lunes, 24 de octubre de 2011

Rabenfrau

Por si alguien se estaba empezando a preocupar, aclaro que no he sido abducida por ninguna horda de extraterrestres cerveceros ni la Telecom ha decidido restringir mi acceso a internet por temor a un post demoledor (con razón, eso sí).

Mi (corta) ausencia se debe a la nueva organización, replanteamiento de prioridades, pruebas varias de acierto-error y, sobre todo, la mentalización familiar y toma de conciencia que supone mi ingreso en el fascinante mundo de las madres redundantes (a.k.a. trabajadoras o Raben, según gusten).

Que sí, que yo estaba encantada, feliz y dispuestísima, pero la situación idealizada de salir de casa a horas tempranas con la sonrisa dibujada no se dio como esperaba.

En vez de eso, me encontré corriendo de un lado para otro a medio maquillar, tomándome el café mientras me ponía el abrigo y literalmente lanzando a los polluelen al interior de la guardería, un beso al aire y hasta más tarde. Un sinvivir, vamos.

Pero cosas de la nueva interacción con adultos en competición directa y malvada entre ellos, una se da cuenta a los dos días de que se trata de un tema de supervivencia y, sobre todo, de estrategia.

Al maromen, acostumbrado a levantarse, ducharse, afeitarse, desayunar y largarse “que llego tarrrde al trabajo” se le acabaron los derechos del (único) trabajador remunerado en esta Haus. Ahora una servidora también tiene que llegar a tiempo ¿no? Si además al señor se le ocurrió la graciosísima idea de señalar un par de patas de gallo en la nueva Rabenmutter y no supo arreglarlo más que para peor, justificando que dentro de una semana cumple 30 añitos y, claro, ya no es una veinteañera, todos sus derechos (desayuno incluido) se convierten en privilegios que hay que ganarse a pulso. Y mi maquillaje en paz y tranquilidad, en un derecho.

Media hora antes tiene que levantarse “el pobre”, porque ahora todas las tareas necesarias antes de cerrar la puerta, se reparten al 50%. Y los niños, que parecen haberse puesto del lado de su madre, se portan, gracias a Gott, igual de mal con él que conmigo. A buenas horas se dan algunos cuenta de que las camas, los niños, los desayunos, los abrigos y las mochilas no son cosa de los duendes caseros.

Y una, que le ha cogido el gusto al rabenmutterismo y se está volviendo una artista de la estrategia sutil y eficaz, ha decido dar un paso más y probar a ver qué tal esto de ser, además, una Rabenfrau.

3 noches han sido suficientes. Después de años queriéndose creer el “yo es que duermo muy profundamente y no me entero de nada” y asumiendo la paternidad nocturna, probó 3 días el volver con el/los polluelen lloriqueante/s al lecho marital y plantarlo/s en medio del mismo. La cuarta noche, cuál fue mi sorpresa, cuando al ir a levantarme maromen saltó raudo y veloz de la cama musitando sin un ápice de rencor (señal inconfundible del correcto funcionamiento de la estrategia) “deja deja, ya voy yo, que cada vez que te levantas tú, vuelves con uno.”

¿Quién era el pringao que decía que las mujeres teníamos más empatía y compasión? Hua hua hua

martes, 11 de octubre de 2011

sombra aquíííí sombra alláááá

Dice el dicho (y válgame la redundancia) que nunca te acostarás sin saber algo nuevo. Si eso nuevo es un secreto de Estaden, normalmente te adormilas dándole vueltas al asunto, pasmada y tentada de no darle mucho crédito a tus sentidos.

Luego comentas el secreto con varias personas y resulta que tu caso ni es especial ni te tienen manía. Es la triste realidad.

Dejen de darle vueltas al misterio de la feminidad en Alemania. Contra todo pronóstico existe, sí, pero no a nivel popular: el maquillaje, en este país, es herramienta exclusiva de la administración pública.

Para ser funcionaria en las teutonias, más te vale tener dotes de esteticién, porque tapar las imperfecciones de la Sra. Alemania requiere diligencia y una picaresca sibilina que supera con creces el tan criticado y vapuleado echar-morro español.

La historia empieza un domingo por la noche, cuando una servidora decidió que había llegado (¡por fin!) el momento de hacer algo productivo. Sintiéndose perdida y confusa (y con razón, pues con sus estudios no sabía por dónde empezar), decidió hacer uso de sus derechos y con un par de clicks se apuntó a la temida Bundesagentur für Arbeit (useasé, el INEM teutón). Con grata sorpresa recibió una llamada ese mismo lunes y llena de ilusión les proporcionó todos los datos necesarios. Una asesoría venía de serie en el pack y, como no podía ser de otra manera, agradeciendo cualquier ayuda y consejo, ayer se encaminó la nueva parada a tomar por saco de su casa para encontrarse con su Betreuerin (asesora).

Para que se hagan una idea de cómo fue la conversación, diré que la primera frase de la caraacelga fue “Ofertas para trabajar de filósofa no solemos tener.” Ach was!

