jueves, 30 de septiembre de 2010

Allá donde fueres...

…haz lo que vieres.

Sabiduría popular ¿no?

Neo-sabiduría mierdapueblil dice que no. O no con todo, desde luego.

Aunque no lo parezca (por el blog), yo estoy bastante integrada en Alemania. Alemanizada, como dice mi madre.

Personalmente, además, creo que un inmigrante debe de integrarse en su país de acogida (siempre que le dejen, obvio, pero ese es otro tema).

Integrarse no es lo mismo que asimilarse, aclaro. Una cosa es respetar el país en el que vives y otra es cegarse y sólo ver bondades a la vuelta de cualquier esquina y acabar siendo más papista que el Papa.

Yo estoy integrada en la medida en que, por ejemplo, hablo el idioma perfectamente (y, aunque no hable con mis hijos en alemán, sí que les corrijo cuando lo hablan mal), me interesa su política, cumplo sus leyes, he adoptado muchas de sus costumbres (algunas por sentido práctico, como los horarios; otras porque me gustan, como respetar los límites de velocidad incluso cuando estoy en Madrid, con el riesgo que esto implica), reciclo, e incluso he superado a mi suegra en la elaboración de algunos platos típicos de por aquí (mi marido dixit), por citar algunas cosas.

Lo que no estoy es asimilada. O sea, por mucho que entienda que esto o aquello es cultural o típico de por aquí, hay cosas por las que no paso. Ni de koñen.

Obviamente, esas cosas por las que no paso no las rechazo para ofender a nadie en particular, ni no pasar por ellas implica cometer una ilegalidad o inmoralidad: Cocinar con aceite de oliva, no adoptar el apellido del Hausherr (marido) al casarme, bañar a los niños a diario, que vayan conjuntados, o que coman naranjas y estén vacunados, por mucho que insistan nazimatronas, übermütter varias y biocuñadas proselitas, no está prohibido en Alemania. Ni siquiera es incompatible con vivir aquí.

Igual que soy consciente del enriquecimiento cultural y social que supone para mí vivir aquí, lo soy de que mi vida y mis costumbres aquí “enriquecen” de la misma manera a mis seres cercanos teutones.

Pero me resulta curioso que no sea mi marido el que más ha cambiado de opinión en muchas cosas, sino mi suegra.

No ha sido fácil, lo reconozco.

Pasar de tomarse como algo personal y casi una ofensa que no quisiera ponerle a mis bebés los disfraces de arlequín de 8ª mano que me ofrecieron, a reconocer abiertamente que los bebés están mucho más monos con colores claros, limpios y que no pasa nada porque (por lo menos) los bodies sean nuevos, ha costado 4 años. Que el escepticismo frente a las vacunas se haya convertido en militancia en pro de las mismas, ha costado la comparación entre una nieta con tosferina y 2 nietos con episodios de fiebre leves el día del pinchazo. Que la naranja haya dejado de ser la fruta prohibida sólo ha sido posible después de comprobar que a mis hijos no les ha salido un tercer brazo por comerla. Y un semilargo etcétera.

El último episodio de abrelosojos cultural ha tenido que ver con mi rabenmutterismo.

Después de poner mala cara cuando contraté a una señora de la limpieza, esperaba un grito desgarrador en el cielo al comentar mi último “capricho”. Y lo tuve. Al principio.

Ayer mismo retiró ese grito para convertirlo en apoyo incondicional a mi supuesta locura (mi marido dixit) e incluso se ofreció a darle una reprimenda al de las malas caras (mi marido, de nuevo).

Y es que sí, voy a ser la Oberrabenmutter del lugar, la más decadente, la peor de todas, la nueva gurú de la maternidad regulera... Porque en unos días aterriza mi Au-pair (mi tesoro...).

Soy débil, lo sé, pero me estaba viendo con el agua al cuello, desesperada, de muy mal humor, estresada, deprimida, llorando, amargada, sintiéndome culpable por todo y un sinfín más de cosas horribles que, sinceramente, no forman parte ni de lejos de lo que yo considero necesario para ser una madre digna. Y, ya que venir al mierdapueblo ha sido un sacrificio (tanto personal como profesional) por la empresa de mi marido y que la que está en casa con los niños soy yo, he decidido que me voy a hacer lo más gemütlich dentro de mis posibilidades y que la semana que viene llega la Au-pair sí o sí.

Mi suegra, como he dicho, al principio torció el morro todo lo que pudo, para que lo viese bien. Ayer, cuando el morro torcido cambió de destinatario y se dirigió, con comentario irónico incluido, a mi marido, no daba crédito.

Debe de haber sido que se acordó de cuando sus hijos eran pequeños (se llevan más o menos la misma edad que los míos), de lo que sufrió con los concursos pasteleros a lo mamá-canguro (no en vano sus tartas de manzana son insuperables, eso que le queda) y, sobre todo, de la red familiar de la que dispuso (suegra viviendo en su casa, cuñada en el piso de arriba y marido trabajando en el sótano) y que yo no tengo (lo que agradezco, sobre todo por las cuñadas), lo que la ha hecho cambiar de bandera.

O puede que haya sido el gusto que le ha cogido al matriarcado observado en su familia política ibérica, a pesar de la fama de la machista que tiene España (que lo será, no digo que no, pero en comparación con Alemania, semos, por lo menos, como los suecos).

domingo, 26 de septiembre de 2010

¿Rabenmütter?

