jueves, 27 de mayo de 2010

Compensar

Normalmente cuando se tiene un segundo hijo, una tiende a preocuparse por el primero. Independientemente de los tópicos del qué bien que van a jugar juntos, compartir cosas y demás, siempre se tiene miedo a los posibles celos y sufrimientos varios que supone para un niño dejar de ser el único centro de atención de sus padres.

Personalmente creo que es normal que un niño sienta celos cuando tiene un hermanito y que sus padres, al verle sufrir por la retirada de atención, se sientan culpables. Unos y otros intentan compensar a su manera: con más atención al niño y menos mimos al bebé, regalos, permiso para algunas cosas que antes estaban prohibidas, aumento de la calidad del tiempo pasado con el niño…etc.

Al mismo tiempo, una (por lo menos yo) se siente culpable con el bebé: Por cuestiones de tiempo, falta de brazos y tamaño cerebral, al nuevo no se le puede prestar la misma atención absoluta que se le prestó al primero en su momento. Estar sentada 3 horas seguidas dando el pecho tranquilamente se acabó, ahora tienes que estar pendiente de que el otro no se abra la cabeza saltando por el sofá (o se la abra al bebé); que no derrame una lágrima es poco factible, porque freírle un filete al mayor, que le toca comer, o limpiarle el culo, o sacarle del nuevo escondite en el que se ha quedado enganchado, son cosas que difícilmente se pueden hacer con un bebé en brazos al que, además, hay que sujetarle la cabeza.

Aún así, la compensación para con el pequeño es más obvia: Una madre primeriza pero por segunda vez (que se nota), más tranquila (o menos pendiente de cada contracción facial, porque si estás haciendo un puzle, tienes que mirar el puzle, obviamente), menos asustadiza (por lo menos cuando son cosas que se conocen, como que cuando te muerde con todas sus fuerzas no es porque no te quiera, sino porque le duelen los dientes) y, sobre todo, más pasota o impermeable a los consejos-órdenes de todas esas que saben más que tú (ya sabéis: Desde los dichosos “tiene frío/calor/sueño” hasta los “qué mala madre eres que no le das pecho/qué mala madre eres que tiene hambre y no le das un biberón”).

Por estas ventajas de las que disfruta el pequeño, el sentimiento de culpa se suele mantener hacia el mayor.

¿O no?

Desde luego que desde hace un par de días me pasa lo contrario: El mayor está abandonando la fase “rabietas” (para enorme alivio de sus padres) aunque todavía tenemos alguna que otra recaída. Y siempre cuando menos me lo espero: O sea, en la calle/avión/caja del supermercado en hora punta/sala de espera del médico…etc. Vamos, exactamente ahí donde menos confortable te sientes para aplicar el método Supernanny, es decir, “Así no/si gritas o pegas no te entiendo/cuando te tranquilices hablamos” y tal cual ignorar la pataleta, esperando que se pase (o sea, así de esta manera, no consigues lo que quieres). El método funciona y muy bien, la verdad. Pero hay que tener los nervios templados y estar en un lugar seguro, en el que no te esté mirando todo el mundo con arrugas acusadoras de malamadredejasatuhijollorarporelcaramelo, ni haya peligro de que el niño salga disparado a la carretera. Si además tienes un bebé del que ocuparte (y estás embarazada y agotada además de sensiblona), coger al niño en brazos (con una sola mano, claro, que al otro no se le puede dejar donde está) y marcharte a casa mandando la compra a paseo, suele ser complicado o, por lo menos, mucho más agotador que antes. Para la quinta rabieta del día, estás del mismo humor que cuando te han cortado el agua caliente sin avisar.

El caso es que en esos momentos, no puedo evitar sentir una pena infinita por el pequeño. Como bebé que es, no se puede portar mal todavía (ni bien), así que el pobre paga el pato del mayor. Normalmente tiene mucha empatía con el mayor: si este se cae y llora, el otro se pone a llorar con él. Pero cuando se trata de una rabieta/bronca/retirada de privilegios y el cabreo que esto implica, se queda callado y no dice ni mú. Es como si comprendiese que no es el momento… Pero claro, a mamá la ve y oye enfadada y, aunque no vaya con él la cosa, me imagino que no le hará ninguna gracia.

Intento compensarlo y le aclaro (con gestos más que otra cosa) que no pasa nada, pero al otro le sienta casi peor que ignore sus maneras (a pesar de notar que me afectan) y me ponga a hacer carantoñas al bebé. Una cosa es no ceder ante una rabieta y otra muy distinta es que crea/sienta que sus llantos ni te inmutan.
Me imagino (y espero) que esta época pasará pronto y que el pequeño crecerá y comprenderá que los episodios puntuales de método Supernanny con su hermano, no tienen nada que ver con él. Pero llegarán otros dilemas, como por ejemplo… ¿Qué pasa cuando después de un pollo impresionante se le retira el privilegio del helado a uno? ¿Se le retira al otro también? Un poco injusto ¿no? Y qué hago ¿Le doy a uno el helado y el otro que mire pero no toque, que está castigado? Un poco cruel ¿no?

