martes, 28 de agosto de 2012

El Vengador del Parque

Por lo general se cree, se dice, se comenta que, en lo que a relaciones fraternales se refiere – y sobre todo si hablamos de más de dos compartidores de padre y madre – los mayores o primógenitos asumen sin dilación y necesariamente el papel de galán protector y vengador del parque.

Por tamaño y experiencia debería ser lo lógico, no digo yo que no; pero a la hora de la verdad, lo que realmente forja a un superheroe infantil es un pasado ojcuro y un puerperio problemático.

Y ser el tercero endurece que no vean.

Si no se lo creen, pasen y vean.

Allí donde el Mayor fue paseado embutido en piqué almidonado, el del Rizo no ha visto un lazo en su puñetera vida. Y del cochecito tiene vagos recuerdos que se remontan a aquellos maravillos meses en los que no se sostenía sobre dos patas.

Allí donde el Mayor tuvo chichonera propia, sábanas nuevas y nanas personales compuestas ex profeso, el del Rizo vió su cuna relegada a cárcel gigante de peluches y un espacio para el descanso nocturno dos tercios más pequeño que el útero que había ocupado hasta hacía poco. Exactamente entre el sobaco izquierdo de su padre, la teta derecha de su madre, el lomo de Destroyer y los pies cruzados del primogénito.

Allí donde al Mayor se le compraron pañales de todos los tamaños, previa ratificación de la báscula, al kilímetro exacto, el del Rizo lleva los pañales que haya. Que parece Julian Muñoz la criaturita.

Allí donde el Mayor fue aplaudido y festejado cuando articuló su primer „mamá“, el del Rizo ya puede decir supercalifragilisticoexpialidoso y repetirlo al revés, que se llevará como mucho unas enérgicas palmaditas en la espalda y un vaso de agua, que se habrá atragantado.

Ya sé que aquí el que tiene la fama es Destroyer; pero no se dejen engañar por las apariencias, háganme el favor, que aunque sea verdad que el cuñao jr. es una bestia parda, no tiene malicia ninguna y sus daños suelen ser colaterales.

El del Rizo, en cambio, es un macarra de cuidado.

Yo lo intuía, no se crean, que para algo les he parido a los tres. Pero estos días que el sol aprieta y tenemos adosado en nuestro jardín al vecinito insoportable de padres lobotomizados y edad comprendida entre mis dos benjamines, se han confirmado mis sospechas.

No se crean que le culpo, que el cabroncete se lo estaba buscando.

Que yo no me pongo a su nivel, no, pero macho, intentar quitarle la pala a mi Destroyer y llorar en modo mamá-me-ha-pegado-este-niño-más-mayor-y-corpulento cuando no lo consigues, bien merece un mamporro.

Destroyer, bonachón que es él, no quiso ratificar al niño en su llanto con un palazo, pero cuando apareció la Mutter del okupa amonestando al cuñao y reclamándole turnos en la pala, el del Rizo empezó a tensarse... con esa rabia que todos conocemos, de cuando llevas media hora metiéndote con tu madre y a tu marido se le ocurre darte la razón, que se la carga.

Fue darle la espalda a su tiranito con pala ajena y el del Rizo se lanzó. Costó soltarle de esa melena virgen de peine y champú, pero lo conseguí.

Sobra decir que el niño no ha vuelto a pisar nuestro césped. Y que cada vez que pasa por la valla, el macarrilla se quita el chupete y le abuchea tonnnntoooooooooooooo hasta que le pierde de vista.

martes, 21 de agosto de 2012

Vacaciones guantanameras

Deduzco yo que en Guantánamo no trabajan madres no por eso de la empatía, la caridad, la tendencia innata al cuidado y demás pamplinas algodonadas que nos atribuyen habitualmente.

Será más bien, supóngome yo, porque seríamos unas torturadoras sádicas, retorcidas e implacables.

Y es que una, nada más convertirse en maaaaamiiiiiiiiiiiiiiiii, empieza a aprender una de técnicas de tortura, agotamiento del contrario y aniquilación neuronal que ríete tú de la Inquisición española.

