lunes, 25 de octubre de 2010

A buenas horas...

En la recta final (pero final-final) del embarazo, una deja de ser a ojos de los demás – así como por arte de magia – la incubadora egoísta y tontorrona de los últimos meses.

De cínicos sería negar que el alivio por dejar de ser tratada como un envase es grande. El problema es que esto suele pasar justamente cuando una misma empieza a sentirse así.

Una lleva casi nueve meses oyendo desde todos los frentes el agotador y deprimente “piensa en/hazlo por el bebé” por cualquier cosa. Y no, no hablo de tomarse una copita de vino o pedir extra de queso en la pizza. El estado incubadora vale para cualquier cosa: No puedes ponerte triste o llorar (aunque estés viendo los Puentes de Madison o se te haya muerto el canario) “porque el bebé lo nota y le afecta”; no puedes enfadarte o pegarle 3 gritos a tu marido (aunque haya invitado a 10 amigotes a ver el partido el día tu cumpleaños) “porque el bebé lo nota y le afecta”; no puedes sufrir ansiedad (aunque hayas dejado de fumar) “porque perjudica la salud del bebé”, ni seguir haciéndolo por Ídem, ni por supuesto se te ocurra aplacar los nervios con comida “porque si engordas mucho aumentan la probabilidades de que tenga problemas de sobrepeso, colesterol, circulación y corazón cuando sea mayor.”

Los “vaya madre que vas a ser/habértelo pensado antes” se los suelen callar, gracias a Dios. O al bebé, claro, no vaya a ser que encima te cabreen (y sin razón, por supuesto, que la histérica eres tú) y le vayan a crear a la criatura más estrés todavía, pobre, que ya tiene bastante con la madre que la va a parir.

El caso es que pocas semanas (o días) antes del feliz y doloroso acontecimiento, dejas de ser un envase para convertirte en algo así como una monja a punto de ingresar a clausura. Y tonta, para más inri.

Se acabaron los “por el bebé” y empezaron los “¡no seas tonta, aprovecha!”

Resulta que cuando te preguntan qué tal y la respuesta es que estás harta y deseando soltarlo, te advierten, pobrecita (ahora sí) de la que se te avecina:

- “¡Aprovecha para salir a divertirte!” Sí claro, la perspectiva de estar un par de horas sentada en algún sitio (el cine o un restaurante) o de pie (en un bar), viendo como los demás beben (tú no) y bailan (tú ni de coña) y visitas constantes a un baño público (que estás tú como para hacer muchos equilibrios para no apoyarte) es de lo más tentadora. La gente no entiende que lo único que quieres es poner los pies en alto y aguantar más de 30 min. sin ir al baño (de tu casa, si es posible).

- “¡Aprovecha para dormir mucho!” ¡ja! ¿hace cuántas semanas no duermo más de 2 horas seguidas, entre visitas al baño y tirones en las piernas (que me obligan a saltar de la cama y dar vueltas por el cuarto saltando a la pata coja)?

- “¡Aprovecha para ir de compras!” ¿Ir de compras? Supongo que se refieren a cosas para el bebé porque, lo que se dice para mí, lo único que puedo probarme son chaquetas. El resto de la ropa me deprime y es que a estas alturas, el recuerdo de haber tenido un cuerpo “normal” es más bien borroso. Pensar que volveré a tenerlo me parece increíble directamente.

- “¡Aprovecha para disfrutar de tus otros hijos!” Esta es la peor de todas, teniendo en cuenta que mis hijos son como gremlins saltones y sólo quieren marcha. Embarazada de 8 meses y pico, llegar al suelo, permanecer sentada y volver a levantarse (aunque se haga en 5 minutos) equivale a un entrenamiento de triatlón completo en una persona normal, por si no se habían enterado. Podría permanecer de pie, claro está, pero jugar al fútbol (de portero, obvio) con el bombo tiene sus riesgos: que el niño pierda de vista la pelota un segundo puede desencadenar un dramón, con madre malísima incluida, hasta que consigues explicarle que no, no te la has tragado tú.