Con lo súperdespistada que soy y lo que me cuesta encontrar un punto salomónico y, de momento, sólo se puede portar mal uno, no sé qué voy a hacer cuando estén los tres en edad negociadora… ¿elecciones?

martes, 25 de mayo de 2010

Fetiches

Desde que mi hijo mayor tiene uso de razón (o de elección, que a su edad es lo mismo), es decir, desde que puede comer helado, ha tenido fijación por el Pitufo.

El helado (¿de?) Pitufo es ese helado azul fosforito que se ha puesto de moda últimamente. Supongo que equivale a lo que en mi infancia era el helado de chicle. En cualquier caso una guarrada colorida, que más pinta tiene de crema nuclear que de helado italiano.

Como educar a un hijo es cuestión de que, en primer lugar, los padres se pongan de acuerdo entre ellos, hay determinadas alemanadas en las que he cedido. Una de ellas, la prohibición del helado en cuestión por manías de mi (a ratos bio)marido, que dice que los colorantes blablablá.

La verdad es que el niño, a pesar de tener un carácter de aúpa, con este tema ha sido bastante dócil: Siempre ha pedido el helado nuclear y siempre ha acabado contentándose (y tan contento) con otro más tradicional (básicamente chocolate, vainilla o fresa con sus respectivos colorantes, me imagino).

En uno de los descansitos que nos dio el invierno siberiano que hemos pasado, hace más o menos un mes, y aprovechando que el calorcito iba a durar 2 días (exactamente lo que duró), me llevé una tarde a los niños a tomar un helado. Se había portado tan tan bien, estaba tan tan mono y tan tan cariñoso que, cuando me dijo (como siempre) que quería helado de pitufo, le dije que sí.

El helado estaba absolutamente repugnante. ¡Qué cosa más asquerosa! Pero él se lo comió encantado, claro, después de 2 años detrás de la experiencia, qué menos.
Uno de mis miedos era que, a partir de ahora, sólo quisiese el dichoso helado criptonítico ese… Pero cuál ha sido mi sorpresa que desde entonces ni lo menta. Vamos, es preguntarle que de qué quiere su helado y va cambiando su opción cada pocos segundos hasta justo tocarnos pedir, pero el helado de pitufo como si no existiera.

A mí esto me ha hecho pensar en las obsesiones y los fetichismos que desarrollan los niños por determinados personajes (a.k.a. marcas), equipos de fútbol...etc. El entorno hace mucho, obvio, que si Pepita tiene la muñeca cacaculopedopis y Fulanita, además, el cochecito; o que si Manolito duerme en un edredón del Madrid y Jorgito tiene incluso los calzoncillos a juego.

Yo reconozco que he tirado alguna vez de (por poner un ejemplo) mochila de Pocoyó, por eso de infundirle un poco más de ilusión por ir a la guardería nueva, o de cepillo de dientes de Schreck, por eso de que sea menos coñazo estar 3 minutos dale que te pego después de cada comida.
Pero siempre con limitaciones. Quiero decir que jamás le haré una habitación completa del dichoso muñequito o monstruo de turno, ni tendrá absolutamente todos los muñecos de la peli en todas las posturas posibles e imaginables. Fomentar obsesiones y fetichismos no me parece lógico y, mucho menos, necesario. Cuanto más tenga un niño de algo (que además tiene infinidad de variantes), más querrá, así que mejor se limita desde el principio y que esa necesidad/ansiedad no se desarrolle del todo.

El experimento del helado, en cambio, me ha hecho ver que el otro extremo tampoco es bueno. No es cuestión de darle al niño todo lo que pida cuando lo pida, pero prohibiéndole todo, hay veces que fomentamos lo mismo que dándoselo en exceso: que se obsesionen.

Le pasa a mi biosobrina. Tiene 6 años y está total y absolutamente obsesionada con las Barbies. No ha tenido jamás una y su madre jura y perjura que nunca jamás la tendrá. Cuando empezó a interesarse por la muñeca, era algo normal. Ahora es exagerado. Incluso enfermizo. Ha llegado a decir que prefiere una Barbie a un hermanito.

