viernes, 30 de julio de 2010

Mi mamá me mima (¡¡mamáaaaaa!!)

Me quejo (y mucho) de que mi madre mima a mis hijos. Una abuela-cid-campeadora en toda regla (que para eso es de Burgos) frente a mis venas madre-coraje-niño-cómete-las-espinacas-y-lávate-los-dientes-3-minutos-exactos que creo nos salen a todas por muy reguleras que seamos (te lo copio, MadreYmás, que es perfecto).

De lo que no me quejo (y a veces ni me entero) es de que a mi madre, sobre todo, le gusta mimarme a mí.

Me lo ha dicho muchas veces, bloqueando la entrada a Imaginarium o arrastrándome a la peluquería en plena rabieta mamá-dame-tú-de-comer-que-el-abuelo-no-sujeta-la-cuchara-en-el-ángulo-correcto.

Cuando vamos a Madrid, además de ocuparse de que todo esté a punto para los niños, mi mamá me mima. Mucho.

Mimarme a mí no significa que se ocupe del niño para que me dé una ducha o vaya al médico, no no. Para ayudar siempre hay alguien. Mimar es otra cosa.

Mimar es procurar que me olvide de mi vida de maruja-coraje-entregada (y a veces al borde de un ataque de nervios) unas horas. Es llevarme de compras (y cortarme la entrada a la sección de niños de Zara), invitarme a una sesión de ¡ostras!-si-sigo-siendo-mujer-y-atractiva (peluquería, manicura, pedicura…aunque vayan a durar dos días), hacerme creer que el tiempo para mí existe (allí en algún lugar remoto, recordado por un rímel nuevo que apenas me pondré o una crema antiarrugas con tecnología súperchachi que desperdiciaré por equivocación alguna mañana en el culito irritado del bebé), que la moda no se limita al nuevo catálogo de Gocco (con un bolso nuevo en el que no caben juguetes ni pañales o una sandalias divinas pero nada pensadas para correr detrás del niño que se ha echado a correr detrás del castor que se estaba desayunando la trona retro de madera auténtica de su hermano)…etc.

Son cosas que no necesito (¿seguro?) y que no tienen nada que ver con los niños. O sí, porque hasta cierto punto los alejan unos momentos del foco de mi atención. Caprichos.

¿Una frivolidad? Puede parecerlo. Pero estos mimos van mucho más allá del ponerse guapa o tener cosas nuevas. En estos momentos de mi vida en los que me siento muchas veces desbordada y desamparada, sola, incomprendida, agotada y todas esas cosas que forman parte de una maternidad realista, la sensación de que hay alguien con su atención enfocada a ti en exclusiva de la misma manera que la tuya está enfocada a tus hijos, no tiene precio. Saber que alguien te “protege” de tus propios hijos (o de tirarte al vacío por ellos) en vez de estar tomándote la medida por lo coraje que eres como madre (y cuanto más sacrificio y más esfuerzo y más altruismo mejor), no tiene precio.

“Son tus niños, tus bebés, y los quieres más que a nada en el mundo. Yo los quiero con toda mi alma… pero mi niña, mi bebé, eres tú.”

Después de casi 3 semanas en Madrid, entre algodones (con señora de la limpieza que cocina y adora a los niños, que lleva muchos años en casa y les ha visto nacer), la vuelta al mierdapueblo ha sido un shock.

El tiempo, una mierda: 10º y lloviendo sin parar y los niños desquiciados porque se habían acostumbrado a la piscina, al sol, a otros niños y les ha sabido a poco.

Mi marido al principio feliz. Ahora tiene la misma cara de ¿qué-está-pasando-aquí? que debió de poner algún antepasado durante el desembarco de Normandía.

Mi cerebro atrofiado (otra vez pensar en menús, hacer purés, lavadoras, la compra…).

Y ya no huele la ropa al suavizante de mi casa.

domingo, 25 de julio de 2010

Primerizas

Calificar a una madre (o calificarse a una misma) de “primeriza” puede tener muchas connotaciones según quién sea el calificador y cómo lo califique (…buen/mal calificador será… tralalá…).

Normalmente, una se llama a sí misma primeriza para disculpar alguna metedura de pata o justificar un comportamiento que ha resultado pelín exagerado (olvidarse los pañales y plantarse en urgencias durante su primer “cólico del lactante”, por poner unos ejemplos).

Cuando es otra persona la que saca a relucir nuestra condición de primerizas, aunque sea con buenas intenciones (“no te preocupes, a mí también me pasó cuando era primeriza como tú”) es probable que nos siente fatal. Precisamente porque todos intentamos hacerlo lo mejor que podemos, tendemos a ponernos muy viscerales con el tema y nos duele que alguien resalte un error, incluso si es para quitarle importancia.

También hay mucho gilipollas, todo hay que decirlo y, donde se intuye la intención de hacer de menos es porque detrás existe la de hacerse de más o ponerse por encima. A pesar de que esto no sea más que un síntoma claro de inseguridad del gilipollas en cuestión (ya se sabe: “Dime de que presumes…”) a nadie le gusta hacer de buen samaritano a costa propia; pero, como el ser primeriza es un hecho objetivo e irrefutable (del que se han aprovechado, vale), la única contestación viable si no queremos que llegue la sangre al río suele limitarse a una miradita hostil mientras te muerdes la lengua.

Se supone que yo ya no soy primeriza, que he entrado en el club de las multíparas (suena a víboras ¿a que sí?) y me respalda este hecho para poder mirar por encima del hombro y suspirar de forma paternalista ante cualquier madre perdida o desesperada o que que pregunta "tonterías" sobre los comportamientos inexplicables (o más bien incomprensibles) de su primer retoño.

Digo “se supone” porque es lo que da por hecho todo el mundo. Menos yo.

Fui primeriza con mi primer hijo y lo he vuelto a ser con el segundo (y lo seré con el tercero). No voy a negar que se aprende de los errores y que la impresión que causa el comportamiento de una madre con su segundo hijo es de mayor dejadez o tranquilidad (aunque en realidad no sea más que la falta de sueño y de tiempo haciendo estragos en la capacidad de concentración en, interpretación de y reacción ante cualquier leve movimiento facial del nuevo bebé).

El resto de la gente asume (y presume) tanto de que a partir del segundo estás curada de todo espanto, que te lo acabas creyendo. Yo, como buena primeriza reincidente, también me lo creí a pies juntillas.

Me lo creí y caí en la trampa soy-un-témpano-de-hielo-y-controlo-la-situación: rechacé la atención de una matrona en casa después del parto (porque total ¿para qué si sólo vienen a molestar, a cuestionarlo todo y ya sabes cómo funciona lo del cordón umbilical y tus puntos bajos?), no me informé sobre la lactancia materna (¿para qué si con el primero funcionó maravillosamente y no sabía ni quién era Carlos González?)…etc.