Habiéndose convertido en un término empleado rutinariamente con humor y cariño dentro de nuestra pequeña familia (y con mis amigas del mierdapueblo, claro), le llamó la atención a mi marido la última portada del Rotary Magazin en casa de mis suegros y ahí que se lo agenció para darme el gusto:

Neue Rabenmütter? Die Selbstbestimmung der Frau und die Anforderungen der Gesellschaft” reza el título del prometedor reportaje.

(En cristiano: ¿Las nuevas madre-cuervo/malas madres? La autodeterminación de la mujer y las exigencias de la sociedad).

Digo prometedor porque en la foto de portada se ve a una mujer tirando a joven (o juvenil) con su hija en brazos, que obviamente tiene estudios superiores y trabaja (pondría la mano en el fuego por que su trabajo es chachi-creativo-súper-estimulante), ha tenido tiempo para arreglarse por la mañana, para arreglar a su hija (y todo lo que implica esto: preocuparse por la moda, irse de compras, ganar lo suficiente en su trabajo guay como para comprar cosas a la última)… y muy sonriente y orgullosa.

Yo me estaba relamiendo, para qué negarlo. Me imaginaba que el término Rabenmütter en esta editorial se utilizaría para quitarle importancia al mismo, para reivindicar la maternidad “regulera” (o sea, la normal, la de madres que ponen tortilla 2 días seguidos para cenar, que se han olvidado de cortarle las uñas al retoño, que no enceran los muebles todas las semanas ni hornean su pan cada mañana…) que aquí en Alemania no gusta nada.

Me he quedado con la miel en los labios (y me he cogido un cabreo de aúpa): de los 5 artículos que forman el reportaje, el único del que se podría decir que se centra en el tema de la maternidad en sí, de la autodeterminación de la mujer cuando tiene hijos y de las exigencias de la sociedad, es el primero. El resto se concentra en cosas como el reparto de las tareas en casa y demás sobre igualdad (a los que no quito importancia pero que, en mi opinión, no tienen demasiado que ver con el título).

Por supuesto (y de ahí mi cabreo), el artículo en cuestión se titula “Wider die Avantgarde des Mutterstolzes” (En contra del vanguardismo del orgullo de madre) y critica las tesis de E. Badinter, cuyo último libro (que comenté aquí y trajo cola) acaba de salir en alemán.

Ya conté que Badinter habla bastante de la situación de las mujeres en Alemania (y de toda la ideología que favorece esta situación). Y no le queda más remedio que hablar mal, porque la situación es mala.

En algunos sitios la situación es extremadamente mala y en otros es mala a secas. Yo hablo normalmente del mierdapueblo, ejemplo de extremadamente malo en el que durante la última encuesta de la guardería para ver si compensa ampliar horarios y quizás ofrecer comida (no tienen niños suficientes y no quieren despedir personal), no sólo pocas madres se alegraron, sino que muchas (¡tantas como para desechar la osadía!) se opusieron a tal medida, impidiendo así que las mujeres que quieran, puedan trabajar (o hacer un curso, o pintar, o coser o lo que sea) algo más de 4 horas al día cuando sus hijos ya tienen 3 años. Conocidas y amigas españolas por estos lares, en grandes ciudades como Múnich, me cuentan que allí la situación es ligeramente menos peor, pero tampoco hay muchas opciones y también está muy mal visto. O sea, no es cosa del mierdapueblo, sino del país entero.

Teniendo en cuenta que Alemania es constantemente citada como ejemplo de país occidental rico y ultradesarrollado (incluso avanzado) y que corren rumores sobre la estupenda política familiar que aquí existe, no es de extrañar que Badinter lo utilice como ejemplo de engañabobos a evitar.

El artículo del Magazin al que me refiero tiene delito: lo escribe una mujer, alemana, catedrática de literatura, mayorcita y fea como un calamar (esto tiene cierta importancia, ya se entenderá). He mirado varias biografías suyas y de su situación familiar (casada/hijos) no se dice nada, así que casi doy por hecho que no tiene descendencia. Y que, por tanto, no tiene ni puñetera idea de lo que es ser madre y tener que renunciar a tu carrera entera porque el país en el que vives te veta profesionalmente en cuanto el Clearblue te anuncia la buena nueva (o moralmente si decides no ser sólo madre).

Ya comenté que Badinter se centra en los peligros que conlleva reivindicar según qué cosas de según qué manera. Y ya he dicho que pone como ejemplo de esos peligros a Alemania y su política (y sobre todo, su moral) familiar, ya que aquí la amenaza se ha convertido en realidad. La articulista arremete contra Badinter diciendo que ese estadio de la “liberación femenina” que tanto critica ha sido superado ya, que hemos entrado en una nueva fase: El orgullo de las madres (Mutterstolz).

