martes, 24 de enero de 2012

Esta tarde hay una fiesta...

Vaya por delante que yo a mis colegas teutonas de Rabenmutterismo las quiero, las adoro y si hace falta les compro un loro.

Somos 4, como los jinetes del Apocalipsis (que así así nos deben de ver por el mierdapueblo) y nuestra amistad es, como toda relación madura y tardía, totalmente desapasionada y bastante respetuosa. Vamos, que no pegamos ni con cola pero hacemos como que sí.

El Rabenmutterismo une mucho. Y el teutonismo agudo que las caracteriza (a ellas, ojo, que yo sigo enfatizando las „r“ y las „ñ“ al volante y sólo me controlo los cortes de manga porque ponen multa) ayuda a que las discusiones sobre lactancias, homeopatías y demás temas candenten acaben con una ronda de cerveza y a otra cosa mariposa.

Cuando, durante una conversación teléfonica, la moderna (enfermera) me contó que el hijo mayor de la Ayurveda (coacher) tenía el sarampión, mi primera reacción fue totalmente inconsciente. Pensé que vaya putaden, como hubiese pensado cualquiera, hasta que caí en la cuenta de que su hijo mayor está a puntito de cumplir los 6.

Y ahí estaba yo haciéndole vudú mental a su pediatra y a la empresa farmacéutica cuando un ring ring me interrumpió mis teorías consparanoicas: Una Ayurveda eufórica al teléfono quería invitarnos a su Haus a tomar café y observar polluelen en proceso de socialización.

mmmm... eeeemmmm... ¿No está tu niño con el sarampión?

¡Síííííííííí! (era de alegría, lo juro)... ¡Y la niña también! (aquí faltó un oe oe oe)

mmmm... eeeeemmm... ¿No se encuentran muy mal como para jugar? (diplomacia española en acción) ¿No están en la camita?

¡Neinnnnnnnn! (tono ignorantenoteenterasdenada)

mmmm.... eeeemmmm... Verás, es que el mío pequeño todavía no está vacunado. Y no me acuerdo de si el mediano tiene el recuerdo o no. (Supongo que sí, porque mi pediatra nos cuida y esas cosas, pero llegas a un punto con 3 niños en el que sólo sabes que tienes cita para vacunas, así en general).

¡Na Klaaaaar! Por eso te lo digo, tontalculen, traételos a todos y así no les tienes que vacunar más.

Con 2 cojonen.

Un „verás, yo es que soy más de vacunas“ bastó para finalizar una conversación telefónica que derivó en discusión acalorada a 4 cuando el Masern fue derrotado sin mayores complicaciones por los respectivos sistemas inmunológicos de sus polluelen.

Erren que erren seguía ella empeñada en su acierto al haberse „pensado“ hasta ahora si vacunarles o no y en que les había salvado del autismo. La cuarta del tropel, farmacéutica, intentó sacarla de su error (por lo visto el que dijo eso del autismo aceptó trajes de alguien) y relatarle los peligros y consecuencias que podía tener el Masern (que es que hasta suena como „Asesino de Maseeeernnnn“) en niños y no tan niños.

Yo no soy enfermera ni farmacéutica, pero casi me quedo sin conocer al Maromen que, con una madre Ayurveda, pasó el sarampión con 15 y casi no lo cuenta. Erren que erren.

Y no sólo eso: Lo que une el Rabenmutterismo lo separan los polluelen en un plis plas. Porque se llega a contagiar el del Rizo o Destroyer y no lo pasan tan inocuamente como los suyos y me la como con kartoffeln. Que no vayan a la misma guardería le ha salvado la vida... a ella.

Esto último le dió que pensar. O eso espero, porque hasta que los míos no hayan terminado con tooooodas sus vacunas, se acabaron las tardes de juegos y marujeos.

martes, 17 de enero de 2012

Dientes Dientes

Que tus polluelen te peguen el susto de tu vida es, de nuevo y como siempre, culpa tuya y sólo tuya.

Porque el día que tu hijo de 4 años les preguntó a sus amigos si querían café o té, deberías de haberte dado cuenta de que los tormentitos toman buena nota de cada uno de tus pasos.

Tú que alardeas de (y les amenazas por) tener ojos hasta en la nuca y de saber tooooodo lo que hacen y quién ha pegado a quién primero, no eres más que una ilusa. Te crees que ellos están concentradísimos en saltarse los dientes, perseguir al gato del vecino o pintando crucifijos y piensas que no te ven, ni les importa, que te pongas doble de azúcar en el café.

Pero ellos saben perfectamente que cuando se te pone cara de pez aburrido (ergo tienes la regla) más les vale darse prisa en merendar, no les vayas a robar la Nutella y, si me apuras, hasta la tortilla de la cena. Que el día que te pones tacones y les haces galletas (clarísimamente ovulando), tendrán sesión doble de Pocoyó (ya me entendéis) y ropa almidonada. Que cuando tienes hambre no insistes demasiado y acabas recogiendo tú todos los juguetes. Todos. Que cuando estás al teléfono con tu hermana tienen vía libre para pintar las paredes, tirar los chupetes al váter y zamparse la pasta de dientes...

