viernes, 25 de marzo de 2011

LEXIKON

A petición semipopular y pensando en esos lectores no-teutonizados que pierden su tiempo en este blog, he decidido creer(me) que es hora de crear un Lexikon con todos esos palabren que no puedo (ni debo) traducir.

Aviso que se irá ampliando según apremie la necesidad o avance mi alemanamiento por lo que, a partir de ahora, existirá una pestaña allá arriba para tal menester.

De momento y por hoy, si alguien tiene alguna DUDEN, que pinche el ladrillo:


martes, 22 de marzo de 2011

Divide y vencerás

Parecía que soplaba una brisilla fresca por el mierdapueblo.

Será Gülle, como todas las primaveras, me decía mi marido (y no, no estoy loca: después de un invierno aquí vosotros también valoraríais ese olor como se merece).

No no no, no es la primavera, es algo más prometedor que eso… ¿aires de cambio?

Ingenua que es una. O completamente gilipollas.

Que en el Elternbeirat de la guardería estén todas las madres trabajadoras (por voluntad y vocación y no por necesidad, conste, que ya sabemos todos que aquí los Herren son muy machos y por poder pueden sustentar a su familia y a la del vecino Harz IV si hace falta) del mierdapueblo prometía en las encuestas. Por lo menos en su formulación.

Y es que no hay que ser un lumbreras para saber que con la pregunta adecuada uno puede conseguir la respuesta que necesita.

Hace 4 años lo intentaron y, según cuenta la leyenda, salieron escaladadas: no sólo no consiguieron ampliar horarios ni que hubiese comedor, sino que además recibieron varias protestas por su atrevimiento, osadía y Rabenmutterismo declarado. Noi noi noi (schwäbisch profundo, para los rezagados), si no quieres ser Übermütter no te preocupes que ya nos encargamos nosotras de no dejarte otra. Es por tu bien.

Este año prometía diferente: 2 madres solteras, 3 divorciadas, 5 trabajadoras y unas cuantas más que se plantean (o plantearían) salir a ganarse unas lentejas. O hacer deporte. O punto de cruz. O divorciarse.

Cual cuento de la lechera habíamos empezado a frotarnos las manos, llegando alguna incluso a Kanzler imaginaria del mierdapueblo por 2 horas más de Kinderbetreuung al día y ninguna de pelamiento de Kartoffeln mañanero que toda mujer que se precie ha de dominar por estos lares.

A mí se me rompió el cántaro en cuanto leí la encuesta. Primero unas preguntas sobre “necesidades” por profesión: ¿Trabaja usted? ¿Cuántas horas? ¿Piensa ponerse a trabajar en un futuro? Si el padre de las criaturen trabaja o cuánto trabaja no parece interesar lo más mínimo (total, lo niños sólo se crían con sus madres ¿no?). No te quejes, me suelta la educadora, por lo menos este año la pregunta “¿Aprueba su marido que trabaje usted fuera de casa?” ha desaparecido del cuestionario (aires de cambio...).

Ojiplática tras este interrogatorio y adivinando por dónde siguen yendo los tiros, ataco la segunda fase de preguntas dispuesta a pagar con la misma moneda. 3 hijos tengo, 3 votos me dan: Necesito 9 horas de Kinderbetreuung al día, todos los días de la semana, más comedor. Y mandar a los niños desde los 12 meses. Y sí, estoy dispuesta a pagar hasta 200 euros más al mes. Lo que haga falta.

¿Tanto? ¿Tantas horas? Me pregunta mi marido. No, tontolculen ¿tú tampoco te das cuenta de lo que va a pasar?

Lo mismo que hace 4 años: El porcentaje de Übermütter que quiere que siga todo tal como está es del 52%. Las Rabenmutter están divididas: 15% quiere Ganztagbetreuung y comedor (y que los niños empiecen antes de los 3 años), 10% necesita 2 horas más de Kindergarten diaria, 7% lo mismo pero con comedor, al 5% le gustarían 2 días de Ganztagbetreuung y el resto como está. El 6% NS/NC.

Y ya, ya sé que el 52% es mayoría (¿absoluta?), pero es obvio que si el resto sólo componen grupúsculos porcentuales insignificantes, aquí va a seguir oliendo a Gülle por muchos años.

¿Quién es el listillo que ha redactado las encuestas? Yo, me dice abochornada mi amiga del Elterbeirat. Y después de confesarme que ella pertenece al 5%, me promete que dentro de 4 años procurará no apuntar a su tejado cuando tire piedras: La próxima vez una sola pregunta, conseguir un SÍ significativo y ya después ocuparse los detalles. Estupendo, sólo que como no tengas otro hijo, dentro de 4 años no pintas nada en el Elternbeirat de la guardería… Aunque ahora que lo pienso, sí que lo pinta en el del colegio y los horarios son exactamente los mismos.

martes, 15 de marzo de 2011

17 escalones

Lo sé, lo sé, lo sé. La familia política es… primero política y después familia.