A mí las Barbies no me despiertan ninguna simpatía, tengo que reconocerlo; pero como de momento sólo tengo chicos, no me he tenido que plantear si comprarla o no. Yo he tenido Barbies (como casi todo el mundo, creo), pero no tengo la impresión de que hayan marcado una parte importante de mi infancia. Creo que tuve 2 y punto, igual que Ponys. Ni coche, ni casa, ni tocador ni ningún accesorio estrambótico. Debí de jugar un par de años con ellas y ahí se quedaron olvidadas después, con las demás muñecas. En cualquier caso no me considero menos feminista o más insegura por haber tenido la muñeca en cuestión.

Yo respeto que mi cuñada no quiera comprarle una Barbie a su hija. Hasta cierto punto incluso lo entiendo. Lo que no sé es si esta mujer sabe que existe el término medio: Si le compras una Barbie a la niña no firmas un contrato con Mattel para decorarle el cuarto a juego. Le puedes comprar la Barbie y no darle más importancia que a otras muñecas. O se la puedes comprar y dársela o, como es su caso en estos momentos, no comprársela y dársela igualmente.

No sé lo que haría en su caso, ni lo que haré en el mío cuando se obsesione por algún personaje en particular (que pasará, estoy segura), pero lo del helado me ha hecho reflexionar en si hay veces que – y dependiendo de a qué, claro – es casi más útil decir que sí. No a la primera, claro está: si el niño sólo hubiese comido helado nuclear desde hace 2 años, sin haberse acostumbrado a comer helados normales (y ricos) durante un tiempo, seguiría comiendo helado de pitufo unos años más. ¿Funcionaría con la Barbie igual? ¿Si después de llevar años jugando con cosas más “normales” le dan una Barbie, se habría disipado el empeño y no se habría convertido en obsesión?

jueves, 20 de mayo de 2010

Mujer vs. Madre


Pues yo sí que me lo he leído. Enterito.

Me daba bastante pereza, lo reconozco. Llevaba sin leer filosofía desde que entregué mi tesina y aquello fue tan apoteósico, triste y frustrante (entre otras cosas porque el mierdapueblo había dejado de ser una posibilidad para convertirse en un hecho inminente y con él la aceptación resignada del sacrificio de mi proyección académica), que decidí aparcar la filosofía, sino para siempre, por lo menos hasta que doliese menos.

Además, la filosofía francesa por lo general no me gusta. Me irrita. Me parece poco metodológica, bastante inútil y pedante. Pero me lo habían recomendado y después de leer cosas como esta, a pesar de estar de acuerdo en el quid de la cuestión (o sea, una masculinización de las mujeres como punto de partida para la supuesta igualdad), me saltaron todas las alarmas. Y viendo que además Madame Badinter suele ser criticada sin piedad por las que se hacen llamar neofeministas, pedí su libro.

Y no me ha decepcionado en absoluto. Ha sido el soplo de aire fresco que necesitaba en mi constante lucha interior o conflicto entre aquello por lo que daría mi vida (mis hijos) y MI vida.

No voy a contar todo lo que en él expone y argumenta (de manera impecable además), pero sí que voy a poner en antecedentes sobre los temas que ahí se tratan y de qué manera:

- No critica la lactancia prolongada, ni el colecho, ni la crianza con apego/respeto o como quieran llamarlo sus partidarias.

- No critica la reivindicación de muchas de su derecho a ser madres, ni que haya mujeres que se quieran quedar en casa a cuidar de sus hijos, ni que muchas no se sientan realizadas con el trabajo, sino con la maternidad, la lactancia o lo que les dé la real gana.

¿Qué critica entonces?

El paso de la reivindicación legítima de un derecho que en muchos países se ha obviado o pisoteado (bajas maternales más largas si se quieren, lactancia prolongada…etc.) a la imposición moral ilegítima de una de las muchas formas de afrontar la maternidad como única buena y verdadera.

Ahora resulta que, como ser madre no es obligatorio, si una mujer decide convertirse en madre está moralmente obligada a sentirse realizada como mujer siéndolo. Esta nueva ola feminista-naturista, pasa de luchar por su derecho (repito por si las moscas: legítimo) a ser madre a su manera, a imponer ese modelo de buena madre/madre ideal como ideal moral a seguir. O sea, o estás 100% dedicada en cuerpo y alma al niño, te fusionas con él totalmente, o no eres digna de llamarte madre. Una vez te conviertes en madre, tu esencia femenina se equipara a tu esencia como madre y no hay más que hablar. Que la maternidad “sólo” sea una parte de tu identidad como mujer, aunque sea grande, no vale.

Hemos pasado de ser las que otorgan el don de la vida a estar en deuda perpetua con nuestros hijos. Más que hacerles un regalo, parece que firmamos un contrato unilateral de antemano con ellos. Claro, como no han pedido nacer y este mundo es complicado y está lleno de maldades, tenemos que estar resarciéndoles por nuestra decisión (¿egoísta?) por siempre jamás. Si esta es la filosofía por la que se trae un niño al mundo, mejor no lo tengas, sinceramente.