Y así está todo el mundo últimamente a mi alrededor. Pensando además que estoy tonta, porque el único partido que le he sacado al bombo han sido unos minutos, cuando me dejé llevar por mi narcolepsia aguda encima de la alfombra de su cuarto, en una versión casera y adaptada del nuevo biojuego Liberad a Willy. Hasta que su padre, en vista de la nueva fijación de los niños por las ballenas, tuvo la genial idea de contarles Moby Dick y me jodió la siesta.

sábado, 16 de octubre de 2010

Las normas son las normas

Al contrario que los españoles, los alemanes no suelen andarse con florituras a la hora de señalar una tara (sea del tipo que sea). Y, al contrario que los españoles, tampoco perderán su tiempo en señalar que algo les gusta – al fin y al cabo, lo que está bien está bien y ¿para qué más aspavientos?

Si te has cortado el pelo y/o renovado el vestuario no esperes saber cuánto les gusta el cambio. Si no te dicen nada, es que está bien así (al contrario que en España). Si no les gusta te lo dirán sin más tapujos (y sin ningún tipo de remordimiento).

Cuando tu marido es teutón, tienes 2 opciones: Aprender a valorar sus silencios o reeducarle. La opción 2 no siempre es la más recomendable, ojo, porque una vez que se acostumbran a tener que notar (¡Ach so!) y siempre siempre para bien (porque para algo le has forzado a abrir la boca ¿no?), no pueden evitar un aaaber (peeero)… Y sin ningún sentido del humor, eso sí.

Al resto de tus amistades, conocidos, compañeros de trabajo y demás no les puedes reeducar. Entre otras cosas porque el chantaje en forma de hoy-no-cariño-que-estoy-muy-triste-porque-no-te-gusta-mi-pelo-y-quiero-dormir sólo funciona con 1 autóctono (¿no?).

Con los otros sólo dispones de la opción número 1: valorar los silencios.

El otro día, sin embargo, lo que valoré enormemente fueron los pocos rodeos a la hora de señalar una tara. Enormemente.

Fue en la primera reunión de padres (Elternabend) de la guardería del niño.
La que hizo gala de poca delicadeza (y mucha mano dura) fue una de mis amigas (o sea, una Rabenmutter). En cada grupo de niños había que elegir a 2 representantes para el Elternbeirat (colectivo de padres y madres, aunque visto lo visto, podría llamarse Mütterbeirat a secas). Mi amiga, que lleva en el pueblo poco más de un año, desempeñó esa función el curso pasado recién horneadita (a.k.a. dejándose llevar por lo que se ha hecho toda la vida) y, como suele ser habitual, se le preguntó si querría volver a presentar su candidatura.

Cuál fue mi sorpresa cuando la tía saca las normas de la guardería (subrayadas y con apuntes) de su bolso y suelta sin más “¿Yo? Encantada, pero con una condición… No pienso hacer una sola tarta, ni un solo collage, ni tirarme una tarde entera fabricando Schultüten en todo el año.”

La cara de las Übermütter fue un poema. Pero en cuando empezaron a replicar, mi amiga blandió las normas autoritariamente delante de sus narices y las hizo callar “Me he leído las normas y las tareas que se describen para el Elternbeirat no incluyen ni repostería ni bricolaje. De hecho, las funciones asignadas son bastante más importantes: Iniciativas pedagógicas y organizativas, de manera que la guardería, tanto en su proyecto educativo como social, se adapte a las necesidades tanto de los niños como de los padres. Si yo me paso el año entero haciendo tartas o decorando la guardería, no puedo dedicarme a estas funciones (mucho más importantes). Las que quieran seguir haciendo tartas, que las hagan, pero para eso no hace falta formar parte del Elternbeirat.”

Me faltó ponerme de pie y aplaudir.

