martes, 26 de junio de 2012

La Diktatur de la mayoría...

Tener un hijo en el colegio es, para cualquier Übermutter que se precie, una confirmación de status importante.

Y es que no es lo mismo andar despeinada y trajinando con bebés vomitones y/o niños de pañal que pasar a convertirte en una auténtica soccer mom con polluelos semiindependientes.

Ser la Übermutter de niños en edad escolar huele a libertad de elección y feliz devoción. Porque se supone, se dice, pero sobre todo se cree, que una vez escolarizada la descendencia (con 6 añitos) no salir a trabajar fuera de la Haus es tan opción como lo contrario.

Esto, como se habrán imaginado ya, no es verdad.

Si a mí y a mi grupúsculo de Rabenmütter nos ha costado Gott, ayuda, 3 años de pesadez taladrante al Sr. Alcalde y pagar el doble conseguir comedor y siesta 3 días a la semana en el Kindergarten , lo que nos va a costar mantenernos en nuestros puestos de trabajo ahora que los Mayores van a aprender a leer y escribir van a ser los nervios. O el trabajo.

Ayer, un par de meses antes de empezar el curso, tuvimos la primera reunión de padres preescolares en el colegio. Para visitar las instalaciones, calentar motores y suavizar al personal materno-currante.

Sí, me pareció todo un detalle que nos avisasen con tiempo de que el Mayor empieza a las 8:35 y sale a las 13:00. Un día. El resto de la semana entra a la misma hora pero sale 2 días a las 11:15 (!!!) y otros 2 a las 11:50. Con dos cojones.

Advierto que el director, un hombre maduro pero modernete, no tiene la culpa. Y yo le admiro profundamente, porque tuvo que demostrar su valentía (y su poca psicología femenina, todo sea dicho) en varias ocasiones.

La primera fue cuando habló de la importancia de no ver la tele en exceso, de leerles a los niños, de dejarles correr, saltar y trepar a los árboles y, sobre todo, del compromiso con una alimentación sana y equilibrada. Mostrar su preocupación por la creciente obesidad de los niños en las Teutonías delante de 26 madres, de las cuales ca. 70% supera con mucho (pero mucho) un peso saludable, es de héroes.

De poco avispados es en cambio soltar eso justo justo antes de proponer a votación una Kernbetreuung. El odio con que le miraban las enormes Übermütter se tornó en cara de sejodaustéytodaslasmütterentacones al rechazar de pleno la posibilidad de abrir el colegio de 7:15 a 13:00 todos los días, con supervisión cualificada en las horas muertas (incluyendo también aquellas en las que la profe tiene mocos o le pica el culo y se queda en su casa) y, lo más importante, gratis.  Una estupidez que espero arregle el buen hombre a principios de curso cuando se repita la votación (por si las Fliegen) con estudiada manipulación diplomática.

O no, porque resulta que uno no llega a director de un colegio porque sí o porque no había otro. Digo yo que el saber decir bastadetonteríashombreya y acallar una masa de gallinas gritonas será un criterio importante.

Por si se lo están preguntando, les diré que sí, que yo me convertí en gallina gritona por unos minutos. Pero es que cuando una de las Übermütter se quejó de que nosequéotramutter dejaba ir a sus hijos al cole solos en bici y que, claro, los suyos también querían y es que tenían que cruzar una calle muy transitada, y claro, que eso no podía ser y que por qué no lo prohibían... a mí se me hincharon las narices.

„Ah, pues yo exijo que se prohíban las camisetas de Spiderman, que es que los míos las ven y las quieren y Spiderman es violento y pega y ha matado a un pulpo gigante y eso no puede ser ¿no?“

Una gilipollez por mi parte, lo sé. Pero me tenían calentita con los horarios, la Eurocopa y se me habían quemado las lentejas. Y les tenía ganas. Muchas.

Ahí sentada en el minipupitre me volví a sentir una niña de coletas y falda tableada cuando el director me telepateó con la mirada un „acabas de perder la razón que tenías, maja“... y no pude más que bajar la mirada avergonzada mientras una contienda verdulera y reproches muy viejos empezaron a volar por la sala.

