miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mentiras arriesgadas


El matrimonio - o ajuntamiento para largo, como prefieran -, consiste en la unión libre y voluntaria de dos personas que se quieren mucho y van juntas al Ikea; y se fundamenta en el cariño, la tolerancia, el respeto mutuo y todas las cosas bonitas por el estilo que se les ocurran.

Lo que dure el casamiento, en cambio, depende de mentiras.

No pongan esa cara que saben perfectamente que tengo razón.

Lo que ocurre es que esas mentiras no son fruto del desgaste cohabitacional, ni del hastío, ni tampoco de la falta de dinamismo nocturno. Las mentiras de las que hablo se cuentan por piedad en los albores del enamoramiento, se mantienen por pragmatismo en la fase de ajustamiento parejil y se acaban convirtiendo en paradigmas de la vida diaria.

Vamos, que las dices por gustarle, las repites por no pelearte y al final te las acabas creyendo tú también. Y fuistéis felices y comistéis perdices.

El inconveniente de las mentiras es que tienen una voracidad alarmante y se ponen de un orondo pasados unos años, que acaban desafiando peligrosamente con caerse por su propio peso. Y arrastar en su despeñamiento todo lo que pillen por delante, incluidas sus congéneres, orgullos varios y, si me apuran, hasta el mismo matrimonio.

Supongo que la perorata que les acabo de endiñar les estará provocando ojiplatismo y ansiedad, desazón e incredulidad; y que sus uñas agradecerían una explicación ¿no?

Verán, hace unos años, cuando yo todavía vivía en la capital teutona y llevaba mochila, conocí al Maromen. Como es teutón y, por tanto, de mano corta y prudencia infinita, me tragué el frenesí ibérico y quise seguir con apiesjuntillismo la danza del apareamiento a la germana; que consiste, así a grandes rasgos, en ignorar de pleno la tensión sexual y conocerse primero anímicamente. Aunque sea un poco.

Después de unas semanas de paseos y cocacolas, la tensión se hacía insoportable y, como es hombre antes que alemán, me acabó invitando a cenar. A su casa.

El enamoramiento y las hormonas, que me tenían de un condescendiente que ya quisieran para sí los niños, me hicieron degustar con deleite y admiración aquel desastre gastronómico que me preparó. ¿Será - pensé - que quiere poner a prueba la incondicionalidad de mi amor?¿Será que ha querido impresionarme y de los nervios ha pifiado la receta? ¿Será que la cocina no es lo suyo pero necesitaba una discreta excusa para acercarme a su lecho?

Siete primaveras llevamos juntos y no ha mejorado un ápice en sus dotes culinarias. Pero lo peor de todo es que seguía convencido de haberme conquistado por el estómago y de que, por el mismo, me sigue reconquistando. Hasta hace dos días.

En un alarde de romanticismo me propuso una cena casera con velas. Y, por esa obsesión perfeccionista que le caracteriza, me dejó elegir menú. Te cocinaré lo que más te guste, me dijo. ¿Y si cocino yo? propuse. Nein nein, tú relájate. ¿Y si pedimos una pizza? sugerí. Nein nein, que quiero hacerte algo rico. ¿Y si picamos algo? supliqué.

Debió de notárseme el deje impaciente porque, a bocajarro y por primera vez en todos estos años, me preguntó si es que acaso no me gusta su cocina.

Van bien encaminados si sospechan que aquella noche no cenamos. Por tu culpa, decía él. No sé si podré volver a confiar en ti, me repetía. Me has traicionado, insistía.

Pero ayer ya me tocó los cojones tanto victimismo y, justo antes de dormirse, le susurré maliciosa que yo sé que me quiere. Porque también sé que, cuando le pregunto si he engordado, invariablemente me contesta que él me ve igual que siempre.

martes, 18 de septiembre de 2012

La madre que lo parió

Que soy yo, por cierto, y no saben lo que se nota.

Me ha salido el niño cagaíto a su madre. Y la que me espera sólo se lo imagina la mía.

El pasado jueves 13, nada más cruzar la puerta del recinto escolar, a mi niño Mayor – el buenazo responsable – se le agarró con brío y empeño un pavo hercúleo en la cabeza. Y que no se baja, oyes.

Ese primer día lo achacamos a los nervios y la primicia del pupitre. Y a que tener que quedarse sentadito un par de horas diarias después de haber estado 4 años cual chinche libertino en la guardería, aturde a cualquiera. Energía acumulada, pensamos. Alegría, alborozo y esas ganas locas de crecer muy rápido que teníamos todos hace dos décadas.

El viernes por la mañana, sin embargo, se levantó en plan independentista (o cabroncete altivo, como prefieran): Yo elijo mi ropa. Yo me peino como quiero. Yo ya tengo 6 años. Porque lo digo Yo. Mamá, necesito dinero.

Insoportable.

