martes, 27 de noviembre de 2012

Donde las dan las toman

Hay cosas, por peligrosas, con las que uno no debería de jugar nunca; como por ejemplo el fuego, una embarazada sin desayunar o los sentimientos del maromen.

El primero te puede quemar, la segunda morder y el tercero... conocerte mejor de lo que tú pensabas.

Ruego no se me tache ahora de pérfida sin sentimientos, que el órdago estaba más que justificado. Al parecer, en esta casa la única que padece de empatía crónica y se pasa el día procurando incrementar la dicha doméstica soy yo. Y no es justo.

Que si uno prefiere el chupete azul, que si a otro le gusta la comida templada, que si el de más allá sólo duerme bien con su edredón de cojonitos, que si el más grande se inclina por películas de macizas combativas... y un larguísimo etcétera.

¿Y yo qué? pensarán ustedes; y lo harán con toda la razón del mundo.

Porque yo, que estaba llena de ambiciones y creía tener las ideas claras, ya no me reconozco: pienso en añil, como del tiempo, no compro nada que no lleve un conejo zurcido y Lara Croft se ha convertido en mi ideal de mujer. Deprimente.

Pero entonces llegó el fútbol a mi vida y el muy mamón quiso quedarse. Yo, que siempre he renegado de este deporte, que sólo me interesa cuando juega España contra Alemania - y sólo cuando gana la patria -, me encontré un buen día con un escolar aficionado y cabezota, blandiendo exigente los horarios de entrenamientos y partidos. Acabáramos.

A mi favor diré que fui aplicada y complaciente. El niño ha sido llevado, animado, recogido, consolado y felicitado todos los miércoles y algunos sábados desde septiembre. Por mí, claro, que al Maromen eso del fútbol no le interesa y según él su madre nunca le compró una pelota.

Entenderán pues que cuando se me presentó una oportunidad para contagiarle algo de empatía doméstica a mi consorte no pudiese negarme ¿no?

Resulta que el entrenador - un pedazo de turco de segunda generación recién separado y cuya visión en chándal, me consta, es una de las razones por las que las Übermütter siguen con pasión los entrenamientos de sus polluelos  -, hace un tiempo me citó por equivocación a siete pueblos de aquí para un partido. Un sábado a las 8 de la mañana. Supongo que para no morir lenta y dolorosamente a manos de una madre desquiciada, me sobornó con un café en el descanso y, bocazas que es una, cuando llegamos a casa le relaté al Maromen nuestra aventura, café incluído. Él, de natural horchatoso, me sorprendió con un retintín celoso al preguntarme si era simpático el entrenador ese.

Y yo le dije que sí, que mucho. Y la semana siguiente que con los niños es un encanto, oye. Y la siguiente que, fíjate tú, creo que le gusto un poco.

Rodada me ha salido la jugada, pensé el pasado miércoles mientras despedía a la división masculina al completo de mi hogar. Se acabó el fútbol para mí. Feliz cual perdiz empecé a hacer planes de futuro, asignándome para esos días la manicura, un baño con sales y la lectura del periódico.

Bien, pues fui gilipollas integral. A la pregunta de qué tal cuando regresaron al nido, mi señor marido me dijo que guay. G-u-a-y. ¿Guay? Sí, guay. Estaba la madre del italiano, esa bajita tan guapa, ¿sabes quién es? pues es muy simpática.

Y ya. A mí no me hace falta nada más. Ya se imaginarán quién se ha quedado los miércoles sin manicura, sin baño y sin periódico ¿no?

martes, 20 de noviembre de 2012

Donde comen dos comen tres... ¡o cuatro!

Esta semana me podéis leer aquí...


martes, 13 de noviembre de 2012

Positivismo

El gentío, real y virtual, suele preguntarme por el secreto de mi supervivencia cerebral y aclimatación dicharachera en el mierdapueblo.

Y yo, que entiendo perfectamente que, después de cuatro años en el culen del mundo, mis planes de perpetuidad por estos lares generen estupefacción e incógnitas a tutiplén, soy tan maja que se lo voy a revelar.

Les sugiero que rebajen sus expectativas y no esperen de mí recetas milagrosas. Que yo sepa, hasta el momento no ha sido combinado remedio químico a tal efecto, ni en Vips encontrarán manual punsetiano alguno que les adiestre sobre felicidad agraria en 12 pasos. Y no, el Maromen no me trae flores a diario.

El clavo ardiendo de mi resistencia mental en esta pequeña aldea germana no es otro que el positivismo sin mesura - y el guasap, vale.

¿Que no hay peluquería decente en varios kilómetros a la redonda - concretamente hasta pasada la frontera? Kein Problem ¿no hace un frío de cojones y hay gorros ideales?

¿Que son las cinco de la tarde y ya es noche cerrada? ¡Mucho mejor! ¿No dicen que el sol es malisísimo para la piel y que te acentúa las arrugas?

¿Que tienes a tu madre lejos? Una pena, sí, pero ¿no sería pelín cargante y una amenaza para tu estabilidad matrimonial que viniese a reorganizarte el salón todos los domingos?

Ya lo ven, a vueltas de tortilla aquí persevero; y debe ser que soy un rato convincente, porque algunas me las he creído a pies juntillas. Sin ir más lejos esta última, la de la madre española tipo - la mía -, sofocante e intensa toda ella, obcecada en redecorarme la vida y arrastrarme a la peluquería.

