domingo, 12 de diciembre de 2010

Pánico

Presentimiento o intuición, para el caso es lo mismo: no lo tuve en cuenta. ¿Por qué pensé en no mandarle ese día a la guardería, si el niño estaba perfectamente y además quería ir?

Apenas 45 min. después de haberle dejado ahí, me llama la educadora al borde de un ataque de nervios. El niño no respira.

Mi marido en Múnich (130 km.), la au-pair se ha llevado el coche (y al mediano) y yo con el pequeño, al que meto rápidamente en el cochecito. Corriendo todo lo rápido que puedo hacia la guardería, consigo localizar a mi suegra para que venga con su coche.

Cuando llego, la que bordea el ataque de nervios soy yo: Mi hijo está blanco como el papel, con los labios amoratados e inconsciente. Todo el mundo grita a su alrededor, le zarandean, le llaman, intentan que reaccione. Yo me uno al coro, histérica, intentando al mismo tiempo saber qué ha pasado. El niño se ha atragantado con una galleta, se estaba ahogando, le han provocado el vómito y se ha quedado así, me dicen. La ambulancia está en camino, me intentan tranquilizar.

El niño sigue sin reaccionar. Pasa 1 minuto (que me parece una hora), 2, 3, 4 y la ambulancia que no llega. Y el niño no reacciona. Parece un cadáver. No sé si tiene pulso, no sé tomarlo y, con los nervios, probablemente no lo encontraría.

Llega la ambulancia. Nos apartan a todos. Órdenes cortas y precisas: ¿qué ha pasado? ¿cómo se llama? ¿cuántos años tiene? ¿tiene alguna alergia? ¿cuánto lleva así?
Tienden al niño en el suelo (los demás están encerrados en las aulas) y se reparten las tareas: Uno abre una vía e inyecta suero, otro introduce un tubo para aspirar lo que queda en la garganta, otro más le toma el pulso, le ponen oxígeno, le gritan que respire, me dicen que le hable, que le diga que respire, le grito que respire, que mamá está aquí, que el médico le está curando, que todo va a salir bien, tiene la cara empapada de mis lágrimas, le dan cachetes, pellizcos… El niño, sin mover la boca entreabierta, empieza a gemir levemente. Aquí es cuando el médico respira, aliviado, y me dice que es buena señal: el niño está reaccionando. El niño abre un poco los ojos, pero sólo mira al vacío. Sigue sin mover la boca.

Lo van a llevar al hospital. Preparan la camilla y le suben. Sigue lívido, con los ojos entreabiertos, pero ha empezado a fijar la vista y me busca. No puede hablar. El médico me pone la mano en el hombro y me dice que está estable, fuera de peligro. Me pongo a llorar como una madalena.

Vamos hacia la ambulancia. Cuando ven al bebé me dicen que no puede venir con nosotros. Mi suegra me dice que me lo trae ella al hospital.

Durante el trayecto al hospital se va quedando dormido. No puede dormirse, me dicen, mantenle despierto. Le voy hablando, intentando mantener su atención. Intenta hablar pero no le sale la voz, está demasiado débil.

Cuando llegamos al hospital, le reconocen otra vez. Tiene mucha fiebre, aunque ha vuelto en sí más o menos. Llega mi marido.

El atragantamiento queda descartado. Nos empiezan a hablar de envenenamiento, diabetes, epilepsia, meningitis, convulsión febril…etc. Un montón de cosas horribles, aunque nada comparado con la situación de la guardería: Cualquier cosa es mejor que pensar que se te está muriendo en brazos y no puedes hacer nada por evitarlo.

Después de casi una semana en el hospital, después de miles de pruebas de todo tipo, nos mandan a casa con un diagnóstico probable: Nada.

El niño, aparte de un virus “normal”, lo que ha debido de tener es una suerte malísima. Si se atragantó o sólo se inclinó porque le dolía el estómago, nunca lo sabremos. Lo que presuntamente le produjo el colapso fue el vómito agresivo combinado con la fiebre.

Los médicos nos dicen que es el mejor diagnóstico, aunque el que sea por “descarte” no nos tranquilice un pelo.

Se supone que no puedo volverme paranoica, pero no puedo evitar el pánico cada vez que le llamo y no contesta enseguida.