Si hubiese repetido niño, hubiera podido enmendar mis errores, pero como no se dio el caso (no se da nunca), el resultado fue catastrófico (o de primeriza): El cordón se le cayó antes de secarse (y yo histérica pensando que tenía una infección), pensé que se me habían saltado los puntos (y yo histérica pensando si ir o no ir al hospital, con el follón que tenía en casa), pensé que no tenía leche y abandoné la lactancia aliviada, después de un mes infernal con todo el mundo mariposeando alrededor y dando por saco (y después del alivio y cuando me dejaron en paz, me he dado cuenta de que no tenía ni idea)…

Todo esto y mucho más, porque ni duermen, ni comen, ni cagan, ni lloran, ni juegan, ni nada de nada igual.

Y tú, multípara de hecho y por derecho (¿u obligación?), te ves de pronto ahí, dejada de la mano de Dios, enfrentándote de nuevo por primera vez (con otro niño siempre es la primera vez) a esos retos existenciales (pero más cansada, con más prisa y menos paciencia) sin atreverte a reconocer tu situación de primeriza reincidente, porque ya se cuidan muchos de aplacar la exteriorización de tus viejos miedos (al fracaso, al error) recurriendo al lapidario “Chica, ¡ni que fueras primeriza!”

El otro día en casa de mis padres, el pequeño se despertó y empezó a canturrear en su cuna. De pronto, se puso a berrear como si le estuviesen despellejando vivo. Al entrar me lo encontré ensangrentado de arriba abajo (pijama y cuna incluidos). No hace falta que especifique todo lo que se me pasó por la cabeza en ese momento, hasta que conseguí, llorando de la impresión y de la angustia (¿como una primeriza?), limpiarle la sangre y encontrar la herida: se había partido el frenillo con el canto. A pesar de que había dejado de manar sangre y el niño ya estaba tan contento, me disponía a salir pitando hacia el hospital (¿a que se lo cosieran? ¡yo qué sé! ¡a que le viese alguien y me tranquilizase! ¿como una primeriza?), cuando en ese momento entró mi padre por la puerta de casa, me recordó que hay un médico estupendo en la familia y que una llamadita no estaría mal. Mi tío, que es un santo y siempre está disponible, me tranquilizó y nos ahorramos Urgencias (por lo visto es bastante habitual, pero sangran un montón, no hay que coserle, se cicatriza solo y, para que no le pique, mejor darle cosas frías).

Algún que otro listillo (más bien listilla), cuando he osado incluir mi reacción histérica en el relato de lo ocurrido, ya me ha soltado eso de “Hija, ¿no lo sabías? ¡ni que fueses primeriza!”

Por eso mismo, desde aquí reivindico oficialmente mi derecho a seguir siendo primeriza, porque, aunque ya sea por segunda vez, nunca es el mismo niño y quiero poder preocuparme y asustarme igual que con el primero cuando tiene fiebre (aun sabiendo que es por los dientes), cuando introduzco alimentos nuevos, cuando llora desesperado, cuando se cae, cuando le sale un sarpullido o vomita o cualquier cosa, por nimia que sea, que no he podido o no he sabido poder evitar.

jueves, 22 de julio de 2010

Traumas

Más o menos desde que un tal Freud achacó todos los males de la gente a experiencias en su infancia (y siempre con su madre, por supuesto), una de las mayores preocupaciones de cualquier padre es evitar que sus hijos sufran algún tipo de trauma.

Esto que en sus inicios parecía (o debía) ser bastante fácil, se ha ido complicando a medida que avanzan los estudios sobre psicología. Ahora mismo casi cualquier cosa, independientemente de las amorosas intenciones de sus progenitores, puede traumatizar al niño de manera irreversible. La consecuencia lógica de esto es (o puede ser) un estado de ansiedad permanente en los padres y la disponibilidad de un arma arrojadiza nada desdeñable para cualquiera que quiera meterse (más bien imponer sus ideas) allí donde no le llaman (o sea, en cómo educan los demás a sus hijos).

Mi familia política es un tanto especial: De ciudad emigrada al campo (algo bastante habitual en los 70’/80’ en Alemania con el estallido del movimiento ecologista).

Se dice que no hay más radical (o intolerante) que el converso y, en mi caso, lo puedo confirmar absolutamente: En casa de mis suegros no entra NADA nuevo (y si entra es a regañadientes). Ni muebles, ni ropa, ni electrodomésticos… No es por falta de poder adquisitivo, sino más bien por una fatal combinación entre la austeridad tan típica de los alemanes y un frikismo/fetichismo por todo lo retro característico de mis políticos.

Este frikismo es lo que ha posibilitado que el negocio familiar sea lo que es (y es precioso y merece la pena absolutamente), pero que se extienda a la vida cotidiana tiene sus peligros: cualquiera que intente encajar un cochecito de niño original de los 70’ (muy bonito) en un ascensor o en el maletero del coche, o limpiar bien un exprimidor de zumo de los 50’ sabe de lo que hablo. Son objetos curiosos, con un diseño encantador, pero de prácticos no tienen nada.

Como ahora estamos en plena reorganización logística y esto implica la necesidad de algunos artefactos, se ha declarado en casa la guerra entre lo práctico y lo retro.

La cuna ha sido la primera batalla.

Como mi cuñada ha tenido un bebé hace poco, me ha quitado la cuna en la que dormía el pequeño. Había que conseguir otra y mi madre, ultrajada por las formas que tienen algunas y muy orgullosa como buena española (o así lo afirma el dicho teutón), me ha regalado una (por sus OOs).

La que tenía de mi suegra era bonita. Retro, de allá por la época de Carlos V (aunque de posadero, no os vayáis a pensar que era una joya de la corona), pero bastante poco práctica: Rota o a punto de romperse en varios sitios, sin posibilidad de bajar el colchón (por lo que el niño ya se había tirado de cabeza un par de veces) y bastante mamotreto. Esa cuna es la que tuve con mi hijo mayor hasta que cumplió 2 años, así que soy consciente de sus carencias. Por eso mismo, esta vez quería una cuna de barrotes, de esas que suben y bajan, que se hacen cama (o sea, de esas practiquísimas y pensadas para todas las etapas del bebé hasta que pueda pasar a una cama normal), que me sirviese para el pequeño ahora y para el siguiente que se nos avecina (y mía, que tengo otra cuñada y no me da la gana de que, por ser yo la fémina adoptada, se les esté dando prioridad a ellas en estas cosas, como si mi marido tuviese menos derechos por ser hombre).