En contra de lo que me esperaba después de esa intervención, salió elegida en nuestro grupo (aunque teniendo en cuenta que todos los pobres hijos desgraciados de las malas madres del lugar están en él, era bastante posible… y deseable).

Cuando le transmití mi admiración absoluta (por tener los OOs de ser tan Raben) me miró extrañada. Por lo visto no estaba reivindicando nada más allá del cumplimiento protocolario de las normas (¡ja! ¡tócale eso a un alemán y verás!) y, casualmente, las normas esta vez no estaban de parte de las Übermütter.

Yo debo ser tonta (o no valer for President), pero a esas cosas no suelo atreverme. Se me da mejor contestarle “sí, con el electricista” a la Übermütter de turno que, tratándome de usted, lo primero que me suelta es un “Ha sido un accidente, ¿no?” cuando se entera de que los dos pequeños sólo se van a llevar 14 meses.

lunes, 11 de octubre de 2010

Tsunami

Dentro de 4 semanas (más o menos) llega un Tsunami.

A mi casa, aclaro, no se vaya a asustar nadie.

Me gustaría llamarle por su nombre, algo así como “se acerca el Katrina”, pero como no tenemos decidido nada todavía, con algo menos comprometido va que chuta (porque no le vamos a llamar Tsunami, obvio… o sí que, después de un parto sin epidural, está una como para buscar apelativos cariñosos).

Por supuesto, todavía no he preparado nada. Pero nada de nada.

Ni la cuna, ni la ropa, ni el cochecito, ni la maleta para el hospital… Ni el nombre, vamos.

Un desastre, ya lo sé.

No es sólo por falta de tiempo (que también, porque con un bombo prominente y dos niños pequeños mis movimientos parecen ralentizados), sino también por miedo y pereza.

No se me vaya a entender mal, que tan tan tan mala madre no soy (a pesar de no haberme puesto con nada). No es que me dé pereza que nazca el bebé, me muero de ganas, lo que puede conmigo es el pa(n)ck que trae consigo.

Todo el mundo sabe que un bebé te descoloca la vida. Las primeras semanas (vaaaale, los primeros meses) son, además, casi surrealistas y pasan como en una nebulosa: la cuarentena, el pecho a todas horas, la tripa fláccida, las noches sin dormir y los días durmiendo a ratos (cuando el bebé lo permite, claro), la casa patas arriba, la comida congelada, las visitas…etc.

La "ventaja" del primer bebé es que te puedes permitir ciertas cosas: tirarte en pijama hasta las 14:00 (y el bebé también), dormir a intervalos mañaneros, comer pizza congelada 2 semanas seguidas (o pedirla), tumbarte en la cama a dar el pecho (y mientras dormir o leer un libro), mandar a tu marido a por pañales a horas intempestivas...etc. En definitiva, ser un zombi desaliñado.

El problema llega cuando es el segundo bebé.

Todo el mundo te dice que con el segundo ya estás pasada de todo, que vas mucho más segura, que las cosas son más fáciles blablablá.

Pues no es verdad, sintiéndolo mucho:

No puedes quedarte en pijama hasta las 14:00 porque el otro niño (o bebé) tiene que ir a la guardería o al colegio (y te tienes que vestir y vestirleS para llevarle), o tienes que hacer la compra. No puedes echarte una siesta mañanera aprovechando que la nueva “adquisición” duerme, porque la pequeña antigüedad podría prenderle fuego a la casa, meter la cabeza en el váter o en el horno. No puedes comer pizza congelada 2 semanas seguidas porque serías carnaza para los servicios sociales y además te sentirías culpable. No puedes dormir durante las tomas diurnas porque tienes que leerle – con entonación, of course – la Mosca Fosca al mayor, ni puedes permitirte el lujo de descuidar el stock de pañales, porque hay horas intempestivas en las que nadie puede ir a buscarlos (por ejemplo, durante el zafarrancho-baño)…

No vas mucho más segura que con el primero. Ni de coña. Lo que pasa es que no tienes tiempo para estar pendiente de cada contracción facial del bebé y, en consecuencia, sueles tener la impresión de que es menos demandante.

