miércoles, 24 de octubre de 2012

Por la boca muere el pez

La semana que viene me voy a Madrid y no sé si volverán a saber de mí:

Mi madre me va a matar.

Por nada del mundo piensen que exagero, que la conozco como si me hubiese parido y sé de lo que hablo. Es más, yo sabía que estaba jugando con fuego y que, tarde o temprano, acabaría achicharrándome. Mi madre, no el fuego.

Todo empezó en el 2008, temporada arriba, temporada abajo.

Aquí la que escribe, agotada tras años de españolizamiento domiciliar intenso y habiendo coronado cumbres nada desdeñables - tales como el aseo diario y la vacunación reglamentaria -, se dejó llevar por sus circunstancias geográficas mierdapuebliles y sucumbió al teutonismo.

Fue algo paulatino, no se crean. Lo que no tengo muy claro ahora es si fue del todo involuntario.

Y es que verán, un día acabé tan tan tan hasta las gónadas de todo, que no planché.

Juro por Gott que fue sin premeditación ni alevosía. Un día simplemente doblé la ropa y la guardé. Tal cual. Y Lo peor fue que, al contrario de lo que en secreto deseaba, no se acabó el mundo. Ni amago hizo siquiera, el muy jodío.

El resto, como se podrán imaginar, vino rodado. A la plancha le siguieron los calcetines con borlas, después el jabón lagarto y así sucesivamente. Mi señora madre se debate desde entonces entre el hostigamiento telefónico y el asumir que su hija es un desastre; pero como a Madrid yo llego siempre en modo retoña pródiga (muy) necesitada de peluquería, se suele contentar con alguna mirada asesina y el español de sus nietos.

Y es precisamente por esto por lo que tengo constancia de mi inminente degollina.

No se vayan a pensar que los niños no hablan la lengua quijotera, no. La hablan, la cantan y la gritan; y sudor y lágrimas me ha costado que lo hagan. Pero, sería el aburrimiento o el carácter demoníaco que al poder se le atribuye, el caso es que el tema ligüístico se me fue de las manos y el lunes tuve que poner en marcha una operación urgente de adiestramiento castellano.

El Mayor, dejado de la oreja de su madre, ha ido perfeccionando en los últimos meses un acento de guiri cervecero a todas luces injustificable. Pensando que aquello era pan comido y que con una sesión intensiva de Disney estaría la cosa controlada, me lo encuentro hoy con un deje entre canario y venezolano de aúpa. Cuando me ha recibido con un "hase un día delisioso para pasear ¿no crees, mamita?" he visualizado a mi padre, vallisoletano de pro, hiperventilando por sus genes desperdiciados.

Destroyer por su parte estaba taaaaan gracioso diciendo cojonito en lugar de conejo, que no quisimos corregirle y ahora no hay manera de que se baje de la burra. Enseñarle a decir niña en vez de grgrgrandesss tetas, entre otras perlas cultivadas, me está costando horas de diálogo besuguero y alguna que otra corroboración - ignorada, eso sí - de estar sembrándole el preludio a una bipolaridad galopante.

El del Rizo, tercero en discordia, era el que menos me preocupaba. Reconozco que tiene un registro fonético envidiable, pero aparte de los clásicos y esperables mamá, no-quero y autobús (¿?), el niño no habla y, por tanto, no supone amenaza alguna para mi integridad física.

O eso pensaba yo hasta que el maromen, oportuno que es él y, tras encontrarme esta tarde en modo conquistador inflexible, ha hecho de google translator.

Resulta que el no-pe-lés-chessss que brama el angelito cuando sus hermanos le levantan la mano, es su versión aniñada de mi tan manido ¡no os peléis, leches!
Y que su graciosísimo mo-vá-yo-essss cuando le desvalijan sus juguetes, corresponde con pasmosa exactitud a mi ¡como vaya yo, veréis!
Y que su sentidísimo aorta-cho lagrimeante no expresa más que mi desesperado ¡un día cojo la puerta y me marcho! que, dicho sea de paso, sólo he usado en circunstancias extremas - o eso creo.