No se llegó a las manos de milagro y porque un hombre maduro pero modernete dió palmadas y pidió silencio. Y le explicó a la antibicis que eso no podía ser, que cómo iban los Kinder al colegio era cosa de cada uno y que ya podía aprender a decir Neinporquelodigoyoypunto pronto a su criaturita, o a partir de septiembre iban a empezar los problemas en casa.

lunes, 18 de junio de 2012

El señor de las moscas

Retiro todo lo bueno que he dicho de mis hijos. Absolutamente todo.

¿Han leído el señor de las moscas? Pues si no lo han hecho ni se molesten, que ya no les va a hacer falta. Leánme a mí que soy mucho más corta (sí, en sentido literario también) y llegarán a la misma conclusión.

Lo que yo les voy a contar, además, es mucho más factible que el que sus polluelos acaben en una isla desierta sin adultos a la vista. Así que más vale que se vayan haciendo a la idea de que lo que ocurrió en mierdapueblo les puede pasar a uds. también... en cualquier momento... (ahora suenan rayos y truenos y lluvias monzónicas... y un piano gótico)...

Y esa tarde fatídica sonaban también, para variar en las Teutonias. Un día de esos en los que ya no sabes qué más inventarte, con qué entretenerles, qué darles, que te planteas seriamente en atarles o encerrarles o regalarles o comprar una tele. Uno de esos días.

Siendo una además humana como es y siendo muchas las horas sola con los tres, pues se intenta hacer algo de provecho cuando parecen entretenidos, como tender la ropa o sacar la basura. Sobre todo por eso de sentirse adulta.

Y fue al sacar la basura, corriendo en zapatillas bajo la lluvia, cuando oí la puerta cerrarse tras de mí. Bah, pensé, ahora me abre cualquiera de los tres. Pero cuando llamé al timbre 4 segundos después, se asomó el Mayor al cristal y empezó con sus preguntitas (de los cojones): ¿Por qué llamas? ¿Por qué has cerrado la puerta? ¿Nos has encerrado? ¿Entonces te has encerrado tú fuera? ¿Por qué sales tú si nos has dicho que hoy no se puede? ¿Te estás mojando? ¿mucho?

Juro que conseguí controlarme y no gritar y que no se notase que me estaba poniendo de los nervien; y que estaba a puntito de abrirme la puerta, hasta que Destroyer se asomó por detrás metiéndole bocaos inhumanos al medio bizcocho que llevaba en la mano. Los otros dos, indignadísimos ante tal injusticia, se lanzaron a por su parte, dejándome a mí, espectadora olvidada e impotente, al otro lado de la puerta.

Después de una explosión de migas, varios llantos, tirones de pelo y juramentos en arameo, del bizcocho no quedó nada. Y yo, pensando que había pasado lo peor, me atreví con unos golpecitos discretos en la puerta... ¿Me abrís yaaaaa?

El Mayor, secándose las lágrimas, se encaminaba hacia mí levantando el brazo hacia el picaporte: ¡Mamá no es justo! ¡Se ha comido todo el bizcocho él solo! Y yo la cagué... No te preocupes cariño, que ahora te hago un sandwich de Nutella...

Y justamente ¡¡¡¡ Nutellaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa !!!! fue lo último que escuché antes del caos...

Encontrarte en zapatillas de casa bajo la lluvia, aporreando la ventana de tu cocina mientras tres enanos salvajes descojonados y ultrafelices se dedican a comerse la Nutella con la mano (sí, lo que leen, con la mano entera) en el suelo de la misma es algo que le deseo a mi peor enemigo.

Que después de acabar con el bote, con esas mismas manos, se dediquen a saltar por el sofá y hacer guerra de cojines mientras tú aporreas las ventanas del salón, no se lo deseo ni al mismísimo diablo.

Juro que me senté a llorar bajo la lluvia. Pero no me vieron.

Y mientras me lamentaba por mi estupidez y su salvajismo y por la lluvia, la basura y porque el mundo es una mierda, las vi. Ahí tiradas, tan inútiles en días lluviosos y absolutamente adoradas cuando luce el sol, estaban sus bicicletas.

Algunos lo llamarán maltrato psicológico. Yo lo llamo apego a mi dignidad.

Lo siguiente que oyeron fueron unos golpecitos en la ventana y una dulce voz de capulla que ni la bruja de Blancanieves... Niñoooooooooooos ¿habéis visto lo que teeeeeeeeengoooo?