El resto consistió en una sucesión de no-sés, no entra dentro de nuestras competencias, mire en internet, más no-sés, más mire en internet, esa otra rama que ud. propone y en la que resulta que también tiene estudios y experiencia laboral está ahora fatal (a.k.a. no tenemos ofertas en nuestra web, de las estadísiticas generales… no sé), además, es que si ud. ha estudiado otra cosa aquí, yo sólo puedo ayudarla a encontrar algo de eso, pffff ¿a media jornada? es imposible encontrar algo, ¿me pregunta por ofertas? busque en internet, ¿qué páginas son buenas? no sé, mire en internet, ¿que si su CV está bien? pues no sé ¿no ha mirado en internet?, ¿listas de empresas? seguro que encuentra información en internet…

¡Ah! ¿que todo eso ya lo ha hecho ud.? ¿y que la semana empieza unas prácticas de 3 meses? Pues entonces, si me permite, la voy a desapuntar (sí, han leído bien: desapuntar), porque con todo lo que está haciendo por su cuenta, no sé qué más podemos hacer por ud., sinceramente… ¿Que las prácticas terminan y después sigue necesitando algo? Ya, claro, pero le repito que ud. está haciendo ya mucho por su cuenta, ha encontrado más ofertas de las que yo tengo registradas y si la dejo aquí apuntada, va a tener que estar fichando cada 8 semanas, además de papeleo… sí, cada 8 semanas aunque no esté recibiendo ninguna prestación ni ayuda. No, no se apunte después de las prácticas aunque no haya encontrado nada, hágame el favor, que ya le he dicho que más no podemos hacer por ud. No, no se trata de hacerle la vida imposible a nadie, nosotros estamos para ayudar.

Y yo me pregunto… ¿para ayudar a quién? A los del chándal y la cervecita les dan la coñen con informaciones y cursos y a los que sí que queremos trabajar, nos remiten a internet y nos desapuntan (porque es un rollen, ¿verdad que sí?).

Cuando se enorgullecen de que aquí no hay paro, me pregunto si son conscientes del sombra-aquí-sombra-allá que se estila en la famosa Agentur, porque una servidora ha durado como engrose de la lista negra exactamente una semana. Y ha sido declarada presencia non grata en sus instalaciones. Tenga o no tenga trabajo. Si no encuentra nada, quédese en casita con los polluelen, que para algo los ha tenido, ¿no?

domingo, 2 de octubre de 2011

Nocturnos

Cuando asumes que tu marido viaja, y mucho, acabas viéndole el lado bueno al asunto.

Además de poder ver tus series favoritas (sin tiros, bombas, ni trascendencia política), leer sin constantes interrupciones (“Hasssme casssso, anda” o “Apaga la lussss, que no puedo dorrrrmirrr” o las dos cosas a la vez), cenar cuando y lo que quieras o hablar horas por teléfono, lo más mejor de todo es… la cama.

140 cm. de ancho sólo para ti. Fresquitos, mullidos y silenciosos.

Por lo menos hasta medianoche. A esa hora más o menos empieza el tráfico nocturno. Pasitos en el pasillo anuncian al primer visitante.

Si se enciende la luz del baño y oyes la cadena, sabes que es el mayor, que te coge la mano nada más acomodarse a tu lado.

Si te dan un beso baboso y te tiran del edredón, sabes que es Destroyer, que se aposenta en mitad de la cama, te acaricia el pelito (manipulador) y te informa de su posición: “mami… ¿ca-mi-ta?... bezozzz” antes de volver a roncar.

Si se oye un grito estridente seguido de dos tandas de pasitos, sabes que es el del Rizo (el peor, créanme, que este va a dar para mucho) llamando a sus hermanos y negociando su transporte – con peluche incluido – a la cama grande. Un chop-chop uniforme anuncia su conformidad con la ubicación asignada al lado de su mami (que ya lleva medio culo fuera del lecho) y el lanzamiento del chupete su marmotizamiento inminente.

Tú te alegras de haber educado hijos independientes y organizados y de no tener que levantarte tropecientas veces por las noches.

O no.

Resulta que uno de esos días, a la santa madre de las criaturen, la invitaron a una cena. Una cena de españolas y latinas en Alemania, ubicadas todas cerca del mierdapueblo (en la que, contando las aventuras odontológicas de Destroyer, resultó ser reconocida por una (espero que) asidua lectora de este mein blog).

A una servidora le apetecía tanto la cena, que pensó que agotando a los niños durante todo el día y volviendo a una hora prudente, la recién llegada Au-Pair no tendría problema con ellos.

Un hueven.

A las 11 juro por Dios que me levanté para irme. Y a las 11:10, 11:15 y 11:20. A las 11:45 conseguí llegar al último “cigarro de despedida” y ya estábamos besuqueándonos todas para marcharnos, cuando mi móvil empezó a tocar salsa y en la pantalla apareció el temido “Ich Haus” (una que es así de simple).

Conseguí entender “mediano” “mucho” y “susto” y, pensando que Destroyer o había tenido una pesadilla o estaba armándola gorda al no haberme encontrado en mi puesto, corrí veloz a retomar el mando.

Al llegar a casa comprendí que la del susto, y mucho, era la Au-Pair y no el niño.

Con el monstruo del Rizo acomodado en sus brazos (chop-chop-no-me-inmuto-mientras-me-paseen) y el rubio saltando por mi cama, me comenta que al oír un grito estridente (el pequeño, of course) se levantó a ponerle el chupete y, al echar un vistazo a las otras camitas, se apercibió de la desaparición de Destroyer.

El pánico fue creciendo a medida que iba registrando las habitaciones, encendiendo las luces y llamando al niño… Cuando salió al jardín y tampoco le encontró, tentada estuvo de llamar a la policía. Me llamó a mí, gracias a Gott y, según colgaba el teléfono imaginándose al niño secuestrado (ahora entiende que probablemente a los 2 días lo devolverían), oyó un “¿ma-mi?” seguido de una cabecita rubia y desdentada asomándose desde… el trastero.

Qué hacía ahí, por qué no contestó a las llamadas o desde cuándo sabe bajar 2 pisos de puntillas y a oscuras, nunca lo sabremos.

Lo que sí sé, es que le voy a comprar la sábana fantasma y colgarle cascabeles hasta en las orejas. Y a la Au-Pair un valium.