martes, 29 de junio de 2010

La guardería en Alemania

Ya conté en otro post que a partir de septiembre mi hijo irá a otra guardería (y por qué).

Esta semana tuve una cita con la jefa (en privado, porque la reunión general fue cuando estábamos en España) a la que me llevé al niño (para que conociese a las educadoras y la guardería y que le han encantado, por cierto) y donde me explicó los detalles organizativos (y tal y como sospechaba, sólo 3 extranjeros de 60 niños).

Frau Schmidt (así se llama la jefa y educadora del grupo en el que entra mi hijo) me entregó además un cuaderno en el que venía explicada detalladamente la filosofía educativa de la guardería.

Al ser una guardería pública (y no una cooperativa de padres, como lo sería un colegio o guardería con un concepto particular, como Montessori o Waldorf, por ejemplo), la filosofía es un poco la misma que en todas las guarderías alemanas.

Aclaro que no conozco cómo se gestionan las guarderías españolas, pero por lo que he oído, no tiene nada que ver a cómo se hace por estos lares.

Para empezar, la guardería aquí (Kindergarten) es a partir de los 3 años (antes de los 3 años, se llaman Kinderkrippe o Kinderladen, según ciudad y zona, pero el dato no tiene mayor importancia, porque sólo existe esa posibilidad para el 17% de todos los niños de Alemania y, teniendo en cuenta que vivo en la parte más retrógada y machista del país, no he tenido la suerte de encontrarme ninguna por aquí). En España, con 3 años los niños empiezan el cole. En Alemania el cole se empieza con 6 años.

Me imagino que de los 3 a los 6 años en España, por mucho que vayan al cole, no les van a poner a hacer ecuaciones, pero por lo que he visto en primas y demás, sí que tienen un programa educativo (con libros…etc.) que les va preparando para el colegio propiamente dicho.

Aquí el concepto es totalmente diferente.

Para empezar, los grupos están mezclados. O sea, no es que los de 3 años estén sólo con los de su edad y los de 4 igual y así sucesivamente. Aquí hay grupos de 20 niños, da igual la edad que tengan. La idea en sí me parece estupenda: Los mayores aprenden a cuidar de los pequeños (conviviendo con ellos, como parte de su grupo) y los pequeños aprenden mucho de los mayores. Dentro del grupo hay actividades (voluntarias siempre, ahora explico por qué) más dirigidas a determinadas edades (por ejemplo coser y cocinar sería más para los mayores que para los pequeños). Lo bueno de que estén mezclados, en mi opinión, es que así muchos niños más pequeños que quizás están más adelantados en algunas cosas, pueden participar y ser estimulados adecuadamente. Los más mayores que no se sientan seguros o que no lleguen, en cambio, pueden no participar si no quieren (pero claro, cómo van a aprenderlo si no lo hacen, ¿no?).

Esta mezcla (en principio productiva, creo) sólo es posible porque aquí en Alemania la guardería está para jugar y sólo para jugar (o sea, se pasan el día a base de Freispiel). En el librito venía todo muy bien explicado: Los niños aprenden jugando (totalmente de acuerdo) y sintiendo que juegan y que lo hacen porque quieren (y no porque se les obliga) desarrollan su curiosidad, gusto por el aprendizaje y lo que aprenden no se les olvida.

Esto tiene su lógica, pero a mí me parece hasta cierto punto un poco exagerado, sinceramente. Llegan a ser tan radicales con su juego libre y voluntario, que está expresamente indicado que los padres NO DEBEN enseñar a los niños a leer y escribir en casa, por ejemplo (aunque el niño quiera antes, leer se aprende a partir de los 6 en el colegio).

A mí esto me toca un poco la moral, sobre todo porque nosotros no tenemos tele y el niño “mira” muchos libros (y se los leemos). Tantos, que hace un par de meses se empezó a interesar por las letras, a distinguir algunas, ya escribe su nombre…etc. Yo al niño no le he obligado a nada, pero si se ha interesado y le ha gustado, lo que no he hecho (teniendo en cuenta que no es un capricho tonto) es negarle esa información y esa oportunidad.

Otra cosa que me parece un poco excesiva sobre el juego exclusivo es algo que me ha confirmado mi vecina (sí, ¡me ha hablado después de casi 2 años en el mierdapueblo!): Su hija de 7 años acabó de la guardería hasta el último pelo de la cabeza. Vamos, el colegio lo sintió como un alivio. Esto puede ser interpretado como algo positivo (entran en el cole encantados), pero también tiene una parte negativa: Vale que aprenden jugando y que además son niños y ya tendrán tiempo de aprender, pero ¿no se le estará quitando al juego algo de especial? Si se pasan el día jugando en la guardería (hasta los 6 años), ¿qué ilusión les queda por llegar a casa y poder jugar a lo que les dé la gana por fin?

Como en casi todas las filosofías, conceptos educativos/políticos, ideologías y demás, veo mucha falta de pragmatismo. O sea, la teoría es muy bonita, pero la práctica no lo es tanto (y parece que seguimos empeñados en idealizar el mundo en vez de mundanizar la teoría): Pienso en Yusuf (¡qué remedio!) y me pregunto si, quizás, una guardería un poco menos “libre” le hubiese ayudado a labrarse un futuro más libre. Estoy segura de que si hubiese hecho algo más que jugar y jugar libremente (o sea, a lo que le ha dado la gana) durante 3 años, su alemán sería mejor, o lo habrían detectado antes (y ayudado).

Yo también creo que los niños tienen derecho a su infancia, a disfrutarla (y no pasarse todo el día resolviendo ecuaciones matemáticas), pero también creo que tienen derecho a su vida adulta, a elegirla. Como siempre, un término medio sería lo razonable, pero parece que seguimos esperando a que el mundo se adapte a nosotros.

jueves, 24 de junio de 2010

El Concierto de Fin de Plato

Cuando la gente piensa en Alemania, normalmente le vienen a la cabeza los típicos tópicos: Cerveza, coches y salchichas.

Si es gente que, además, conoce Alemania por cualquier motivo (trabajo, estudios…), la lista de tópicos típicos se alarga un poco y una de las cosas que nunca falta en ella es el pan.

El pan alemán es increíble. Hay mil variaciones: blanco, negro, gris, con un cereal, con 10, con yogur, con pipas…etc. Si te gusta el pan, Alemania no te decepcionará.
Mi marido lo pasa un poco (bastante) mal cuando estamos en España a la hora del desayuno: no concibe eso de la tostadita o la madalenita o un par de galletitas. Por eso lo que más le gusta en Madrid es ir a desayunar a una cafetería y que le pongan su barrita (y a mí, que así aprovecho y me como unos churros, que aún siendo española no es algo que haya tomado todos los días de mi vida).

El caso es que, en Alemania, a pesar de venerarse el pan, no se come con pan. Si pides una ensalada en un restaurante te ponen un poco, o si pides un puré (para mojarlo), pero eso de la panera a la izquierda del plato no lo verás.

Lo que en España sería de malísima educación, aquí en Alemania es lo normal: El pan para comer (y sólo ensalada o puré) se deja en una esquina del plato y, cuando se come, no se van cortando trocitos según necesidad, sino que se agarra con toda la mano en plan Gólum-mi-tesoro y se van dando mordiscos (o más bien bocaos) según le apetezca a uno.

Esto, en principio, no debería de suponer un problema: te acostumbras a comer sin pan y punto y, cuando te lo pongan, te lo comes como a ti te parezca o te hayan enseñado en tu casa, ¿no?

Pues no.

La comida alemana, en general, suele ser bastante salsera y, siendo un país forofo de los lácteos (claro, con estos prados y estas vacas), para ser digna de su nombre, una salsa tiene que llevar nata y ser espesa (y cuanto más, mejor).

Tú llegas aquí y te plantan una bomba grasienta de salsa con carne y patatas y algo más (estupenda para las bajas temperaturas, eso sí) y tú te la comes tan contenta. ¿Qué pasa? Pues que cuando te acabas la carne, las patatas y la verdura acompañante que te toque ese día, tu plato no brilla, obviamente. En él queda salsa para rato.
Como buen español (comiendo por ejemplo en casa de tus suegros), primero buscas pan para rebañar un poco (que no hay, así que no rebañas), después la servilleta (que sólo encontrarás en restaurantes, porque en familias de clase normal, lo de las servilletas sólo se estila en Navidad y para decorar) y al final colocas los cubiertos en posición y das por terminada la comida. En un momento de intimidad posterior a la comida, tu media naranja germana te preguntará preocupada “¿No te ha gustado la comida?” y no entenderás muy bien a qué se refiere exactamente cuando te dice que no te has terminado tu plato (¡Pero si sólo te has dejado salsa y algún trozo de cebolla!).

Cuando llevas un tiempo aquí, te das cuenta de que es que en Alemania, se rebaña hasta la salsa. No sé bien si es para facilitar el bañado de platos o si así es como se simboliza que te ha gustado la comida (mi marido dice que es por esto último). El caso es que los platos se dejan impolutos.

Vale, ¿y mi pan? No hay. Tienes que rebañar la salsa del plato y las 3 minipartículas de cebolla con cuchillo y tenedor… ¿Y cómo coñ* rebaño yo salsa con cubiertos? Pues sumándote al concierto de fin de plato: unos 5 min. antes de que acabe la comida de pronto se acaba la conversación esa interesantísima sobre la consistencia de la salsa de pollo o la ironía lírica satírica en las obras medianas de Goethe (olvídate de tocar temas transcendentales o personales, ergo interesantes, durante las comidas) y ¡empieza la función!

5 min. de cling-cling-clang-clang veloces y desacompasados (y muy muy irritantes, por cierto) anuncian que se acerca el postre. Y no os creáis que el ruidito es para dar por saco, qué va, es que llenar un tenedor con la mayor cantidad de salsa posible (empujándola con el cuchillo) y que llegue más o menos “cargado” a la boca, requiere que se reduzca al mínimo indispensable el tiempo que pasa la salsa en el tenedor antes de sucumbir a la ley de la gravedad y volver a llenar el plato (lo que significarían 3 segundos y medio más).