Los niños son, además de monos de imitación, listos de cojonen, señores, no los subestimemos.

En cuanto cumplen 3 años, tienes que empezar a andarte con pies de plomo: que no te oigan pedirle al maromen que recoja él la cena, que tú tienes la regla y te duele todo, porque te dirán lo mismo cuando señales el Lego esparcido por el salón... o contarle a tu amiga que tu rímel es estupendo y no se va con agua, porque lo usarán para pintarse cejas de pirata y tres pelos de barba... o comentar que vaya pelos tienen, a ver si les llevas a la pelu, porque te darán una sorpresa.

Hay temas que, por supuesto, no parecen peligrosos a primera vista. Que la Frau dentista te haya puesto un aparato para que no te desencajes la mandíbula por las noches y que, por cierto, ahora que has dormido varios días con Destroyer en las Hispanias te has dado cuenta de que rechina los dientes por las noches, no parecen así a priori asuntos comprometidos. ¿Verdad que no?

Hasta que un día cualquiera, oyéndoles por el babyphone hacer lo de siempre (o sea trastear y descojonarse cuando deberían de estar roncando), subes como siempre haciendo hincapié en cada escalón, por eso de que les dé tiempo a meterse en sus camas y hacerse los dormidos. Y te asomas estrepitósamente con cara de Grüffelo cabreado y ya te estabas yendo cuando tu cerebro registra algo nuevo, fuera de lo común en esas caritas angelicales aguantándose la risa. Y te acercas... y no te da un infarto porque acabas de cumplir los 30 y además con estos en casa estás casi casi curada de espanto.

Cuando vuelves al salón con los objetos confiscados tu maromen hace la croqueten. Que encima el Mayor, con esa gracia impertinente que tiene para darte lecciones de la vida te lo haya vendido como súperfavor, no se vayan a desencajar la mandíbula por la noche y haya que ir al hospital y sacar al del Rizo a esas horas con el frío que hace, termina de matarle de un ataque de risa.

Eso sí, acepta que el nuevo sitio de las dentaduras de vampiro sea el salón.

miércoles, 11 de enero de 2012

Unos crían la fama...

... y otros cardan la lana.

El maromen se ha ganado otro post.

¡Halt! ¡No se me asusten, que ni les ha dado Bier a los niños ni ha repetido calzoncillos!

Este post es para salvar su dignidad. Porque el pobre maromen, por mucho que se volviese al mierdapueblo en Año Nuevo frotándose las manos pensando en sus Vacaciones (de niños, culos, baños, cenas, lavadoras y demás, de ahí la „V“), se implica como ninguno.

Eso de „el trabajo os hará libres“, tan irónico entonces y práctico ahora, no vale en esta nuestra Haus: Que curre más horas fuera, viaje mucho y llegue cansado a casa no le libra de nada. Mucho menos de la segunda parte de su jornada laboral.

Maromen no me ayuda... realiza el porcentaje de trabajo hogareño y polluelil que le corresponde, en una proporción justa, igualitaria y directamente proporcional a nuestras jornadas laborales fuera y dentro de casa.

(Inciso: Mujeres del mundo, no me envidien. Todo lo anterior implica que reclama su derecho a opinar y elegir sobre la decoración y creánme si les digo que, en ese punto, me pasaría la igualdad por donde uds. bien saben.)

Así que el maromen, tan moderno que es él, se volvió en Año Nuevo y sí, salió con sus amigos, se alimentó de boloñesa fría y se tragó Misión Imposible 1, 2, 3, 4 y estuvo tentado de redactar un borrador para la 5. Pero también trabajó, desmontó el árbol de Navidad, cambió las sábanas y las toallas, fue a la compra, ordenó facturas y papeles, hizo limpieza de juguetes, cortó leña y montó un perchero nuevo.

Vamos, un placer volver a casa tras Navidad.

Lo digo yo y lo piensa (seguro) la señora de la limpieza, esa EVP (Enviada de la Providencia) que lidia con nuestro caos pelusero dos veces por semana.

Lo que la EVP no piensa ni de koñen es que el orden y el concierto que reina (durante unas pocas horas, eso sí) en su lugar de trabajo es obra de un Mann.

Que cada vez que el Mann en cuestión tiene Vacaciones le pille dormido, desayunando o corriendo a la ducha no ayuda mucho.

La vergüenza la superaba el maromen con orgullo, todo hay que decirlo: ¿Qué mejor prueba de su dedicación y rendimiento que el caos dominado? ¿Por qué iba a pensar la buena mujer que era un vago por dormirse si la casa estaba hecha un primor?

