martes, 29 de mayo de 2012

La vaca que ríe






Sé que llevo mucho tiempo sin hablar de mis Übermütter.

No se crean que era por falta de interés ni mucho menos. Lo que ocurre es que, desde que una es madre redundante y corre de acá para allá con la lengua fuera y los pelos alborotados, no tiene mucho de eso que llaman tiempo y, claro, ni está tan expuesta a impertinencias como antaño ni puede disfrutar como Gott manda de las miradas abroncadoras.

Pero esta semana pasada, en la que hemos dado un pasito más en nuestro proyecto pon-a-prueba-tu-amor (a.k.a. constrúyete una casa con 3 niños pequeños... sí sí, riánse uds. del Confianza Ciega ese), el señor Excel me ha dado un bofetón en toda la cara: Las Übermütter del mierdapueblo no me fulminan con la mirada, no... se están descojonando de mí. Y lo peor de todo es que lo hacen con razón.

Porque ese trabajo tan estupendo que tengo, al que acudo todos los días (18-20 horas semanales), pagado normal tirando a no-te-flipes-que-acabas-de-empezar-y-sólo-es-medio-día, por el que vivo de acá para allá con la lengua fuera y los pelos alborotados, que me encanta y en el que me siento útil y lista y si me apuran hasta guapa, que me agota y a veces me cabrea y por el que mis tormentitos cenan más días tortilla de lo que quisiera... resulta que ése mi trabajo equivale al gimnasio, el equipamiento nuevo para Nording Walking o el nuevo robot de cocina de cualquier Übermütter que se precie.

Como lo leen.

Estén atentos que se lo voy a explicar.

La que aquí escribe cometió el atroz pecado de querer ser algo más que madre de tres y amante esposa antes de tiempo y demasiadas horas.

Unos días antes del primer cumpleaños del del Rizo, en un lugar en el que las guarderías son a partir de 2 años (y eso si quedan plazas después de cubrir a los de 3) y la Tagesmutter más cercana ejerce a 5 km. de distancia (en cristiano: 2 pueblos más allá), si yo me quería poner a currar ya, tenía que buscarme la vida: Una Au-Pair para el del Rizo para cubrir las horas de oficina (y la Au-Pair, por mucho que se abuse de ellas en otros Haushalt, por ley está para el niño y nada más) y una señora que viene a pasar la mopa 6 horas a la semana.

Estos desembolsos a mí me parecían de lo más justificados, teniendo en cuenta que mi salud mental y autoestima profesional se van recuperando y que, oigan, con lo que me pagan nos da para eso y 2 compras semanales ¿no?

Los cojones.

Una servidora, de letras hasta la médula, se había olvidado del gran aliado del übermutterismo...: el sistema tributario alemán.

Claro está, mi sueldo bruto me da para todo eso que he comentado, pero después de sablarle el 60% de impuestos (sí, han visto bien: 60%), más el seguro médico público, más el seguro para la jubilación, más el impuesto solidario (para levantar la otra mitad del país que dicen)...etc. se queda en ná.

Si no se explican cómo es posible esto, les recomiendo que pinchen aquí y se informen de lo que se cuece en las Teutonias. Les advierto que yo tampoco daba crédito.

Algunos dirán que si tanto me molesta que mi marido tenga una clase tributaria mejor, que cambiemos la combinación de III y V por IV y IV y que sea yo y no él la que se desgrave a los 3 niños. Pero es que verán, tontos no somos, y mi señor maromen gana más de 4 veces lo que yo, así que como creo que comprenderán, no nos compensa ni a nosotros, ni a nuestros polluelen, ni a la Haus que queremos levantar.

Lo que sí nos compensaría es que yo dejase de trabajar y que el despligue organizativo (y financiero) que nos cuesta colocar al polluelo menor 18-20 horas semanales y la mopa corriesen de mi mano (mano física, se entiende). Si además de esto me apuntase a un gimnasio y me hiciese la manicura regularmente, tendríamos lo mismo a fin de mes.
Otra cosa que también nos compensaría es que, de nuevo, yo dejase mi trabajo a media jornada y mandase mis estudios a tomar por culen, poniéndome a limpiar casas o a enlatar guisantes (ocupaciones estas muy dignas, todo sea dicho, pero aunque haya estudiado algo "inútil" mi versatilidad laboral tiene un límite) unas horas semanales (entre 6 y 8), y así no superar los 400 euros mensuales que tengo derecho (¡Danke Alemania!) a ganar sin tributar y sin perjudicar la clase tributaria del Herr de la casa.

