cumplía orrrrrdenes " le repite a mi encrespada madre; y luego por lo bajini le susurra "de la loca de tu hija." Que se cree que no le oigo, el muy traidor.

Que vale que es verdad que él no ha tenido nunca inquilinos en la cabellera, y que yo gritaba mucho y muchas cosas, pero aún así, era de cajón que algo de pelo se podía haber dejado ¿no?

Menos mal que sólo cayó un polluelo; aunque la mala suerte quiso que fuese el  querubín canalla. Que sepan que no le ha quedado ni uno sólo de sus rizos y que lleva la cocorota jaspeada.

El pijama de rayas, eso sí, es del año pasado. De la misma tienda en la que mi madre me ha encargado uno a mí, para antes de que me vaya.