La reacción (¿política?) de mi familia alemana no se hizo esperar: enseguida empezaron a bombardearme con links de e-bay en los que aparecían cunas exactamente iguales a la que tenía. Bonitas, retro y necesitadas de una restauración (algunas de una reconstrucción completa) urgente.

Con mucha paciencia, les hice comprender la soberana estupidez que era comprar otra cuna así y lo práctico, cómodo y útil que era una cuna de barrotes. Lo entendieron y dejaron de ciberacosarme. Hasta que, un par de días antes de la llegada de mi cuñada, dije que me iba a IKEA a comprar la cuna.

Comprar en IKEA es, para mi familia adoptiva, casi peor que hacer tratos con el diablo. Lo odian. A mí, en cambio, me encanta. Ya sé que incita al consumismo descontrolado, que allí todo está estratégicamente dispuesto para que no puedas evitar llevártelo (aunque no lo necesites), que la calidad no es para tirar cohetes…etc. Pero me gusta mucho el concepto: Creo que permite a gente con menos recursos poner su casa como quieren (y no depender por narices de la cómoda horrorosa de la abuela/tía/prima del pueblo), redecorar y reajustar su vida de manera rápida y eficaz, relajarse con los niños (porque qué más da que la mesa se manche con rotulador, si no ha sido tan cara y ya cuando crezcan y sepan cuidar las cosas podrás adquirir la versión buena), moverse con más libertad (todos esos que van cambiando de destino cada par de años)…

Esto no significa que lo retro no me guste. Me encanta. Pero ya tengo bastante con evitar que 2 niños pequeños (pronto 3) se abran la cabeza, tener que coordinar las comidas varias y demás, como para encima tener que estar pendiente de que no se raye la mesa mientras saco brillo al valioso exprimidor de los 50'.

El caso es que cuando nombré al diablo (IKEA) oí cómo se les disparaban las alarmas a mis políticos. Habiéndose ya resignado a que la cuna iba a ser de barrotes, me suplicaban que, por lo menos, fuese de madera de verdad (y ya que estaba, de cerezo). Supongo que no es difícil especular sobre el precio de una cuna de cerezo auténtico ¿no? Nuevas, no bajan de los 500 euros (más luego somier, colchón…). Ya se estaban preparando para buscar en e-bay cuando dije que la quería nueva; pero, para mi sorpresa, en vez de desanimarse (que era lo que yo pretendía), mi suegra me llegó a ofrecer la cuna en cuestión a medida si quería.

Muchos en mi situación habrían aprovechado la oportunidad. Creo que yo también si no se tratase a esas alturas ya de una cuestión de honor: Si me dejaba pisotear/convencer (otra vez) me iban a tomar por el pito del sereno (sabiduría de Supernanny).

Ya he pasado por esto, sé de lo que hablo. No es la primera vez que se me ocurre contar con suficiente antelación que voy a ir a ver al diablo porque necesito, por ejemplo, una estantería y al día siguiente encontrarme un amasijo de tablas de madera, un montoncito de clavos y a mi marido semidesnudo y sudoroso (…mmmm…) montándome una estantería casera en el salón (torcida, desproporcionada y bastante fea). Precisamente por eso tengo que recurrir al Blitz Attack y que el enemigo no tenga tiempo de reaccionar: “Mañana me voy a IKEA a por la cuna” y no hay más que hablar.

La noche fue toledana. Mi marido se revolvía en sueños y, de vez en cuando, hacía algún intento por convencerme. Viendo que era imposible (que el orgullo español no es ninguna tontería) recurrió al arma arrojadiza por excelencia como último recurso: El trauma.

“El niño se va a traumatizar por dormir en una cuna de barrotes, como la cárcel/barata/blanca”… zzzzzzzz (me hago la dormida porque a tonterías así más vale no contestar: ¿Están traumatizados la aplastante mayoría de los niños del mundo por sus cunas? ¿ellos mismos (cuyas cunas retro han costado lo mismo)?) zzzz…

Y el el argumento definitivo, su clavo ardiendo (que ya no pude ignorar): “El niño va a desarrollar alergias por dormir en una cuna sintética”… ¡¿Cómo?! El ataque de risa fue memorable…

Y después de la risa, al verle tan serio, me golpeó la realidad:

¿Quién está traumatizado aquí?

lunes, 19 de julio de 2010

Desmontando otro mito: La nobleza de los alemanes

Generalizando (o echando mano de estadísticas testimoniales, que es lo mismo), puedo asegurar que una de las cosas que más chocan a las (mamás)españolasenalemania (sí sí, somos una plaga) es la frialdad de los autóctonos.

Entre los temas “serios” más recurrentes se encuentran siempre la soledad y la falta de apoyo familiar. Es difícil hacer amigos alemanes en Alemania (propios, los de la pareja no cuentan) y sorprende mucho ese desinterés de la familia política (incluso cuando hay niños de por medio), ya que en ocasiones la relación llega a parecer más comercial que familiar.

También es habitual escuchar quejas constantes sobre el empeño alemán en que todos los demás cumplan las normas establecidas. No es raro que tu vecino desde hace 10 años todavía no te salude al pasar, pero que ya haya llamado un par de veces a tu timbre para recriminarte que has tirado los huesos del pollo en el contenedor equivocado o calificarte de malamadre (Rabenmutter) por dejar al niño con su padre la hora que dura tu cita con el médico.

En comparación con el prototipo de familia metomentodo y traepacáalniño española, a las conversaciones sobre intimidades medioinconfesables con la peluquera de turno y a los interrogatorios profesionales sobre tu vida privada a los que es capaz de someterte cualquier señora mayor de 60 años en un viajecito de ascensor, los alemanes nos parecen más bien fríos y distantes. Si ese día estás positiva, quizás los califiques sólo de correctos y formales.

Frente a la mentalidad pícara/lasnormasestánparasaltárselas española sorprende también esa rectitud alemana, su adoración a la ley y devoción al cumplirla (¡que sólo les falta regular las visitas al baño!), contado con un atisbo de vergüenza (¿ajena?), como si por ello los alemanes fuesen mejores personas, o más nobles.

El caso es que, por lo general, solemos caer en la tentación de pensar que los alemanes son independientes, rectos e individualistas y los españoles, en cambio, grupodependientes, poco formales y bastante impertinentes.