Porque esa es otra... el Mann, aunque su mujer no trabaje o si tiene un mini-job (de los de 400 leuros, los bien llamados tapagranos de las estadísticas del paro alemán), puede seguir manteniendo su clase tributaria. ¡No le vayamos a perjudicar a él, pobre, que ya bastante se parte la espalda para ganar el Brot de toda la Familien! ¡Uga Uga!

Y no se crean que me froto las manos pensando que el del Rizo irá a la guardería a mediados de otoño y la Au-Pair se convierte en un gasto menos. Por si todavía no lo sabían, el Mayor empieza el colegio en septiembre. De lunes a viernes de 8:00 a 11:30. Eso si hay suerte y no está mala la profe o le pica el culo al de gimnasia, en cuyo caso al evangelizador me lo mandan para casa a las 10:00 o no me lo cogen hasta las 9:00, vaya ud. a saber.

¿Lo peor de esto? Que maromen YA lo sabía, mis amigas de por aquí YA lo sabían y las Übermütter del pueblo YA lo sabían.

Y para colmo mi jefe, que no sé si lo sabe pero si sé que le importaría una mierden, no valora nada mis esfuerzos sobrehumanos por no contestar a sus chorradas impertinentes con un „no se me ponga ud. gilipollas, que me cuesta ud. un riñón“.


viernes, 25 de mayo de 2012

La maternidad expatriada

Esta semana me podéis leer aquí...

martes, 15 de mayo de 2012

El rojo es tendencia

El tema de los juguetes genéricos (y sí, al género zezuá me refiero, obviamente, pero llamarlos juguetes sexuales habría traído más cola que el post de la semana pasada) ha sido uno de los pocos por los que Maromen y yo no nos hemos acabado tirando de los pelen.

Él, que viene de una familia en la que abundan los hipipollas, y yo, que me encuentro rodeada de testosterona a tutiplén, nos pusimos de acuerdo enseguida para educar a nuestros tormentitos en la igualdad, la libergtá y la fgategnidá.

En esta casa comparten protagonismo los tractores con los nenucos (a veces incluso juntos y a veces en situaciones virtualmente dolorosas, sobre todo para el muñeco), los legos con la cocinita, las bicis con los cucos de paseo y los maletines de médico con los puzzles de prinzezas.

Mi padre, al ver tal despliegue de feminismo cojonero, se llevó las manos a la cabeza, indignado ante aquel atentado contra la posibilidad de semitutorizar una infancia exenta de rosas, brillitos, barbies y vestiditos.

Pasados unos años y varias horas de entretenimiento casero, su fruncimiento ceñil se ha relajado. Y no porque los polluelen ignoren esos artefactos ni mucho menos, sino más bien porque los manejan como buenos portadores de testículos que son: Juegan a los papás, lanzando a sus bebés por los aires ante la horrorizada mirada de una madre imaginaria, comentan las „grrrrrrandes tetas“ (sobre todo Destroyer) de la Bella cuando consiguen encajar la pieza, cocinan pizza y salchichas y hacen carreras de obstáculos con Bugaboos en miniatura.

Testosterona a mansalva.

Como a esto se le suma la fascinación por los abalorios maternos, las faldas cortas y los tacones (esos fósiles que descansan en mi armario desde tiempos inrecordables), persiguiendo a su progenitora para que se lo ponga y se maquille, que está „muy bonita“ (babasbabasbabas), la tranquilidad abuelo-paternal volvió a instaurarse en nuestras conciencias.

Lo que el agüelo no sabe es que, cuando le he comentado que el tema de la chapa-y-pintura lleva días pisando fuerte en nuestro hogar teutón, no estaba haciendo referencia a ningún vehículo motorizado.

No sé si ha sido mi avistamiento de la luz al final del túnel, que llevo unos días atinando con el rímel, que estoy desempolvando algo de ropa Kinderfrei, que me he vuelto a poner pendientes (asumiendo el riesgo de estiramiento lobular hasta el infinito que eso conlleva) o que me he pintado las uñas de rojo. El caso es que he tenido que esconder mis zapatos y guardar bajo llave mi maquillaje.

Porque entrar en el baño dispuesta a abroncarles por comerse la pasta de dientes y encontrármelos en tacones y brocha en mano „poniéndonos bonitos“ me dejó patidifusa.

Que eso eran cosas de niñas me lo rebatieron con un „mamá ¿pero tú no dices que no hay cosas sólo para niños y cosas sólo para niñas?“

Que eso eran las cosas de mamá y sólo de mamá, también me lo rebatieron, afirmando tajantemento que ellos también „me dejan“ (ahí, con un par) SUS cosas cuando juego con ellos.