A mí la verdad es que me da un poco igual como coma la gente, mientras no llame la atención lo mal que lo hacen (porque entonces no es que sea poco “fisno”, es que es desagradable). Recuerdo que mis padres me marearon con las normas en la mesa y que una de ellas era la de no hacer ruido (o no mucho, vamos, algún cling no se puede evitar, claro). Igual es que lo he interiorizado sin darme cuenta, porque me pongo mala con los conciertos de fin de plato.

Y, como no me pienso unir a ellos, ya he dejado claro que, en España, es de mala educación dejar el plato reluciente, porque “simboliza” (ja, ja, ja) que te has quedado con hambre y el anfitrión es un poco tacaño. Me lo he inventado, por supuesto, pero han asentido entre extrañados y comprensivos (ya sabéis, otras culturas y sus costumbres ancestrales, igual les digo que hay que conseguir decir “ni como el de mi madre” en un eructo y se lo creen igual) y yo me he quedado más ancha que larga (y dispensada de la función).

martes, 22 de junio de 2010

Donde caben 2 no siempre caben 3

Un niño te cambia la vida, está claro. Pero no sólo te la cambia por dentro, sino que te la cambia también por fuera.

El despliegue organizativo (y económico) que supone tener un hijo no tiene parangón: Que si cuna (y colchón, sábanas…etc.), ropa, cochecito y/o mochila, sillita para el coche (y la bici), bañera (y cremas, tijeritas para las uñas, sacamocos…), juguetes, hamaca… etc. Depende de cada persona, sus circunstancias y sus preferencias, pero siempre siempre siempre hay que reorganizarse completamente.

Además, luego nacen y resulta que esto que habías comprado (por un pastón, pero querías lo mejor, claro) resulta que no es nada útil, o que ahora aquello que te parecía una tontería te resulta indispensable. Nadie consigue hacerse una idea exacta de lo que es tener un hijo hasta que se tiene y, por mucho que tu madre/prima/amiga te haya recomendado esta cosa que es “practiquísima”, al final tu hijo es tu hijo, tú eres tú y acabas aprendiendo sobre la marcha. Sería mucho más práctico organizar según necesidad, pero un poco kamikaze llegar del hospital sin nada preparado y ponerse a mirar, probar y montar recién parida (además, el síndrome del nido acabaría con nuestros nervios si no pudiésemos aplacarlo con un poco de trajín preparativo).

Según crecen, sus necesidades cambian (la silla, la cama…), pero al tenerlo allí y no ser de golpe, parece que tendemos menos a acumular trastos.

Con el segundo nos creemos más preparadas (¡JA!): Nos hemos deshecho de muchas cosas inútiles y tendemos a ser más prácticas (No necesitamos 24 bodies y 9 faldones, nos basta con 7 u ocho y de los segundos ninguno). Luego el niño llega y te descoloca otra vez, porque no tiene absolutamente nada que ver con su hermano mayor: ni come igual, ni duerme igual, ni caga igual ni nada igual. Resulta que aquel trasto insufrible que ayer mismo regalaste para siempre se convierte en la Solución definitiva de un día para otro (pero eres tan lista que ya no lo tienes).
Aún así, se aprovechan un montón de cosas: la cuna (porque el otro ya duerme en cama), la sillita del coche (porque el otro ya va con alza), el cochecito (porque el otro ya anda perfectamente)…

Y eres tan tan lista que te quedas embarazada otra vez enseguida. La prisa te la puedes dar por varias razones: Para que se lleven poco y jueguen juntos, para que se solapen los años que te obligan a quedarte en casa (mi caso), porque sigues en pleno huracán natal y tu cerebro no ha vuelto a funcionar del todo (y piensas que tendrías 10 más, que son taaaaan monos, huelen taaaaaan bien, se te saltan las lágrimas cuando les miras…).

El caso es que cuando me quedé embarazada del tercero, con mi vida ya patas arriba por 2, pensé que, total, donde caben 2 caben 3 ¿no? Pues no señor, no caben ni de coña. Al ser tan seguidos los dos últimos, la reestructuración organizativa que tenemos por delante (y que apremia, que hasta Noviembre no queda tanto) es igual de estresante que con el primero:

- La cuna. Como se van a llevar 14 meses, al mediano no le puedo pasar a una cama cuando nazca el bebé. Como la cuna que tiene es de mi suegra, pensé en dejarle ahí hasta sus 2 añitos y comprar una nueva para el siguiente (de esas de barrotes normales que se van haciendo cama según crecen, que la que tenemos es retro y en esa época no eran tan prácticos). Mi estupenda cuñada (irónico), que acaba de tener un bebé me la ha reclamado (y de muy malas maneras, pero claro, después de haberse enfadado al saber que estaba embarazada otra vez, porque ella ya no va a ser la prota absoluta este año, pues no me esperaba otra cosa), así que ahora estoy un poco perdida… Me parece demasiado comprar 2 cunas, sobre todo si una es sólo para 10 meses.

- El cochecito. Tengo el Jané Carrera de mi primer hijo. Muy práctico, la verdad. Fácil de llevar, de plegar, va creciendo con el niño (tiene cuco, huevo, sillita…). Pero resulta que no me vale, porque el mediano, al ser tan pequeño todavía, no puede ir andando todo el rato (suponiendo que ya ande cuando nazca el bebé). Un carrito gemelar supondría la solución perfecta, pero viendo los precios (y que sólo serían unos meses), los más factibles son los tipo “paraguas”… ¿cómo se supone que metes a un recién nacido en un cochecito-silla? Pues no se supone, porque no se puede. Los primeros meses irá en su cuco, como tiene que ser, así que resulta que para cuando el bebé se pueda sentar, ya no necesitaré carrito gemelar, porque el otro andará perfectamente (y no querrá ir sentado ni de coña). Igual alguien conoce algún remedio hormonal o implante seguro (y estéticamente aceptable) para poder tener 4 manos y llevar un cuco y una silla al mismo tiempo (y ya que estamos, igual 6 no me vienen mal, para sujetar al mayor que no le tiene miedo a nada).

- El coche. Este es el problema más caro. Tenemos un Volvo Combi (retro, como no podía ser de otra manera, que a mi marido lo nuevo le produce urticaria… Manías profesionales). Dos niños caben estupendamente. Incluso 3 cabrían si 2 de ellos fuesen en alza. Pero como los 2 pequeños son muy pequeños y necesitan sillitas de esas aerodinámicas-encapsulantes (a 200 euros la silla, que aquí hay que tener cuidado con las carreteras del campo y los tractores voladores), no caben ni de coña. Ya lo hemos probado, pero no hay manera. Así que necesitamos un coche nuevo. Uno de esos familiares. Como es un gasto importante y además mis padres para algunas cosas lo del retro no lo toleran, nos han ofrecido una ayuda con la condición de que el coche sea nuevo-nuevo y tenga airbags hasta en los altavoces. La ayuda es considerable, pero el precio del coche lo es más, así que ahí andamos, mirando, probando y sin atrevernos a comprar… Entre otras cosas porque a los pocos meses de nacer el bebé, el mediano podría pasar a un alza perfectamente y cabrían. Y eso da una rabia... (ahora me estoy mordiendo el labio inferior)

Y así con todos los productos de “primera necesidad”…

Yo antes era racional. Digo antes, porque muchos piensan que me volví loca en algún momento no definido hace unos años, cuando me enamoré de un alemán, me quedé embarazada sin apenas conocernos, renuncié a mi carrera profesional sin pestañear para apoyar la suya y cuidar de los niños y me vine de una ciudad grande y con posibilidades a un mierdapueblo retrógrado y muy muy aburrido en el que la reacción habitual a mis estudios es “¿y ezo pá que sirve?” (cosa que me pregunto yo también ahora, que más me valdría haber hecho carpintería o jardinería u ordeñamiento profesional de vacas).

Ahora yo también pienso que me he vuelto loca. Pero no hace unos años, sino hace unos meses, cuando quedarme embarazada enseguida me parecía lo más práctico y razonable y ahora veo que, si me hubiese esperado unos meses, igual mi vida no sería un sudoku a contrarreloj. También tengo mis momentos de “lucidez”, conste, en los que pienso que si hubiese esperado no me habría atrevido y seguiríamos siendo siempre par.

lunes, 21 de junio de 2010

Un regalo para toda la vida



Me temo que hoy voy a pecar de poco original, porque debo de ser la millonésima persona que habla del librito en cuestión.

Aviso de que es el primer libro que me leo al respecto, así que no puedo compararlo con otros. Me lo compré por curiosidad (acentuada además porque encontrar un ejemplar en Madrid ha sido casi más difícil que conseguir un papiro original de la Biblia), lo empecé a ojear y, como suele pasar cuando el libro que te estás leyendo no te engancha demasiado (más bien te aburre bastante), me lo he acabado leyendo de un tirón.

Este es uno de los muchos puntos a su favor que tiene el libro: Se lee rápido y bien. Es fácil de entender e incluso divertido (este señor tiene mucho sentido del humor).

Por el título tengo que reconocer que lo empecé un poco a la defensiva, pero me ha desarmado totalmente. No es una apología de la lactancia materna, sino una “guía” como él bien indica al principio. Obviamente, a alguien que escribe una guía sobre lactancia materna (o sea, un libro para ayudar a que esta funcione) se le ve el plumero: Al señor González le parece lo mejor, claro está, y además cuanto más tiempo idem. Sin embargo no he visto ni una sola condena al biberón ni a las que se decantan por este. Todo lo contrario, pide respeto. Aquí no puedo evitar citarle:

“Por supuesto, no estoy diciendo que los partidarios de la lactancia materna seamos más amables y respetuosos. Lo que ocurre es que dar el biberón o dejar llorar al niño forma parte, hoy por hoy, de la corriente mayoritaria de la sociedad. […] Algunas personas son amables y respetuosas por naturaleza […]. Pero muchos otros no son respetuosos, sólo lo fingen. […] Dentro de unas décadas, si la lactancia materna sigue aumentando, tal vez las madres que no den el pecho empezarán a recibir críticas directas. Ojalá usted, amiga lectora, no participe en ello.”
(¡Olé!)

