viernes, 18 de noviembre de 2011

Operación bikini

Vivir con tres demonios de Tazmania y no tener televisión es de locos.

Situar la morada de la Familia Gormiti en un país frío y oscuro es de gilipollas integrales.

¿Qué hacer con los polluelen esos eterrrrnos fines de semana in(f)vernales?

Una opción es la caja tonta, pero mi biomarido se niega.

Una rueda de esas para ratón a tamaño Destroyer ha sido propuesta seriamente. Pero es probable que los servicios sociales no lo aprueben (aunque igual de probable es que si se llevan a los niños 3 días nos la acaben financiando… mmmm…).

Otra opción son los parques de bolas (rueda de ratón tamaño Destroyer legal), pero aquí en las cercanías no hemos localizado ninguno.

Así que, finalmente y como siempre, nos acabamos decidiendo por una excursión-paseíto, de esas que ocupan todo el día.

Por variar, maromen propuso una “montañita” (literal), que empezó a revelarse como Montaña (así, en grande) cuando divisamos el teleférico desde el coche.

Que la señora de los billetes y varios Wanderer (esa variante de teutón parlanchín con botas de senderismo, palos de esquí, muy moreno y plagado de arrugas blancas) nos desaconsejasen enérgicamente coger sólo billetes de subida, no convenció en absoluto a mi marido que, chulo él y por sus hueven, no se dignó ni a escuchar mis súplicas.

Ahí que subimos todos: el maromo, los niños, la Au-Pair, el cochecito y una servidora. Vestidos como para ir de compras.

Más de 3 horas después conseguimos llegar en estado lamentable (los adultos), embarrados pero felices cual perdices, a nuestro ansiado coche...

Al que se le ocurra decir que todo era cuesta abajo y facilito le daré un sopapen en cuanto me lo cruce. Al que se le ocurra decir que esto es más sano y que basta ya de tanta cirujía plástica, le daré dos o tres.

Porque después de haber bajado una Montaña sujetando un cochecito (con bebé roncante incluido), ya sé lo que se siente en el postoperatorio de implante de culo. Pero eso sí (y lo más jodido) sin el culo.

A día de hoy y, aunque desde el miércoles he dejado de moverme como Robocop, todavía me duelen todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo.

Este fin de semana por mis ovarien que tocan peli, mantita y sofá.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El que mucho abarca...

Una entra en el mundo de las madres redundantes despacito, sin agobios y tomándoselo con calma, por eso de que es nueva en esto y de que, a pesar de haber estado deseando salir de casa, el síndrome de Estocolmo es agudo (y absurdo).

Media jornada, 4 horitas al día y ya, el resto como sea. Porque la compra, la colada, las comidas, los pediatras, las décimas inexplicables y repentinas, siguen ahí como antes pero con menos tiempo.

La primera semana llegaste con la lengua fuera a todas partes, te quedaste sin bodies un día y la lasaña te salió repugnante.

La segunda semana le cogiste el “ritmo” e implicaste al maromen (que se hacía el sueco de maravilla) con lo que, por ley (de la república independiente de tu casa, natürlich), le corresponde.

La tercera semana no se te ocurre otra cosa que aceptar un segundo trabajo (una traducción pequeña) en tu tiempo libre (ejem), que terminaste ayer y por la ya has enviado la factura (preguntándote además, por qué no te llegaban estas cosas cuando no trabajabas (fuera de casa, quieres decir) y planteándote seriamente, a 0,13 céntimos la palabreja, el intrusismo profesional por el morren).

Mientras tanto, has sobrevivido este ritmo 10 días sin marido, colaborado con 2 tartas al Elternbeirat (otra cosa que inexplicablemente te pones a hacer cuando crees no dar más de ti), organizado el primer cumpleaños del monstruo del rizo e incluso te has atrevido a salir de tu polvorienta esquina en la oficina, plantear una promoción y llevarla a buen puerto (también en tu tiempo “libre”).

Y no, no estás tomando drogas (aunque quizás deberías).

Porque para colmo, desde el maldito cambio horario, los niños se acuestan a su hora de siempre, pero empiezan a saltar sobre tus riñones a las 5 de la mañana.