¿Y a qué se apela para fundamentar todo esto? A la culpabilidad que toda madre siente en relación con sus hijos, al constante miedo al fracaso como madre, a los posibles traumas que se les pueda causar (¡incluso por estar triste durante el embarazo!). Y así se ha ido demonizando todo lo que no cuadra con este ideal de madre entregada: el trabajo, el biberón, el chupete… ¡ahora incluso tengo que leer el cochecito y el sexo!

¿Realmente es feminista afirmar que “El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad”? ¿Y los homosexuales? ¿las mujeres que toman anticonceptivos? ¿Las que no quieren más hijos? ¿las que son estériles? ¿De verdad tenemos que volver a pensar que si te acuestas con tu pareja sin querer quedarte embarazada significa que te están sometiendo a su machismo retrógrado? Yo creo que aquí el señor Ahmadinedschad encontraría un filón…

¿Y la lactancia? ¿y la crianza con apego? ¿Cómo se puede afirmar por un lado que el bebé te necesita constantemente, que tu atención tiene que estar centrada en él a todas horas, que el momento de dar el pecho es algo especial que requiere concentración, calma e intimidad y por otro afirmar que la ministra bien podría haberse puesto a dar de mamar a su retoño (o cambiarle los pañales o calmarle en medio de un cólico) en una reunión del congreso? ¿En qué quedamos, se puede o no se puede? No se puede decir llueve y no llueve para ganar adeptos. O llueve o no llueve.

Yo, que vivo en un país que promulga tanto que casi obliga que una mujer, al convertirse en madre sólo sea tenida en cuenta como esto último, resulta que me encuentro, pasmada, con que Alemania tiene la tasa europea más baja de natalidad. Aquí, si te conviertes en madre, lo haces con todas las de la ley y si se te ocurre desviarte del camino correcto prepárate para la crítica social. Elige: O madre o mujer, pero las dos a la vez no se puede o mejor aún, no se debe. Y los resultados, como no podía ser de otra manera, catastróficos. (Esto mismo, sobre Alemania, se trata extensamente en el libro que, por cierto, está traducido también a este idioma)

Hay un consenso común (y que está además reflejado en la ley, aunque esta a veces no llegue a todas partes) sobre lo que es ser un padre o una madre negligente, abusivo, maltratador. El resto es cuestión de principios éticos y de la ideología moral dominante. Personalmente creo que por lo general en Europa, a pesar de las carencias que todavía existen en este tema, vivimos en sociedades que han dejado de preocuparse constantemente por lo que es legal (porque se ha interiorizado) y en las que cada individuo procura vivir su vida según lo que él cree que está bien y evitando lo que cree que está mal. Esto es bueno, es síntoma de libertad resguardada. Y como individuos libres, tenemos derecho a luchar y pelear por el reconocimiento de nuestras opciones vitales. ¿Por qué, entonces, esa necesidad de demonizar lo otro para justificar lo nuestro?

Yo soy partidaria de la lactancia prolongada (aunque no la haya practicado), pero también lo soy del biberón. También soy partidaria de que una mujer se quede en casa a cuidar de sus hijos y se sienta realizada como mujer con su maternidad, pero también lo soy de lo contrario. Soy partidaria del pañuelo para llevar a los niños, pero también del cochecito (que yo uso, al contrario que el primero)… En conclusión, soy partidaria de que cada mujer viva su maternidad como más le guste y la disfrute y, sobre todo, sin sentirse culpable por ello, porque yo no siento que no quiera a mis hijos lo suficiente porque duerman en su cuna o por no haberles dado el pecho mucho tiempo o por querer trabajar o leer o irme de vacaciones sola con mi marido y descansar. Es lo que más quiero en el mundo y me niego a aceptar que por mis decisiones parentales se esté poniendo constantemente en entredicho.

viernes, 14 de mayo de 2010

¿Está hablando de mi hijo?

Mi hijo mayor siempre ha sido, en mi opinión, un chicazo y además muy movido. Vamos, que yo lo llamo en plan de broma mi “personal trainer” así que os podéis imaginar lo que se mueve él y lo que me tengo que mover yo detrás.

A pesar de ser como un camionero auténtico, o sea, masculino y bruto a más no poder, es un niño muy sensible y cariñoso. Desde pequeño y desde antes de que naciese su hermano, le han llamado mucho la atención los bebés y ha sabido instintivamente que hay que tener cuidado con ellos.