Supongo que este párrafo, a pesar de encontrarse al final del libro, da una idea del tono general del mismo: No critica al biberón, ni a la que deja el pecho por cualquier razón, ni a la que duda, no se atreve…etc.

El libro como guía en sí, es un poco pobre: No es demasiado técnico. Pero precisamente ahí radica su gracia. Es una miniguía, una guía para buscar otras guías en caso de necesidad, una guía introductoria contra la desinformación.
La lactancia materna es presentada como algo que debería ser fácil y placentero (o sea, no un sacrificio), pero que muchas veces aparece o es percibida como todo lo contrario. Aquí no hay buenos ni malos, se muestra no sólo tolerante, sino incluso comprensivo con aquellas madres que se rinden por algún motivo y con aquellas personas que las animan (sin maldad) a rendirse. Con comprensivo no me refiero a que les dé la razón, sino a que entiende que, ahora mismo, lo “normal”/corriente/a la orden del día es eso, y que puede ser difícil ir contracorriente o mantenerse firme en algunos casos. La que consiga mantenerse firme, estupendo, la que no, pues no pasa nada, ni es peor madre ni peor persona ni sus hijos le importan menos. (Ni una es presentada como lo mejor, ni la otra como lo peor o lo menos mejor).

Me ha gustado mucho cómo hace hincapié en la mujer, es decir, que no parte de que es lo mejor para el niño y que toda madre digna de ese nombre tendría que hacer eso mismo, sino que se concentra en la madre, en lo que le ocurre, en lo que no, en las limitaciones que encuentra, en sus posibilidades, las alternativas que tiene, las que se podría plantear, da ideas...etc.

Lógicamente, como es un libro para ayudar a las que quieran dar el pecho, no nos vamos a encontrar con un “pfff ¿te duele? ¿tienes grietas/mastitis/el niño llora mucho? ¡Pues no te preocupes, que le puedes dar un biberón!”. Se trata de que la que quiera dar el pecho y se encuentre con problemas, no tenga que tirar la toalla. O sea, no es peor madre ni una cobarde aquella que no aguanta el dolor de las grietas o una mastitis y deja la lactancia. Pero para aquellas que, a pesar de eso, sí que quieren seguir, ofrece un abanico de posibles razones (con sus soluciones correspondientes) para no dejarlo (si es eso lo que quieren). Con esto, también “arma” a aquellas que tengan que sufrir malas caras o consejos no pedidos de vecinas/panaderas/suegras/madres y demás, para poder contestar y seguir con bastante seguridad (que ya sabemos que a una madre reciente, aunque no sea “primeriza”, le falta mucha veces) lo que se pretendía desde un principio.

Me ha parecido muy interesante el apartado sobre los “mitos” de la lactancia: todas las prohibiciones que se supone existen para la madre lactante y que, resulta, no tienen fundamento (o no es tan sólido como se piensa), por lo que dar el pecho se va facilitando o haciendo más agradable (o menos sacrificado, que es de lo que se trata).

Hay cosas que no me han gustado, claro está, como por ejemplo, que parece poner en duda la existencia de los cólicos del lactante o el dolor de dientes. Nosotros hemos tenido que sufrir los dichosos cólicos con mi hijo mayor y, a pesar de ser el niño más cogido, mecido, masajeado, acunado, cantado, amamantado y demás del mundo, no se le pasaban. O sea, no es que el niño quisiese teta o a mamá o estar en brazos, es que realmente le estaba doliendo mucho. ¿Que el dolor acompañado duele menos? Claro, pero no deja de doler por eso. Además, en cualquier sitio de información sobre los cólicos famosos el mensaje es siempre el mismo: se puede intentar aliviar, mejorar, incluso prevenir, pero si lo tiene lo tiene y no se le quita; lo único que se puede hacer es ayudar al bebé a pasar ese trago (en brazos, con masajes…etc.), pero pasarlo lo tiene que pasar. Sobre el dolor de dientes, pues qué voy a decir que no sepa cualquier madre ya ¿no?

Quiero pensar que en estos pasajes en los que culpabiliza de todos los males del niño a la falta de brazos y teta (con una fácil solución, eso sí) son hasta cierto punto necesarios. O sea, si los padres van a estar oyendo constantemente consejos que inciten a lo contrario, pues por lo menos que de alguien escuchen algo diferente que puede que les funcione o puede que no. Lo que ocurre es que creo que con esto puede perder un poco de credibilidad, sobre todo cuando la lectora ya ha tenido hijos (y ha sufrido los cólicos, los dientes y demás) y sabe que aquí el señor González no tiene razón.

De todas formas, se trata de un par de pasajes, que además se mantienen dentro del tono general del libro: No adoctrinar ni culpabilizar, sino animar y ayudar.

Personalmente el libro me ha servido para ver la lactancia desde otra perspectiva (que no quiere decir que adopte, pero ahí está, ya veremos qué pasa después cuando nazca el tercero) y para pensar en qué salió mal con mi segundo hijo. Curioso ha sido que sobre esto último, lo que me ha quedado claro es que YO me equivoqué en muchas cosas (que han resultado no ser en las que yo pensaba), pero no me he sentido mal ni culpable por ello. El tono comprensivo en plan “¡¿cómo no te ibas a haber equivocado con todo lo que tenías encima?!” ha sido decisivo, y se agradece mucho.

Se lo recomiendo a todas aquellas que quieran dar el pecho o que no estén seguras de no querer hacerlo (ya sabéis: lo intentaré, a ver si funciona), porque si resulta que al final sí se quiere y aparecen dificultades (cosa que no me extrañaría nada), puede ser de mucha ayuda, por lo menos para no dejarse intimidar tan fácilmente. También se lo recomiendo a aquellas a las que le salió mal, por lo que sea (incluso a las que sintieron como una liberación dejar la lactancia porque estaba resultando un infierno, que me pasó a mí con el segundo), porque puede ayudar a comprender muchas cosas (para el siguiente si se quiere) y es una auténtica gozada no sentirse señalada o juzgada por ello. Además que, por muchos libros que se lean o mucho pediatra/ginecólogo al que se consulte, al final nos gusta más escuchar las batallitas de nuestras madres/amigas con hijos y, como soy de las primeras de mis amigas que ha tenido hijos, me siento ahora un poco más segura y preparada para dar consejos a quien me lo pida (que lo hacen), a pesar (o precisamente) por mis errores, porque me siento un poco menos perdida sobre el “qué haría yo ahora si volviese a ocurrir lo mismo” y no me tendría que limitar a contar lo que pasó (que para muchas suele ser percibido como un desánimo en plan "joer, pues si ella que quería no pudo, no le salió bien, yo que voy por el mismo camino, lo voy a tener que dejar a pesar de no querer hacerlo.")

viernes, 18 de junio de 2010

El factor sorpresa

Mi hijo mayor ha sido (y es) un bebé (ahora un niño) muy demandante. Llegué a pensar que era uno “de alta demanda”, como los llaman, pero después de haber leído algunos foros, blogs y demás sobre el tema, me he dado cuenta de que tampoco es para tanto.
Lo que no quita, por supuesto, que sea muy demandante. Ha tenido cólicos del lactante, ha sido un bebé muy despierto, activo, sociable…etc. Y, sobre todo, ha sido el primero.

Me imagino que les pasa a todos: Con el primer hijo te obsesionas con los percentiles, las curvas, los calendarios, los alimentos, las cantidades (llegando a pesar al miligramo la cantidad de X que toque o introduciendo justo justo cuando cumplen tal mes, tal alimento en particular), los avances motores…etc. Se compara constantemente el tamaño del niño con el de los otros niños de su edad, si dice “gu” en vez de “ta”, si ya saluda o se reconoce en el espejo. Uno está tan tan atento a todo, que incluso percibimos el proceso de aprendizaje de cualquier cosa (por ejemplo, al aprender a saludar, vamos viendo cada día si ayer subía la mano hasta la oreja y hoy ya ha conseguido subirla 2 milímetros más que ayer).

Normal ¿no? Hay tantos estudios, gráficas, información general y opiniones populares (las peores) sobre cómo debería ser nuestro hijo, qué es lo “normal”, que muchos nos pasamos el día comparando y observando. Unos se obsesionan, otros no, unos más, otros menos. Depende del carácter de la persona, de la capacidad de repetición de la madre/suegra/vecino/panadero, depende de la confianza depositada en el pediatra (y del sentido común que, gracias a Dios, muchos destilan al quitarle importancia a las curvas milimétricas)…etc.

Aún así, te obsesiones o no, al crecer con tu hijo y verle crecer (y alucinar y embobarte cada día con lo que hace, dice, coge, sabe), parece que no te pierdes nada.
A mí por lo menos me pasó con el primero. Sabía que era “normal” que tal mes hiciese cual cosa y así le veía acercarse y dominar esa nueva habilidad, poco a poco.
Con el segundo no. No porque no me importe, ni mucho menos. Además, paso el doble de tiempo con él que el que pasé con el mayor (porque con este nos lo repartimos mi marido y yo). Pero hay dos cosas que influyen en el “factor sorpresa miniñohacrecidoynomeheenterado”:

La primera es que, aunque pase más tiempo con él, tengo menos tiempo en general. Con el primero daba igual que yo comiese a las 2 que a las 3 o que tocase pasta 5 días seguidos. Con este no, porque precisamente el mayor no puede comer cuando a mí me parezca y además no quiero que se alimente sólo de pasta (aunque ha habido situaciones en las que ha cenado 2 días seguidos tortilla francesa, una que no es perfecta).

La segunda cosa (y la más importante, creo) es lo inevitable de la comparación: A pesar de que el niño crece y se desarrolla (obvio), en comparación con su hermano mayor, que ya es un niño en toda regla, el pequeñín me sigue pareciendo un bebé. Un bebé pequeñito e indefenso (aunque tenga un tamaño más que considerable) y, claro, así, resulta que se me han "pasado" las ganas de que crezca (o no me han entrado). Sólo le “comparo” con su hermano mayor y, como no podía ser de otra manera, me parece perfectamente normal que no haga infinidad de cosas que el mayor sí que hace. Así que ni calculo gráficas, ni cuento los milímetros.

Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja es que, por ejemplo, ayer que le di un peine para distraerle mientras le ponía los zapatos, casi me caigo para atrás cuando empezó a peinarse (mal, por supuesto, no vayáis a pensar que es superdotado). Me pilló totalmente por sorpresa. Yo no le he enseñado a hacerlo, por lo menos conscientemente (claro que le peino y le digo lo guapo que está, pero no le he enseñado a peinarse), y no me lo esperaba para nada. Parecerá una tontería (o no, supongo que habrá muchas igual de sensiblonas que yo, que además ahora tengo las hormonas en plena manifestación por sus derechos), pero casi se me saltan las lágrimas de la emoción al ver a mi bebé, mi gordito, todo orgulloso enseñándome lo guapo que se estaba poniendo.

El inconveniente puede parecer una tontería (y lo más probable es que lo sea, o sea cosa de las hormonas), pero me dio al mismo tiempo mucha pena pensar que lo había aprendido solito. Está claro que solito-solito no ha sido: Si yo no le peinase no sabría ni lo que es un peine ni qué se hace con eso (además de morderlo), pero el no haber estado ahí, peine en su mano, mi mano sobre su mano haciendo el movimiento correspondiente (como creo recordar que sí que hice con su hermano mayor), me dio pena.

A él ni idea. Desde luego que estaba encantado con su peine y con mi cara de alucine, así que me relajaré y esperaré a ver con qué me sorprende la próxima vez.

martes, 15 de junio de 2010

El tamaño sí que importa

A esas mentes calenturientas que lleguen aquí por alguna combinación desafortunada a través de google lamento decepcionarlas: El tamaño al que me refiero es, por supuesto, el de la tripa.

La razón principal (aunque no la única) por la que estamos en Madrid ahora es que el viernes se casa un primo mío.

Es la primera boda a la que voy embarazada.

El año pasado se casaba una amiga a finales de julio pero me marearon tantísimo con la fecha de parto (que si a mediados de agosto, que si a finales, que si a mediados otra vez…) que decidí no moverme de Alemania desde mediados de julio. Me la perdí. Otra que tenía en septiembre por tierras gallegas también (por lo reciente del parto) y, aunque no tenga nada que ver con el post de hoy, aprovecho un huequito para felicitar a mi amiga (otra vez) por su futura maternidad y decirle que sé que va a ser una de las mejores madres que conozco.

Volviendo al quid de la cuestión yo, que para algunas cosas soy muy germánica, tenía todo planeado al dedillo para la boda del viernes:

- Semana en Alicante = moreno estupendo y uniforme de playa y menos ojeras.

- Semana en Madrid = mantener moreno en la piscina, puesta a punto en la peluquería (pelo, pedicura, manicura), compritas en general y específicas para la boda, que me faltan una sandalias decentes y algo para tapar los hombros.

¿Qué he conseguido hacer hasta ahora? Pues absolutamente NADA de mi lista: El moreno de playa no ha podido ser (por la mierda de tiempo que nos ha hecho), la reducción de ojeras tampoco (niños ligeramente acatarrados por el tiempo estupendo que hemos tenido, dolor de dientes…etc. = noches toledanas), el moreno de la piscina pues está claro que no va a poder ser, peluquería de momento tampoco (resulta que mi marido tiene 1000 citas con clientes potenciales y distribuidores en Madrid y necesita una intérprete (y además gratis, que de la empresa comemos todos, hay que jode***))…
¿Y las compras? Pues esta mañana hemos hecho amago (con los niños) de ver tiendas y tal, pero yo ya llevaba la depre del segundo trimestre acentuada (que ayer me probé el traje otra vez) y no tenía ganas de comprarme nada.

El primer trimestre de embarazo no se suele notar. Otra cosa es que la embarazada lo quiera hacer notar (cara de felicidad completa, rechazo de jamón orgullosa y demás). Para algunas además es el trimestre del horror (nauseas, mareos, acidez, cansancio repentino).

El tercer trimestre se nota, vaya que sí. Además del tripón, está la cara de estoyhastalasnarices que se va haciendo más evidente según avancen las semanas, la manera de andar, de sentarse…

El segundo trimestre se supone que es el mejor: Se acaban los primeros síntomas pero conservando una “movilidad” normal, teniendo en cuenta lo que se va a reducir después.

Físicamente puede que sí que lo sea, pero estéticamente el segundo trimestre es, para mí, el peor de todos. Por el tamaño de la tripa. Se empieza a notar una protuberancia, pero no se sabe todavía muy bien si se trata de un embarazo o de un exceso de tapitas primaverales. La tripa ha crecido pero no está tersa, se nota el ombligo (o más bien una especie de ola carnosa que lo anuncia) y, sentadas, la flexibilidad que todavía conserva la carne hace que esta se expanda hacia los lados en vez de quedarse “tiesa” y rellena hacia delante, provocando un indeseable efecto flotador-madalena.

Será todo lo incómodo que queráis, pero yo no me empiezo a sentir guapa embarazada, hasta que el tamaño de la tripa ha superado notablemente el del culo. Y la época en la que más fea me siento es la de ahora, la época pera: por delante exactamente lo mismo que por detrás. Como un conguito.

Y además blanca, ojerosa, con las manos y los pies que dan pena, el pelo sin forma, los hombros al aire (y congelados) y, para colmo, 2 ex en la boda del viernes.

sábado, 12 de junio de 2010

Mea Culpa

Estoy de un humor de perros, lo advierto desde ya.

Resulta que hemos pasado, allá en tierras teutonas, un invierno siberiano (ya ya, ya sé que en España también ha sido tela, pero imaginaos eso multiplicado por 10). Ha habido días que no he podido hacer NADA de la casa porque cada 30 min. tenía que salir a quitar nieve con la pala (con el niño bien embutdo y "comodísimo" en su traje de astronauta). Un invierno que, además, no acaba.

Desde hace un mes más o menos tenemos 10 días de frío intenso y lluvias por 2 de calor insoportable (durante los que no nos podemos quejar, claro, después de lo que hemos pasado). El día de la esperadísima barbacoa spaniarda en el mierdapueblo hizo sol y calorcito. Creo que incluso recé porque así fuese y, claro, ahora debe ser que toca pagar con intereses a la Providencia aquel regalo metereológico:

Resulta que hemos pasado una semana en Alicante. El plan estaba claro: sol, playa, más sol y más playa. Y pescaitos fritos.

Nos hemos bañado 2 veces. Y el resto del tiempo lo hemos pasado debajo de las toallas. ¿Para protegernos del sol? No señor. Para protegernos del viento helado que soplaba y no mirar los nubarrones negros que sobrevolaban la playa. Ni color hemos cogido, vamos.

Y ahora estamos en Madrid. El plan era más o menos el mismo, pero cambiando playa por piscina y pescaitos por comida de mi mamá. ¿y? Pues que no va a poder ser. La gente por la calle con botas y gabardina y nosotros muertos de frío con las chanclas, porque claro, "en España en Junio siempre hace el mismo tiempo" (frase que me repite mi marido constantemente imitando mi tono de superioridad nacional y orgullo patrio, con recochineo).

El plan de esta tarde al llegar: Paseo por el centro comercial para comprar ropa adecuada al resto de semana que nos espera, que las previsiones meteorológicas son para echarse a llorar. Si alguien estaba buscando un culpable para cagar** en él por este tiempo tan estupendo, lo ha encontrado. Mea culpa.

¿Y en el mierdapueblo? Pues como no podía ser de otra manera, están a 30 grados, bañándose en los lagos y grilleando al atardecer. Manda narices.

sábado, 5 de junio de 2010

Respuesta a la polémica II (y última por mi parte)

Cuando dos o más personas discuten sobre un tema, generalmente es porque no están de acuerdo. Si la discusión se mantiene con calma (y es difícil según qué temas y temperamentos se encuentren), aunque se siga sin estar de acuerdo, por lo menos se van perfilando los puntos de partida y supuestos de las partes. En cristiano: de qué hablamos cuando hablamos de. Hay veces que no se está de acuerdo en conceptos básicos de la discusión y uno se da cuenta al cabo del tiempo, porque las palabras (cualquiera) al final son generalizaciones (y más cuando se trata de conceptos abstractos) y nadie generaliza de la misma manera o con los mismos datos.

Supongo que por deformación profesional, un biólogo generalizará sobre una palabra como “sexo” o “género” o “sexualidad” de una manera diferente a como lo hacen los demás. Cuando yo he dicho que no consideré ni mi parto como una experiencia sexual, no estaba pensando en que, con la calificación del mismo como “experiencia sexual”, María Berrozpe se estuviese refiriendo a un parto orgásmico ni mucho menos, como tampoco creo que mi percepción de experiencia sexual se reduzca al coito (definido como cópula sexual) ni la única sensación placentera experimentando sexualmente sea el orgasmo.

María aclara que el parto y la lactancia son característicos del sexo femenino. Si te referías al parto y lactancia como experiencia de nuestro sexo, femenina, genérica…etc. entonces sí, obviamente, cualquier mujer (tenga el tipo de parto que tenga) sabrá que el parto y la lactancia son una “amplísima y larguísima experiencia sexual”, entendiendo el sexual aquí como característico de nuestro sexo. Aún así, yo no me sentí especialmente mujer cuando di a luz y amamanté, ni más mujer que antes. La “magia” tenía que ver más con el fin de la espera, la responsabilidad, la ternura, las ganas de proteger, el miedo a no hacerlo bien, el amor infinito y demás que sentí por mi hijo. Pero por mí misma y mi condición de género en particular, seguro que no.

La RAE tiene una segunda definición para “sexualidad” que has omitido: “Apetito sexual, propensión al placer carnal.” El placer carnal, que yo sepa, no se limita al coito ni al orgasmo solamente.