¿O es que acaso antes sabían uds. que la repetición machacante y arrítmica de su nombre durante aprox. 5 minutos varias veces al día puede provocar alucinaciones acústicas graves? ¿pesadillas? ¿tic perpetuo en ojo derecho?

¿Hubiesen imaginado por algún casual que la falta de sueño provoca retardo mental matutino? ¿asentimiento compulsivo? ¿ataques narcolépticos inoportunos?

¿Se les había pasado por la cabeza que pasar más de 30 segundos en un coche provoca claustrofobia y sordera aguda? ¿tortícolis fulminante y evasión mental permanente?

En ocasiones me pregunto quién contrató al inútil ese de la tortura china. Que ya me dirán uds. qué tiene que envidiar cualquier técnica de persuasión amarilla a un trío alemañol de infantes desbocados. De vacaciones. En casa. Dos semanas enteritas.

Para colmo y colofón, en esta ocasión no se reparten las tareas con nadie, por eso de que compartidas, las penas serían más llevaderas: El Maromen se va puntualmente por las mañanas a salvar el mundo desde su despacho y nuestra querida Au-Pair se ha ido de vacaciones (apuesto a que a un convento de clausura).

Llevamos ya dos días que parecen dos años de convivencia extrema. Para que se hagan una idea, les enumeraré brevemente sus proezas del día de hoy, desde las 6:30 que llevan cual clavo en pie:

- Saltar por la cama recién hecha mientras yo hacía la siguiente. Tiempo en hacer 4 camas hoy: 90 min.

- Salir corriendo del supermercado cargados de cajas de helado. Robadas, por supuesto.

- Disfrazarse, a.k.a. ponerse mis bragas en la cabeza, gritar soybatman y correr por el jardín. El nuestro y el de 3 vecinos más.

- Comerse los volovanes que había dejado preparados para la comida. Dejar un chupete en la fuente para inculpar al del Rizo (¿o ha sido el del Rizo?).

- Sustraerme las llaves del coche y encerrarse en el mismo a escuchar música a todo volumen. Salieron voluntariamente porque Destroyer tenía que haser cacotas (sic.).

- Secuestrar al gato del vecino, ponerle un babero y darle yogur con cuchara (dato importante: el gato se ha dejado y ahora duerme pegado a nuestra puerta).

- Observarme miccionar atentamente y someterme a interrogatorio anatómico. Llegar a la conclusión de que si me tapo la nariz y soplo con la boca cerrada, me saldrá un pito. Instarme a hacerlo toda la mañana.


Si les parece poco, les recuerdo que dentro de 25 min. despertarán de sus siestas y que tienen toooooda una tarde por delante para continuar exitosamente con la operación lobotizamadre, también conocida como noqueremosmáshermanos. Y 12 días enteros más.

Lo peor de todo es que justo justo el último día se portarán de maravilla, o mis neuronas habrán colapsado del todo o nos habremos acostumbrado a este ritmo frenético y nos dará pena y lloraremos al despedirnos y la próxima vez que anuncien vacaciones las volveremos a esperar con ilusión y alevosía. O no.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Venganza

Aunque a veces no lo parezca, yo soy una inocentona. Me lo creo todo, o por lo menos su posibilidad de ser verdad, y para más inri suelo defenderla.

Para que se hagan una idea, yo siempre defenderé el posible fetichismo vintage de Alfonso Díez o que quizás sea verdad que Ana Obregón se matriculó en Biología.

La abogada de los pleitos pobres me ha llamado mi padre toda la vida, ya ven.

El Maromen, todo adorable que es él, dispone de un filón de diversión sin fin en esta mi inocencia de serie y de vez en cuando decide echarse unas risas a mi costen. Tan pronto un día me dice que la biocuñada viene a pasar una semana a casa y que ha reclamado nuestra matrimonial cama a causa de una lumbalgia incipiente y dolorosa, o me cuenta que se tiene que ir mañana mismo 4 semanas a la Antártida, o me comenta de pasada que su íntimo amigo el desastroso necesita un sofá ande caerse muerto durante los próximos meses.