Sin querer queriendo (y para horror de mi padre), le hemos educado (y seguimos haciéndolo) bastante fuera de los estereotipos aceptados y celebrados de masculinidad: Además de camiones, tractores, pelotas y demás (pero nada de armas, eso sí), tiene un par de muñecos con ropita y cuna, una cocinita, una tienda, una plancha (que le encanta y yo ya me estoy frotando las manos para cuando quiera pasar a la plancha auténtica, que yo odio)…etc. Supongo que que su padre sea muy colaborador en casa, ayuda bastante: le ve cocinar, ordenar, limpiar aquí y allá, tender la ropa, poner una lavadora, ocuparse del pequeño… Y el niño pues está encantado tanto de ayudar en casa como de ayudar fuera de ella (cortar leña, ocuparse de la presa, podar árboles y demás tareas más “masculinas”, por así decirlo).

Aún así, yo siempre había pensado que mi hijo era un chicazo en toda regla. Hasta ayer.

Ayer tuvo su primera fiesta de cumpleaños. De Yusuf.

Yusuf es también un chicazo, pero en toda regla de verdad. Para su padre (como para el mío) no es concebible que un niño tenga muñecos que no sean de Spiderman o le guste jugar a las cocinitas en vez de boxear. Para el padre de Yusuf y para los padres de los demás niños invitados al cumpleaños (sólo fueron chicos).

Cuando mi marido fue a recoger al niño, la madre de Yusuf le espetó que qué gozada de niño, que qué tranquilo es, que se había pasado casi toda la tarde con ella ayudándola con el bebé (una niña 1 mes más pequeña que su hermano), jugando con ella y demás. Los demás niños, en cambio, estaban explotando su faceta gremlin al máximo (sobre todo teniendo en cuenta que llovía y hacía un frío de mil demonios y se tuvieron que pasar toda la tarde metidos en la casa).

Cuando mi marido me dio el parte no daba crédito… ¿Mi hijo tranquilo?

Pues sí, resulta que, en comparación con los demás, lo es. O más bien sabe que tiene derecho a serlo. Supongo que lo que ocurrió es que el niño, que no está acostumbrado a que le estén animando constantemente a boxear, jugar al Spiderman malo (que no sabe ni quién es, por otro lado), a disparar con bazucas y demás, se sintiese un poco agobiado con tanto trajín testosterónico y se refugiase en actividades más tranquilas con la madre de Yusuf.

La madre de Yusuf estaba encantada y el padre, pues bueno, pensaría que mi hijo es un blandengue y un poco nenaza, pero no dijo nada. Por mi parte, me llevé una grata sorpresa y mi marido otra, que es lo importante al fin y al cabo. Porque, digo yo que si lo que quiero es que mi hijo sea un “hombre de hoy” (sensible, respetuoso, colaborador y apañado), tendrá que aprender a serlo desde pequeño, ¿no? Si se pasa su infancia pensando que a más macho, más duro, más violento y más bruto mejor, ¿cómo se supone que de mayor va a dejar de ser así de golpe? ¿Qué tendrá que ver masculinidad con agresividad, violencia o machismo?

miércoles, 12 de mayo de 2010

Causas nobles

El primer día de guardería de mi hijo mayor en el mierdapueblo de al lado, también fue el primer día de varios niños más.

Uno de ellos, Sammy, procedía claramente de una familia Assi total: La ropa, su higiene, la merienda (inexistente) y cómo le trataba su madre eran signos claros.

Aún así, Sammy con sus 2 añitos escasos era un niño risueño, sociable, feliz y enternecedor. Pero el tiempo ha pasado y Sammy ha dejado de ser un Assi en potencia, para serlo en todo su esplendor. Los juegos a los que incita a los demás niños, su manera de hablar…etc.

El caso es que desde hace unas semanas, mi hijo llega a casa soltando una sarta de palabrotas y frases que me parecen totalmente inadecuadas. No es que diga alguna chorrada (normal para su edad, claro), es que las cosas que dice están totalmente fuera de lugar. Y en casa no las ha oído, eso seguro.

El colmo de los colmos fue cuando el otro día me soltó, sin venir a cuento: “Leck mich am Arsch, du blöde Fotze!!” (traducido: ¡Chúpame un coj**, choch* estúpido!). Eso fue ya la gota que colmó el vaso… No lo dijo con mala baba, sino más bien se notaba que estaba “probando” sus nuevas adquisiciones lingüísticas, aunque su risita traviesa de después era un signo claro de que sabía que eso no estaba del todo bien. Procuramos no enfadarnos y explicarle amorosamente que eso no se dice y, por supuesto, le preguntamos que de dónde lo había sacado (aún sabiéndolo).