Esta tercera (y estupendísima) fase de la liberación femenina sería algo obvio: No hay más que ver el baby-boom que se ha desatado entre las famosas guapas. Como ejemplo, cita la portada de Vogue en la que Claudia Schiffer posa desnuda y embarazadísima y a Carla Bruni (ya ya, aquí se me empezó a fruncir el ceño a mí también). Habla de que la maternidad está de moda, que todas las famosas están teniendo hijos y los enseñan, los llevan, los traen y los pasean; lucen bombo orgullosas, figura post-parto (y pre-parto) de infarto, ideales ecológicos y pedagogías alternativas. Y el colmo de los colmos: para las mujeres en puestos directivos, aunque de momento sólo se dé en el mundo de la cultura (a.k.a. de la farándula), los niños hace tiempo que se han convertido en Statussymbol (símbolo de status). “Eine Frau, die ein Museum leitet, beweist mit zwei Kindern, dass ihr Talent als Manager über männliches Mass hinausreicht“ (para que se pongan los pelos como escarpias, en cristiano: Una mujer que dirige un museo, demuestra con dos hijos, que su talento como gerente supera al de un hombre).



¿Está de broma? Lamentablemente no.

No me entra en la cabeza cómo se puede poner como ejemplo de “buena-madre-a-pesar-de-que-trabaja” (este concepto en sí ya tiene delito) a Claudia Schiffer y Carla Bruni. Las dos modelos, inmensamente ricas antes de tener hijos, que se pueden permitir que alguien les haga la compra, les limpie la casa y prepare la cena macrobiótica y variada de sus hijos todas las noches mientras ellas apuran los últimos minutos de parque con ellos (y les hacen sentirse queridos, claro), que viajan en avión privado con ayuda de toda clase, que les lleva las bolsas, el carrito o se ocupa de calentar el potito mientras ella guía a su retoño de la manita por el aeropuerto (y se hace la foto que demuestra lo estupenda que es), que posan en el Vogue desnudas luciendo tripa pero no estrías ni celulitis (que tendrán, supongo, porque con 40 años cumplidos no se puede lucir el cuerpo de una modelo veinteañera) y hablando de lo bien que se sienten y de la energía renovada que tienen durante el embarazo…etc.

Que no se me entienda mal: no creo que sean malas madres, ni que no tengan sus conflictos, preocupaciones y sentimientos de culpa varios.

Lo que ocurre es que no creo que representen un número significativo en el grupo de madres “reguleras” o Rabenmütter ni que su estilo de vida/estilo de maternidad vaya a influir de forma positiva en la mentalidad de este país para con las demás mortales que, en la recta final del embarazo, nos las vemos y deseamos para agacharnos a fregar el baño (porque la energía renovada será para ir a la clase de yoga, digo yo), que si queremos apurar unos minutos de parque con el niño (o llegamos agotadas de trabajar), este cenará tortilla otra vez (y no menú probiótico), que tenemos que amargarles la tarde en el supermercado (porque no tenemos quién haga la compra por nosotras), que tenemos que “abusar” del cochecito (porque nadie factura el equipaje por nosotras), o del parque (porque nadie puede freir los filetes o vaciar el fregaplatos por nosotras)…etc.

Me parece muy bien que aplaudan a Angelina Jolie por llevar un niño en cada mano y un bebé colgando en cada una de sus apariciones aeropuertiles. Lo que no me parece bien es que se basen en ese patrón para poder criticar a la madre ni rica ni famosa que empuja un cochecito con un niño desesperado por salir de él y arrastra con la otra mano a un 4añero en plena rabieta de los Kinder… por abusar del cochecito y no estar a la altura de la necesidad de atención inmediata del mayor.

Mutterspass (maternidad divertida) es de lo que se enorgullece la articulista, el supuesto paso adelante en la liberación femenina.

Desde aquí le agradezco enormemente su artículo y su postura, de verdad.

Ahora, cuando mi marido llegue agotado del trabajo y poco empático, tendrá un documento escrito que demuestra que yo en casa me lo he pasado pipa todo el día y que no necesito que me eche una mano con la colada (porque el bombo me da energía, no te digo).

domingo, 19 de septiembre de 2010

La cara oscura

Se habla bastante (aunque con cierta vergüenza y menos de lo que se debería) de la cara oscura de la maternidad: la falta de sueño, los cólicos, la culpa, las críticas…etc.

Según van creciendo las criaturitas, hay muchas cosas que mejoran e incluso desaparecen (y se olvidan, de ahí que muchos repitamos), pero surgen otras. No sé si son peores, pero desde luego que son mucho más frustrantes.

Se supone que el difícil ahora tendría que ser el pequeño, que no anda, no juega, duerme mal, se enfada y llora por cualquier cosa (por no dejarle meter los dedos en un enchufe, por ejemplo), pesa, no se deja vestir, ni cambiar…etc.

Y hasta cierto punto lo es. Es agotador. Pero agotador físicamente.

El mayor, con sus 4 añazos, hablando por los codos, capaz de unos razonamientos que me dejan boquiabierta, que se viste y desviste solo, no usa pañal, sabe decir cómo y dónde le duele, ponerse el cinturón y demás habilidades, tendría que ser, en teoría, mucho más fácil. En teoría tendríamos que estar disfrutándonos mucho más.

Digo en teoría, porque en la práctica, ahora mismo, me ha hecho descubrir algo muy doloroso: lo poco agradecida que es (y seguirá siendo) la maternidad.

El fin de semana pasado fue su esperadísimo 4º cumpleaños. Esperadísimo por él y, cómo no, esperadísimo por mí.

