jueves, 25 de noviembre de 2010

de un tiro...

No, no me he pegado uno (todavía).

Se trata más bien de intentar matar la mayor cantidad de pájaros posibles con uno sólo. Y eso, teniendo una familia numerosa (ya ya, el apelativo a mí también me da miedo), es cuestión de supervivencia.

En pleno Tsunami (y cuarentena), con unas temperaturas de infarto (y las tormentas de nieve que las acompañan), el mayor malo (a.k.a. enclaustramiento forzado) y el mediano en su apogeo destroyer (y peleón), no hay día que pase en el que no me pregunte si me he vuelto loca de remate.

Serán las hormonas (o que, efectivamente, me he vuelto majara), pero me entra la risa floja varias veces al día, normalmente en los momentos de más caos/llantos y/o trastadas simultáneos.

Estoy de un pasota que no me reconozco.

Y muy creativa, eso sí (¡qué remedio!).

Arañar unos minutos de tranquilidad es casi imposible. Casi igual de imposible que duerman los 3 a la vez ja, ja, ja (risa floja de loca). Pero el concepto de “tranquilidad” es relativo y, como tal, lo he tenido que adaptar a mis circunstancias.

¿Con qué prefieren jugar todos los niños? Pues con todo menos con sus juguetes.

¿Con qué runrún de fondo caen redondos los recién horneaditos? Pues con cualquiera menos con una nana amorosa de su madre.

30 minutos. Media hora de paz y tranquilidad… El mediano pasando el aspirador por el salón (feliz como una perdiz), el mayor moviéndole la ruedecita de la potencia al aparato o pasando un trapo, según le diese, y el pequeño (al fin) durmiendo como un tronco ahí en medio.

El salón ha quedado impecable, los mayores no se han peleado y el pequeño ha abandonado mis brazos sin protestar. Y, lo más importante, yo me he podido sentar media hora en paz a leer los transcendentalismos del Cosmopolitan… (con la “música” del aspirador de fondo, eso sí).

Ahora intento pensar en nuevas “actividades infantiles para hacer en casa” (huahuahua risa maléfica) para cuando pase el boom del aspirador.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Jamón jamón

Llevo 4 días hinchándome a jamón. Por fin.

Hasta el sábado que llegan mis padres con las reservas pertinentes de Bellota (y lomo y fuet y demás suculencias toxoplasmósicas), de momento me tengo que conformar con jamón de Parma. Pero menos es nada, digo yo.

El parto supongo que fue bien. Surrealista un rato, pero supongo que bien.

Digo supongo porque fue un parto-express, de esos que muchas envidian. Pero yo pasé un miedo tremendo.

Me habían hablado de las Sturztgeburten (de esas que salen en las noticias tipo “madre va a hacer pis y sale del baño con el niño en brazos”) y del riesgo que tenía yo de tener una. Teniendo en cuenta la velocidad de mis partos, de los de mi madre y de los de mi abuela (mi madre fue uno de los dos hijos que tuvo en el ascensor), estaba pensando seriamente hablar con el veterinario del mierdapueblo. Por si las moscas. En realidad, porque mi marido siempre tiene el móvil apagado (aunque él jura que no), nadie sabe nunca dónde está en su empresa (“le acabo de ver pasar pero ya no lo encuentro”…etc.) y yo sabía que el tiempo, desde la primera contracción, corría en mi contra si quería llegar al hospital.

Acongojada estaba, vamos. Y de muy mal humor (pero eso es normal días antes de dar a luz ¿no?).

El domingo, día de peli tranquilito en el sofá, tuvimos que interrumpir la emisión por un arranque salsero del tsunami (algo relativamente frecuente, por otro lado).

Yo: “Me tengo que levantar un momento, que me está destrozando los pulmones y algo más”

Marido: “Uy, mira cómo se te ha puesto la tripa… Yo creo que eso es una contracción”

Yo (que soy una listilla): “Pero vamos a ver… ¿Tú qué narices sabrás de contracciones? ¿Has tenido muchas en tu vida?”