Mi marido, hasta el gorro ya, se fue a hablar ayer con la educadora jefe de la guardería y le dijo lo que estaba pasando (sin mentar al niño en cuestión). Ella, muy suspicaz, le dijo que estaban teniendo problemas con un niño de la guardería (al que no mentó, pero todos sabemos quién es). Lo intentan con el niño todos los días (procurando que una educadora esté constantemente con él) e incluso han hablado con los padres. El problema, nos dijo, es que los padres no entienden el problema (valga la redundancia) y que el niño, por muy encima de él que estén en la guardería (4 horas al día de 24), siempre verá a sus padres y su comportamiento como normal, ejemplo a seguir. El niño no es malo, eso que quede claro, pero es que eso es lo que mama en su casa todos los días… ¿Cómo se le puede decir a un niño, que considera normal que su padre le diga a su madre la frase arriba mentada, que eso está mal? ¿Que sus padres no hacen lo correcto? ¿Que no debe copiar su comportamiento, sino todo lo contrario?

En vista de que es inútil hablar con el niño – puesto que a esa edad siempre hará más caso a sus padres – han tenido que recurrir a las amenazas: O cambian las cosas, o dan parte y al niño lo mandan a una guardería especial.

Los padres no se han sentido demasiado intimidados. Sammy es su cuarto hijo y desde luego que no se van a esforzar mucho más que con los anteriores.

La educadora dice que no sabe qué hacer… Por una parte, Sammy es como la manzana podrida (hay más padres que se han quejado) y les está dificultando mucho la tarea con otros niños problemáticos y no tan problemáticos del grupo. Por otra, saben que mandar a Sammy a una guardería especial no hará más que condenarle para siempre, ya que aunque en teoría estas guarderías están pensadas para prestar más atención a este tipo de niños, están llenas de Sammys como él, lo que no hará más que confirmarle que su comportamiento es lo más normal del mundo.

Así que, de momento, intentarán retenerlo todo lo que puedan.

A mí personalmente Sammy me da pena; pero más pena y rabia me da ver que mi hijo de 3 años me llame de pronto lo que me llamó el otro día, o se comporte a veces como un Assi de pura cepa, aunque sólo sea para probar. Hay cosas que, cuando una es madre, te dan pena objetivamente, pero subjetivamente, cuanto más lejos, mejor. Es un comportamiento egoísta y poco solidario, lo reconozco, pero es que cuando se trata de mis hijos, no tiene sentido hacerme elegir, porque está claro por dónde voy a tirar y sería absurdo negarlo. Vamos, que no voy a sacrificar a mis hijos por ninguna causa, por muy noble que sea.

Sobre este caso particular ya le hemos dejado las cosas claras a la de la guardería: que hagan lo que quieran con Sammy, total, mi hijo en Septiembre va a ir a otra guadería; hasta entonces, eso sí, que lo mantengan a raya.

lunes, 10 de mayo de 2010

Antojos

La semana pasada estuve en el ginecólogo. Todo bien, estupendo, semana 14, 6 cm. y pataleando como un/a loco/a.

Semana 14 quiere decir, obviamente, que ya estoy en el segundo trimestre. En teoría se pasaron las náuseas (para las que hayan tenido, yo no), la narcolepsia aguda (sólo en teoría) y los miedos del principio (aunque aparecen otros, claro), entre otros síntomas.

Se dice que el segundo trimestre es el mejor de todos, que vuelven las ganas de jaleo erótico (¡JA!), que el cuerpo se adapta a los cambios manteniendo la movilidad “normal” y que se puede empezar a disfrutar del embarazo y de sus primeros signos externos.

Signos externos, de momento, no tengo. Ni tripa, ni pecho ni nada de nada. Ni siquiera se me han ensanchado las caderas, cosa que sí me pasó relativamente pronto con el primer embarazo.

Comentando esto con mi marido, se me ocurrió decir que si no fuese por mi malhumor esporádico y sin explicación aparente, no se notaría que estoy embarazada, porque por no tener, no tengo ni antojos.

Dos segundos más tarde estaba mi marido haciendo la croqueta por el suelo y yo con cara de boba. Al pedirle explicaciones por su reacción, me dijo que antojos de comida no tengo, no, pero que ya he empezado a hacer “cosas raras” (sic.), como en todos los embarazos.

¿Yooooooo? ¿cosas raras? Pues sí, por lo visto sí…

- Robarle los jerséis a mi marido (pero yo creo que es porque hace frío y llueve y me apetece algo calentito, mullido y grande, no porque esté embarazada, pero bueno…).

- Abrirme un blog. Lo creáis o no, nunca jamás se me había pasado por la cabeza y un buen día, sin más, me abrí uno y empecé a postear.

- Comprar cremas y demás productos de belleza bio… Esto sí que me ha afectado cuando me lo ha dicho. Una marca que he odiado siempre, ahora resulta que me encanta. No es biológica en sí, pero es la preferida de todos los Ökospiesser o pijiprogres del lugar. Las que vivís por estos lares, sabéis a cuál me refiero.