Obviando el hecho de que hacer en 7 días 3 veces su comida favorita, 4 tartas y 24 muffins (con la ayuda, en alguna de las ocasiones, de los polvos mágicos del Dr. Oetker, el mejor amigo de cualquier Rabenmutter), pensado, buscado y rebuscado regalos adecuados para posteriormente envolverlos con mimo, preparar un Kaffee und Kuchen para 12 familiares un domingo, una fiesta infantil ayer (con invitaciones, globitos, bolsitas de recuerdo, juegos, padres que deciden quedarse y a los que hay que atender…) y demás parafernalia cumpleañil estresante, agota (y así estoy), pero lo que me duele ahora es estar bastante decepcionada.

Todo ha salido muy bien y todo el mundo ha disfrutado mucho. El niño el que más. Pero conseguir que disfrutase ha sido una tarea a ratos angustiante, a ratos frustrante y a ratos muy cabreante.

Que se te tire al suelo y empiece a patalear con 2 años porque no le compras el huevo Kinder que está estratégicamente situado en la caja del supermercado (esto debería estar prohibido, por cierto) desespera, pero que con 4 años, su “arma” sea el desprecio más absoluto, duele.

No pretendo que me dé las gracias. Esto sería injusto y haría que el regalar perdiera sentido. Verle disfrutar me basta y me sobra.

Lo que no puedo soportar es que, cuando esta última semana se ha puesto de morros por cualquier tontería (y digo cualquier tontería, porque van desde lavarse los dientes a no poder comerse unas galletas justo antes de cenar), su “pataleta” ha consistido en no querer que fuese su cumpleaños, intentar romper algún regalo “porque ya no me gusta”, no querer celebrar la fiesta…etc. Y todo esto sin haber usado su cumpleaños ni nada relacionado con él como amenaza/premio/castigo en ningún momento.

Ha habido situaciones en las que me ha cabreado tantísimo, que he estado a punto de anular la fiesta o no hacer los muffins para la guardería. Incluso de tirar el regalo maltratado a la basura. Cabreada pero fría como un témpano y con métodos a lo Supernanny (“si no te gusta el regalo no pasa nada, se tira a la basura y punto”).

Por supuesto, no lo he hecho. No he sido nada coherente: me he arrastrado y armado de paciencia para ignorar esos desprecios y mimarle como sé que quería ser mimado por su cumpleaños. Y lo ha disfrutado, sí, pero a mí me ha hecho daño.

Mis padres ya me han dicho que me prepare, que esto es sólo el principio, que en la adolescencia es todavía peor. Yo me acuerdo de mi terrible adolescencia y comprendo ahora lo mal que lo han tenido que pasar ellos por cosas como estas (no en vano se dice que aprendemos a ser buenos hijos cuando somos padres).

Y me da una rabia tremenda, cuando no oigo más que hablar de las necesidades de los niños, de sus sentimientos y, sobre todo, de la culpa por todo que tenemos los padres, que no nos entregamos lo suficiente, que no les escuchamos y que nos empeñamos en adaptarles a nuestro ritmo de vida, que se haga silencio sobre lo tremendamente desagradecida que puede resultar en ocasiones la maternidad, del daño que te pueden hacer tus propios hijos (porque sí, los padres también tenemos sentimientos). Y de lo injusto que es.

jueves, 16 de septiembre de 2010

La aldea

Hay un dicho africano (creo) que reza: “Para educar a un niño, hace falta una aldea.”

Hay un dicho en el mierdapueblo (seguro, porque lo digo yo ahora mismo) que reza: “Para maleducar a un niño, basta menos de una aldea.”

Todas las madres que conozco se han quejado en algún que otro momento (en varios, para qué vamos a engañarnos) del empeño que tienen los extraños en inmiscuirse en la educación de sus hijos. Cuando digo extraños, no me refiero a las abuelas (precisamente una de sus funciones es inmiscuirse en todo, que para eso las madres/padres son sus hijos), sino a extraños de verdad: La panadera, el jubilado del parque, la vecina, el mendigo de la esquina…etc.

A un niño no se le puede educar en casa. Quiero decir que uno no puede estar escenificando constantemente escenas de la vida real con él para que aprenda cómo comportarse, lo que se puede y lo que no se puede. Se hace sobre la marcha: en el supermercado (no abras las galletas hasta que paguemos), en un restaurante (que no se te olvide el por favor y da las gracias al camarero y mírale a la cara cuando pidas), en la panadería (deja pasar a la señora, ponte a la cola)…

Las rabietas también hay que tratarlas en el momento, sea donde sea y estén donde estén, porque llegan a una edad (los 4 años, por ejemplo) en la que conocen perfectamente el poder de una rabieta en zona-no-segura-para-la-madre (a.k.a. cualquier sitio menos en casa).

Las quejas de las madres sobre las intromisiones de la aldea educadora suelen ser por el sempiterno “un azote le vendría de bieeeeen…” cuando el niño está pataleando en el suelo del supermercado delante de su objetivo (los huevos Kinder, haciendo honor a su nombre), sus gritos estridentes empiezan a hacer eco y tú intentas mantener la calma e ignorar la escena después de un rotundo “así no” a lo Supernanny-tímpano-de-hielo (porque menudos gritos), mientras guardas la compra a toda prisa con la única mano libre que te queda (la otra está evitando que el pequeño haga puenting desde el carrito).

Estos últimos días, en plenos terribles 4 años, estoy notando una nueva filosofía educativa en la aldea: La del “no, déjale, si no importa.”

No será tan agresiva como la del azote colectivo, pero suele ser más perjudicial. Mucho más.