Tras una ardua negociación y varios puntos menos en nuestra escala de dignidad parental, conseguimos que me dejara seguirle al colegio. Y digo seguirle, porque cual aplicado talinfante en que se ha convertido, amenazaba con ceño arrugao y mirada asesina si se me ocurría andar a menos de 3 pasos. Por detrás.

Un rayo de sentido común fulminó brevemente al ave galliforme que le tiene poseído y me reconoció como su madre, besándome en la mejilla al despedirse. La cara de depresión postvacacional de su profesora, que se da así como un aire a Gargamel (clavadita, la pobre), fue decisiva en este trance y nos permitió, además, disfrutar de un fin de semana casi normal.

Pero ayer fue lunes, señores. Primer día en serio de verdad y con toda la semana por delante. Y el niño, que salió de casa a las 8:30 y volvió a las 11:15, trajo sus primeros deberes.

Recuerdo con nitidez aquello que nos contó Gargamel de que el primer curso sólo tendrían deberes diarios como para 10 minutos. Y, teniendo en cuenta que no llegan a las 4 horas lectivas, me pareció justo y proporcionado. Lo que no debí de entender entonces es que se estaba refiriendo a las madres.

Porque les juro que hemos invertido más de una hora y cantidades ingentes de cortisol para que hiciese él 3 ejercicios (de los cojones). Sin contar el tiempo que hemos pasado llorando a moco tendido y gritándonos improperios varios de la talla de rebotarebotayentuculoexplota.

Leen bien, sí, he usado la primera persona del plural: a orgullo y soberbia no me gana nadie. Ni a él tampoco.

No recuerdo ahora qué hacía mi madre en estos casos; si me gritó, lloraba o si esa fue la razón de mandarme a un colegio gabacho sin poder ella pronunciar Peugeot. Pero me he visto reconocida en cada bucle fatalista y me he caído tannn mal, que la llamé ayer 5 veces para pedirle perdón. Y ayuda.

Me ha recomendado güisqui y lexatin en días alternos. Y ha tenido la humanidad de no recochinearme los 12 años que me quedan con este y los otros tantos de los que vienen detrás.

martes, 11 de septiembre de 2012

Respeto por sorpresa

Juro por Gott que he intentado ganarme el respeto de mis polluelos por todos los medios ídem que se me han ocurrido y me han recomendado. Y que he leído, me han chivado o he conseguido interpretar del horóscopo.

Juro por Gott que lo he probado (casi) todo.

Les he hablado con deferencia, llegando incluso a tratarles de usted, su Ilustrísima y su Majestad. La sorpresa inicial dio paso de manera fulminante y, en mi humilde opinión, totalmente errónea, a reclamaciones absurdas tales como mi conversión inmediata en dragón o bruja perversa y mi consecuente deber contractual a morir de rodillas por espada de plástico. Varias veces.

Les he hablado con susurros cursis, en cuclillas y poniendo cara de muchos amigos, a ver si me encontraban algún parecido remoto con Campanilla o similar y me obedecían cantando con alegría y regocijo. Mi capacidad de raciocinio captó brevemente su interés – que no preocupación –, por si caía esa breva y mi comportamiento lobotomizado incluía barra libre de gominolas.

Les he razonado como a un igual, llegando incluso a recitarles a Kant, por eso de que empezasen a verme como fin en mí misma y no como medio para alcanzarles las galletas o separarles los guisantes del arroz. El del Rizo se durmió en el acto y los otros dos me consta que lo fingieron. Y me consta porque sé que cuando duermen de verdad no roncan. No tan fuerte.

Les he saboteado juguetes. Y con vergüenza reconozco que fueron los más queridos. Esta táctica funcionó por un tiempo –  por desgracia no demasiado – que fue el que tardaron en encontrar los míos. Y su punto débil. Desde  que apercibieron el impacto anímico de las babas sobre el Iphone y el maquillaje waterproof en el sofá, me tienen amenazada. Ojo por ojo.

He gritado y amenazado. Confieso incluso que una vez eché mano del tan folclórico undíacojolapuertaymemarcho. Unas horas me siguieron expectantes y en silencio, supongo que para no perderse una exhibición de fuerza tal capaz de arrancar la puerta de casa y cargársela al hombro. Pero el deshueve posterior del maromen me ha hecho perder credibilidad y ahora le piden a él confirmación hasta cuando les anuncio la hora del baño.

Ya lo ven. No ha funcionado nada.

Y ya casi que había tirado la toalla en esto de ser madre temida o respetada, no se crean; hasta que hace un par de días me levanté tiesa.

Consecuencia de una noche cualquiera en esta casa, de esas de muchas manitas, piececitos, rodillitas y cabecitas en la cama parental, una tortícolis intensa me traía por el camino de la amargura.
Tanto, que en la cima del caos casero, todo llantos, reclamos, peleas y juguetes esparcidos, me dispuse a pegar cuatro gritos y poner firme hasta al Nenuco.