Pero resulta que, a raíz de un intercambio de ideas con Mamá(contra)corriente y al haberle recomendado un libro del que sólo me quedaba ya un regusto indefinido y demasiado limitado como para concretar, lo redescubro (por si acaso, no vaya a ser que la noche me haya confundido) y me encuentro con esto:

“Pocas personas negarán que los alemanes, en general, son industriosos y disciplinados, directos y enérgicos hasta llegar a la rudeza, concienzudos y tenaces en cualquier tarea que emprendan, que poseen un fuerte sentido del orden y del deber, que muestran una estricta obediencia a la autoridad y que a menudo revelan una gran disposición para sacrificarse personalmente y un gran valor ante el peligro físico. Todo ello hace del alemán un instrumento eficiente para llevar a término una tarea asignada, y han sido cuidadosamente educados de acuerdo con ello en el viejo Estado prusiano y en el nuevo Reich dominado por Prusia. Lo que a menudo se piensa que falta al “alemán típico” son las virtudes individualistas de la tolerancia y el respeto para otros individuos y sus opiniones, de la independencia de juicio y la entereza de carácter y disposición para defender sus propias convicciones frente a un superior, que los mismos alemanes, en general conscientes de su carencia, llaman Zivilcourage, de la consideración hacia el débil y el enfermo y de aquel sano desprecio y desagrado del poder que sólo una vieja tradición de libertad personal puede crear. También parecen mal dotados de la mayoría de aquellas pequeñas pero, sin embargo, tan importantes cualidades que facilitan el trato entre hombres en una sociedad libre: cortesía y sentido del humor, modestia personal, respeto a la vida privada de los demás y confianza en las buenas intenciones de su vecino.”

Y sobre su sentido de la rectitud (y el supuesto mérito de este):

“Lo que nuestra generación corre el peligro de olvidar no es sólo que la moral es necesariamente un fenómeno de la conducta individual, sino, además, que sólo puede existir en la esfera en que el individuo es libre para decidir por sí y para sacrificar sus ventajas personales ante la observancia de la regla moral. Fuera de la esfera individual no hay ni bondad ni maldad ni oportunidad para el mérito moral, ni lugar para probar las convicciones propias sacrificando a lo que uno considera justo los deseos personales. Sólo cuando somos responsables de nuestros propios intereses y libres para sacrificarlos tiene valor moral nuestra decisión. Ni tenemos derecho a ser altruistas a costa de otros, ni tiene mérito alguno ser altruista si no se puede optar. Los miembros de una sociedad a quienes, en todos los aspectos, se les hace hacer el bien, no tienen motivo para alabarse.”

El libro en cuestión es una de las razones por las que no he actualizado el otro blog (la otra ha sido la lectura apasionada del Coure y el InTouch, que una cosa no quita la otra). Es de 1944, pero las reflexiones (no sólo de tipo cultural, sino más bien y sobre todo de tipo político y económico) y la argumentación que en él se exponen, bien le valdría salir a la palestra en estos momentos de crisis y desesperación que vivimos en todo el mundo. A las (mamás)españolasenalemania, además, les puede descubrir (o confirmar) que no todo es como parece en el tan alabado civismo alemán.

Como ensayo político que es, no quedará lugar a dudas de que no se lee como un folletín rosa, pero sí que resulta bastante más asequible que otros textos del estilo y engancha como la mejor novela negra.



Camino de servidumbre de Friedich A. Hayek.


Se lo recomiendo encarecidamente a todo el mundo.

domingo, 18 de julio de 2010

¡Que la niña está embarazada!




Esta es la nueva consigna reivindicativa con la que, como no podía ser de otra manera, mi súpermamá (¿qué haría yo sin ella?) machaca a cualquiera que ose olvidarlo por un segundo.

Personalmente soy consciente de la suerte que tengo con mis embarazos (y partos) y le estoy muy agradecida a la genética por ello (mi madre, tías y abuela han sido iguales).

No he tenido náuseas, ni dolores, ni retención de líquidos, ni diabetes gestacional, ni acné, ni acidez, como lo que quiero…

¿Estupendo, no? Sí y no.

La mayoría de las mujeres se quejan (con razón) del tratamiento de enfermas que reciben a causa de su embarazo y reclaman un trato acorde a su estado. Pero mucha gente (demasiada) se olvida de que no estar enferma durante el embarazo no significa estar como si no se estuviese embarazada.

Últimamente (o puede que desde que formo parte del club materno) veo que proliferan mujeres con embarazos complicados y algunas con complicaciones que, por desgracia, van mucho más allá de y son mucho más graves que las típicas náuseas, antojos, acidez y algún dolorcillo de espalda. Es decir, mujeres que además de estar embarazadas (y a veces como consecuencia directa de ello), están o se ponen enfermas.

Precisamente esto me hace ser consciente de la suerte que tengo yo y me produce malestar (y un poco de vergüenza) quejarme por cosas que, en comparación, son tonterías.

El problema es que la gente asocia tanto el estar embarazada con el estar enferma, que parece que si no tienes algo importante u obvio de lo que quejarte o tratarte o que controlar, significa que debes de ser descendiente directa de Superwoman, un ser muy superior a los demás, al que no sólo el embarazo no impide nada, sino que por el contrario debería incluso estimular y multiplicar sus superpoderes con respecto al resto de los mortales.

Tú estás tan contenta y te preguntan “¿Qué tal estás?”… “Bien”… “¿No tienes náuseas/dolores insoportables/pies tan hinchados que no puedes casi andar/lo que sea (pero grave)?”… “No, no, nada de eso, por suerte no”… “¡Ah! Es que mi amiga/prima/compañera de trabajo/tía/conocida/amiga de mi amiga ha tenido tal o cual y lo ha pasado fatal”… “Joer, pobrecilla…” “mmmm (repaso de arriba a abajo), tú estás estupenda”… “Psssí, bueno...(piensas en la amiga/prima/compañera de trabajo/tía/conocida/amiga de la amiga pasándolo fatal)... gracias, la verdad es que no me puedo quejar”.

Y ya está. Oficialmente te has convertido en Super(pregnant)woman. Tu embarazo es un simple “bultito” (muy mono, por cierto, que estás estupenda, incluso te favorece), que se mueve de vez en cuando y para el que todavía no has elegido nombre.

Lo demás son tonterías. No sólo puedes, sino que debes seguir con tu vida normal (sin jamón, vale, pero aparte de eso normal): Cargar peso, salir de marcha, hacer de personal shopper a 40º, cuidar a los hijos de las demás… etc.