Yo al coito, sinceramente, no le limito en ningún sentido: ni en el reproductivo ni en el placentero/lujurioso. Si tú tampoco lo haces, no entiendo el por qué del “sólo”, porque sí que lo limita. De hecho, ese “sólo” sólo cumple esta función. Y es claramente peyorativo. Que para ti tenga el mismo significado la frase con el “sólo” que sin él, vale, pero si tenemos en cuenta que las frases inmediatamente anteriores a la oración problemática en cuestión son: “Esta masculinización se ha dado a diferentes niveles. En primer lugar ha conquistado nuestra vida sexual. La mujer ya no se deja llevar por su verdadero instinto: ese que nos hace acoplarnos sólo con el varón que consideramos más óptimo para nuestros hijos. Nos hemos adaptado al instinto de ellos: cuando sea, con quien sea y como sea. Ya no podemos seguir nuestra naturaleza cíclica: nuestros ciclos naturales han sido destruidos por los anticonceptivos hormonales. Además, al igual que ocurre en los varones, el coito se ha convertido en inicio y final de nuestra vida sexual. Pero si volviéramos a nuestros orígenes veríamos que eso no fue así.” Me temo que si querías hablar del coito desde la perspectiva reproductiva femenina, después de esta introducción, el “sólo” no es indiferente y sí totalmente peyorativo.

“Sobre lo que yo considero una buena madre y lo contradictorio de mi posición al escribir que yo me considero mejor madre haciendo una cosa u otra pero no mejor madre que la que hace una cosa u otra. A ver si me puedo explicar más claramente. Yo puedo juzgar mi maternidad porque soy la que conoce mis circunstancias. En mis circunstancias yo tomo una serie de decisiones que como las baso en el conocimiento y en el amor que siento por mis hijos, puedo asumir que son acertadas. Pero yo no puedo juzgar las decisiones de otra mujer porque yo no conozco sus circunstancias, al menos no al mismo nivel que ella. Por eso los consejos son tan peligrosos: nadie conoce sus propias circunstancias mejor que uno mismo y los consejos que nos dan los demás sobre los más diversos temas cojearán siempre de ese pie. Esa es la razón de que a mí me guste dar información, no consejos”
Gracias por la aclaración. Ahora entiendo a lo que te refieres y estoy de acuerdo. Efectivamente, cuando tomamos una decisión sobre nuestra maternidad, es porque las demás no nos parecen tan buenas (o porque no nos queda otra, que también pasa). Lo explicó Mamácontracorriente en un post antiguo que me pareció muy sincero y coherente.

Lo que me ha parecido un poco excesivo es el ejemplo, sinceramente. No creo que haga falta tener el SIDA para ser mejor madre eligiendo dar biberón en vez de pecho, por muy engorroso que le resultase a Fulanita tener que andar esterilizando y preparando biberones porque anda liadísima. O sea, entiendo lo de las circunstancias, pero no creo que haya que tener una “excusa” para no dar el pecho y seguir siendo buena madre. El pecho es una forma más de dar amor y cariño, pero no es la única y, dependiendo del carácter de la madre (y no de alguna enfermedad terrible), puede que no sea la mejor. Para el niño la leche materna es lo mejor, no lo discuto, pero el biberón no es malo. Emocionalmente, cuál de los dos es mejor depende de la disposición de la madre ¿no? Me refiero a que si una mujer, por lo que sea, no se siente a gusto con el pecho o está más tranquila con el bibe por la razón que sea, lo que le transmite al niño es eso ¿no? Esos estudios que hablan de los beneficios emocionales del pecho ¿con qué tipo de madres se han hecho? ¿Con todas o sólo con las que estaban a gusto? (aquí te pregunto, porque no he leído ninguno). Me pregunto qué beneficios emocionales (aparte de los puramente alimenticios) puede recibir un niño de una mujer presionada para dar el pecho y que no se siente a gusto/cómoda con eso.

Sobre lo de los derechos… Claramente, cuando tienes un hijo asumes una responsabilidad y, además, obligaciones legales. La ley estipula perfectamente las obligaciones legales que contraen los individuos al procrear. También permite que lo des en adopción, por si no lo quieres. Pero hay un mínimo que tienes que cumplir (alimento, seguridad…). Y sí, el cumplimiento de estos derechos del niño es responsabilidad de sus padres que, además, han elegido libremente serlo y es responsabilidad del Estado que, ya que han decidido tenerlos, protejan sus derechos. Pero yo no estoy hablando de los derechos básicos del niño.

Yo estoy hablando de otra cosa, a ver si me explico bien con un ejemplo: Si decimos que un niño tiene derecho a ser amamantado (no a estar alimentado, sino a ser amamantado), para defender/justificar que la mujer tenga derecho a amamantar, lo que se está haciendo, al final, no es defender el derecho de la mujer a amamantar como derecho en sí, sino que lo estamos, tácitamente, convirtiendo en una obligación.
El derecho de una persona siempre conlleva la obligación de otra. Si tú basas el derecho en amamantar en el derecho a ser amamantado (primando este último, ya que se utiliza como la razón por la que tendríamos que tener ese derecho) entonces desaparece el derecho a amamantar para convertirse en una obligación (y, siendo el Estado el responsable último de vigilar que se cumplan los derechos de todos los individuos que forman parte de él, no podemos consentir, como mujeres, que consideren esto una obligación). Si, en cambio, se defiende el derecho a amamantar en sí mismo, sin basarlo en/hacerlo dependiente de otro derecho (el de ser amamantado), el contraer una obligación se le está exigiendo a la sociedad y/o al Estado, y no a la mujer. A esto es a lo que me refiero cuando digo que son cosas diferentes, sobre todo si lo que se está intentando es conseguir derechos para las mujeres y no que contraigan más obligaciones.

En Alemania estamos fatal. Lo expliqué en otro post hace tiempo ya. Se ha hecho un uso malísimo de nuestros derechos, precisamente porque se han convertido en obligaciones tácitas, de las que el Estado, con su política bien se encarga de que haya que cumplir.

Yo no digo que la situación en España esté bien, ni mucho menos. Me parece igual de lamentable que la de Alemania, pero al revés. Por eso no digo que repleguéis velas, sólo que, desde mi posición y conociendo la postura y mentalidad de este país, advierto de que hay caminos peligrosos y de que, el que estáis tomando, lo es. Si se trata de no repetir los errores alemanes, mucho cuidado en que los derechos por los que lucháis no se os conviertan en obligaciones, porque podéis acabar como aquí y no os lo recomiendo.

Si el verdadero objetivo es “que todas/os nos sintamos apoyadas/os a la hora de ejercer la maternidad/paternidad que hemos elegido. Que la madre que quiera dejar a su hijo en la guardería tenga su plaza subvencionada y de calidad, y la que no, que reciba la compensación económica acorde con el gasto que le está ahorrando al Estado.”
así no se va a conseguir. Después de llevar aquí unos años, lo tengo clarísimo.

“Una cosa si que creo: Una madre tiene la OBLIGACIÓN de ser la madre que su hijo necesita (al igual que el padre tiene la obligación de ser el padre que su hijo necesita). Pero para ser esa madre tienes muchos caminos: puedes dejar de trabajar dos años y estar sólo con él si eso te hace feliz y así lo disfruta tu bebé, o puedes dejar de trabajar 6 meses para mandarlo después a una guardería mientras tu vuelves a tu trabajo, que te entusiasma y te llena de vida y te hace mejor persona y más feliz. Una persona feliz de la que tu hijo también se beneficiará, sin duda. Si quieres a tu hijo sabrás tomar las decisiones correctas para darle lo que necesita y compaginarlo lo mejor posible con tus propios deseos. Si no estabas dispuesta a cambiar tus prioridades y partes de tu vida por tu hijo entonces, repito, no lo tengas. Nadie te obliga a tenerlo.” En esto estamos de acuerdo: la felicidad de una mujer siendo la madre de su hijo no puede ser más que beneficiosa y para ello hay muchos caminos. Personalmente, menos en contados casos de negligencia, creo que a todas las madres se nos cambian las prioridades cuando tenemos hijos. A todas, ya trabaje o no, dé teta o no, duerma con el bebé o no.

Por eso, cuando no se hace más que hablar de necesidades objetivas del niño, creo que se está dejando de lado el verdadero objetivo, el de que cada madre se sienta apoyada para ejercer la maternidad que ha elegido, porque (repito) si el niño necesita objetivamente (porque lo dicen los expertos) la teta (da igual cómo se sienta la madre dándola), dormir con su madre, estar pegado a ella constantemente…etc. ¿qué apoyo se supone que reciben los que no quieren hacer esto? ¿Acaso por no dar el pecho tu hijo no es tu prioridad? ¿por trabajar? ¿por ponerle a dormir en una cuna? Porque si esto es lo que hay que hacer, es esto lo que hay que apoyar y que las que no piensen así que se busquen la vida y allá ellas con sus conciencias, ¿Qué queda? Pues precisamente el que nadie las obliga a tener hijos, así que si no quieren dar el pecho, quedarse en casa y dormir con el niño, ya saben (situación en Alemania, con la tasa de natalidad más baja de Europa).

A esto me refiero cuando digo que la madre está abandonada y, según el país y la ley que impere, está obligada a “abandonar” a su hijo (las que están en España y no les queda otra que trabajar para comer, porque los sueldos son de broma, y lo que quieren es estar en su casa), a encerrarse en casa (las que estamos en Alemania y no nos queda otra que, por querer hijos, no poder querer otra cosa, o que nos miren como no habiéndoles dado prioridad por querer trabajar) o a no tener hijos (lo que elijen el 27% de las alemanas).

“"Lo primero que quiero puntualizar, es que el método “tú sabrás/allá tú” utilizando al bebé como arma arrojadiza, me parece bastante ruin. No sé qué se pretende con esto, si no es que una madre se sienta culpabilizada (que no necesariamente culpable) y de una manera bastante rastrera: apelando a su amor por sus hijos. Y luego lavarse las manos, en plan “yo no he dicho que tú le abandones, pero él se siente así, tú sabrás por qué te afecta que te lo diga”, es poco honesto." Vuelvo a pedir disculpas por los calificativos que te han ofendido.