Adentrarme en sus dominios, garbosa y sin recelo, es un arte que he perfeccionado a lo largo de los años: que si la ropa estaba planchada pero ha llegado así por la maleta, que si los niños se han vuelto a cortar el pelo ellos solos, que si a mí se me ha roto el vaquero ahora mismito en el avión...

Más difícil, eso sí, es cuando ella se persona en los míos. Un año entero para desaprender modales ibéricos da para mucho, no lo subestimen; y es saber que vienen los agüelos y entrarme un tembleque de hija desleal que ni se imaginan.

Durante cuatro días he tenido bien agarraíta mi dignidad de adulta y paridora de tres y he procurado no inmutarme ante los interrogatorios sobre el paradero de la televisión, los juguetes de plástico o una cómoda con marquitos; he respirado hondo antes de informar sobre la necesidad de descalzarse en la puerta; me he esforzado por no perder la calma durante la enésima aclaración de reparto basuril por colores, formas y sabores; y he intentado justificar dulcemente por qué el grifo no se deja abierto lo que dure la fregada.

Sería un pelín cargante y una amenaza para mi estabilidad matrimonial que viniese a reorganizarme el salón todos los domingos ¿verdad que sí?

Mas luego resulta que precisamente esa intensidad española y esas ganas de adecentarme la existencia son las que han metido una gallina al vacío en su maleta. Justo al lado de la redecilla para los garbanzos y el chorizo de Cantimpalos. ¿Se imaginan un cocido madrileño de su madre en el culen del mundo?

Eso, y un congelador lleno de Tuppers de lentejas, no hay positivismo que lo arregle. Y yo me voy a leer a Punset, a ver me da fuerza o algo. Snif.

martes, 6 de noviembre de 2012

Culo veo, culo... veo

Tener varios hijos es una de las muchas y variadas fuentes de frustración y culpabilidad en la vida de toda madre.

Yo misma, que he podido comprobar que el amor de Mutter se multiplica a medida que van naciendo receptores del mismo, les confirmo igualmente que la entrega y el cuidado se dividen sin remedio.

Pasar de correr a urgencias por un grano en el culo a retirar puntos de sutura cejil con ayuda de las tijeritas de las uñas es cuestión de unos años y unos partos, creánme.

Y creánme también si les digo que ahí estarán abuelos, tíos, primos y vecinos para señalar ese racionamiento pragmático de histerismo materno y bautizarlo con el terrible apelativo de... tachán... favoritismos.

Sin vergüenza ni decoro - ni apego alguno a su integridad física, por cierto - el mundo entero nos recuerda a las madres lo injustas que somos. Porque el mayor se lleva todas las broncas, el pequeño todos los mimos y, en caso de darse imparidad, el mediano, pobrecito mío, no se lleva nada.

Corren ríos de tinta y teorías varias sobre la miserabilidad de los medianos. Y en todas ellas son condenados, para pavor parental, a una vida de tormento, traumas dispares y frigidez emocional. Claro, con esas infancias solitarias, heredando bodies de uno y expulsado del cochecito por el otro ¿qué otra cosa se podía esperar? ¿no?

Los cojones.

Para que se enteren, los medianos viven como Dios.

Si no me creen, pregúntenle a Destroyer si está descontento con su emplazamiento en la línea sucesoria. Les dirá que no, claro, porque el niño de tonto no tiene un pelo y domina a la perfección el arte de hacer siempre lo que le sale del huevo y, gracias a la cooperación fraternizo-jocosa, llevarse sólo un tercio de la bronca. Como Dios.

El procedimiento es simple, aviso. Consiste, básicamente, en poner en marcha la gamberrada que le apetece en ese momento, contagiar al Mayor con una risa diabólica meloestoypasandoquetecagas e invitar al pequeño, por naturaleza deseoso de pasatiempos que no incluyan el collejeo de su mollera.

Circunstancias de esta vida, la obsesión actual del de en medio es la divulgación de su pito, su culo y las grandes tetas de toda fémina que se le cruce por delante - ya sea la quiosquera o mi madre. Pero por suerte para mí, el Mayor - que debe de estar a puntito de empezar a crecer por partes y convertirse en lo que se conoce por adolescente común - no suele entrarle al trapo cuando de espacios públicos se trata; y el pequeño, por muy divino que lo tenga, lleva a todas partes el pandero envuelto en celulosa.

C´est la vie y mini punto para mí, pensé con la maldad propia de una madre con razón. Una maldad que el sábado me tuve que tragar. Entera y sin masticar.

Múnich. 11.30 de la mañana. Previa entrega de séquito infantil al padre que los fecundó, me dirijo a recoger bártulos propios y disfrutar unos minutos del silencio aeroportuario. Nada más cruzar la puerta, diviso a mi consorte apostado en el coche y hablando por teléfono. Debía de ser una conversación importantísima de esas de sábado por la mañana, porque el muy cabronazo padrazo no se había percatado de la horda de taxistas ríentes - vale, serían dos o tres - que señalaban el vehículo y le silbaban al orden.

Yo sí me percaté, claro. De eso y de los dos culos y un pañal asomando por la luna trasera. Y les juro por Gott que, si no llegan a pesar tanto las maletas, le tiro una a la cabeza.

No hará falta explicar que, por esta vez, a cada niño sólo le correspondió un tercio de la mitad del rapapolvo total. La otra mitad se la llevó entera su padre. Y otro entero por descojonarse.