Pero por si a alguien se le pasa por la cabeza considerarte un ente sobrenatural, algo así como a una Überfrau con capa y todo, le digo desde ya que ni de koñen… Tú también te creíste por un momento eso de la omnipresencia y los superpoderes.

Hasta que una tarde te marchaste a comprar al Bioladen de a tomar por saco con los tres polluelen y, pensando en qué color de capa se llevará esta temporada, no te percataste de que el coche te reclamaba gasolina.

Una muestra más de que tú puedes con todo se convirtió en una tarde desastrosa, con maromen llamado al rescate incluido. Al final no hubo ni compra, ni cena macrobiótica ni hay tiempo para hacerlo mañana. En cuanto te interrumpen el ritmo, se te descojonan los esquemas. Y ahora que lo piensas, hoy tenías que haber puesto otra lavadora…

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Amores reñidos...

Desde hace unas semanas, el silencio en esta casa ha dejado de ser sólo síntoma de maldades muy malas in progress o coma roncante (lamentablemente sólo a intervalos de 2 horas máximo) de los polluelen.

Ahora, si a mitad del día se oye el zumbido de una mosca, es bastante probable que se estén dando de leches. O metiéndose los legos en los ojos mutuamente. Tirándose del pelo. Dándose mordiscos de monja (sí, igual que los pellizcos, pero con los dientes…). Haciéndose placajes sobre el cesto de la leña. Clavándose los tenedores de la cocinita de Ikea. Lo que sea, pero doloroso y concentrado.

Como recompensa a mi fiel e ininterrumpido seguimiento de Jackass durante estos años (tarifa plana y en directo), ahora me lo aderezan con episodios alternos y (bastante) frecuentes de Pressing Catch. Cojonudo.

Y una, que con la práctica consigue abstraerse que no veas durante los múltiples e interminables cura-cura-sana, ha cambiado la lista de la compra por preguntas trascendentales como ¿llegarán enteros a la adolescencia? ¿es inherente a su masculinidad aporrearse por un Nenuco? ¿será biológicamente común a su género pellizcarse por una pala?... ¡¿Se odian?!

Cuando además el pedir perdón no es opción ni cuando ha sido sin querer-queriendo, el futuro de la armonía familiar empieza a verse bastante nublado.

Pero cómo no, hasta en estos casos la sabiduría popular tiene la respuesta. Y no por el amores reñidos son los más queridos, que también, sino más bien por el que hay veces que es peor el remedio que la enfermedad.

Y una se concentra en la relación de sus primogénitos, olvidando que el cuñao está en plena fase de los dos horribilus, que a todo es “no” “no usta” y “no quero” y llega un día de esos especialmente terrible, de esos en que vas cargada con todo y con todos y el rubio que se te para por el camino y no avanza ni por 3 huevos Kinder y tú ya pasas, es el segundo, total, ya sabes que sólo tienes que decir “pues nada, guapo, ahí te quedas. ¡Adióoooooos!” y que vendrá corriendo en cuanto tu escenificación de madre desnaturalizada cuadre ¿no? Pues no. Resulta que se te para otro por el camino y se pone a berrear porque no quiere dejarle ahí. Y da igual que le expliques que no le dejas de verdad, que sólo haces-como-si, porque total, con él te sigue funcionando a veces (casi siempre), así que te ves doblando la oferta de huevos Kinder (que ahora son a repartir, natürlich) y llegando tarde a todas partes.

Será por los huevos, piensas, hasta que te encuentras en esa cámara de torturas (antes llamada coche) con todos otra vez y se hace el silencio y divisas por el retrovisor la mano izquierda del mayor en la boca del cuñao y el pelo de éste en el puño derecho de aquel y ya no puedes más. Vociferando que se acabó, que sigan ellos andando, empiezas a reducir la velocidad. Destroyer pone cara de angelito asustado (su especialidad) y dice nonononono y el Mayor se pone a hablarte como si fueses una déspota idiota “pero mamá… no nos puedes dejar aquí… ¿no ves que somos muy pequeños?”

Cojonudo, seguro que la próxima vez me amenazan con llamar a los servicios sociales. Juntitos, eso sí.