El niño se pone a jugar con un globo que le han regalado en el restaurante y tú le dices que pare, que está molestando y que se espere a salir a la calle. Por supuesto, el niño pasa olímpicamente de ti, que para eso eres su madre. Al segundo toque, el globo roza al de la mesa de al lado y el niño le medioempuja al lanzarse a recogerlo. Y tú subes unos decibelios (pocos, pero suficientes para sonar seria de verdad), le repites lo que has dicho y añades la amenaza de quitarle el globo si no para. El niño se lo piensa, te mira, mira al señor (que se ha dado la vuelta y observa la escena), el señor te mira a ti y te dice “No, déjele, si no importa.” El niño, que no es tonto, pasa de ti y encima te suelta un “el señor me deja” al tiempo que lanza el globo al aire por tercera vez.

Si le quitas el globo, la pataleta es bestial, tú una bruja piruja y el señor otra víctima de tu tiranía (porque a él no le importaba, eso al niño le ha quedado claro como el agua).

Pero como el globo aterrice en el plato del señor, resulta que al señor ya le empieza a importar y la mirada asesina-mala-madre-a-ver-si-educas-a-tu-hijo es memorable. Y la pataleta al quitarle el globo la tienes igual.

Y digo yo ¿no se pueden callar cuando ven que estás en pleno momento educativo?

Y si tantas ganas de hablar tienen ¿no le podrían decir al niño simplemente “haz caso a tu madre”?

O si dicen que no les importa (llevándote la contraria y desautorizándote delante del niño) ¿no puede no importarles de verdad?

Aquí en Alemania la educación sin límites está a la orden del día y yo entiendo que los no-padres-del-niño-en-cuestión estén hasta el moño de tener que estar poniéndoselos ellos. Lo que yo no entiendo es que si se encuentran con una madre que asume su papel limitador, se dediquen a destrozárselo. Y luego a quejarse, por supuesto, que para eso son alemanes.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Huelga

Estoy en huelga.

Desde ayer y hasta que el pequeño ande.

En huelga materno-textil, se entiende.

Yo no sé si es que mi hijo mayor estuvo sobreestimulado o es que el pequeño está infraestimulado. Un poco de las dos cosas, me imagino.

Es injusto, lo sé. Ni le canto constantemente, ni me tiro horas enseñándole a hacer torres, ni estoy 15 min. para cambiarle cada pañal porque me entretengo haciéndole pedorretas en la tripa, ni hacemos ejercicios para fortalecer las piernas.

No es que no quiera hacerlo, es que no puedo.

No puedo cantarle tanto porque también tengo que mantener conversaciones trascendentales continuas con el mayor (“¿por qué no tienes pito?” “¿a qué huelen las nubes?” "¿cómo ha metido papá al hermanito en tu tripa?"). No puedo estar horas construyendo torres porque también tengo que jugar al fútbol con el mayor, o leerle un cuento, o hacerle trampas al dominó. No puedo entretenerme con pedorretas 15 min. mientras le cambio cada pañal porque el mayor se me escapa a la casa del vecino, o roba todos los petit suisse o decide que puede montar en bici sin manos y/o sin pies. Tampoco puedo hacer ejercicios para fortalecerle las piernas porque me quedan 9 semanas para dar a luz y ya me ha dicho el ginecólogo que cuidadín con el peso que cargo, no vaya a tener que anunciar (y usar) Teena Lady dentro de unos años.

Las 4 horas que tenemos para nosotros solos por las mañanas, tampoco puedo emplearlas en estimulación temprana. 4 horas no dan para casi nada si hay que recoger la leonera, ir a la compra, hacer la comida, poner lavadoras y demás tareas relajantes, entretenidísimas y absolutamente necesarias para que la casa funcione o parezca que lo haga.

Muchas de las habilidades mono-de-feria que ha aprendido no son mérito mío, sino de él solito.

Hombre, tampoco es que no esté estimulado del todo. No sabrá cantar la vaca lechera, pero sabrá hacer unas albóndigas, la lista de la compra o poner una lavadora mucho antes que su hermano.

De momento, eso sí, el niño no anda.

No es que importe en lo que a desarrollo motriz se refiere. Hay niños que aprenden antes (su hermano) y otros más tarde y, que yo sepa, los primeros no son ni más guapos, ni más listos, ni más nada.

Hay que respetar el ritmo del niño y esas cosas. Una de esas cosas (aparte de su ritmo), he decidido que sea la economía familiar. Porque es que no puede ser que al tercer día de gateo desenfrenado los pantalones del niño parezcan una donación de la Cruz Roja, o muy modernos-de-los-que-se-llevan-ahora, como dice la abuelita que vive en la casa de al lado.

Y ya llevamos 5 pantalones. Los que se va a estar poniendo hasta que ande. Aquellos que todavía conservan las rodillas intactas (por estar sin estrenar) están reservados hasta que se le pueda llamar bípedo de verdad.

“¡Menudos pantalones que llevas!” es la frase que más le han dicho al pobre esta última semana. Se la dicen a él diciéndomela a mí, claro, como si el niño con un año tuviese algún ídolo macarra en la MTV. Pero no me apean de la burra, como quien dice, y que me toquen mucho la moral que soy capaz de comprarle un par de camisetas de esas rockeras para bebés que han sacado en H&M y hacerme la moderna definitivamente.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Saudade

Hoy hace 3 años que nos casamos.

