martes, 26 de abril de 2011

El rosa es de niñas


Que los niños no son como una hoja en blanco lo sabe cualquiera que los tiene. Nos guste más o menos, de ahí salen sin barra de pan pero con las ideas muy claras.
Se supone que como padres tenemos que respetarlas y enseñarles a vivir en sociedad respetando las de los demás. Nuestra labor consistiría más en guiar y acompañar que en imponer o manipular. Tralalá.
De nuevo, cualquiera que tenga hijos sabe que esta teoría taaaan bonita tiene un montón de excepciones.
Un buen día tú estás, por ejemplo, en Zara probándote una camiseta y por la esquina del probador aparece tu hijo con el vestido más choni de la cuidad. Para ti, porque es muy bonito. Y "tá lleno de estrellaz" (a.k.a. brilli brilli súperchoni). Es en ese momento en el que te das cuenta de que 1. tu hijo no vale para poeta y 2. las posibilidades de tener a una Norma Duval de nueva generación como nuera son más grandes de lo que pensabas.
Y decides pasarte la teoría por el forro y manipular con pretensión y alevosía.
Durante una temporada funciona. Parece que tu hijo va aprendiendo qué música sí, cuál no, qué libros sí, qué ropa mola y le sienta bien y cuál no entrará nunca en casa.
Todo iba bien hasta que un día dijo que ese polo rosa chicle que tan bien le sienta morenito no se lo pone ni de koñen, “porque el rosa es de niñas y se ríen de mí en la guardería.” Vaya. Y son las 8 de la mañana, llegas tarde al médico del mediano, no hay más camisetas limpias y mucho menos tiempo para dialogar. Se te ocurre un idea (¿brillante?) en el último momento, sacas el portátil como ultraexcepción y le pones unos vídeos durante el desayuno, para que vea que los chicos también llevan rosa. Funciona: el niño se va tan contento y orgulloso de su polo rosa chicle a la guardería.
Unos días después, cuando te empiezas a dar cuenta de que la idea puede que no haya sido tan tan brillante (ahora el niño sólo quiere el polo rosa de las narices), te lo confirma la educadora de la guardería, que quiere hablar unos minutos contigo sobre el nuevo juego español que ha desbancado a los Power Ranger en el patio. ¿Qué juego? Pues ese de las bandillas y el togo, que tiene a los niños como locos pitando palos de rosa y con mucha purpurina y correteando alegremente por el jardín. Ahora dicen que el rosa es de chicos.
Tú te vas quedando blanca según atisbas el verdadero significado de bandilla y togo, al mismo tiempo que te admiras de que tu hijo facilite la tarea a los teutones y les enseñe banderilla y toro con acento alemán directamente. Ideas de la abuela, explicas que tú tampoco sabes muy bien de qué va la cosa. Esa noche escondes el polo rosa.
Ahora llevo toda la semana santa pensando con tranquilidad (ha quedado claro que las prisas no son buenas compañeras) en cómo convencer al niño de que los pantalones tiroleses de cuero molan aunque su amiga Lara le haya dicho que no le gustan. Que sean lo más cómodo, lo menos sucio y lo único resistente a su frenética actividad al aire libre no le convence. Que fuesen de su padre cuando era pequeño y su padre el más guay y el más guapo del lugar, tampoco. Ponerle vídeos de bailes regionales conseguiría (seguro) el efecto contrario al deseado. Lo único que se me ocurre es hablarle de los Ángeles del Infierno, pero creo que los Power Ranger son más adecuados para su edad (y más seguros para su permanencia en la guardería). Sigo pensando…

domingo, 3 de abril de 2011

Manos libres

Se dice que la consagración definitiva de cualquier artefacto le llega cuando para usarlo no necesitas (casi) las manos: el móvil, la aspiradora, la Thermomix… La idea sería, en estos tiempos acelerados en los que el (¿nuestro?) tiempo vale oro, poder hacer varias cosas a la vez.