- Tejer. Sí sí, me ha dado por ponerme a tejer, razón por la cual llevo un tiempo sin actualizar; pero es que hay cosas, que por muy mujer que se sea, no se pueden hacer a la vez. Por suerte la señora de la tienda de lanas fue honesta y me instó a comprarme lana barata para empezar y, en caso de gustarme, ir subiendo. Yo, con lo impaciente que soy y que lo quiero todo YA, pues quería empezar directamente a tejerme un jersey de ochos de mohair y menos mal que la hice caso. Llevo una semana enganchada a Youtube y ya me he gastado el ovillo haciendo todos los puntos, remaches y demás cosas básicas que hay que aprender. Esta misma tarde, me voy a por mi lana buena y empiezo con unas bufandas de rayas.

Espero que cuando mis hormonas vuelvan a su cauce, no me dé por abandonar todo esto por lo que me ha dado ahora. Por lo menos lo del blog y el tejer. Lo de las cremas se me pasará en cuanto vaya a España y meta mano en el baño de mi madre que, de cremas biológicas nada, pero buenas son un rato.

martes, 4 de mayo de 2010

Ingenieras del hogar

Cuando nació mi segundo hijo, mi madre me instó a buscarme una señora de la limpieza. Decía que con 2 niños pequeños (uno de pecho y el mayor que tiene el baile de san vito y no para un segundo) y una casa de varios pisos, sería práctico (y lógico) contratar a alguien un par de veces por semana que me quitase las tareas más trabajosas de la casa.

Aquí en Alemania, el tema señora de la limpieza es tabú. Haberlas haylas, como las meigas, pero nadie habla de ellas. El ser buena mujer y madre por estos lares es directamente proporcional al número de actividades hogareñas y de crianza que una sea capaz de asumir sin quejarse. Sobre todo sin quejarse. Si se tienen inquietudes diferentes o se solicita ayuda externa o a una se le ocurre quejarse de una mala noche, se restan los puntos correspondientes.

El caso es que, cuando mi madre me lo dijo, me pareció una buena idea. Como no tenía ni idea de cómo funciona este tema por aquí, le pregunté a mi marido, que se llevó un susto de muerte. ¡Qué iban a pensar de nosotros en el mierdapueblo! A mí me importaba un pimiento; total, para el caso que me hacen por aquí las autóctonas y las caras con las que me miran, por un par de arrugas más en sus frentes acusadoras no se me iban a caer los anillos. Pero como no sabía dónde buscar (y en internet no había nada), se agenció él la tarea.

Un par de semanas después, me dijo que había preguntado en su empresa y una de las empleadas conocía a alguien dispuesto a ello. La señora en cuestión no me gustó nada, pero es que además me pidió por 3 horas al día, dos días a la semana, 400 euros más seguridad social. El ataque de risa que me dio le sentó como una patada en el estómago, pero oye, es que por ese dinero, ¡yo también me autocalifico de ingeniera del hogar y me pongo a limpiar casas!

Como al final resultó que el pecho no funcionó y con el biberón se agilizaron los tiempos y que además el niño es tranquilo y dócil, me las he estado apañando bastante bien hasta hace poco. Con el nuevo embarazo y el pequeño que ya no duerme tanto durante el día, hay que hacerle purés y demás cosas y ha empezado a gatear (y a meter los dedos en los enchufes, comerse los cables que encuentra y divertirse con las escaleras), he dejado de apañarme y la casa me estaba costado horrores. Así que me dije “hasta aquí hemos llegado” y puse un anuncio en el “periódico” del pueblo (4 hojas grapadas con las últimas novedades: Fulaniten se ha roto una pierna, Pepiten cumple 85 años…etc.).

Ese mismo día llamaron 6 interesadas, de las que “entrevisté” a 4. La elegida es una señora de unos 40ytantos, con 3 hijos mayores y de las que vinieron, la que menos pegas me puso con el tema horarios, a un precio asequible y demás. 10 euros la hora.
Empezó la semana pasada, o sea, que ha venido ya 3 días. Me ha dado un repaso a la casa que casi no la reconocía después, me ha limpiado toooooodas las ventanas de tooooodos los pisos y el próximo día me va a hacer la cocina a fondo (además de baños, suelos, polvo y demás).

Sigo igual de cansada por las noches que antes, pero mi nivel de estrés ha bajado considerablemente. Yo no sé cómo he podido vivir sin ella hasta ahora y no me puedo ni imaginar cómo sería mi vida si se fuese. Es como si me hubiese enamorado.
Todavía estamos adaptándonos, es cierto: No sabía lo que era una fregona (aquí friegan los suelos, cuando lo hacen, con unos cepillos duros de palo largo y un trapo mojado enrollado), miraba el recogedor de palo largo (comprado en tienda turca, porque aquí eso no existe) con extrañeza y admiración, no le gusta la lejía…etc. Pero esto pinta muy muy bien.