Pero en esto que me tuve que girar para gritar... y que para evitar que fuese por dolor, tuve que acompasar mis hombros a mi sufriente cuello... y que aun así mis ojos se abrieron mucho y mi boca se amuecó, dejando translucir un mecagoentó agónico...

Y allí se petrificaron los tres, llenos de espanto.

Yo supongo que mis ojeras y mis cejas sin depilar contribuyeron a la asociación de ideas. Y que fue por pavor a la niña del exorcista - que debe ser algo genético o tener alguna explicación biológica - lo que les convirtió en pequeños sirvientes temblorosos.

Lástima que la tortícolis sólo durase un par de días. Y que ahora, por muy amablemente que les invite a mi lecho para repetir contractura, se niegan en rotundo a quedarse conmigo a oscuras.

martes, 4 de septiembre de 2012

El gracejo solitario

El otro día mi maromen me preguntó que por qué escribía un blog y no supe darle una respuesta contundente.

¿Por diversión? ¿Por realización personal? ¿Por sacarle partido al Mac? ¿Para que nos extraditen a las Hispanias? ¿Porque sí?

Pues mira, kariñen, no sé. Déjame.

Pero miren uds. que he estado pensando y he vislumbrado la triste realidad. Y es que, verán, yo escribo este blog por soledad.

Porque yo me siento muy sola.

Sola humorísticamente hablando, se entiende.

Háganme el favor y quiten esa cara de ah-bueno-pues-vaya-gilipollez que esto es muy serio. La soledad humorística no es para tomársela a broma.

De este mal sufren (casi) todas las que arrastran descendencia de la manita, creánme. ¿O me van a contar ahora que las pedorretas en la tripa son el súmmum de la ironía? ¿Que no hay sarcasmo más elaborado que quitarle a tu hermano el chupete y darte a la fuga? ¿Que los payasos son seres inteligentes y divertidos? Amos por favor...

Si además el segundo adulto cohabitante en tu hogar no ha evolucionado mucho en lo que a gracejo se refiere, la soledad pasa a convertirse en aislamiento. Porque no nos vamos a engañar a estas alturas; en esta vida no se puede tener todo y, a la hora de seleccionar figura paterna, una tiene que elegir: o te casas con Thor o con Buenafuente.
Como bien han deducido, servidora eligió con las hormonas y se quedó con el macho alfa, y ahora no tiene quien la acompañe con salero y mala leche cuando echan miss España. Maromen sólo ríe con Borat y sucedáneos. Y si hay flatulencias hace la croqueta. Tal cual.

¡Si de graciosos está lleno el mundo! me instigarán uds. Y les doy toda la razón, no se crean que no. Pero es que yo vivo en las Teutonias y aquí, graciosos lo que se dice graciosos así como con gracia, pocos. Para que se hagan una idea, la única que entiende mis ironías es mi suegra. Y la mitad de las veces se aguanta la risa porque, o son sobre su biohija y elige entenderlo en sentido literal, o no es korrekt deshuevarse de otro Mensch. Ni aunque sea la presidenta del país y haya combinado calcetines y traje de noche para ir a la Ópera. Un desperdicio de chiste total.

Así que aquí me tienen, socarroneándome de mis hijos, mi marido y, en el fondo, de mí misma delante de unos desconocidos.

Mas lo primero es lo primero y, claro, antes de la vida 2.0 una lo que tiene es una vida 1.0 que además resulta ser la que de verdad importa. Y así ha estado las dos últimas (y eternísimas) semanas, en su Haus todo el santo día, living la vida 1.0 a tope, con dosis insanas de chispa infantil e ingenio viril, que se le ha pegado todo menos la hermosura.


Tanto, que el primer día de trabajo se le ocurre en una reunión comentar algo sobre los FAQs en la web empresarial, que están como descuidados. ¿Los qué? Preguntó asombrado el resto de asistentes. Los FAQs. ¿Los quéééé? Volvieron a preguntar, abriendo un poco más los ojos. Los F-AÁ-Q-s (recalcando bien en el tono un estáis-tontos-o-qué). Cof cof ¿a qué se refiere ud. exactamente? ¿me lo puede señalar? intervino prudentemente el Herr Jefe. ¡A esto!

Y volvió a respirar la sala... Porque, por si no lo sabiáis, en las Teutonias son muy guays y saben mucho inglés. Aquí se dice Pop-ai y no Popeye. Gichard Guir y no Richard Gere. Y, por supuesto, se dice Ef-ai-quiú y no FAQ.

FAQ aquí es otra cosa. Mariposa.

Sobra decir que he estado con la risa tonta toda la mañana. Y que era la única. Menos mal que al llegar a casa el Maromen lo ha encontrado graciosísimo y ha llamado a tres colegas para contárselo. Ja. Ja. Ja. FAQ.