Y Ay de ti como se te ocurra sugerirle a tu marido que te cuesta 10 veces más que a él o que a ti misma hace unos meses hacer las tareas domésticas (porque mira el bultito como si estuvieses de coña); o decirle que no te apetece salir a cenar o a tomar algo, que sólo quieres irte a la cama (porque mira el bultito como cuando le dices que te duele la cabeza y los dos sabéis que estás de coña); o decirle a tu visita que no puedes estar pateando tiendas cuatro horas sin parar bajo un sol arbrasador (porque compara el bultito con su maxibolso y te mira como si estuvieses de coña); o decirle a tu cuñada que tú no eres la más indicada para ocuparte de su monstruito maleducado una semana para que ella pueda disfrutar de su bebé recién nacido porque tú ya tienes a tus DOS hijos en casa de vacaciones y además estás embarazada (porque mira tu bultito, se acuerda de los 30 kilos que se ha echado ella, sus cistitis, dolores e hinchamientos varios y concluye que sólo puedes estar de coña y que eres una antipática).

Llega un momento en el que te resignas (¡qué remedio!) y sustituyes la muletilla irónica “es que estoy embarazada ¿recuerdas?” por suspiros-relinche para contestar a los “estás de coña”, con la esperanza (vana, por supuesto) de que alguien los interprete como que te cuesta hacer algo y no como que no te apetece.

Pero ahora... ¡temblad, insensibles! porque mi súpermamá ha asumido el rol de intérprete cojonera y en voz alta del relincho y pobre de aquél que no se dé por enterado de que...

¡¡¡LA NIÑA ESTÁ EMBARAZADA!!!

(Gracias mamá)

martes, 13 de julio de 2010

A niño regalado...

… no le mires el diente.

Ya he contado lo apoteósico que es viajar sola con niños. Cuantos más niños, peor. Y si además estás embarazada (mi caso), mucho más peor todavía.

Me he venido con los niños hasta final de mes a casa de mis padres. Iba a decir de vacaciones… pero no soy tan ilusa: el que se ha quedado de vacaciones es mi marido. Trabajando, vale, pero por las tardes llega a casa y hay paz y tranquilidad y silencio y por las noches va a dormir del tirón.

Se supone que a medida que los niños crecen, es más fácil viajar con ellos. Es verdad sólo en parte. O sea, no es que sea más fácil cuando son más mayores, sino que depende de la etapa que atraviesen en ese momento: No es lo mismo un bebé recién nacido (con tooooda la parafernalia, vale) pero que no se puede escapar, ni cogerse una rabieta de órdago de esas que parece que incitan al resto de los pasajeros a participar en tus métodos educativos (ya sabéis: "un par de azotes le vendrían de bien..."), que un niño de 2 que sí que puede hacerlo. Cada etapa tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Para el mayor me he hecho con un salvavidas, es decir, con un DVD portátil. Perfecto. De verdad. Ha sido como no tener niño durante todo el vuelo.

El pequeño ha sido el que ha dado problemas esta vez. Me lo veía venir, lo reconozco. De los 8 a los 12 meses es, definitivamente, la peor edad para viajar con niños: no juegan, sino que exploran, no quieren brazos, no valen los chantajes… Lo único que puedes hacer es conseguir que esté tan cansado que duerma las 2 horas y media de vuelo; así que lo ideal es cogerte un avión justo cuando le toca comer, darle el puré al despegar y “acostarle” enseguida. Esto complica y encarece un poco el asunto, porque ya no te valen compañías low-cost (con horarios imposibles y personal con un unas ganas de trabajar directamente proporcionales a la insignificancia de su sueldo).

Por esto mismo últimamente volamos con Lufthansa. No es que Iberia no me guste, pero con Lufthansa nos evitamos la T4 en Madrid, que no está pensada ni por un momento para facilitarle las cosas a los pasajeros.

La tripulación de Iberia es, casi siempre, encantadora y alegre en su totalidad, o sea española. La de Lufthansa parece que desayuna limones, pero suelen ser correctos y formales, (a.k.a. alemanes).

Menos esta vez…

El mayor ya fuera de juego (el bendito DVD), me dispuse a dormir al pequeño.
Yo ya sabía que iba a llorar: No está acostumbrado a dormir en aviones (lógico ¿no?), ni vestido, ni con luz, ni con 200 personas alrededor hablando, roncando y demás, ni con los monólogos del piloto de turno. Lo sabía y estaba preparada para ello: no es ni será la primera vez ni el primer niño con el que tengo que pasar esta situación y sabía que iba a llorar igual si le acuesto que si le mantengo despierto todo el vuelo (con la importantísima diferencia que al acostarle el llanto dura los 5 min. que tarda en dormirse y, si le mantengo despierto, el llanto dura las 2 horas y media que dura el viaje). Conseguir que se durmiese era, por tanto, una decisión meditada y tomada desde la experiencia.

También estaba preparada para la intervención de la azafata de turno (normalmente hacia el minuto 2 de llanto) que, además, me parece de lo más normal y agradezco: “¿Está todo bien? ¿podemos ayudarla en algo? ¿necesita usted cualquier cosa?” La respuesta es siempre la misma: “No se preocupe, muchas gracias, es que está cansado, ahora mismo se duerme” y esto siempre acompañado de la mejor de mis sonrisas en plan estoy-tranquila-y-no-voy-a-intentar-tirar-al-niño-por-la-ventana-en-breve-ni-a-ponerme-a-llorar-yo.

Normalmente, después del ofrecimiento de rigor, me dejan tranquila y, exactamente 3 minutos después (ya he dicho que dura 5 min. y que no es la primera vez) el bebé está roncando plácidamente y así se queda el resto del viaje.

Esta vez, gracias a la azafata, el suplicio del niño (y el de su madre y el de los demás pasajeros y el del resto de la tripulación) duró 20 min.

2 min. después de su primera (y absolutamente correcta y comprensible) intervención, o sea, justo cuando quedaba 1 minuto para que el niño se durmiese, noto unos golpecitos insistentes (más bien cojoneros) en mi hombro: “¿está segura de que no necesita nada?”… “segurísima, está a punto de dormirse”…

2 min. después de su segunda (y ya no tan comprensible) intervención (hay que tener en cuenta que cada interrupción suponen otros 3 min. más para alcanzar el objetivo), otra vez los puñeteros golpecitos: “¿qué le pasa?”… “que está cansado y se quiere dormir” (acompañado de cara de me-estás-empezando-a-tocar-los-coj...-digo-el-hombro-demasiado)…

2 min. después de su tercera (y ya definitivamente molesta) intervención, otra vez los golpecitos, cuya intensidad había aumentado claramente. Ese fue el momento en el que me quedó claro que, no solamente esta mujer no tiene hijos, sino que además su experiencia con bebés se ha limitado a sus muñecos hace 10 o 20 años, porque ofrecerme un puñado de toffees para calmar a un bebé tiene delito. ¿Qué pretendía que hiciese con ellos? ¿Taponarle la boca?... “Gracias, pero es muy pequeño, no tiene casi dientes”… “mmm (con los dientes apretados)… ¿y no hay nada que pueda calmarle?”… “Sí, un sueño reparador, pero como me siga interrumpiendo va a ser imposible” (tono sarcástico y sonrisa acorde)… Azafata da un respingo, pero no me quedo para ver su cara y vuelvo a concentrarme en mi niño…

2 min. después (sí sí, como lo leéis) de su cuarta intervención, otra vez los golpecitos de los OOs (no puedo calificarlos de otro modo, lo siento, pero definitivamente me los estaba tocando): “Es que el niño no tiene sueño y es peor intentar que se duerma”… ¡¿cómo?!... y ya no pude más: “¿Usted cree?... Es que venía de regalo con la anticelulítica en el Duty Free y no traía instrucciones… ¿lo quiere usted, que veo que sabe del tema?”