Cuando me quedé embarazada, mis padres insistieron en que nos casáramos. No tanto por el qué dirán – al fin y al cabo todo el mundo sabe restar – sino más bien por el amparo legal y administrativo que me proporcionaría ese estado civil frente a las posibles desavenencias de un desconocido (mi marido y yo prácticamente nos acabábamos de conocer) en un país extraño (mi mamá es abogado, por si no se había notado).

Decidimos esperar un poco por varias razones y el 8 de septiembre del 2007 nos casamos en Madrid, por la Iglesia. Fue una boda pequeña, ni siquiera llegamos a los 100 invitados. Decidimos que, ya que lo hacíamos a la española (mi suegro incluso se puso un chaqué), el número de alemanes y españoles estuviese un poco equilibrado y disfrutásemos todos del ambiente.

En principio iba a ser algo sencillo, pero mi madre se puso romanticona y al final tiró un poco la casa por la ventana, así que me casé en una ceremonia preciosa, con el vestido que quise y en una de las celebraciones que más he disfrutado de toda mi vida.

Dadas las circunstancias, no hicimos viaje de novios. Al día siguiente nos metimos todos en un avión de vuelta a Berlín, mi marido se reincorporó y celebramos el primer cumpleaños de nuestro primer fruto del amor.

“El año que viene”, nos dijimos. Pero tampoco cayó esa breva.

Un año después todavía quedaban cajas por desembalar en nuestro nuevo hogar (mierdapueblo) y además mi marido estaba de viaje. Por lo menos mi suegra tuvo el detalle de invitarme a cenar, pero claro, aunque cenar con tus suegros Kartoffelnsalat es mejor que hacerlo sola el día de tu primer aniversario de boda, no es que sea lo más especial del mundo.

Un año después, nuestro recién estrenado segundo fruto del amor, hizo que nos acordáramos de fecha tan señalada a posteriori. Tampoco hubiésemos podido celebrarlo demasiado, pero darte cuenta en pleno tirón de puntos mientras le limpias el cordón a un recién nacido, que ayer fue tu aniversario, da mucha pena.

Hoy por lo menos se ha acordado mi marido, porque yo me he levantado atontada y de muy mala leche después de una noche toledana. Romanticismo cero. Nos queremos un huevo, de eso no cabe duda. Nos lo recuerdan todos los días los frutos de ese huevo. Hoy, por supuesto, con una noche típica, en la que no hemos conseguido pegar ojo más de dos horas del tirón, a ratos 2 y a ratos 4 en la cama (o 5 si contamos el cojín de lactancia gigante sin el que no puedo pegar ojo), con un tractor atropellándonos los tobillos y haciendo los cinco lobitos en un intento de aislamiento romántico adulto (ya sabéis “feliz aniversario, te quiero mucho como la trucha al trucho” y esas cosas) después del café.

Pero a Dios pongo por testigo que del año que viene no pasa. No más embarazos, ni partos. El año que viene, por estas fechas, nos vamos los dos solos. A donde sea. Aunque sea un día.

Este verano, en la piscina de casa de mis padres había una pareja, hijo él de unos vecinos de toda la vida. Habían dejado a sus dos hijos (6 y 8 años) 10 días en casa de los abuelos y se habían ido a Portugal con el coche. Sin prisas, sin pausa y sin itinerario marcado. Su cara de felicidad (y descanso), los arrumacos casi adolescentes que no podían evitar dedicarse a ratos, las miradas cómplices… me sumergen todavía en nostalgias de futuro y me tranquiliza al mismo tiempo porque me hacen saber que mi estado de ficus decorativo (que tengo a mi marido muy abandonado) y la sensación casi diaria de que, más que compañeros sentimentales, parecemos compañeros de faena, no son eternas (o por lo menos no son permanentes).

Dentro de un año, aunque nos pasemos el viaje hablando de lo que bien que hace fruto 1 esto o aquello, de lo divino que está fruto 2 o de qué alimentos toca introducir a fruto 3, me voy con mi marido a querernos unos días con tranquilidad. No mucho, eso sí, no vaya a ser que volvamos esperando a fruto 4.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Porque no me da la gana

Mi suegra ya me ha dicho en un par de ocasiones con énfasis eso de “¡nosotros fuimos la generación del 69!” y es verdad que se (les) nota.

En Alemania (occidental) ya vivieron en los 70’ la llamada Revolución Ecológica, que ha dejado de ser novedad para convertirse en lo normal y que en España parece empezar a “revolucionar” ahora poco a poco: Reciclaje, cultivos ecológicos…etc. En temas de crianza y educación no podía ser de otra manera: La gente empezó a tener hijos en la universidad (me cuenta que durante las clases era normal ver hombres y mujeres tejiendo ropita de bebé), muchos Akademiker (licenciados) se marcharon al campo a plantar tomates, pintar cuadros abstractos y ocuparse de su familia, los partos se des-medicalizaron, las lactancias prolongadas se pusieron a la orden del día, la llamada crianza respetuosa, los pañales de tela, la homeopatía, el culto a la cebolla…etc.