Pues vaya inocentona si se lo cree, pensarán uds. Y tendrían toda la razón si yo viviese en una familia normal que hace cosas normales. Pero en un entorno en el que se llegó a plantear el transporte de mis colchones al bodorrio del año, qué quieren que les diga, una ya se espera cualquier cosa.

E implosiona, claro.

Normalmente empiezo apretando la mandíbula a la par que humeo por las orejas y acabo gritando por toda la casa que ni de koñen, que por encima de mi cadáver y varios improperios más que no reproduciré aquí por eso de que estamos en horario infantil o uds. en la oficina y no es plan.

A Maromen le gusta esperar hasta el último momento, ese en el que tengo bien colocado el cuchillo de cocina y me dispongo a que se caiga en su pie derecho, sastamente a la altura del pulgar, para empezar a desgañitarse de la risa. Casi siempre se merecería igual el accidente, no se crean, pero el alivio ha sido en todas las ocasiones tannn grande, que sólo me acuerdo de respirar.

Mas como siempre pasa cuando se juega con fuego, uno se acaba quemando y esta vez el señor puso toda la manaza en la vitrocerámica.

No se asusten que no le he acuchillado.

He hecho algo todavía peor.

Y no era para menos, que se llevó al del Rizo con un pie hinchazo, azul y recién pillado al hospital y desde allí me llamó para darme la terrible noticia: Se lo ha roto. Stop. Esperamos escayola. Stop. No podrá andar los siguientes 15 días. Stop.

Cuando más de una hora después aparecieron tan panchos con los mofletes bien impregnados de restos de helado, mi cara era una poema. Llamadas varias, whatsapps a tutiplén y algún que otro mail para desmentir la terrible noticia, eran contestados unánimemente por mátale-s seguidos de diversas propuestas, todas ellas lentas y dolorosas.

Pero no me dejé llevar. Me costó, pero no me dejé llevar. La venganza es un plato que se sirve frío y a ser posible caducado, para que se indigeste bien.

Mi señor Marido, especímen común del genéro masculino, se olvidó rápidamente del asunto. Pero yo señores soy Ejcorpio de pies a cabeza y, por mucho que no me crea ná de predicciones y juicios astrológicos, tengo que reconocer que esa cualidad que nos atribuyen del rencor y la vengatividad la tengo a puñaos.

Y una semana y pico después...

Cariño... ¿Te acuerdas de aquella noche en Menorca, la de los gin tonics y confidencias? le dije así, poniendo como cara de preocupación.

Ja klar que me acuerdo... ¿Por qué? ¿Te apetece una copa?

Cariño, son las 12 de la mañana...

Ah. Klar... ¿Esta noche?

Ejem... verás... estooo...es que me temo que no voy a poder beber hasta dentro de unos meses...

¿Y eso?

Pero entonces comprendió lo que le estaba diciendo y abrió mucho la boca, le aconjuntó los ojos y se apoyó en el primer niño que pasó para no caerse.

Conseguí aguantarme la risa (malvada) durante 3 días, que ya es. Pero el cuarto, cuando volvió del supermercado sin jamón y me dijo con un deje ilusionado que igual esta vez era niña, no me pude controlar.

Como imagino que ya comprenderán, me llamó de todo menos bonita. Lo que ahora no sé es si dejará de tomarme el pelo o su venganza será terrible...

martes, 7 de agosto de 2012

De segunda...

De todos es sabido que las segundas generaciones lo tienen complicado. Les acecha un mal terrible, de esos que nadie se toma en serio, que todos ningunean, pero que puede tener consecuencias devastadoras. Y si no miren a los Flores o a Paris Hilton, que no terminan de hallarse ni en su propio caldo.

Este mal es inevitable. Los sufren todos los de segunda (generación) –  ¿Ven? Si hasta el nombre es despectivo.