Así que, si no vuelven a saber de mí jamás, sepan ustedes que mi madre ha hecho justicia. Si ha sido por cuestiones lingüísticas generales o del pequeño en particular, nunca lo sabremos.

En cualquier caso, les quiero mucho y ha sido un placer.

miércoles, 17 de octubre de 2012

De umbrales y fronteras

Tengo una noticia que darles y no sé por dónde empezar.

Bueno sí; diciéndoles que, por mucho que me negase a ver lo evidente, se intuía desde hace tiempo.

Maromen es español. Y a mucha honra, me dice.

Llevo varios años ignorando los indicios, que van desde el descojone general cuando le presento como alemán, hasta el deshueve absoluto cuando lo jura por Gott. Y es que reconozco que mucha pinta de teutón no tiene.

Empezando por su pelo renegrío, su nariz aristotélica y una perturbadora tendencia al cañí en los meses estivales, el Maromen podría pasar perfectamente por el hijo de Manolete. Es más, no hay verano en las Hispanias que no tenga que desmentir el parentesco.

Pero a pesar de esto, yo siempre le he creído de alma germana.

Esa manía de mezclar zumos con agua, esas regañinas por comer embutido sin pan, esa sujeción de tenedor, esa obsesión por engorrarme a los niños a 15º, ese empeño en comer sin pan... todo apuntaba a un ejemplar ordinario de teutón común.

Pero sobre todo, lo que más me reafirmaba en mis pesquisas genealógicas, era su estoicismo ante los achaques y su fe ciega en la troleopatía y demás remedios abueliles. Desde que le conozco, Maromen sólo toma tés varios y bolitas con  denominaciones sobrecogedoras cuando está krank.

Y además intenta proselitizarme. A mí. Que vengo del país del Gelocatil de 1 gramo y los antibióticos regalados. A mmmí.

Unos exagerados, nos lleva llamando siete años. Siete largos años en los que llevaba batallando contra cualquier manifestación llorosa o sofa-manta de mis achaques.

Hombre, yo no les voy a negar que mi naturaleza sensible me hace a veces inclinarme hacia el engrandecimiento de algunos síntomas, y que más de un dolor de cabeza no era tal sino extenuación extrema y pocas ganas de verbena; pero de ahí a ignorar mis doloridos riñones gestantes o mis episotomías, hay un paso. En falso.

Mas la vida te da sorpresas, sorpresas te la vida, y este domingo nos dio una detrás de otra. La primera de todas fue el Monzón, que nos pilló desprevenidos aquí tan lejos de la India; después fueron unas rocas del jardín de mis suegren, que llevan ahí 30 años ignoradas pero que había que mover ese día o se acababa el mundo; más tarde fue una de esas rocas, que se puso juguetona y le dio por hacerse la resbaladiza; y la última fue la mano del Maromen, que se metió rápidamente debajo del pedrusco durante la caída.

El resultado fue un dedo corazón fracturado por tres sitios y 2 puntos de sutura. Y una receta de Ibuprofeno de 400.

Han leído bien: fractura, ibuprofeno de 400.

Mis dotes de enfermera serena, pulidas con fervor por los polluelen desde hace ya muchas primaveras, me mantuvieron diligente al pie de la tetera. Y así estuvimos hasta ayer noche, que el Maromen estampó los glóbulis en el retrete y me suplicó salir en busca de una farmacia.

No hace falta, cariño - le tranquilicé amablemente -, que yo tengo fármacos de esos, de cuando di a luz ¿no te acuerdas de que me los dieron para los dolores derivados?

Y ya estaba él rememorando con permiso mis quejas desmedidas del costurón postparto, acondicionándose los puños al pecho y preparado para soltar un lamento histérico y justificado, cuando le entregué la mitad de una gragea.

¿¡La mitad?!

Sí, cariño, la mitad.

¡Me muerrrrrrrro! ¡Dámela entera!

Cariño, en la receta pone de 400. A mí me los dieron de 800. Y sí, es porque dolía el doble.

