martes, 25 de enero de 2011

Trapos sucios

Que los trapos sucios se lavan en casa (Schmutzige Wäsche wäscht man zu Hause) es, por lo visto, sabiduría universal. Que los teutones apliquen estas cosas de forma literal puede dar lugar a situaciones rocambolescas.

Ya he hablado por aquí de lo poco que les gusta mojarse y de las artimañas que usan para abrir el grifo lo menos posible; y todo esto estaría muy bien si se limitasen a hacerlo en su casa.

El problema es cuando el tema de los trapos sucios traspasa las puertas del hogar y te los encuentras en un hospital.

Cuando pocos días antes de salir de cuentas mi ginecólogo me dijo que se iba de vacaciones y que las siguientes revisiones tendrían lugar en el Krankenhaus, me pareció estupendo: Así aprovecharía para presentarme y llevar mi historial. Con lo que no contaba es que con ellos aprovecharían para ahorrarse un par de lavadoras.

Durante la primera revisión me tuvieron de un lado para otro (ecografía en una sala, CTG en la otra…etc.). La matrona que me controlaba, al pasarme de una sala a otra, me dijo que hiciese el favor de llevar el trapo que cubría la camilla en la que acababa de estar y lo extendiese en la siguiente. Me pareció un poco cutre, la verdad, pero a sabiendas de lo “ahorradores” que son por aquí, no le di mayor importancia.

Sí que empecé a preocuparme por mi salud cuando, al marcharme, la enfermera me devolvió mi Mutterpass y, con él, el trapo. Inocente de mí pensé que de cutres nanai, que mira tú por dónde cómo son de higiénicos que ese trapo ya no lo querían volver a usar.

Ja, ja, ja.

No hubo más revisiones. La siguiente vez que pisé el hospital estaba de parto y ¿alguien adivina qué es lo que me pidieron además de la tarjeta del seguro al llegar? Sí sí, el trapo.

Menuda cara pusieron al ir a por un trapo nuevo (y de verdad que espero que estuviese limpio) para la silla de partos. No me hubiese extrañado que, además del trapo aquél, al darme el alta me hubiesen reclamado 20 céntimos de detergente.

Personalmente me alegré de no haber sabido que aquél trapo era mi responsabilidad. Pero sobre todo me sentí aliviada por haber tenido partos naturales porque, llega a ser una cesárea, y además de para el niño, tendríamos que haber buscado nombres para todas las bacterias que pululaban por el quirófano.

Luego salen noticias como esta: Escándalos sobre falta de higiene en hospitales alemanes, en los que la suciedad de los instrumentos quirúrgicos salta a la vista. ¿Y a quién le extraña? Teniendo en cuenta cómo friegan los platos, no era de esperar que el cirujano conociese otros métodos para sus instrumentos que, supongo, tendría que lavar en su propia casa.

martes, 18 de enero de 2011

La naranja mecánica

No hay cosa más desesperante que un bebé estreñido. Eso lo sabe cualquier madre.

Mientras que con LME una no tiene de qué preocuparse si el niño lleva varios días sin hacer caca, en cuanto hay biberones de por medio o papillas, la cosa cambia: o hace caca una vez al día o ya puedes ir preparándote para una noche infernal.

Mi pediatra de Madrid me lo dejó clarito con mi primer hijo: si el niño está estreñido, le das un par de cucharaditas de zumo de naranja (natural y recién exprimido, se entiende).

Mano de santo, oye. Y, ya puestos, de lo más natural, fácil y barato.

En Alemania, en cambio, eso sería impensable. Después de muchos años por aquí, sigo sin entender ese rechazo sistemático por las naranjas. Vamos, es que ni que fuesen criptonita.

Mi biocuñada andaba quejándose hace poco de lo estreñido que estaba su bebé (7 meses) y lo mal que lo estaba pasando. Se me ocurrió, ya que el niño lleva bebiendo zumos y tés y comiendo potitos de pasta a la boloñesa y frutas del bosque (todo bio, por supuesto) desde los 4 meses, aconsejarle el zumo de naranja.

No me acuerdo de lo que me argumentó para mandarme a la porra y, de paso, llamarme asesina de bebés (todo muy formal y correcto, todo muy alemán, pero asesina de bebés al fin y al cabo) y llamar a su tía la homeópata para que le trajese glóbulis de vitamina C.