La cara que puso la mujer no se puede describir con palabras. Yo no he visto a nadie más avergonzado y ofendido a la vez por mi culpa. ¿Se merecía esa impertinencia? Por supuesto. Sin ninguna duda: No soporto a los extraños (y no tan extraños) que pretenden saber hacerlo mejor que tú constantemente y, sabiendo que en el fondo no tienen ni idea, se escudan haciendo piña contigo como si os acabaséis de encontrar al niño a la vez.

Conseguí que la azafata me dejase en paz (demasiado, quizás, porque se hizo la loca con mi desayuno) y exactamente 3 minutos después el niño cayó redondo (tal y como yo había previsto, que lo conozco como si lo hubiese parido).

El resto de la tripulación, aliviada, miraba el bebé al pasar y hubo alguna que otra azafata (supongo que ajena a mi ultraje al Saber alemán) que, viendo al angelito roncar plácidamente, confirmó que “tenía usted razón, estaba cansado”…

¡Pues claro, señora! ¿o pensaba de verdad que me lo acababan de regalar?

lunes, 12 de julio de 2010

Cojín de lactancia (Stillkissen)

Pensaba que era un invento alemán, pero buscando en internet, me he encontrado con que sí que existen en España y, además, de varios tipos y modelos.

Me refiero, por supuesto, al cojín de lactancia (Stillkissen).


Cuando di a luz a mi primer hijo en Madrid, no vi ninguno; pero claro, en el hospital tenía habitación propia y no había sala de lactancia.

Los descubrí con mi segundo hijo. Los había visto ya en alguna tienda de bebés (casi todas) en Berlín, pero no les veía la utilidad, la verdad. Hasta que, en el hospital, en las salas de lactancia los usé.

Toda madre sabe lo difícil que es encontrar una postura cómoda para alimentar a un recién nacido (ya sea con pecho o biberón). Por lo menos yo he tenido que colocar cojines a mansalva para no destrozarme la espalda o evitar un tirón muscular. Y no era tan fácil, ¡qué va! Había que elegir los cojines más cómodos y combinarlos a la perfección (el largo debajo del niño, otro para nuestro brazo…), 1 cm. más a la derecha o a la izquierda, un hueco que se abre entre ellos en plena operación y vuelta a empezar (sacar al niño del pecho, recolocar zafarrancho entre llantos…). Un coñazo, vamos.

Con estos cojines esto se acaba. Los sillones del hospital (o la cama) no eran lo más cómodo del mundo, sinceramente, pero con los cojines de lactancia no había problema.

Los hay de diferentes formas, tamaños, materiales e incluso rellenos (de cereales, algodón o lana). A mí el que más me gustó es el del tipo de la imagen y relleno de algodón (o lana, no sé, pero era blandito seguro).

No me lo llegué a comprar con mi segundo hijo porque la lactancia empezó mal desde el principio y pensé que no merecería la pena: tampoco son especialmente baratos y ocupan mucho espacio (y tampoco sabía que me iba a volver completamente loca y quedarme embarazada otra vez tan pronto).

Pero para el siguiente cae uno seguro.

El único problema que le veo es que es un poco mamotreto y, por lo tanto, nada fácil de transportar. Mi cuñada lo tiene (por eso me he acordado, que está de visita) y no lo está usando nada ahora mismo, con el calor que hace y todo el día en la calle. A mí, en cambio, creo que sí me va a compensar el gasto, porque doy a luz en noviembre y no creo que, con las condiciones meteorológicas del mierdapueblo por esas fechas, salga mucho con el bebé, así que casi todas las tomas serán en casa calentita (aunque no tranquilita).

Para las que prefieren (o tienen que) dar biberón, no me atrevo a asegurar que compense, aunque no creo que pueda venir mal, porque también hay que ponerse cómoda para darlo (y preparar el sitio con cojines varios) y además se le pueden dar otros usos (hacer una especie de “camita” improvisada en el sofá, por ejemplo, o ponerlo incluso de chichonera).

En cualquier caso me parece un invento estupendo y, viendo que aquí no es demasiado conocido, igual a alguien no le viene mal la información.

sábado, 10 de julio de 2010

¿Desnudos hasta cuándo?

Los alemanes tienen una relación diferente con su cuerpo a la que podemos tener en el sur de Europa: son mucho menos pudorosos.

Las alemanas suelen ir poco femeninas en general. Poco escote, poca falda, poco maquillaje, poco tacón…etc. (y mucho pelo). Para mí esto es un alivio porque con cualquier cosa que me pongo (comprada en España o en Zara aquí, claro) voy mucho más mona que ellas (pero mucho más).

En España, en cambio, van todas tan arregladitas (pero informales), estilosas, enseñando pierna y escote (sin ser ordinarias). A las alemanas eso, a partir de los 20 años más o menos, les da exactamente igual.

Eso sí, dile tú a una española que se desnude delante de su familia política para bañarse en la playa, o se meta en la ducha mientras su suegro se está afeitando… Se puede morir. Aquí, en cambio, tardan 2 segundos en quitarse el hábito.

En mi familia política es normal que todos se vean desnudos entre ellos. Mi marido ve a su madre y a sus hermanas desnudas, mi suegro ve a sus hijas mayores desnudas, mi suegra ve a mi cuñado (el novio de su hija) desnudo…etc y esto en contextos poco habituales. Hasta que llegué yo y dije que nanai, que a mí me veían desnuda mi marido y mis hijos hasta una determinada edad (y mi madre y mi hermana o alguna amiga con la que tenga mucha confianza, vamos, que tampoco soy una histérica). Y ya si estoy "leyendo el periódico" no entra nadie, así que, con todo el dolor de su corazón, han tenido que desengrasar los pestillos.