Tú que creías que terminabas de independizarte cuando te arrejuntaste y resulta que en el lote vienen de serie unos pseudopadres sin lugares comunes. Te tienes que hacer querer sin gugútatás y se tienen que hacer respetar sin poder recurrir a la paga semanal.

En mi caso la suegra fue pan comido. Literal. El mismo día que les conocí me zampé un estofado de la señora acompañado de varios mmmms y rematado con un rebañe sin pan (claro que después de 2 horas ayudando a mi futuro en el arroyo me hubiese comido hasta las algas). Ella, consciente de sus carencias culinarias, debió de pensar que eso era amor del de verdad verdadero, lo demás tonterías y me acogió bajo sus alas.

Con mi señor suegro costó un poco más: un positivo en el test de embarazo que dejase de tratarme de usted y un gugútatá de verdad (del niño, no mío) que me liberase de formalidades y de tener que dirigirme a él como Herr Dr.

Los años y la (ya no tan reciente) cercanía de nuestros respectivos hogares han hecho que la relación se estreche y las reuniones tiren más a distendidas que a lo contrario. Varios hits (o puntos de inflexión) han ido rematando y/o redireccionando el trato: El nacimiento de un nieto (para bien), una mala cara a mi cuñada (para un poco mal), la primera vez que te ven llorar (para depende)…etc.

El último hit político sigue pendiente de clasificación pero sus efectos no tardarán en hacerse notar, me temo.

Hace un par de días en casa de mis suegros, hasta el moñen ya de las disertaciones de mi biocuñada sobre la injusticia del circo (conste que a mí también me parece injusto que vaya al circo: si quieren verla, que vengan a casa, ¿no?), accedí a los grititos suplicantes del mediano y le acompañé a su nuevo juguete preferido: las escaleras.

Las escaleras de mis suegros tienen exactamente 17 escalones, que el niño kamikaze sube y baja con su divino culo varias veces en cada visita. Acompañado, claro está, que sus dientes también le quedan divinos y quiero que los conserve.

Nada más empezar con el segundo escalón, se abre la puerta del baño (en el piso de arriba) y de ahí que sale el Herr Dr. en albornoz dirección a… vestirse, supongo. Como cualquier persona a la que los niños ni fú ni fá hasta que sepan jugar al ajedrez, sus esfuerzos carantoñescos suelen ser justo la que no tenía que ser en el momento que no hacía falta. O sea, por ejemplo, en ese mismo instante.

Tal cuál divisó al pequeño Destroyer dirección arriba, tal cual se agachó a animarle en su tarea. (Leer con cejas levantadas:) Tal cual.

A partir del escalón 8 más o menos, dejé de rezar para que se diese cuenta y se tapase y empecé a intentar sobornar mentalmente a la Providencia para todo lo contario: No volveré a meterme con mis cuñadas, fumaré menos, llamaré a mis abuelas todas las semanas, me comeré las acelgas… lo que sea… pero por favor por favor por favor quiero llevarme este secreto a la tumba.

Parecía que funcionaba, ya llegábamos al final de la escalera y aquí nadie había visto nada. Por supuesto, en ese momento tuvo que aparecer la hippypollas (gracias Anónima por este nuevo concepto) a gritarle a su padre que le estábamos viendo tó.

martes, 8 de marzo de 2011

Más vale Raben en mano...

… que ciento planeándolo.

Me llama el viernes por la noche mi amiga alemana del mierdapueblo: que si le puedo cuidar a sus dos niños (4 y 2 años) el sábado por la tarde, que a su marido le han ingresado (y operado) hoy de apendicitis. Una urgencia, me dice, lo siente mucho pero no tiene con quién dejarlos un rato.

Claro, claro. Y el domingo si quieres todo el día, que ya viene mi marido y no estoy sola.

El domingo no hace falta, me aclara, que ya le ha cambiado a su madre un día de Dienst (servicio) de la semana siguiente y se los queda ella. Le va a pagar un euro más la hora (por ser domingo), pero bueno (¿es resignación o indignación lo que percibo en su voz?).

Aclaro que la madre vive en el piso de arriba, trabaja de Tagesmutter para ellos entre semana (conste en acta que no me parece mal que esté contratada) y que el sábado se fue a mirar estanterías para su salón a IKEA. Urgentísimo, vamos, lo de las estanterías. Y lo de cobrarle el domingo a precio de domingo para poder estar con su marido en el hospital (su propia madre), tiene delito.

¿Y tus suegros (que viven a 25 km.)? Uy no, es que este fin de semana tienen un cumpleaños y no pueden. No pueden ¿qué? ¿Venir a ver a su hijo al hospital, ayudaros con sus nietos? ¿Han llamado, por cierto? Sí, bueno no, han mandado un sms.