Yo, que soy una aguafiestas (app de serie al procrear) y que tengo esa malísima costumbre llamada pensar, me di ayer cuenta (descojonándome, todo sea dicho) mientras admiraba mi cuadriculado hogar de que la EVP no admira para nada al maromen. Y de mí, por ende, pensará que soy una pobre infeliz. Porque la señora de la limpieza también tiene Vacaciones cuando no estamos y sólo viene un par de días antes de nuestra esperada vuelta. Sí, eso es, cuando la casa ya está organizada. Y sí, pensará eso mismo que pensarían uds.: que la Frau de su hogar lo habrá dejado todo preparadito antes de embarcarse con los polluelen. Y el mamonen de su marido se dedica a descansar y vaguear.

¿Injusto? No se crean... El Maromen (¡por fin!) ha podido experimentar en sus carnes lo que cualquier ama de casa siente cuando le sueltan los típicos „¡qué bien se vive sin trabajar! ¿verdad?“

lunes, 2 de enero de 2012

Los maromens

Que la maternidad te atonta, es cosa sabida por todos.

Que la paternidad también, en cambio, no. Injusto esto a más no poder, el agilipollamiento paternal se merece un post. Y si el episodio ilustrador en cuestión es, además, digno de pasar a la memoria popular – con refrán propio incluido – se trata de un derecho a la altura de una baja maternal en condiciones, sin trampa ni cartón (entre otras cosas).

Porque no puede ser que una madre salga a cenar y antes de sentarse acomode el móvil en un lugar bien visible y a poder ser encima del plato. Que entre el entrante, el segundo y el postre, compruebe si tiene cobertura (y si la tiene… ¿por qué no suena?) y empiece a ponerse nerviosa cuando se acerca la hora de las visitas nocturnas.

El padre, igual, quizás, puede, con suerte coge el teléfono al quinto intento y cuando el amigote de turno percibe vibraciones en el bolsillo de la chaqueta. Y ya puede llamar la canguro desesperada, que el maromen, digo padre, no se persona hasta que le llamen cada 10 minutos. Total, si no vuelven a llamar, es que el niño ha dejado de gritar y vuelve a roncar.

Porque no puede ser que una madre salga a hacer recados y, sabiéndose lo malísima progenitora que es por no haberse acordado de cargar el telefonito, empieza con urticaria aguda en cuanto se le apaga. Su conversión en Antoñita la fantástica imaginando todo tipo de episodios trágicos y dejando la compra a medio hacer volando a casa con el corazón en un puño, provoca suspiros de resignación en el padre de los polluelen, que en un principio se había alegrado de la muerte de la batería y esperaba recobrar a su mujer para él solito durante un rato.

Porque no puede ser que una madre se levante por la mañana con las ojeras repasadas y no pueda contar con los dedos de una mano las veces que ha ido a por agua, limpiado el culo, buscado el chupete, el peluche y arropado sólo esa noche, y el padre tenga los hueven de decir que esa noche han dormido muy bien, oder?

Por todo esto y mucho más (que allá cada uno en su casa tendrá para dar y tomar), los padres se merecen su entrada.

Que sí, que sí, que muy familiares y con su mejor intención el otro día el maromen, el agüelo y el padrino de una servidora se fueron al cine con 7 polluelen de huevos con genética emparentada. Como semos muy modernos todos, vamos a ver el gato con botas. Y para desapaletar a los teutoncillos, que son de pueblo, les llevamos a verla en 3D.

La madre se quedó en casa con polluelo menor elaborando estrategias de aplacamiento pesadillil, que un poco ignorantes sí que son sus monstruitos en temas de largometrajes y gatos que hablan y si además era en 3D la noche prometía movida.

Para su sorpresa, los niños volvieron tranquilos y la noche transcurrió sin incidentes extraordinarios. Al preguntar si habían tenido miedo de la dimensión añadida, la respuesta se limitó a un “al final no era en 3D.”

Unos días después y por casualidad se entera la madre, esa histérica exagerada y sobreprotectora con las neuronas desentrenadas en lo que a planes adultos y tecnología se refiere (padres en general, el mío incluido, dixit) de que un grupo de entes masculinos acompañando a una tropa de niños y niñas se habían visto una película normal con las gafas bicolor bien encajaditas. Al parecer, el empeño de los polluelen por quitarse las gafas “porque se ve mucho mejor sin ellas”, no surtió efecto en sus progenitores que, a pesar de lo oscuro que se veía todo y de que el señor gato seguía bien pegado a la pantalla, no cayó en la cuenta de que el resto de la sala seguía a 2 ojos.

Una madre histérica cualquiera hubiese comprobado si la imagen sin gafotas dañaría los ojos de su criaturita. Y ahora no sería carnaza de anécdota (merecida) por los siglos de los siglos… oder?