Es verdad que aquí suele haber un único baño completo por casa y que esa falta de pudor dentro de la familia se habrá visto estimulada por la obligación a compartir y las prisas mañaneras. Pero si lo pienso más, me doy cuenta de que en casa de mi abuela sólo había un baño para 7 hijos (niños y niñas) y a partir de una cierta edad hubo que empezar a turnarse.

A mí me parece bien tener una relación natural con tu propio cuerpo y con el de los demás. Y con los niños sobre todo. Pero ¿hasta cuándo?

Mis suegros tienen su empresa en el mismo terreno donde está situado el molino en donde viven, o sea que su jardín es, al mismo tiempo, el lugar de fumeteo, comida y café de todos los empleados.

Que un niño de un año (o dos, o tres) corretee desnudo un ratito por el jardín mientras le cambias de bañador (cosa extraña de por sí, porque aquí los niños suelen tener sólo uno), vale. Pero, por ejemplo, este verano, la hija de mi cuñada (que está ahora de visita), con 6 añitos ya, se pasa el día desnuda por el jardín… Y no sólo cuando se baña en el arroyo (que atraviesa el jardín), sino cada vez que puede y haciendo de todo: trepar por los árboles, columpiarse, jugar con sus muñecas… todo. Vale que es una niña y que es lo más inocente del mundo. Pero no es un jardín del todo privado ni una playa (donde el contexto le resta importancia a la desnudez) o una sauna donde lo más normal del mundo es pasearse en bolas. Yo me he llegado a sentir incómoda cuando hay varios empleados tomando un café y fumando en la puerta y la niña está ahí con todo al aire haciendo el pino-puente o a cuatro patas jugando con los muñecos.

Quizás es que sí que soy una histérica con este tema y que en realidad no tenga mayor importancia. Pero tengo la sensación de que está dejando de ser una niña (su cuerpo ya no es redondo y “desproporcionado”) y que debería de empezar a tomar consciencia de su cuerpo ¿O no?

martes, 6 de julio de 2010

Gracias

Iba a ponerme a despotricar sobre lo desagradecida que es la gente en general.
Esta vez no se trata de ninguna anti-alemanada de las mías, sino más bien de algo que tiene que ver con este blog en sí.

Como sabéis, dispongo de una dirección de correo para que, el que quiera, se comunique conmigo en “privado”. Tampoco es que me lleguen e-mails todos los días, pero sí que de vez en cuando, alguien decide escribirme.

Suele ser gente:

- En mi misma situación (viviendo en Alemania, casadas o no, con hijos o no) que prefieren comentar algo en privado. Normalmente suele ser gente sorprendida por la “coincidencia” en las vivencias y las sensaciones. A veces cuentan una anécdota de sus vidas en relación al post motivador, a veces no.

- A los que les gusta el blog y quieren felicitarme por ello (de momento no he recibido amenazas ni opiniones negativas por email, lo cual me agrada).

- Que tiene alguna pregunta concreta: Nacionalidad de los hijos, burocracia, ayuda/opinión sobre algún tema concreto (vacaciones en Alemania, búsqueda de casa…etc.)

Yo siempre contesto a los e-mails. Siempre. Aunque no tenga ni idea del tema en cuestión, aunque sólo sea para aconsejar dónde podrían seguir buscando, aunque sólo sea para dar las gracias y decir que me alegro de que les guste el blog. Obviamente, llega un momento que la comunicación se “corta” o decae. Si no se cortase, estaríamos escribiéndonos e-mails eternamente. A veces soy yo la que no contesta más, a veces es la otra persona.

En cualquier caso, por e-mail no dejo a nadie con la palabra en la boca.

Me sienta fatal (pero mal mal) después de haberme tirado un buen rato escribiendo una parrafada informativa sobre cualquier tema, no recibir ni un mísero “gracias”. Nada más, no hay que explayarse más, simplemente tomarse un momento la molestia de dar al botón de “responder” y escribir la palabrita dichosa.

Precisamente me sienta mal porque ese tiempo invertido en contestar por privado, se lo he restado al (poco) tiempo del que dispongo para contestar a los comentarios en el blog. O para dejar comentarios en blogs que sigo. Y para colmo, como se sobra tiempo (irónico, por supuesto), me he abierto otro.

Reconozco que no es una excusa demasiado convincente. Hay blogueros que se toman la molestia de contestar a cada uno de los comentaristas de sus posts (y que admiro profundamente) y hay otros que, consecuentemente, no contestan a ninguno (con lo que nadie se ofende o se siente de menos, porque total, no contesta nunca).

Yo eso lo hago fatal: Hay veces que contesto, otras que no, otras que contesto sólo a algunos…etc.

Tampoco dejo comentarios en todos los blogs que sigo (y leo). No porque no tenga nada que decir, pero es que hay veces que voy a dejar un comentario y veo que ya han dejado 50 y me desanimo o pienso “pfff… mejor contesto cuando haya leído todos los comentarios”, o contesto (entre croqueta y croqueta) y me olvido o no veo que hay que introducir la clave dichosa, por lo que al final, cuando me acuerdo, la meto, no me la coge, se me está quemando la croqueta, lo dejo, el niño está mordiendo mi móvil…etc. y acabo cerrando el portátil y abandonando la misión comentarista.

Soy un desastre, lo sé.

Así que este post es para daros las gracias a los que comentáis. Os leo a todos, aunque no conteste siempre. Y no sólo eso, es que además agradezco un montón cada comentario, por escueto que sea, porque sin ellos lo más seguro es que hubiese abandonado el blog (que aunque me encanta hablar, no me gustan los monólogos).

Gracias, gracias, gracias y mil gracias.

¡Viva España!

Supongo que a nadie le habrá pasado desapercibido que mañana, en las semifinales del Mundial, juega España contra Alemania.

Yo me estoy frotando las manos, lo reconozco.

No me gusta el fútbol (ni a mi marido tampoco) y no lo veo nunca, pero precisamente este partido lo he estado esperando como agua de mayo. Y no, no tengo el corazón dividido: Yo quiero que gane España. Es más, quiero que gane por goleada.

Esto me ha hecho pensar en que es cuanto menos curioso el fenómeno del sentimiento patriótico del emigrante (o expatriado).

Por supuesto depende del país de origen del sujeto en cuestión y de las circunstancias por las que emigra. No es lo mismo un albañil ucraniano que llega a Alemania a buscarse la vida, que un ingeniero español al que han ido a buscar desde Alemania. Tampoco es lo mismo un inmigrante español de los llegados aquí hace cuarenta años (más o menos con el mismo perfil con el que llegan ahora los albañiles ucranianos), que un inmigrante español en Alemania ahora mismo.