Eso sí, será todo lo tabú que queráis y seré una mala mujer y una mala madre por pagar a otra para que me limpie la casa, pero ha sido comentárselo a mi nueva “amiga” del mierdapueblo y rauda y veloz me ha pedido los teléfonos de las candidatas desechadas…

domingo, 2 de mayo de 2010

Pseudoabuelas

Acepto y reconozco como uno de los deberes que acompañan al estatus de Abuela el defender a los nietos ante la tiranía materna o, lo que es lo mismo, apiadarse de la criatura cuando la madre se pasa de sargento.

Además es que lo entiendo. Me pasa a mí cuando veo a mi marido demasiado duro con el niño (entiéndase que le ha dicho 20 veces ya que no se salta en el sofá y a cada vez va subiendo el tono, hasta llegar al castigo y los llantos; si llego yo en ese instante y no he visto el proceso ascendente, el niño me da pena), así que me imagino perfectamente lo que opina mi madre (o mi suegra) cuando soy yo la robaprivilegios.

Por esta misma razón, también entiendo que si la medida disciplinaria se aplica en la calle, las señoras mayores tiendan a apiadarse del niño porque es que, además, es muy muy guapo, todo hay que decirlo, que para eso ha salido a su madre.

A las que sí que NO entiendo es a una subespecie de señoras mayores que, no sólo se apiadan del niño, sino que además asumen el papel de abuela liberadora con él y el consiguiente y necesario para ello papel de madre aleccionadora con la madre de la criatura.

El jueves pasado, aprovechando que tuvimos dos días de verano (25º) y que iba a durar eso, dos días (hemos vuelto a los 5º y lluvias torrenciales), me llevé a los niños a tomar un helado a la mierdaciudad de al lado.

Nos sentamos a una mesa al sol mi hijo mayor y yo, con nuestros respectivos helados de cucaracha (a.k.a. cucurucho, pero es tan mono cuando dice cucaracha que no se lo voy a corregir de momento), y el pequeño en su sillita con su cucaracha vacía. En la mesa de atrás, una señora de unos 70 años, con una copa de esas gigantes de varias bolas, frutas diversas y nata montada a medias, y varios cigarros humeantes en su cenicero.

Cuando mi hijo se estaba terminando su helado (por fin), se acercó la señora en cuestión. De primeras no me gustó nada su acercamiento (no sólo se acercó demasiado a mi hijo, sino que se acercó demasiado a mí), pero lo que me dijo se llevó la palma:

Señora: Oiga, no quiero ser descarada, pero tengo mi copa de helado a medias y no me la voy a terminar. ¿La quiere el niño?

Yo (pensando que está de coña, claro, una copa de helado sobada y chupeteada por una extraña y se la voy a dar al niño, sí claro, y después cogemos un chicle del suelo, si le parece, pero no vamos a ser maleducados, así que): No, muchas gracias, con un helado ya vale por hoy.

Señora: Ya, bueno, pero es que me da pena que la tiren.

Yo: Una pena, sí, pero le he dicho que no la queremos.

La señora vuelve a su sitio decepcionada, a lo que mi hijo se da la vuelta y le pregunta:

Niño: ¿Qué haces con tu helado?

Señora: Pues nada, no lo quiero. Ven aquí y te lo puedes comer tú.

Niño: …

Yo: Señora, que le he dicho que no.

Señora (dirigiéndose a mi hijo e ignorándome por completo): Ven, anda, ven aquí y te doy el helado. Veeeeen… Ven aquííííííííííí…. Veeeeeen…. Vamooooooossss…

Yo (al niño): ni se te ocurra ir, que no me gusta un pelo esa señora (y acto seguido a la señora) Pero vamos a ver, que le he dicho que NO QUEREMOS EL HELADO! He dicho que NO, ¿entiende ya?

El niño, raro en él tratándose de helados y demás delicias azucaradas, me hizo caso e ignoró a la señora. Un par de madres colindantes con niños pequeños, me miraban como diciendo joerquétíamáspesada,no?. Y yo, pues seguía sin dar crédito a la pseudoabuela que le había salido de pronto al niño porque la tía, seguía con la cantinela: Pobre niño, qué más dará que por un día tome más helado, tampoco hay que ser así y blablablá.

Por supuesto que en cuanto vi al niño de acuerdo con mi aversión por la señora, dejé de escuchar lo que decía, aunque seguía atenta, porque viendo la insistencia y el enfado de la señora en cuestión, no me hubiese extrañado acabar con la copa de helado por sombrero.

Por suerte no lo hizo y, en cuanto terminamos nuestras cucarachas, nos largamos de ahí pitando, dejando a la señora al acecho de otro pseudonieto y su malamadre en potencia…