Son pero sin serlo del todo; tienen un concepto de hogar dulce hogar bipolarizado; ni chicha ni limoná, ni contigo ni sin ti. Viven aquí pero son de allí. Pero también de aquí. Pero las fiestas de guardar las pasan allí. Algunas. Otras sólo las hay allí pero otras sólo aquí. Y a veces las de allí las celebran aquí y las de aquí allí.

¿Se han líado? Pues imagínense a una pobre criaturita sin voz ni voto ni culpa ninguna de que, en este caso particular que nos ocupa, su madre conociese a un teutón macizo la segunda semana de su ciclo coincidiendo con luna llena y una fiesta rockera en los Berlines.

Imagínense a esa pobre alma cándida paseada en faldón con lazos por Friedichshain (no pongan esa cara que por aquel entonces estaba lleno de punkis con tutú y juro por Gott que no desentonaba nada), dejándose consolar ahora por mamá ahora por papá y sus respectivos y opuestos registros fonéticos, que el pobre ya no sabía si le regañaban por caerse o le festejaban la metida de dedos en el enchufe.

Imagínense la vida social de ese pobre niño, conjuntado y oloroso en un parque lleno de congéneres de uñas negras y padres... ¿daltónicos?

Imaginen por un momento vivir en un mundo en el que le han prometido que un Obispo barbudo le traerá golosinas a principios de diciembre y que lo que le traiga sea una bolsa costrosa de mandarinas y cacahuetes. Un mundo en el que no existen esos Reyes molones que montan en camello y se la agarran parda cambiando copas de champán por regalos en todas las casas a 3 horas de avión de aquí. Y en el que nadie le cree cuando lo cuenta.

Un desgarro existencial, una angustia incomprendida, una dicotomía anímica. Un lío de cojones.

Y un día, además, te das cuenta de que estás solo. Un día cualquiera, no se crean, en el que se te ocurre pedirle a tu madre que te deje ver esas tarjetitas con foto que os ha hecho en Madrid este verano – el DNI, te dice, pues eso, dameamí, le dices – y te contesta que vale. Y le dices que qué pasa ahora con los libritos esos con foto – los pasaportes, te dice, pues eso, los pasapuertas, le dices – y te dice que nada, que qué va a pasar; que son más o menos lo mismo pero unos son alemanes y los otros españoles. ¿Y eso por qué, mamá? Pues porque eres español Y alemán, cariño. Que no, que no, mamá, que yo soy español. Que sí que sí, español Y alemán, mi vida. Que no que no, que no te enteras, mamá, que España ha ganado la Eurocopa, que yo soy español. Que ya, cariño, pero que eso no tiene nada que ver, que tu madre es española y tu padre es alemán y por eso vosotros sois las dos cosas.

Y se armó la marimorena, señores. Porque eso de que su padre fuese una cosa y su madre otra distinta y por eso él otra más, y encima doble, que no. Que ni de coña. Hubo un momento en el que incluso me gritó, enfadadísimo, afirmando que yo hablaba alemán y que entonces también era las dos cosas (que no afirmase lo mismo de su padre me mosquea sobremanera). Y aquello se convirtió en el yo soy español, español, españoooool versionado por el Cigala.

Pero ya tuvimos que salir de casa, a trabajar unos y al Kindergarten otros, y mientras le arrastraba de la manga hacia el coche, entre llantos y golpes de pecho, se me revolvió un momento y se liberó de mi zarpa. Y no se escapó, no: en medio de su berrinche divisó 2 pares de zapatos descuadrados y no pudo resistirse a colocarlos entre lágrimas y espasmos llorosos, para después meterse en el coche a cumplir resignado con su deber guarderil.

No quise joderle más la marrana al pobre, que bastante mal lo estaba pasando ya, pero está más claro que el agua que es alemán, alemán, alemááááán. Snif.

jueves, 2 de agosto de 2012

Actitud Olímpica

Tener hijos pequeños te sume en una nebulosa vital equiparable a lo que sería una resaca crónica.

Dormir es eso que no hiciste cuando conociste a tu maromen y por lo que ahora te flagelas melancólica.