El perfil del inmigrante español moderno aquí es más o menos (con excepciones, por supuesto) uniforme: No importa que emigren por amor, que viniesen a estudiar y se quedasen (por amor o trabajo, como fue mi caso) o que vengan a trabajar buscando reconocimiento laboral y económico (o sea, una vida mejor). Suele ser siempre gente preparada, con estudios universitarios, idiomas y ambición.

Alguien que decide emigrar por propia voluntad no suele estar demasiado apegado a la vida y al país que deja. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no le guste su país, la comida de su país, los amigos que deja, la familia…etc., pero por lo general predominan el desencanto y las críticas: habiendo interiorizado tantísimo, por ejemplo, que la sanidad es universal (que no gratuita), lo que le llama la atención son las colas y las esperas en el médico.

La actitud del inmigrante español en Alemania al principio es, por tanto, eufórico-admirativa. Se deja deslumbrar por todo: el tráfico ordenado y respetuoso, las “bajas” maternales espectaculares, los sueldos más altos, la gente independizada desde los 18 años, los yogures, el pan…etc. Todo es maravilloso y, por supuesto, muchísimo mejor que en España, ¡dónde va a parar!

Poco a poco, sin embargo, vuelve a aflorar el desencanto. Cuánto más tiempo se lleva aquí, más cuenta se da uno de que no es oro todo lo que reluce: Ni las bajas maternales son tan espectaculares (sino más bien el timo de la estampita), el sistema sanitario es clasista, las relaciones familiares son frías y distantes, el machismo es recalcitrante…etc.

Y España, con sus defectos, nos empieza a dejar de parecer tan tercermundista como pensábamos. Poco a poco. Primero fruncimos el ceño ante las críticas a España de algún alemán (que las oirás, por supuesto, porque a ellos, menos Mallorca, España les parece tercermundista; muy bonita y se come muy bien, pero tercermundista), después empezamos a contestar con frases del tipo “Ya bueno, pero también/aquí tampoco…” y, finalmente, te atreves a criticar directamente (“Me parece increíble que aquí…”).

Tu actitud en España (de visita) también cambia. En cuanto alguien ensalza las virtudes alemanas, ya estás tú poniendo los puntos sobre las íes (o escribiendo un blog desmitificador).

No es que en Alemania de pronto sea todo malo, o peor, o que resulte que España tenga que ser ahora el ejemplo a seguir. No se trata de eso. Pero, por algún motivo, te acabas sintiendo con la obligación moral de acabar con ese complejo de inferioridad tan típico ante los países nórdicos, normalmente considerados como superiores o avanzados (y el correspondiente complejo de superioridad frente a España o cualquier país por debajo de Suiza de cualquier alemán).

Y al cabo de los años te das cuenta de que tú, que tanto criticabas España y a los españoles, estás defendiéndola a capa y espada. Incluso durante un insignificante partido de fútbol.

viernes, 2 de julio de 2010

Buscando un nombre

El miércoles fui al ginecólogo y no, no se equivocó la última vez: Sigue siendo un chico.

El tercero.

Y último.

Si me asegurasen al 100% que el próximo sería niña, me lo pensaría y todo, pero teniendo en cuenta que en mi familia tendemos a ser monotemáticos, me parece que no me arriesgo.

Conste que yo estoy encantada con mis niños (y que lo estaré con este que viene) pero después de 2, me apetecía una niña, claro.

Los comentarios de la gente al enterarse han sido bastante variados:

- Se han partido de la risa

- "A mi madre/tía/prima/amiga le dijeron que era niño y al nacer resultó niña" (por eso he esperado una ecografía más, para la confirmación definitiva)

- “A ver si la próxima vez es niña” (¡JA! Se quedará usted con la intriga, señora)

- Se lo van a pasar bomba entre ellos (sí, y con su padre también, claro, pero que yo sepa las niñas también juegan, ¿no?)

- Vas a ser la reina de la casa (eso es verdad, piropos no me van a faltar)

- A ver si tienes suerte con las nueras (mientras no sea alemana, me doy por satisfecha)

- Comen como animales (esto lo dicen todos los que tienen 2 chicos o más, así que me estoy planteando abrir un fondo alimenticio para ellos)

- …etc.

Está todo estupendo y viene sanísimo, que es lo importante.

Pero yo no quería hablar de esto en este post. Yo quería hablar de la temible búsqueda de nombres infantiles por las que pasamos las expatriadas.

Elegir el nombre de tu hijo/a es una responsabilidad, vivas donde vivas. Hay gente que lo tiene clarísimo desde el principio y que además ya hablan de su nonato llamándolo por su nombre. Yo no soy de esas… ni mi marido tampoco. Normalmente tenemos a toda la familia (española, la alemana como si oyese llover) en ascuas hasta la semana antes del parto más o menos, que es cuando nos hemos decidido por el nombre que le vamos a poner.

Como yo tengo las condiciones del nombre muy claras, la lista suele ser bastante reducida:

- Nombre español. Ya que va a tener apellido alemán y se va a criar aquí (aunque su segundo apellido sea el mío, aquí sólo se usa uno), por lo menos que tengan claro que son 50% españoles.

- Nombre español-castizo. O sea, nada de nombres vascos o gallegos o catalanes o asturianos. No porque no me gusten, ojo, es que en el extranjero no se nota que son españoles-castizos y yo quiero que se note (además, que mi familia es de Madrid de toda la vida, y no tendría mucho sentido elegir un nombre típico de otra región porque no hay sentimentalismo de ningún tipo que me una a ella, por mucho que me gusten).

- Nombre español que no tenga equivalente igual en alemán. Por ejemplo, Luis existe en alemán tal cual, pero pronunciado LÚis (acento en la U), o Manuel (MÁnuel)…etc. Probablemente al cabo de los meses acabaría hasta el moño de andar corrigiendo el nombre, pasarían de mí (porque para ellos es tan fácil como decirlo así como lo dicen ellos) y el niño acabaría perdiendo su calificación como español por el nombre.

- Nombre español pronunciable en alemán. Nada de “r” (la fuerte), ni de “j” (esto último lo hemos descubierto después de ponerle al pequeño un nombre que empieza por “j”, pobrecito mío) ni nada por el estilo.

La lista, como suponéis, no puede ser muy larga. Aún así, no nos decidimos por ninguno. Los “finalistas” que fueron descartados con los niños, ya no nos gustan (no sé por qué, porque entonces nos parecían estupendos) y así estamos, de vez en cuando sacando el tema, repasando exactamente la misma lista de siempre (ya van 3 veces) y sin que ningún nombre nos llame especialmente la atención.

Y no, no me voy a esperar a verle la carita, porque después de un parto sin epidural soy capaz de llamarle Eustaquio.