Y no me quedó otra que darles la razón y explicarles el sombreado de ojos gatuno y para qué sirve el quitaojeras. Y pintarles las uñas. De rojo, natürlichmente. A los tres, faltaría más.

Me consolaba pensar que esto sería algo pasajero, que no les duraría mucho, a lo sumo un día de guardería humillante azuzados por sus compis de fútbol. Pero para variar me equivoqué de pleno...

No sólo siguen con sus uñas rojas, sino que encima le han pedido a la Au-Pair que se las redecore con estrellitas, corazoncitos y monerías varias, no fuese a ser que, ahora que van todos los futboleros con la manicura hecha, se olviden de quiénes son los que marcaron tendencia este verano.

martes, 8 de mayo de 2012

Yo, por mi hijo PA-TA-LE-O

Aquí la que escribe, que ya está requeteviajada, es consciente de la pesadez y peligrosidad potencial (y real) de sus polluelos.

Y la asume. Y la intenta aplacar. Y reducirla al mínimo indispensable. Y se equipa. Y prepara con esmero cualquier desplazamiento como – por poner un ejemplo recientísimo – un viaje en avión.

Con movimientos sincronizados, estrategias estudiadas y mucha paciencia, ayer por la mañana se dirigió sin remedio a la T4 con varias bolsas de gusanitos, 3 niños y un arnés. La película.

Hubo sofocos, un par de sustos, sobornos gusaniles a tutiplén y pasotismo forzoso en la contemplación de reboce infantil por suelos aeroportuarios. Pero sobre todo, lo que hubo fue cabreo monumental con el mundo mundial.

Y no por culpa de los polluelos, no se crean, sino por la población adulta viajera y aerolineal.

Porque vale que los niños son... ¿niños? y que corren, saltan, juegan, cantan, a veces ríen, a veces lloran, piden más gusanitos y bajan y suben las ventanillas varias veces, pero ¿qué koñen pretende la gente? ¿Que los apague como al móvil en cuanto los saco de casa?

Te das cuenta tras varios años volando con anexos de todas las edades, después de que te hayan hecho pasar vergüenza y sentirte mal indiscriminadamente por cada movimiento infantil, ya sea patalear el asiento delantero o pedirle agua a su madre.

Hasta que te tocan los cojones. Y a dos manos.

Preocupadísima siempre por la tranquilidad y comodidad del resto de los pasajeros y personal del aire, angustiada por sus siestas, sus lecturas en paz y armonía, sus cafés extasiantes observando las nubes y demás, llega un día, un viaje, un momento del mismo, en el que das cuenta de que ellos están preocupados por lo mismo: SU siesta, SU café y SU libro.

Te preparan con malas caras en cuanto divisan tu acompañamiento infantil, lo aderezan con comentarios tipo „mira, tres niños... adiós siesta“, y empiezan a cagarla con chasqueos de lengua y bufidos cada vez que un infante abre la boca, sea para comentar un libro, gritar yupiiii al despegar o, si me apuran, hasta para respirar.

Y tú lo pasas fatal, te sientes reprobada con cada giramiento de cabeza y mirada Heródes modo ON, les dices que sssshhhhh a todo, les sujetas los pies, te inventas juegos paralizantes, les susurras cuentos emocionantes y les sobornas con chucherías de todos los colores.

Y en un momento de paz y armonía absoluta, en el que están entretenidísimos y calladísimos y tranquilísimos coloreando en sus mesitas, el gilipollas supremo, el que está sentado delante de Destroyer, echa su asiento para atrás sin mirar ni preguntar ni cortarse un pelo.

El niño, aviso, se cabreó más por la reducción desprevenida de su espacio que por el toquecito que se llevó en su inclinada cabezota y yo, que ya iba a soltar el sssshhhhh de rigor, por el chasquido de lengua y mirada asesina que puso el comodón delantero al iniciar Destroyer un concierto de llanto en do sostenido.

Si no llega el niño a coser a patadas el respaldo delantero, juro por Gott que lo hago yo. Me tuve que conformar con soltar un „En Bussiness había billetes“ cuando el anormal se giró para abroncarnos por nuestro salvajismo y poca consideración cívica. Atrévase a aplaudir cuando aterricemos, paleto.

A partir de ahora, yo por mis hijos PA-TA-LE-O. El modo Zen en desplazamientos lo reservo para ellos. Y el resto, o empieza a colaborar un poco o por mis hueven que escondo los gusanitos. Hua Hua Hua.