En la cocina eras creativa, a tu ritmo y con picante. Ahora decidir los menús te produce urticaria y a duras penas aguantas el instinto asesino cuando tus anexos vitales te contestan eso de lo que tú quieras, nos gusta todo.

Lavar la ropa era ese proceso necesario y prometedor y ahora te supone deliberaciones mentales dignas de un ingeniero en biología atómica (y una fortuna en Vanish).

Los fines de semana eran templos del descanso y retoce. Ahora te has buscado el ginecólogo más concurrido del lugar, a ver si tienes suerte y te toca esperar mínimo una hora en cada visita.

Todo el día de acá para allá, con ojeras, cara lánguida y agotamiento a tutiplén, que te hablan del Nikkei y contestas que, lo sientes, pero no lo conoces todavía, es que desde que tengo niños no estoy muy puesta yo en marcas de bikini.

Pero la Naturaleza es sabia y una interesada de cojones, además, y no iba a dejar a esas delicadas criaturitas en manos de unos pseudozombies ibicencos así sin más.

No se confundan que no es ni su olor lactoso, ni esas bolitas que tienen por dedos del pie, ni esos mofletes comestibles ni esa pelusilla adorable detrás de la oreja. No depende de ellos, sino de nosotros.

A los padres, ya en el paritorio, se nos activa una app de serie (y gratuita, oigan) conocida como actitud olímpica – o autosugestión eficaz, como ustedes prefieran – que consiste, así a grosso modo, en inventarse y creerse miles de etapas absurdas e imaginarias e ir superándolas con alegría y optimismo. Como si después de cada una quedase menos (y no nos pregunten para qué o se llevarán un sopapo en toda la boca).

Como cada progenitor es un mundo, las tienen de todos los tamaños, formas y colores, algunas individuales y otras más o menos universales y comentables; desde la primera noche, el primer miconio, la introducción de la tortilla o el primer pedo consciente.

Lo que, sin embargo, me trae de cabeza a mí estos días – o años – es el después de una de las universales y comunitarias. Una de esas que se preparan con esmero, sobre la que se lee y escribe y se pregunta a las profesoras; y que (casi) siempre se afronta en verano.

Por si no lo habían pillado todavía, me refiero al después de la Operación Pañal. Porque todo el mundo habla de lo chungo que ha sido quitárselo, de los pises que ha recogido hoy y las cacas que han aterrizado en la piscina, de si prefiere orinal o váter y ya. Cuando el pañal desaparece nadie vuelve a hablar del tema. Fueron felices y comieron perdices. Happily ever after.

Y un huevo.

Después de haberle retirado con éxito el pañal a Destroyer, acabo de jurar sobre el 1080 que el del Rizo se lo quite él cuando se independice.

No pongan esa cara, que tengo toda la razón y en el fondo lo saben. ¿O me van a contar ahora que se les simplificó su vida cuando el gormiti pedía pis y caca a todas horas? ¡¿a todas horas?!
Porque es que para colmo, cuando un niño recién desapañalado dice que quiere caca, tienes exactamente 4 nanosegundos para sentarle en un trono o idear un plan B.

Y ahora digánme ¿cuántos tronos hay en el supermercado? ¿en la piscina? ¿en la panadería? ¿en el parque? ¿en TU coche?

Si además tienes a tu cargo y riesgo a un preescolar desatendido que intenta recuperar intimidad con su madre negándose a independizarse en limpieza de culo y a un ni-ni (ni bebé ni niño) acróbata y gritón, la cosa se complica.

No les contaré las estratagemas que he tenido que idear para salir airosa y más o menos limpia de los quiero pis quiero caca inoportunos porque sé que muchos de ustedes conservan la ilusión y la alegría y se merecen unas palmaditas en la espalda.

Pero sí que tengan cuidado, que intenten desconectar y no llevarse la casa al trabajo, que el respingo general en la oficina cuando le he soltado a mi jefe a voz en grito que ahora mismo volvía, que tenía que kurz piseln ha sido olvidable. Pá cagarse, vamos.