Sin embargo, aclaro que el “ruin” no iba dirigido a tu persona, sino al método “allá tú”, que me sigue pareciendo mal (con lo que no quiero decir que tú seas mala) y sigo pensando que se está utilizando al bebé para culpabilizar a la madre con esto. No niego que el punto de vista del bebé sea ese, sólo digo que no me parece bien usar esto. Por mucho que una madre piense que su bebé está estupendamente cuidado cuando se va a trabajar, se sigue preocupando por él, por si está bien, si la echará de menos, si le estarán doliendo los dientes, le habrá gustado la merienda, le habrán cambiado los pañales... Es normal. Cualquier madre cuida a sus hijos como mejor puede y, obviamente, considerará que nadie les cuida como ella. Si a esta madre preocupada le dices que el bebé se siente “abandonado” y además que “Todo un sistema de crianza basado en el respeto a la necesidad del bebé de estar prioritariamente con su madre se ha ido al traste debido a esta supuesta emancipación de la mujer. Así, las mujeres que no quieren desaparecer de la vida laboral se ven obligadas a abandonar a sus hijos a los cuatro meses de edad – si no antes – en manos ajenas. Y si la palabra “abandonar” os parece muy fuerte, preguntad al bebé como se siente. Preguntadle que tal le sienta cuando, ya en el parto, le arrancan (la mayoría de las veces de una manera traumática) del único mundo que conoce (el vientre de su madre), le manipulan lejos de ella y no puede ni oírla, ni olerla, ni sentirla, ni verla. Cuando lo devuelven está ya demasiado cansado como para hacer lo que estaba programado para hacer al poquito de nacer: buscar el pezón. Así que la lactancia empieza tarde y, probablemente, mal.
Pero los problemas no acaban ahí. Resulta que él se siente tan a gusto junto al cuerpo de su madre, pero ella parece interesada únicamente en dejarle en un capazo que para él es todo menos confortable ya que está programado para sentirse a gusto sólo en contacto con su madre. Y encima cuando tiene hambre no le dan de comer, sino que le hacen esperar 2 ó 3 horas, o las que el pediatra de turno haya considerado basándose en nada. Parece que sólo llorando ella le coge, así que llora. Hasta que alguna persona bien intencionada, preocupada de la excesiva “dependencia” que sufre esa mujer, le recomienda no coger al bebé ni aunque llore. Y ahí nuestro pequeño héroe se queda sin armas y no le queda otra que dejar de llorar y aguantar. Lo fundamental es sobrevivir. Y sigue sobreviviendo durante las larguísimas horas en las que se encuentra solito en un capazo en la guardería, donde el exceso de niños impide que las cuidadoras no puedan hacer mucho más que dar el biberón y cambiar pañales. Y ya ni llora cuando le dejan, de nuevo solito, en su cuna durante la larguísima noche en la que ya no le está permitido tener hambre (ni de leche, ni de mami). El método Estivill le acabó de convencer de que no vale la pena llorar porque nadie le hará caso. A callar, a comer lo que me den y cuando me lo den y a dormir lo que pueda para no sentirme tan mal. ¿Alguien cree que esta primera infancia no va a tener consecuencias en la vida adulta?”
(sacado de tu primer artículo), basado esto en muchos estudios biológicos y neurológicos (lo que diga el pediatra, por lo visto, no importa, ya que resulta que ahora tienen un complot para acabar con la lactancia, basándose en nada, porque sus estudios universitarios y formación profesional se la han regalado), pues duda. Claro que duda. ¿cómo no va a dudar si lo dicen los expertos? Y al dudar pierde seguridad. Le mira y le vuelve a mirar, y piensa que si esa carita de felicidad dormido en su cunita no es más que alivio por haber salido de la horrible guardería o que duerma plácidamente no es más que un síntoma de que ha dejado de luchar y está irremediablemente traumatizado. ¿Cómo no se va a preguntar eso después de leer cosas así, si se pregunta constantemente si tendrá frío o calor, sed, hambre, si le gusta la comida o está bien alimentado?
Las habrá muy seguras, no digo que no, que leerán algo así y no les hará sentirse culpables. Pero puede que sí les haga sentirse culpabilizadas y, sinceramente, con toda la razón del mundo. Y no entenderán por qué alguien, otra madre, que querrá a sus hijos por encima de todo (igual que ella quiere a los suyos), tiene que reivindicar su derecho a quedarse en casa amamantando (que le parecerá estupendo que lo hagan otras, ella es más feliz haciéndolo de otra manera) diciendo que los bebés (todos, los de ella también) se sienten abandonados en la guardería y tendrán un trauma el resto de su vida. Y no le parecerá bien, o le parecerá ruin, o rastrero o poco honesto.

Tu experiencia de la otra noche. Dices que no te sentiste culpable, pero que sí te sentiste triste, que te dolió verle llorar, que te sentiste mal. Yo en esa situación me hubiese sentido un poco culpable, por muchas circunstancias atenuantes que existiesen. Puede ser que a lo que yo llamo sentirse culpable es a lo que tú llamas sentirse mal. Yo además digo (y tu experiencia de la otra noche lo confirma) que no hace falta hacer algo malo para sentirse culpable y que culpabilizar es precisamente convertir este sentimiento en duda o certeza de que se está haciendo algo malo. Supongo que con tu tristeza, lo que te hubiese faltado es que te llegasen expertos informándote del futuro trauma de tu hijo cuando creciese por haberle dejado en la cuna, ya que sus niveles de hormona tal y su transmisión neuronal cual estaban por las nubes.


Y para acabar, dices que eres la primera en reconocer y agradecer la labor de las feministas a lo largo de la historia, pero dices que ese feminismo está “pasado de moda”. No lo está, sintiéndolo en el alma. No han terminado todavía, porque la sociedad no está preparada, porque para muchos (demasiados), quedarse en casa a criar es lo que tiene que hacer una mujer y, sinceramente, se deben de estar frotando las manos porque no tienen que hacer nada para conseguirlo, ya que resulta que se están quedando solitas de buena gana y se han unido a ellos para criticar que una mujer se ponga a trabajar al poco de dar a luz, compartiendo su baja maternal con su marido (y probablemente sin dar el pecho, o no sólo el pecho)como criticaste a la Chacón en tu primero artículo. Se supone que la Chacón (que no me gusta, aclaro) puede hacer con su maternidad lo que le da la real gana (o eso es en teoría lo que estamos defendiendo las dos ¿no?), así que ¿por qué se critica que lo haga? ¿Por qué sólo se le podría aplaudir si se hubiese llevado al niño al congreso? ¿o se hubiese quedado en casa? Yo, sinceramente, por eso mismo la aplaudo, porque probablemente le haya callado la boca a muchos que ya estarían pensado que qué narices hace una mujer embarazada/madre reciente de Ministra de Defensa si ya decían ellos que lo mejor es que estuviese en casa.

Espero, de verdad, haber dejado claro qué es lo que critico y por qué lo hago y espero que entiendas el por qué muchas mujeres se pueden sentir insultadas/heridas/culpabilizadas con tu manera de reivindicar, porque al final, todas queremos lo mismo: poder elegir y disfrutar de nuestra maternidad, pero según cómo se pidan qué cosas, puede parecer (y resultar en que) al final nos estamos pisoteando las libertades las unas a las otras.

jueves, 3 de junio de 2010

Respuesta a la polémica

En primer lugar, quería agradecer a Ileana el haber mediado en la “polémica” de la forma en que lo ha hecho. Esperando encontrarme el mismo tono duro y crítico que muchas veces leo en sus textos, me he topado con una mujer amable, cálida, dispuesta a escuchar (en este caso leer) y dialogar, respetuosa conmigo y muy alegre. Gracias de nuevo.

En segundo lugar, me disculpo de antemano por el ladrillo que voy a soltar: No he podido ni sintetizar ni hacer gracia, lo siento. En vista de que mi post anterior acabó en la sempiterna e inacabable discusión teta/biberón, voy a intentar dar esta vez el enfoque que, a causa de mi estado ofendido reciente, no supe darle aquella vez.

Sobre la respuesta de María Berrozpe, tengo que decir que he sentido un gran alivio cuando me he encontrado con una mujer igual de consciente que yo sobre el poder del lenguaje. Que además resulte que las dos tenemos aversión por el mismo adverbio me ha llenado de alegría, por las implicaciones que esto tiene y el punto de partida (o salida) empático que espero represente en la discusión.

Cuando he leído “Recuerdo que lo leí y me sentí insultada por una frase que había escrito: “Tendríamos que tener el derecho a elegir si queremos ser sólo madres-cocineras-chófer o bien otra cosa.” Ese “solo” me llegó al alma” acerca del artículo que cita de su amiga Pepa Echanove, me he sentido identificada con ella cuando leí yo en su artículo que “El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad”. Ese “sólo” me llegó al alma y me sentí insultada.
Obviamente, todas sabemos de dónde vienen los niños y cualquier mujer que no esté tomando anticonceptivos orales se habrá dado cuenta de que sus días fértiles son aquellos en los que está más activa. Es natural. Pero decir que el coito es el principio no es lo mismo que decir que es sólo el principio. Ese adverbio que significa, según la RAE, “de un solo modo, en una sola cosa, o sin otra cosa”, por sí solo es excluyente y limita. No era necesario y por tanto su elección y emplazamiento en el discurso son deliberados, con todos los significados que ello implica. Decir eso de esa manera (o sea, con el sólo), excluye las demás posibilidades. Esto mismo es lo que imagino le habrá sentado mal a María Berrozpe acerca de las que (sólo) son madres-cocineras-chóferes, lo que la insultó. Y esto mismo es lo que me sentó mal a mí, porque después de decir que el “coito es sólo…” es contradictorio y por tanto pierde veracidad el decir que el “coito también es…”. Espero estar dejando claro el matiz.