Y por su cara de pánico supe que iba por buen camino. Tuve que deshinchar 3 ruedas sonriendo bajo la lluvia, pero conseguí que abriesen la puerta como si la casa estuviese ardiendo.

Cuando el Maromen volvió de trabajar no quedaba ni rastro de la tragedia...

Algún día le contaré por qué se cuadran cuando señalo por la ventana y onomatopeyo la agonía de una rueda.

Psssssss psssssssss pssssssss

Muahahahahahahaha

martes, 12 de junio de 2012

La familia que come unida...

Aunque a veces doy la impresión de moderna chachi liberal, deben uds. saber que yo, en el fondo de la superficie, soy muy muy pero que muy conservadora.

Para según qué cosas, la Rottenmeier a mi lado parece Courtney Love haciendo pastelitos.

Y es que de mi casa me traje un „Familia que come unida, permanece unida“ como manía que roza lo insoportable y tras años de convivencia, integración y de saber que la vida es un renovarse o morir, lo adapté a mi día a día teutón rebautizándolo como „Familia que come (bien) unida, permanece unida.“

No se crean que es ninguna tontería, oigan, que obligar a tu hija (yo, mi hermana) pre- y adolescente a comer y cenar todos los días en casa, contigo, permite apreciar desvíos caminales en stream. Y arreglar algunos. O por lo menos cojonearlos, como una mosca.

Mas de momento y ¡ay! a la espera de esas conversaciones familiares animadísimas al calor de una tortilla, nuestros encuentros culinarios se reducen a un monólogo materno consistente exclusivamente en: „el codo“, „la servilleta“, „mastica con la boca cerrada“, „traga antes de hablar“, „no jueges con la comida“, „coge bien el cubierto“, „empuja con pan“, „no comas con la mano“, „sácate el macarrón de la nariz“... y mi más favorita de todas (papá, te visualizo cada vez que la pronuncio) „la comida va a la boca, no la boca a la comida.“

Les suena ¿verdad?

Pero es que cualquiera que se haya visto en la tesitura de tener familia, y para colmo alemañola, sabrá lo frustrante que es educar con pan, servilletas (¿parrra qué quierrrrrres serfilletas, si comemos con cuchillo y tenedorrrrrr?) y manejo cubertero a tres niños y un alemán.

Con manejo cubertero me refiero, sobre todo, a su manera de sujetar el tenedor cuando cortan...

Los que coméis con teutones sabéis de lo que hablo. Los que no, que sepáis que yo iba a ser gráfica y poner una foto de la mano del Maromen, pero 1. me dijo que tanto dar la koñen con los modales y luego sacar el telefonito en la mesa... (y tiene razón) y 2. tampoco es para tanto y él no es ningún mono de feria (tiene razón en lo segundo).

Haré un esfuerzo descriptivo: Imagínense que el filete está vivo y representa una amenaza. Coja el tenedor con su mano izquierda y arponéelo hasta que deje de moverse. Manténgalo bien apuñalado mientras lo corta. Coma. Unos siglos de evolución más tarde, cuando los filetes han dejado de ser gefährlich, se ha relajado notablemente el gesto sacrificante, pero el agarre tipo del tenedor se mantiene. A algunos les dará la impresión de que intentan esconder el mango del mismo detrás de su mano (si algún lector manda una foto, juro que la colgaré en el FB o editaré el post con la misma, como él guste).

Y a lo que iba: Que luchar contra una piara de cerdetes a la mesa desespera y frustra, sobre todo cuando uno de los adultos que debería dar ejemplo es el Ferkel mayor y además te lo discute. Pero luego ves que tus polluelos, cuando comes fuera de casa, así como por arte de magia comen más o menos bien y te inflas cual pavo orgulloso y te convences de que tu pesadez merece la pena.

Hasta que un día cualquiera, ayer mismo por ejemplo, recoges al Mayor de su primera comida en casa de su amigüita. Y cuando se te ocurre preguntar que qué tal ha comido, la Mutter te dice que... bueno... ejem... verás, comer ha comido bien, pero se ha enfadado con nosotros. ¿Con vosotros? Preguntas tú, peazo de gili, que conociendo al niño deberías de saber qué ha pasado. Sí, no sé por qué, pero les tiene como manía a los codos y nos ha estado diciendo que no sabemos cortar la carne.