Mi familia política es de esas. No son originarios del mierdapueblo, sino de una gran ciudad. Mi suegro tiene incluso un doctorado (y ya se sabe que aquí, ser Herr Dr. es muy importante). No se dedican al cultivo tomatil (aunque mi suegra tenga un huerto de aúpa), sino a algo mucho más chic e internacional y, por supuesto que no viven en una casa prefabricada, sino que como buenos Ökospiesser (ecopijos/biopijos), se compraron un molino antiguo (con arroyo en el jardín incluido) y lo pintaron de rojo. Muy bucólico todo.

Mis suegros, teniendo en cuenta lo que se está poniendo de moda ahora en España, son muy modernos.

En el mierdapueblo llevan ya más de 25 años y, desde que les conozco, me llama la atención que no tengan amigos por aquí. Nadie a quien invitar a cenar, ni con quien ir al cine o tomarse un café. Desde mi punto de vista y con lo que me gusta socializar a mí, un horror. Yo lo achaco en parte a que son un poco especiales y en parte a que priorizaron su hogar antes que la ubicación del mismo, porque teniendo en cuenta que para su época no fueron raritos del todo, tiene que haber más gente del estilo (y de su edad) por los mierdapueblos colindantes.

En comparación con mis suegros, yo he tenido una suerte impresionante: De momento, he encontrado a 2 mujeres afines a mí en muchos temas con las que puedo tomar café de vez en cuando y desahogarme un rato, aunque sea a la alemana. El resto se divide entre las que me saludan amable pero cínicamente (¿o es curiosidad?) y las que hacen como si fuese transparente pero aprietan los dientes cuando paso.

Yo me lo intento tomar con filosofía, todo sea dicho. No voy a cambiar mi forma de ser ni de vestir para poder intercambiar recetas de pasteles con el mayor número de mujeres posibles. Si me quieren así, bien, y si no, pues nada, pero adoptar un determinado rol para que me acepten en la secta del Nordic Walking no va conmigo. Prefiero estar a gusto en mi tiempo “libre” y ser yo misma, que bastante tengo ya con mis horas de Miliki/princesatontalculo/dragónasesino/loquesetercie al día.

Una de mis amigas del mierdapueblo no está tan segura. Por una parte, ha dejado de ir a la Krabbelgruppe (grupo de gateo) de la parroquia porque no soportaba el ambiente, ni las conversaciones, ni los comentarios que tenía que escuchar por trabajar a media jornada desde casa y en inglés… pero por otra, no se atreve a no ser Übermutter abiertamente:

No ha tenido valor para coger una señora de la limpieza hasta ahora, porque está mal visto. Cuando se decidió a dar el paso, se la empezó a buscar a través de compañeros de trabajo de su marido (en la mierdaciudad de al lado) por no tener que preguntar aquí. En vista de lo caro y complicado que es conseguir que alguien se haga 14 km. para limpiarte la casa por 10 euros/hora, me ha pedido el teléfono de la señora que limpia en la mía (y que amo cada día más, por cierto). Eso sí, antes me ha preguntado si la señora en cuestión es discreta. Que no se enteren las demás.

Además, en vista de que cada vez tiene más trabajo, quiere contratar a una Tagesmutter para su hija pequeña (2 años) y a ser posible que se ocupe de un par de niños al mismo tiempo (por eso de que no esté sola y socialice un poco). Para esto último, me comentaba hoy que había pensado en colgar un anuncio anónimo (mucho énfasis en que sea anónimo) en el tablón de la guardería a la que van nuestros hijos mayores, por si hubiese alguna otra madre interesada… y discreta.

Y yo le pregunto que por qué se esfuerza tanto en ocultar este tipo de cosas (o sea, sus escarceos en el camino correcto de toda Übermutter) al resto de las habitantes del mierdapueblo si, total, ya la miran mal y le hacen comentarios despectivos y, además, se van a acabar enterando de todas formas.

Yo este tipo de cosas las he dicho y hecho sin más y, sinceramente, no me miran más peor que antes, ni me saludan menos ni han dejado de invitarme a ningún sitio o de venderme pan en la panadería. La que ya tenía algo en contra habrá pensado/comentado "¡Lo sabía!" y, la que no, o no se meterá o incluso puede que se anime a escarcearse también y quitarse la corona de espinas un ratito.

Me dice que admira mi pasotismo, que debe de ser algo cultural o, si me apuras, hasta hormonal. Que no es lo mismo, que lo mío es “excusable” por mi estado avanzado de gestación, porque tengo chicos y son movidos, que probablemente no lo desaprueben tanto…

Y yo, que pensaba que podría tener razón en sus planteamientos, me he dado cuenta que de pasota nada, que no es que me resbale lo que piensen en el mierdapueblo.

Lo que pasa es que no me da la real gana, que no estoy de acuerdo con ellas, que mi manera de ver mi maternidad, mi matrimonio y mi vida es tan legítima como la suya y que no pienso darles la razón en su escandalizarse o en sus juicios de valor ocultándome para salirme de la “norma” moral establecida.

Si hay algo de cultural en esto, más que mi pasotismo, digo yo que será el por mis OOs, coño.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

¿Y qué piensa Kevin?

Resulta que traspasa fronteras el hecho de que determinados nombres en Alemania, más que nombres son diagnósticos. O sea, que llamar a tu hijo Kevin en Mantequillalandia sería el equivalente a quemarle los deberes todas las noches en España.

Del artículo en cuestión se han hecho eco algunos blogs y se comenta con indignación pero poca sorpresa en foros de expatriados.