“Todas las mujeres que hemos vivido un “parto fisiológico y natural” sabemos que es una intensa experiencia sexual. Y la lactancia también: para la madre y el bebé. En todos estos procesos trabajan las mismas hormonas. Yo sólo reivindico el derecho a vivir nuestra sexualidad al completo. No desmerezco el coito en sí mismo, sólo digo que para nosotras sólo es una parte, no el todo.”
Aquí, sintiéndolo mucho, tengo que disentir. Yo he tenido un parto intervenido (inducción con oxitocina, enema, epidural, episotomía) y otro natural (cuando llegó, sin enema, sin epidural y sin episotomía y, por supuesto, sin médico). Me gustó más el segundo, a pesar de los dolores, y es lo que voy a repetir dentro de unos meses; pero me temo que vas a tener que abrir conmigo una lista de las que no consideraron su parto natural como una intensa experiencia sexual. Ni la lactancia. Esto no quiere decir que no percibiese la magia del momento. La percibí, vaya que sí; y tampoco quita que el que alguien perciba el parto y la lactancia como parte o extensión de su sexualidad me parezca posible y dentro de la normalidad: La sexualidad humana tiene una dimensión psicológica enorme y, por tanto, nada desdeñable, independientemente de su función reproductiva. Pero generalizar a todas las mujeres una dimensión/percepción sexual del parto y la lactancia me parece arriesgado y poco formal, teniendo en cuenta que no es nada difícil encontrar un número significativo que disiente. Sólo hay que preguntar.

“Yo defiendo el derecho de la madre a reincorporarse a su vida pública y profesional con su bebé. A que no se vea aislada simplemente por la necesidad de su hijo de estar con ella. Para esto no sólo es necesaria una baja maternal de 6 meses (como mínimo). Para algunas mujeres también podría ser muy ventajoso el hecho de que se viera con naturalidad (y sin críticas ni escandalizaciones) que se presentaran en su puesto de trabajo con su bebé, en lugar de tener que separarse de él. El hecho de que la lactancia sea parte de nuestra vida sexual no significa que estemos en éxtasis cada vez que damos de mamar. Habrá condiciones en las que una toma se convierta en un momento muy íntimo y especial. Pero otras tomas se hacen en público, mientras hablas con otra gente o tú misma comes algo. No veo el problema ni la incongruencia de ambas situaciones.”
Gracias por la aclaración sobre este punto. Estoy de acuerdo. Lo que habría que ver es cómo se regula esto, que no es tan simple (otros trabajadores sin hijos…etc.) pero eso ya excede con mucho el tema en cuestión.

“No digo que yo sea mejor madre que las que dan el biberón o ponen a su hijo en la cuna en otra habitación desde el primer día. Pero sí que soy mejor madre que si yo pusiera a mi hijo a dormir en otra habitación y le diera el biberón. Como he llegado a esa conclusión, quiero poder ejercer la maternidad de la mejor manera posible bajo mi punto de vista, quiero que se me respete por ello y se me apoye TANTO como a las que han optado por ejercer su maternidad de otra manera.”
Me parece un poco contradictorio afirmar por un lado “No digo que yo sea mejor madre que la que hace tal y cual” y a renglón seguido “sí que soy mejor madre que si hiciese tal y cual”. No entiendo qué quieres decir exactamente con esto, pero por muchas vueltas que le doy, lo que estoy entendiendo es que sí que te consideras mejor madre que si hicieses tal y cual y por tanto que eres mejor madre que las que lo hacen.

Y ahí es donde veo yo el problema fundamental:

Está claro que todas las madres (o por lo menos la aplastante mayoría) quieren hacerlo lo mejor posible y que las necesidades de los niños, según vamos aprendiendo e investigando, se perfilan cada vez más objetivas (alimento, cariño…etc.) y van adoptando la forma de derechos. Pero los derechos de los niños tendrían que ir aparte de los derechos de la madre. Son independientes. Una cosa es la maternidad (que no está apoyada en ningún sitio de verdad, al contrario que la natalidad, que no tiene nada que ver con la maternidad en sí), que tendría que tomar como punto de partida a la madre, y otra cosa es la infancia, que toma como punto de partida al niño. Que un niño para nacer necesite una madre y que una mujer para ser madre necesite un niño (propio o adoptado) es un hecho, pero los derechos de estos dos individuos (madre e hijo) son diferentes e independientes, por el simple hecho de que son individuos diferentes e independientes.

Si se está luchando para que las mujeres puedan ejercer su maternidad (criar) como les plazca, o sea, para que adquieran derechos, estos no se pueden definir y construir exclusivamente basándonos en los derechos/necesidades del niño (ser criado), porque entonces los derechos de las mujeres en cuanto a su maternidad dependen de los derechos de los niños. Si se hace así (que es como estáis argumentando) se están, nuevamente, supeditando los derechos de las mujeres a los de otros individuos. Y esto (por muy valiosos e indefensos que sean y estén estos individuos), por definición, no puede ser feminista.

Reconozco que no puede ser infructuosa esta manera de reivindicar: si un niño tiene derecho a mamar (porque es lo mejor para él y tiene infinidad de beneficios emocionales independientes de su valor nutricional) y la única que puede darle de mamar es su madre, esta tiene que tener derecho a estar disponible para poder hacerlo. Pero si nos concentramos demasiado en el niño y sus derechos, basando el derecho a amamantar en el derecho a ser amamantado (y a pesar de que para poder ejercer el derecho a amamantar hay que tener a quien amamantar), es fácil llegar a un punto (sobre todo en una sociedad machista y paternalista) en el que por parte de la madre los derechos se convierten en obligaciones (ya sean legales o morales, en ambos casos el individuo se siente obligado, aunque en uno de ellos además lo esté).

Pedir poder “ser las madres que nuestros hijos necesitan” no es lo mismo que pedir “ser las madres que cualquier hijo, según los últimos estudios neurológicos/biológicos, necesita”. ¿Qué margen de elección queda aquí dentro para la madre? Ninguno…. Si las necesidades de los niños están tan tan claras (estar pegados a su madre constantemente, mamar…), ¿qué se supone que debe elegir una buena madre, una que quiera lo mejor para sus hijos (o sea, todas), una que quiera ser una buena madre con ellos? No le queda nada que elegir. O sí. Entre ser una buena madre (definido esto en términos objetivos de lo que el niño necesita) o ser una mala madre.

Cuando dices que “cada una tiene que ejercer la maternidad como mejor le parezca. Pero me gustaría hacer una puntualización: todas las decisiones referentes a nuestra manera de ejercer la maternidad deberían basarse en un profundo conocimiento del tema. Es evidente que no viene mal informarse muy bien de las consecuencias de todas las decisiones que tomes respecto a tu hijo. Parece que tienes que estudiar años para se médico, biólogo, abogado o economista pero que para ser padre/madre ya naciste sabiendo y eso no es verdad. Muchas veces hacemos cosas porque “todo el mundo lo hace desde siempre” y con la excusa no profundizamos en las consecuencias. Pues bien, creo que todos y todas deberíamos aprovechar nuestra inteligencia y capacidad de aprendizaje y aplicarlas también a la maternidad/paternidad. A partir de ahí, todas las decisiones tomadas basadas en el conocimiento y el profundo amor que tenemos por nuestros hijos serán acertadas.” veo un claro ejemplo de a lo que me refiero con que no me parece congruente que afirmes, por una lado que no dices ser mejor madre que la que hace tal o cual y a renglón seguido que sí que lo eres por no hacerlo. O sea, dices que cada una ejerza como mejor le parezca, pero que deberíamos informarnos sobre el tema. Con los nuevos avances de la Ciencia, que se considera adalid de la objetividad por excelencia (aunque se nos olvide que no siempre es así y que los hechos por sí mismos no dicen nada si no existe una teoría que los interprete para ser confirmada), deberíamos llegar todos a las mismas conclusiones. Y siempre es muy fácil decir “no lo digo yo, lo dice la Ciencia, hay estudios sobre el tema.” ¿Puede entonces realmente una mujer ejercer su maternidad como quiera? Sí, puede, pero allá ella con su conciencia.

Estamos dejando de valorar la relación madre-hijo (crianza) como una relación, algo recíproco, en la que tanto el niño como la madre tienen necesidades, algunas coinciden, otras son diferentes (hay bebés que demandan más que otros, niños más tímidos, más abiertos, más independientes, más solitarios, más racionales, más viscerales… y lo mismo ocurre con los adultos) y parece que ya no cuentan cosas como cómo se les ilumina la cara cuando están juntos, cómo se estremece ella cuando le huele, se emociona cuando sonríe, por esos momentos en los que siente que el mundo podría pararse en ese mismo instante y empezamos a valorar sólo transmisiones neuronales, cantidad diaria de hormonas segregadas y actividad cerebral ¿Qué le queda a esta madre? ¿Qué le queda cuando le dicen que sus besos valen menos porque ha decidido dar un biberón y no la teta, o cuando estos los recibe el niño después de haber pasado unas horas al cuidado de otro, porque tal o cuál parte del cerebro se activa o no de tal o cuál manera? ¿Realmente puede sentirse a gusto una madre cuando elije otra cosa, cuando le están diciendo, basándose en números y estadísticas, que hacerlo es como elegir conscientemente no ser buena madre y, por tanto, elegir ser mala madre?

Aquí en Alemania (país elitista, racista, profundamente machista y paternalista), con esa argumentación han visto el cielo: Se han quitado de encima un buen porcentaje de paro (porque las amas de casa no pueden trabajar), se ahorran un buen pico en inversión social y encima con el visto bueno de la sociedad y la resignación de muchas mujeres. Las ayudas económicas que dan para que te quedes en casa a cuidar de tus hijos (como si tuvieses otra opción, claro), son ridículas, no cubren ni un cuarto de lo que le costaría (condicional) al Estado que ese niño vaya a la guardería. El Estado se ahorra el pastón que le cuesta la plaza, pero no le da ese dinero a la madre, sino una especie de “compensación”/premio que no da ni para comprar pañales. Pero claro (como se argumenta aquí) si es lo mejor para los niños ¿qué tiene de malo que no puedas trabajar (o hacer cualquier otra actividad que te realice/guste y que requiera un número determinado de horas)? ¿No es lo mejor para los niños quedarse en casa con su madre? ¿De qué te quejas entonces, mujer? ¿Acaso no quieres ser buena madre, acaso no lo eres? y si decides hacerlo como te parece a ti, y no como le parece al resto, eres mala madre (o Rabenmutter/madre cuervo) y, para eso, mejor no haber tenido hijos (Alemania tiene la tasa de natalidad más baja de Europa). Definir lo que es ser una buena madre sólo según las necesidades de los hijos, es lo que tiene.