Sobra decir que no tardó más de 20 minutos en suplicar la otra mitad. Y que, antes de entregársela, le hice jurar que nunca más me cuestionaría un quejido menstrual. Hua hua hua.


lunes, 8 de octubre de 2012

Las camas musicales

Supóngome yo que estarán todos familiarizados con el mundialmente famoso juego de las sillas ¿no?  Un must de toda celebración infantil, método certero para agrupar crías al borde del colapso glucoso y agotarlas con mareación y alevosía.

Por si a alguno no le suena la flauta, le aclaro que Wikipedia lo define, en varios idiomas, como un "juego competitivo, utilizado en animación sociocultural o dinámica de grupos, en el que la música marca el ritmo y la emoción." Consiste en colocar con pericia una cantidad de sillas inferior al número de culetes presente, darle al play, que correteen, darle al stop y siéntese quien pueda. El que no haya podido es desterrado del grupo y puede ahogar su pena en el bol de gusanitos. El resto vuelve a levantar posaderas y, previa retirada de otro aposento, el adulto al mando reanuda la melodía. Esta operación se repite ex novo hasta que sólo quedan un niño, una silla y ningún gusanito.

Reconozco que este tipo de pasatiempos infantiles me han resultado siempre de lo más enrevesados. Digo yo que sería mi obsesión por el carácter educativo de toda actividad polluelil lo que me impedía comprender, en todo su esplendor, la necesidad de correr en círculos y matarse por poseer, durante unos minutitos, un emplazamiento estático.

No obstante, después de la noche de ayer me ha quedado claro que el jueguecito de marras no tiene utilidad pedagógica ninguna; se trata más bien de una performance conceptual de índole cósmica, una reinterpretación universal con visos a mediar figurativamente entre culturas de todo tipo.

Porque, por si no sabían, las sillas musicales está basado en hechos reales. Como lo leen.

Obviamente, esos acontecimientos inspiradores nada tienen que ver con sillas y melodías de Shakira; pero sí con camas, terrores nocturnos y llantos estridentes.

Teniendo en cuenta que en esta nuestra humilde morada cada uno tiene asignado un lecho a su medida, no les costará entender que, en cuanto el del Rizo se fuga de su cuna y se acomoda en mitad del catre conyugal, el número de camas resulta inferior al de durmientes. Básicamente porque en esa cuna sólo cabe ese niño. Si bien, de momento, dos adultos y un minúsculo niño en una cama de 1,40 sigue siendo algo viable.

Lo que empieza a ser cojonero - pero sigue siendo factible - es cuando, minutos después, Destroyer empantana su habitáculo nocturno a base de regurgitaciones y ha de ser salvado, limpiado y reacomodado en la cama marital. Llegados a este punto del entretenimiento queda retirada otra superficie pernoctante y, aunque el Cabronen Maromen no hubiese abandonado hasta el momento ni su sueño ni su lecho, queda eliminado y se marcha al sofá. Me hubiese ido yo, no se crean, pero el vomitón me incrustó sus piececitos helados entre los muslos buscando calor y consuelo y ya saben que la carne es débil y las madres, coraje.

Al volver de un paseo al baño para saciar la sed de los okupas rollizos, me encontré con otros 116 cm. menos. Algo relacionado con un árbol de castañas, un monstruo con fuego y no sé qué más de yo-también-quiero-dormir-contigo había arrancado al Mayor de su sueño y le había lanzado bajo mi edredón. De perdidos al río, me dije. Y qué razón tuve, señores, porque, justo 20 min. después, un calorcito húmedo comenzó a expandirse por la piltra.

"Mamá, me he hecho pis" anunció el comienzo de la gran final: todos los participantes nos lanzamos como locos al acuéstese quien pueda. Eran las 2:52 de la mañana.

Como en esta casa no nos gusta mucho lo de la competitividad, se obviaron las degradantes eliminaciones y nadie durmió en el suelo. No me pregunten cómo lo hicimos, pero conseguimos sobrevivir lo que quedaba de noche en una cama de 90. Los cuatro.

Lo que no sé es si yo voy a llegar al final de este día.


martes, 2 de octubre de 2012

La maternidad antes de los 30...


Esta semana me podéis leer aquí...