Personalmente recuerdo las primeras semanas de mi hijo pequeño con horror. En cuanto mis padres se fueron, mi marido se reincorporó y tuve que empezar a hacer vida “normal” (o sea, 10 días después del parto), casi me da un patatús. Sentirte como un zombi desaliñado y no poder ejercer como tal pasa más factura de lo que uno puede imaginarse.

A las 6 semanas más o menos (o sea, más o menos cuando noche y día empiezan a significar algo para el lactante) empiezas a… ¿acostumbrarte?... y ya parece que ha sido así (de duro, quiero decir) desde siempre.

Esta vez tenemos búnker (señora de la limpieza, au-pair), pero yo estoy temblando por la que se avecina y me temo que ese miedo es, en parte, el culpable de mi falta de preparación (y de la falta de nombre para el acontecimiento en cuestión), como si intentase retrasar o negar el caos que se asoma a mi, de momento, rutinaria y tranquila (es un decir, obvio) vida.

Menos mal que Tsunami apunta maneras de chico independiente y se encarga él solito de recordar que me tengo que poner las pilas. A patadas, eso sí.

jueves, 7 de octubre de 2010

De raza

El prototipo de alemán alto, rubio y cangrejil (o sea, blanco lechoso en invierno y rojo parrilla post-Mallorca) es, como muchas otras cosas que se creen sobre este país, bastante desacertado.

En el norte habrá muchos rubios, no digo que no (gracias a los países escandinavos), pero en el sur de Alemania, la mayoría son de bote.

Mi marido, sin ir más lejos, parece más español que yo (y yo no soy rubia, ni de bote). Tanto lo parece que, en nuestra boda madrileña, los camareros me hablaban en inglés a mí y no a él.

Por supuesto, mi marido no fue una sorpresa dentro de su familia. Sus hermanas, padres, tíos y abuelos varios (con carnet ario incluido y condecoraciones en aquello-que-pasó-y-que-haremos-como-si-hubiese-sido-un-lapsus-nacional) parecen primos hermanos de Joselito.

Mi hijo mayor nació acorde a la herencia más inmediata, pero con el segundo han podido más algunos genes por parte de la familia materna (o sea, la mía) y ha salido más de acuerdo con la Nationalstolz (orgullo nacional): rubio rubísimo.

Cuando estoy en España, suele ser mi madre la que corrige inmediatamente (tanto verbal como visualmente, que ella sí que es alta y rubia, no como mi suegra) a aquellos cegados por los prejuicios que osan comentar que “este te ha salido alemán.” Pero aquí en Alemania no está mi madre para dar fe de que el futuro niño sándwich, de alemán sólo tiene el pasaporte.

A mí personalmente me da igual. Me parecen los dos, cada uno a su manera, igual de guapos.

Incluso mi familia política tiene asumido que los rasgos arios del angelito no son suyos, por mucho carnet que tengan. Entre otras cosas porque tienen espejos, supongo.

Pero debo de suponer mal (o no) y no todos deben de verse las caras por estos lares, porque el otro día en la carnicería (en la que compra mi suegra desde hace 20 años y yo desde hace 2 presentada por ella), tuve que enterarme, de sopetón, de por dónde van los tiros en este país (el del lapsus ¡JA!).

“¡Qué bien que este te haya salido rubito!”

¡¿Perdón?! ¿”Qué bien”?

Me dieron ganas de contestar que es que el programa Lebensborn había mejorado un montón desde que habían decidido prescindir de los genes teutones, pero no me quiero arriesgar a que me escupan en los solomillos.

Ahora, eso sí, me pregunto si ese plus visual del niño no será contrarrestrado por no llamarse Alexander, aunque no se llame Kevin. Al fin y al cabo, alguno tendrá que ir a la universidad, ser un hombre de provecho y regalarle a su mamá un arreglito ahí donde se han estado alimentando unos meses, digo yo.