Supongo que por ese afán de optimización minutero (algunos aseguran que incluso tiene beneficios para el rorro) hace unos años se recuperó una práctica ancestral: El ahora llamado porteo y antiguamente conocido como colgarse al niño y ya.

Cuando nació mi primer hijo me dejé llevar. Teniendo en cuenta que en Berlín sólo se ven Boogaboos y foulards (los perroflautas antisistema berlineses es lo que tienen, que terminan la carrera y resulta que no pueden vivir sin un Boogaboo azul-espacio-estelar), decidí no maltratar mi cuenta corriente y sucumbir sólo a este último.

Que duró 2 días.

El primero fue cuando le introduje la alimentación complementaria al bebé: 2 flecos de bufanda y varias pelotillas de jersey. Sin gluten, espero.

El segundo fue cuando casi me cojo una pulmonía y medio Berlín me vio las tetas; pero es que a -15º, tuve que elegir entre mis pulmones y los del niño y dejarme abierto el abrigo. Una que no es tan malamadre.

Concluí que para los foulards, como para la cocina, hay que tener talento, que yo carecía de él y que además mi hijo estaba de acuerdo conmigo.

Cuando nació el tercero, la opción colgarse a un niño volvió a rondarme la cabeza (sobre todo cuando me imaginaba sola en el aeropuerto con los 3).

Me informé, lo juro por Gott, y acabé agenciándome una mochila ultra-súper-chachi-modernísima-y-ergonómica. Con cojín mullido para recién nacidos extra.

Me la fui a probar con Pepe (el Nenuco de los niños, que hace patria) y abrigo de invierno en pleno agosto. Pepe parecía cómodo. Lo que se me había olvidado es meter a Pepe en el traje de torturas infantil (a.k.a. buzo de nieve), así que, cuando nació el Bipolar en noviembre, la acojomochila con cojín-colchón mullido se utilizó básicamente para poder freir un filete (de lado, tranquilos) sin que Destroyer intentase estirarle la campanilla al nuevo. Creo que recordar que, por aquel entonces, mi biocuñada me habló de foulards elásticos y yo, que me dejé llevar por los prejuicios, para una cosa inteligente que dice, no le hice ni puñetero caso.

Ahora que el buen tiempo asoma y que bipolar sujeta la cabecita, parecía que iba poder amortizar algo mi inversión. Tampoco es que estuviese apasionada con ella, todo hay que decirlo, porque aunque es verdad que el niño está sujeto, las manos libres de ese niño no me quedan: con una tengo que sujetarle el chupete y con la otra las garritas (que parece que en casa tenemos gato). Dejar al mediano andar solo por la calle (y pensar que atenderá al “¡aléjate del tractor!”) no es opción segura y, por empujar su cochecito con las rodillas (con él dentro gritando yuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu), he oído alguna que otra carcajada a mis espaldas.

Ya estaba yo dispuesta a colgar la mochila y olvidarme de ella para siempre cuando el miércoles por la tarde, el nuevo recién dormido en el capazo, tenía que llevar al mayor a su clase de gimnasia. No se me ocurrió otra que colgarme al mediano a la espalda y no tocar al pequeño. Resistirá, pensé, que no ha dormido en todo el día (y mucho menos por la noche).

Pero no, no resistió. Fue llegar a la mitad del camino y ponerse a berrear. Y yo, mirando al cielo por agarramiento coletero del de detrás, no atinaba con el chupete. Ni con el muñeco. Ni con nada de nada.

Al final tocó brazos con Bipolar y espalda machacada por Destroyer (que por mis narices va a ser fisioterapeuta). El cochecito, por supuesto, llegó al gimnasio a rodillazos.

Una de las Übermütter me soltó al llegar que eso del porteo será muy moderno, pero de práctico no tiene un pelo. Con rintintín. Muy seria (en serio) le dije que no, que práctico es un rato, que yo es que me había organizado mal: me voy a comprar otra mochila. Y una barra de esas para colgar la ropa con ruedas.