Y tú no sabes dónde meterte, porque tu hijo lo ha oído y ha venido, ofendidísimo de nuevo, a pedirte que le confirmes a su exfutura Suegren que comer así es de cerdos. Tal cuál.

lunes, 4 de junio de 2012

Spiderrizo

Como madre experimentada que me considero (a pesar de lo que les cuenten mis conejillos de ind..., digo mis polluelos) les digo pero, sobre todo, les advierto que la peor edad, la más dura, cansina y tocapelotas de todas, es la que va desde el año y medio hasta los tres años.

Lo sé, ahora mismo me acabo de ganar la enemistad y el odio profundo de todos los padres con bebés colicosos e insómnicos y la de los de púberes adolescentes al borde del ataque de nervios (los padres y los púberes, entiéndase).

Pero no se crean que lo digo asín a la ligera, oigan, que yo de estas cosas sé un huevo (tres, para ser exactos).

Mi vida ya era suficientemente estresante con un preescolar evangelizador e impertinente, un Destroyer mimoso saliendo poco a poco (muuuuuuy poco a poco) de sus terribles 2 y una bocina mofletuda y con Rizo que se pasa el día sonando Maaaaaaaaaaaaaaaaammmiiiiiiiiii (como cada 15 segundos más o menos). O eso creía yo.

Algo muy malo debí de hacer en una vida anterior, o alguien me ha puesto una vela negra o me ha castigado Gott por algo que he debido de hacer sin darme cuenta y sin querer... porque ahora comprendo lo que vivieron los padres de Spiderman.

Yo, que afirmaba la superioridad de la raza teutona basándome – entre otras cosas – en la elevada altura de sus picaportes, me he quedado sin argumentos. El del Rizo no será el más enano del lugar, pero desde luego es el más matón.

Hace un par de días, encontrábame yo en casita con la bocina mofletuda mientras el maromen se hacía un Mann en bici con los otros dos. Ilusa de mí, pensé que trajinar en la cocina con el más pequeño a mi vera era pan comido. Ilusa.

Aprovechando una de esas rarísimas ocasiones en las que se entretiene solo, sea haciendo jirones un periódico o persiguiendo una mosca (algo inexplicable teniendo en cuenta que mi salón nada tiene que envidiar a una tienda Imaginarium), me escaqueé a la cocina a adelantar con mi lasaña. Y ahí me quedé, con el radar auditivo afinado y picando cebolla, sabiendo sin mirar en qué punto del habitáculo contiguo se encontraba el tormentito y qué hacía.

En un momento dado el silencio se hico pánico y, cebolla y corazón en mano, asomé rauda la cabeza en busca de la catástrofe. Encontrármelo concentradísimo con la cremallera de un cojín devolvió mi Herz a su sitio y mi culo a los fogones. Creo que hasta dije en voz alta „menuda histérica, si ahí no le puede pasar nada“.

¡Ja!

Lo siguiente que recuerdo es que se me debieron de estropear las antenas maternales y que el tiempo pasó muy rápido y que creo que incluso se me olvidó que tenía un polluelo a mi cargo... Un Maaaaaaaaaaammmmiiiiiii lejano y como un poco amortiguado me sacó de mi ensoñación Arguiñil y con la sal en la mano de pronto no supe ni dónde ni cómo ni quién.

Tentada estuve de llamar a la Polizei cuando asomé la cabeza al Playland para encontrarme el cojín abandonado y ni rastro de mi descendencia.

Si les digo que casi me da un jamacuco supóngome que no se extrañarán.

Si les digo que tras varios Maaaaaaammmiiiiii conseguí encontrar el foco de la llamada supóngome que se sentirán aliviados.

Pero ¿y si les digo que me lo encontré de bruces, cuando se me ocurrió mirar por la ventana (es un chalete, no se asusten)... sentadito en el techo del coche? Y tan contento que estaba el mamón, que incluso aplaudía (¿o me aplaudía a mí, por lerda?).

Tal que como los Increíbles cuando descubrieron el súperpoder del benjamín estamos por aquí. No hay puerta ni silla ni barrotes ni madre que se le resistan. A Spiderrizo ya no hay quien le pare, que incluso sus hermanos le piden que les baje las chucherías.

Y la lasaña, por si a alguien le interesa, estaba sosísima.