Si el feminismo que construye y define el derecho de las mujeres a partir del derecho de los niños sigue su curso en España, acabarán como aquí: En la práctica, una vez madre, no tienes derecho a nada, ni siquiera tienes derecho a ser la madre que tú quieres ser para tus hijos (y que probablemente sea la que necesitan: una madre satisfecha con su ser madre), sólo tienes obligaciones, la primera: La obligación de ser la madre que tu hijo necesita (según los expertos).

Y no es imposible: Tal y como está la situación en el país, ¿qué mejor para el gobierno que quitarse de un plumazo el 50% de los parados, ahorrarse lo que le cuestan las plazas de la guardería (porque no os daría la cantidad íntegra, sino un pico, una pequeña parte, para que creas que te apoyan a ti y no vayas a pensar que lo que quieren es ahorrar)? Y todo esto, además, con el convencimiento de estar haciéndonos un favor a todas, porque antes, con las bajas maternales tan ridículas y los niños sufriendo al cuidado de extraños, estábamos fatal ¿no?

Sobre tu elección de la palabra “abandonar” (“Dije abandonar porque quería hacer énfasis en los sentimientos del bebé y porque quería hacer hincapié en la conexión que yo creo que existe entre la teoría de la herida primal de Nancy Verrier y los problemas derivados de la falta de la madre no sólo en los casos de abandono/adopción”) se puede aplicar lo anterior. Una vez más, es poner énfasis en lo que necesita/a lo que tiene derecho el niño por encima de la madre. Y una vez más, se ignora la parte/necesidad de la mujer: ¿A nadie se le ocurre pensar que la abandonada ahí también es la madre? ¿Que no le queda otra que dejar a su hijo en la guardería/encerrarse en casa/no tener hijos?

“Si una madre se siente insultada por esta frase tal vez es porque ella también siente que está abandonando a su bebé.” Y aquí llegamos al tema de la culpabilidad o, mejor dicho, de la culpabilización.

Lo primero que quiero puntualizar, es que el método “tú sabrás/allá tú” utilizando al bebé como arma arrojadiza, me parece bastante ruin. No sé qué se pretende con esto, si no es que una madre se sienta culpabilizada (que no necesariamente culpable) y de una manera bastante rastrera: apelando a su amor por sus hijos. Y luego lavarse las manos, en plan “yo no he dicho que tú le abandones, pero él se siente así, tú sabrás por qué te afecta que te lo diga”, es poco honesto.

Sentirse culpable es algo normal. Aquí aprovecho para mencionar el último post de Ileana (con el que estoy de acuerdo en muchas cosas, pero también en desacuerdo con otras), porque explica perfectamente la normalidad de la culpa: “Una cosa es cierta: muchas madres nos sentimos culpables. O por lo menos nos sentimos mal […] Nos sentimos culpables (o mal) de sólo pensar en la posibilidad de estar haciendo algo "malo" para nuestros hijos. De que podamos estarles haciendo "daño" sin querer.”

Yo me siento culpable porque desde que he tenido otro hijo no puedo darle la misma atención absoluta al primero, porque al segundo no le puedo atender como si fuese único, me siento culpable si tengo que estar una semana en reposo por orden del médico y veo que mis hijos me reclaman atención y actividades (movidas) conjuntas, porque esta semana sólo han comido pescado un día…etc. Vamos, me siento culpable por un montón de cosas. ¿Es malo? No necesariamente… Para poder sentirse culpable, primero hay que sentirse responsable, o sea, te tiene que importar esa persona, su bienestar, su felicidad. Que una madre se sienta culpable con sus hijos (cosa habitual) es, para mí, señal de que se preocupa por las necesidades de su hijo, de que le quiere. Y no, no equiparo el sentirse culpable con el sentirse responsable, sólo digo que sentirse culpable es una de las muchas consecuencias que trae consigo el sentirse responsable (para citar otra más “positiva” o reconfortante: sentirse orgulloso, por ejemplo).

Que una mujer se sienta culpabilizada es otra cosa. Cuando una mujer se siente culpabilizada es porque alguien le dice que su sentimiento de culpa (consecuencia de su sentimiento de responsabilidad, de ese miedo y esa angustia que sienten todas las madres pensando en la posibilidad de que sus hijos puedan sufrir, por su culpa o por factores externos) lo tiene porque está haciendo algo malo. Si a una mujer que quiere a su hijo y en el que piensa mientras está trabajando y este está al cuidado de otro, preocupada por que esté bien atendido, echándole de menos (normal, le quiere), se le dice que el niño se siente abandonado y que, por tanto, siente que ella le está abandonando (aunque sólo sea por unas horas, aunque el “abandono” no sea definitivo), se siente culpabilizada (o sea, señalada como la causa única y exclusiva de que el niño sufra) y por tanto insultada (porque es como decirle que no le importa que sufra, que antepone otras cosas a su hijo, está poniendo en entredicho que sus hijos sean su prioridad en la vida). No digo que no sea verdad que el niño pueda sentirse abandonado, pero utilizar esto para remover la culpa (o el sentirse mal) y convertirla en acusación directa de estar haciendo algo malo, no me parece honesto. El niño se puede sentir abandonado en varias situaciones, que nada tienen que ver con una guardería (por ejemplo, cuando nace su hermano y su madre no puede estar con él como antes), pero a nadie se le ocurriría decir que es malo haber tenido otro hijo.
Ileana habla en su último post de que muchas madres no cogen ni amamantan a sus hijos porque, total, dentro de 16 semanas van a tener que ir a la guardería y así mejor no se acostumbran a mamá y sufren menos. Ella misma expone su caso después, cuando llevó a su hija a la guardería con 7 meses y cómo precisamente la lactancia y el colecho les ha ayudado a mantener el vínculo, a que su hija se sienta atendida y querida por su madre. A compensar. A equilibrar. Otras madres compensan de otras maneras. Otras hacen lo que comenta ella: No acostumbrarles desde el principio. Cito textual del artículo: “¿Podría decir que las personas que dicen que los niños están mejor con su mamá me hacen sentir culpable, por yo haber decidido dejarla allí? No, nadie tiene la culpa de mi culpa.” Y añado que, efectivamente, nadie tiene la culpa de mi culpa, pero sí de culpabilizarme. Si a un animal herido le metes el dedo en la yaga, saltará y, aunque no se tenga culpa de la herida en sí, sí que se tiene de hurgar en ella y agrandarla, corriendo el riesgo de infectarla. Si a una mujer que se siente culpable con sus hijos (me atrevería a decir que todas en algún momento) alguien les dice que eso es porque están haciendo algo malo, se sienten juzgadas, desamparadas y es posible que acaben sintiéndose muy infelices.

Hace un par de siglos estábamos fatal, en eso estamos todas de acuerdo. Ahora tampoco estamos tan bien. Que tengamos derechos legales no parece ir de la mano – por desgracia todavía – con que se consideren derechos. El tufillo general en muchos países (casi que en todos, diría yo) es más de resignación que de reconocimiento. Y esto se ve reflejado en varias cosas: No hace tanto que podemos votar, ni conducir, ni tener nada en propiedad, la diferencia de sueldos sigue siendo, como poco, llamativa, si no tienes hijos o no te casas sigues siendo tachada de solterona, si estás de mal humor no hay muchos que se callen el comentario despectivo “tendrás la regla”, se ha tenido que crear un Ministerio de Igualdad (cuya dirigente no me parece la más apropiada, pero eso no tiene nada que ver con la necesidad del Ministerio y su labor en sí), redactar leyes sobre la paridad, violencia de género… etc. Y así podría seguir y seguir con 1000 ejemplos más sobre que lo que la ley afirma (que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos) no es el reflejo de las conciencias.

Precisamente por esto, no creo de ninguna manera que el feminismo clásico, aquel que consiste en masculinizarse (explicado de una manera bastante simplificante y despectiva, porque es mucho más que eso), esté anticuado o pasado de moda ni mucho menos. Precisamente gracias a estas mujeres que tienen el valor de plantarse delante de los hombres mostrándoles que pueden ser igual que ellos, trabajar igual de duro, ser igual de eficaces, rápidas…etc., es posible que muchas nos quedemos en casa a cuidar, amamantar y abrazar a nuestros hijos y que esto sea visto como una libertad y el ejercicio de un derecho (reconocido o por reconocer) y no como una obligación, tradición o condición natural de género. La sociedad, por desgracia, no está todavía preparada para verlo de aquella manera y para vuestra revolución necesitáis a esas que tanto despreciáis/criticáis por haber dejado de lado su esencia femenina, porque si ellas no estuviesen plantando cara y luchando por lo que lo hacen y cómo lo hacen, lo que hacemos muchas (incluida yo) no sería considerado derecho o elección, sino más bien condición. Personalmente, les estoy profundamente agradecida y espero que se reconozca que todavía necesitamos de este feminismo, para que el vuestro, el mío y el de cualquier otra que se aleje de este clásico tengan algún sentido en absoluto.

Yo no soy bióloga, ni he leído y estudiado el comportamiento sexual animal y humano. Por no leer sobre el tema, no me he leído ni a González ni a Estivill y mucho menos los libros de los que has hablado. Por tanto y que quede claro que yo no te discuto los hechos, ni la validez de los estudios. No pongo en duda en ningún momento que la lactancia natural sea lo mejor, ni que el colecho sea provechoso, ni siquiera que el pañuelo sea mejor que el cochecito. A lo que sí me dedico, sin embargo, es a los argumentos: A su plausibilidad, a lo que implican tanto consciente como inconscientemente, a las posibles consecuencias que traen consigo…etc. Puede parecer, tal y como está vapuleada tanto la maternidad como la infancia, que en vuestra manera de reivindicar (no en vuestras reivindicaciones, que no tiene nada que ver el qué con el cómo), estéis dando un paso más en los derechos de las mujeres, pero lo que en realidad estáis haciendo es tirando hacia atrás. Que las necesidades de los niños son hechos y deberían ser derechos, vale. Pero si definís los derechos de las mujeres/madres sólo en base a estos, los estáis supeditando. Será social, biológico, solidario o lo que queráis, pero feminista seguro que no.