Personalmente creo que prejuicios tenemos todos, unos contra los Kevin y otros contra los Alexander/Cayetanos. Algunos mantienen sus prejuicios a raya (o lo intentan), otros ni se dan cuenta de que los tienen y algunos otros según el día y sus humores. Sospecho que el mismo estudio daría resultados parecidos en muchos otros países.

El problema de Alemania, sin embargo, no es sólo que tu nombre influya en tus notas, sino que tus notas influyen demasiado en tu vida. Y demasiado pronto.

Ya he hablado de Yusuf anteriormente. Y de Sammy (un Kevin como la copa de un pino), aunque no en relación directa con este tema.

La diferencia entre Yusuf y Sammy es que Yusuf tiene Migrationshintergrund (o sea, no es descendiente de alemanes) y Sammy tiene Harz-IV-Hintergrund (y que Yusuf, al lado de Sammy, habla alemán como Goethe). Lo que comparten, eso sí, son las mismas expectativas sociales y económicas.

El Harz-IV (o ALG II) es algo así como los Benefits. En teoría, Ayudas sociales para llevar una vida digna en caso de no poder conseguirla por tus propios medios: Si se te acaba la prestación del paro y sigues sin encontrar nada, si te has quedado embarazada y no tienes trabajo, si directamente no encuentras trabajo…etc. Estado del Bienestar y esas cosas.

En la práctica, vivir del Harz-IV se ha convertido en arte y oficio para un porcentaje nada desdeñable de alemanes e inmigrantes de 2ª y 3ª generación (que también son alemanes, por cierto). Teniendo en cuenta que el concepto de vida digna aquí es bastante… ¿digno? ¿amplio? ¿generoso? es una tentación muy grande. Para que os hagáis una idea, calculando lo que nos darían a nosotros en caso de no trabajar ninguno de los dos y con 3 hijos, llegaríamos a los 2257 euros mensuales (que podrían ser más si pagásemos más de alquiler). Si tenemos más hijos, más. Si tenemos perro, más. Seguridad social incluida, por supuesto. Electrodomésticos aparte, claro está. De por vida.

En teoría también hay controles. En la práctica, todos sabemos lo fácil que es ser rechazado en una entrevista de trabajo (lo difícil es lo contrario) o justificar que, embarazada o con menores de 3 años a tu cargo, no puedes trabajar.

Los beneficiaros de Harz-IV constituyen el estrato social más bajo de Alemania. Los padres de los Kevins y los Sammys.

Por eso, cuando un español lee en un artículo en el que se cuenta que Kevin es un nombre asociado a estratos sociales bajos en Alemania, igual no se da cuenta de que el concepto “estrato social bajo” alemán es inconmensurable con el español.

Cuando se habla de estrato social bajo aquí, no se está hablando del albañil ni del portero ni del camarero. Tampoco se habla de gente con problemas para llegar a fin de mes o pagar una hipoteca, que compra marcas blancas, con una tele del año de la tosferina y un coche-cafetera. Los Harz-IV viven bien. Muy bien. Demasiado bien para lo que (no) hacen: tienen tele (varias), lavadora, secadora, fregaplatos, comen en el MacDonald’s a menudo, tienen Wii, un Pitt-Bull, un Passat y jardín. Y bastantes Kevins.

Estos Kevins, el único esfuerzo que aprenden a valorar en su vida es el de rellenar correctamente la solicitud de Harz-IV y aguardar con paciencia la cola en el Amt de turno. No es que la universidad sea algo lejano e inalcanzable para ellos, no, es que eso es para los gilipollas de los Alexander, que tendrán que trabajar y pagar impuestos. O sea, no es sólo que su nombre influya en su nota, es que su nota les suele dar bastante igual.

Cuando escucho alabar a Alemania y su sistema educativo de clases por premiar el esfuerzo y la constancia de sus alumnos, no sé si ponerme a reír o a llorar. No me entendáis mal: Personalmente estoy convencida de que diferentes clases y estratos sociales son inevitables y necesarios. Siempre se necesitarán 20 albañiles por 1 arquitecto, o un director general por n empleados y, obviamente, no pueden cobrar lo mismo. Lo que no me convence, sin embargo, es una sociedad de castas. La gracia, el avance de la sociedad liberal es, en mi opinión, el mantenimiento realista de una determinada estructura social y económica y, al mismo tiempo, la permeabilidad de sus escalones. Igualdad sí, pero de oportunidades.

El esfuerzo se premia cuando no sólo es factible, sino realista y relativamente común, que el hijo de un albañil reciba formación universitaria y llegue a ser médico, aparejador o profesor de literatura. Si esto se convierte en una excepción cuando tus padres te ponen Kevin y además importa un bledo porque total, ya trabajan otros y tú tienes derecho a una vida digna, que para eso eres alemán, pues no se está premiando nada. Ni se incita a Kevin a hincar los codos, ni en el fondo se premia a Alexander por haberlo hecho. El reparto igualitario de la riqueza es lo que tiene cuando uno se olvida de aumentarla para todos.

Así que así está la gran Alemania, que tan elitista y altanera se las ha arreglado para confinar en su escalón a los Yusufs y Kevins (consiguiendo que les acabe dando igual) y ahora resulta que a la que tienen cabreada es a su clase media, hartita ya de eslomarse para cobrar el doble que los Harz-IV y muy consciente de mantener a dos familias cuando les han restado la mitad en impuestos.