PFLAFFFFFFF… (sí sí, rotura de aguas, por bocazas)…

La llamada a mi suegra para que volase a casa está registrada a las 22:32 exactamente.

El tsunami vio la luz a las 23:09 exactamente.

Teniendo en cuenta que mi suegra tardó en llegar 5 min. (más o menos), que el hospital está a 14 km., que tuvimos que aparcar, bajarnos, entrar, llamar y tal, entramos en el paritorio a las 23:00. Con contracciones, claro. Y totalmente dilatada.

Recuerdo haber mirado a la matrona con cara de cordero degollado y decirle que me daba mucho miedo el dolor. Recuerdo que la matrona me dijo que empujase 3 veces y se acabaría todo. Recuerdo haberme armado de valor, empujado 3 veces y acabarse el suplicio.

Por supuesto, no teníamos el nombre decidido todavía.

martes, 2 de noviembre de 2010

Cuando el río suena...

A pesar del bombo (no el mío, que ahí sigue) y platillo que se le ha dado al tema de la multiculturalidad en Alemania en los últimos meses, más que indignados, los teutones parecen aliviados.

Que Merkel (de derechas, se supone) diga que el modelo multicultural ha fracasado estrepitosamente no es tan escandaloso. Pero que un político de izquierdas (del partido socialista, vamos), publique un libro en el que diga textualmente que la inmigración atonta (de hacerla de menos, no de despiste, se entiende) Alemania, ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Parece que este estar de acuerdo de los dos lados (y que nadie me pregunte por qué se ha obviado hasta ahora que el socialismo es una ideología intrínsecamente nacionalista) parece haber liberado a los caracelga (los del sur sobre todo) de la poca corrección política que les quedaba.

No se asuste nadie, por favor, que piedras no tiran. Te las meten en los zapatos, eso sí.

Adivino algún rictus desaprobatorio o decepcionado cuando, después de tener a toda la cola del supermercado haciéndole carantoñas al pequeño rubio (y cómo no, si está divino), su madre se dirige a él en un idioma extranjero. Que mi alemán se acerque más al de Goethe que el de muchos autóctonos de la zona (la de los Spätzle, sí) choca si acaso más, por no entender mi empeño en que el niño sea las dos cosas pudiendo enterrar en el pasado la otra (si total, para ir a MaLorca no hace falta hablar español, ¿no?).

A mí esta actitud me molesta, claro (entre otras cosas porque la integración ha fracasado en gran medida por su culpa), pero a chula aquí no me gana nadie. Por varias razones: hablo alemán, he estudiado en Alemania y lo que me retiene aquí no es el país (ains, el amor…).

Ahora estoy expectante, con la manta a mano por si me la tengo que liar a la cabeza. Y es que mi au-pair volverá dentro de un rato de la Spielgruppe (grupo de gateo) del mier(rrr)dapueblo.

Teniendo en cuenta las temperaturas (ya han caído los primeros copos), la falta de parques y ese espíritu maligno que parece apoderarse de los niños cuando están todo el santo día metidos en casa, me pareció una buena idea, tanto para él (por eso de estar con otros y socializar un poco), como para ella (al fin y al cabo, conmigo en casa poco alemán habla).

La ilusión se tornó indignación cuando la pobre llegó la semana pasada de su primera sesión de marujeo mierdapueblil. Por no hablarla, no le habían preguntado ni su nombre. Y no, no es una chica tímida y sosa con pocas ganas de aprender, sino todo lo contrario. La Conversación (sólo consiguió entablar una) que tuvo en 2 horas se limitó a un “Wie heisst du?” (que por supuesto formuló ella) y un estrictamente necesario “Fulanitin.” Y ya.

Espero que hoy sean más simpáticas. O igual es que son más listas de lo que yo pensaba porque, después de enterarme de que un tal Peter Trapp propusiese un IQ Test para los inmigrantes a Mantequillalandia, no me extrañaría que los propios caracelgas quisiesen participar, a ver si suspendiendo les destierran a MaLorca por el morro.