La madre y los suegros de mi amiga no son una excepción. Los que sí lo lo son, a Gott gracias, son los míos. A pesar de todas sus alemanadas y particularidades, tengo que decir que se portan más que bien con sus nietos, conmigo y con su hijo.

Es algo que no agradecía al principio, porque a mí me parece lo normal. No me hubiese sorprendido si no me donan un riñón, pero sí que me hubiese indignado si ingresan a mi marido o a mis hijos y lo único que sé de ellos es un “Gute Besserung” por sms.

Indignadas por esto conozco a muchas españolas por aquí. Las teutonas, en cambio, no conocen otra cosa y lo aceptan. Mal de muchos, consuelo de tontos, que se dice. ¿no?

Pero es una lógica que no acabo de entender.

O sea, mucho parto natural, lactancia prolongada, mucho apego y mucho estar en casa, pero aquí en Alemania a los 18 años los que se independizan no son los hijos. Son los padres. De los hijos. Si te he visto no me acuerdo y si me acuerdo es porque alguien tiene que pagar el asilo. O una lavadora nueva.

Y a mí me preguntan con rintintín las Übermütter del lugar si der verdad voy a mandar al mediano tan chiquitín a la guardería (¡cuando cumpla 3 años!) o si tanto me costaba sacrificarme como es debido (sic.) y darles pecho hasta pasado el año.

¿y por qué no va tu hija a la guardería? Sí, esa que tiene 4 años y a la que tienes que, literalmente, arrastrar a la calle gritando que se quiere quedar cada vez que traes a su hermano mayor. Que le da pena, me suelta, todavía la quiero tener un poco más bei mir.

Alles klar.

Menos mal que mi hijo mayor está en la fase bocazas e impertinente y va preguntando por doquier “¿por qué tienes un bebé?” a toda madre que se encuentra, porque a cada “para no aburrirme” que ha recibido por respuesta, he podido contestar que para jugar un rato hay Nenucos, no se vayan a aburrir de los hijos cuando crezcan y recuperar su Rabenismo perdido.

jueves, 3 de marzo de 2011

¡Sorpresa!

Reconozco que muchas veces peco de pasota y antepongo la comodidad (o la economía) a la estética en el vestuario de mis hijos.

Muchas más veces de lo que peco es de blanda y confieso aquí y ahora haberles dejado salir de casa con los pantalones o el jersey del revés.

Pero es que no lo puedo evitar… Cuando el mediano me mira como si acabase de inventar la rueda o el mayor se hace el mayorcísimo “porque no está papá y así te ayudo yo” me desarman y dejan de molestarme costuras y etiquetas.

En la última de sus hazañas me ha costado controlarme, no lo voy a negar.

Cuando mi hijo mayor se me tiró eufórico en plancha a las 6:00 de la mañana porque “¡mamiiiiiiiiiiiii! ¡Tengo una sorpresa!”, no me imaginaba la que habían montado.

Que querían estar guapos para el Elternkaffee de la guardería, me dice. Y yo, que todavía tenía la legaña pegada no entendía a qué se refería, si todavía estaban en pijama.

“Como siempre dices que tenemos unos pelos pero no nos llevas a la peluquería, nos hemos cortado el pelo.”

Creo recordar que en ese momento rugí y salté de la cama a buscar al otro implicado: al fin y al cabo el mayor estaba ahí vivito y coleando, pero del mediano no tenía noticias, y allí me lo encuentro, sentado en el baño, mordiendo una crema y sin flequillo. Y con una minicresta en la coronilla. Y el váter lleno de pelos. Y el baño recogido (esto fue lo que me ablandó, manipuladores). Y me mira, se ríe y me dice “ba-po” mientras se toca la minicresta. Y yo pienso que no ha sido para tanto, que casi no se ve. Con un poco de colonia ni se nota. Y me doy la vuelta, porque el mayor llega detrás y todavía no me he fijado en su corte. Y eso no se arregla ni con colonia, pienso. Ni en la peluquería. Eso hay que raparlo al 1 como poco, o afeitarlo. Mi madre le mata. Qué digo, me mata a mí. Las calvas (muchas y muy obvias) están por encima del flequillo, que sigue intacto. Parece un bakala. Puedo intentar peinarle el flequillo con gomina para atrás. Necesito un café.

Por suerte (aunque no siempre), mi hijo no se calla ni debajo del agua y a cualquiera que le mire más de 2 segundos, le ha contado la historia de cómo le cortó el pelo a su hermano pequeño y después se lo cortó él, para darle una sorpresa a mamá que estaba durmiendo (la mona, pensarían algunos seguro).

Pero ahora que han pasado unos días, parece que mi hijo se ha cansado de dar explicaciones sobre moda. Lo que no se le han pasado son las calvas. Así que, por mucho que sean el recuerdo de una imagen enternecedora que me perdí, después de que esta mañana en el súper una señora apartara a su hijo del mío “que tiene tiña”, he decidido que mañana le rapa un profesional. Sin falta.