No me acuerdo porque no estaba escuchando, sino asombrándome de lo tontalculo que son a veces ella y muchos autóctonos más, que se toman la vitamina C en pastillas para no tocar una naranja, o que no sacan a los niños al solecito (porque total, la vitamina D ya la están tomando en gotas)…

Todo muy bio, sí, pero lo menos natural posible. ¿Para qué hacerte un zumo si lo venden en botella? ¿Para qué hacer un caldo si venden los polvos en el Bioladen? ¿Para qué beberte un vaso de agua, si te puedes hacer un té o echarle un poco de zumo (de botella, por supuesto)?

Mi biosobrino se puso morado de glóbulis laxantes, claro está, para después acompañar su potito de boloñesa con zumo de ¿uva? (era rojo, desde luego). Pero eso sí, la rara tercermundista soy yo por negarme a acompañar el solomillo con Apfelschorle y preferir agua del grifo.

domingo, 9 de enero de 2011

Cuarentena

Con cuarentena no me refiero a la mía (postparto), que ya me hubiese gustado a mí tener 40 días para recuperarme.

Apenas 4 semanas después del parto, me llevé el susto de mi vida (confirmado como convulsión febril, por cierto) que, para el virus malvado aquel, no fue suficiente: 3 días después de salir el mayor del hospital, se me pone el mediano a 40º (amenazando seriamente nuestro esperadísimo viaje a Madrid). Después de 2 días se “cura” y ahí que el 18 nos embarcamos todos (menos mi marido, que llegó para Nochebuena) hacia España.

La de planes que teníamos y que no pudimos hacer por la dichosa cuarentena.
La de todos: Otitis, reacción a la triple vírica, dolor de dientes, virus muchomásmalvado (¿o no es mala leche tener a un niño de un año una semana entera con picos de 40º que no se bajan ni con baños?), anginas, bronquiolitis y, para rematar, la escarlatina.

Todo esto a repartir entre los niños, adultos aparte (menos yo, claro), así que los Reyes Magos, en vez de oro, incienso y mirra, este año han venido cargados de (benditos) Augmentine, AZitromicina y Clamoxil.

Pobrecitos ¿no?

Pues sí, claro que sí, pero ahora que se han acabado las fiebres, dolores y del sarpullido no quedan más que las sombras y aunque nos queda una semana más de antibióticos, empiezan a hacer estragos en mí las 3 horas de media (o sea, en total, no seguidas) diarias que llevo durmiendo desde hace semanas, el comer rápido y poco, el estrés, el miedo, las preocupaciones y el agotamiento físico que suponen estar, al mismo tiempo, pendiente de los males, dosis, mimos, hambres, porteos, consuelos y demás de 3 niños a la vez. Incluso al mismo tiempo.

Que yo no me haya puesto mala es un milagro (o el pote gallego de mi madre). Que mi producción de leche no hubiese disminuido habría sido otro. Porque no nos vamos a engañar (y como me confirmó mi matrona/asesora de lactancia): si todos estos factores son capaces de producir desde un sarpullido inocuo hasta un infarto, pasando incluso por depresión ¿cómo no van a influenciar la producción de leche? LM significa Lactancia Materna, no Lactancia Mágica.

Como no podía ser de otra manera, ya de vuelta en Alemania, me piden explicaciones del por qué de mi falta de sacrificio. Que si no me siento culpable. Que si el “no tengo leche suficiente/el niño se queda con hambre” no es más que una excusa.

Menos mal que la experiencia es un grado y que después de 3 niños a mí ya no me la dan con queso: No eran cólicos, no eran mimos, no era sueño, no ha sido el pediatra. Era hambre. Y culpable me he sentido, sí, y mucho además, pero sobre todo después del primer biberón, al ver el ansia con el que lo devoró y la sonrisa que me regaló después, por no habérselo dado antes.

Si ya me consideraban Rabenmutter, ahora debo de parecerles la encarnación del diablo.

Espero que no me echen del pueblo después de las vacaciones en el Caribe (o en la pensión Spätzle del mierdapueblo colidante, lo mismo da, si sólo voy a dormir) que me voy a regalar...... algún día.