jueves, 29 de abril de 2010

Oda a la cebolla


En mi familia política tienen una relación particular con la cebolla.

Para cocinar no, no os vayáis a pensar que es como en España, que la primera línea de toda receta es siempre igual: picar la cebolla y rehogarla unos minutos.

Aquí las cebollas son especiales: tienen propiedades curativas. Lo arreglan todo. Pero todo todo. Si te has caído, te puedes frotar la herida con cebolla (y morder un palo mientras para aguantar el picor). Si tienes una otitis de caballo, ponte un gorro con cebolla a la altura de la oreja (y compra 3 botes de champú para cuando te encuentres mejor). Si tu mujer lleva una semana con inoportunos dolores de cabeza antes de irse a la cama, ponle un poco de cebolla bajo la almohada, que no tendrá excusa (porque no se podrá dormir, entre otras cosas). Lo mismo si tu marido ronca (con un poco de suerte, no aguantará el pestazo y se irá al sofá a dormir).

El caso es que para cada incidencia que tenemos, siempre nos llega la receta mágica de mi biocuñada o de mi suegra (en caso de no localizar a la tía de los frasquitos) sobre cómo, dónde y cuánto tiempo hay que echar mano de la cebolla para que se nos pasen todos los males. Al médico igual se puede ir a los 15 días, cuando la fiebre no baja y la sordera se acentúa, por ejemplo. Pero si se puede evitar la visita (y la bronca, claro) pues mejor que mejor.

El sábado por la tarde, exactamente a la hora en la que estaban echando el cerrojo en todas las farmacias más o menos cercanas al mierdapueblo, dos oportunos goterones mucosos cayeron por la nariz del pequeño. Buscar una farmacia de guardia por aquí es como irte a tomar una cervecita: siempre sabes cuándo te vas pero nunca cuándo vas a volver. Así que, hasta el lunes, lo dejamos por imposible.

Entre llanto y llanto, el sábado por la noche debí de dormir unas dos horas (y el niño otras tantas). Una de ellas, por supuesto, al amanecer, cuando parecía que la congestión mejoraba un poco y justamente cuando el mayor, fresco como una lechuga, empezó a reclamar su desayuno.

El domingo, cuando mis reflejos antihierbas estaban claramente debilitados por mi estado trapil total, aprovechó mi suegra para intentar convencerme otra vez de las propiedades mágicas de la cebolla. Y caí, claro, ¡qué remedio! Así que el domingo por la noche, al acostar al pequeñín, deposité obediente un bol con cebolla picada al lado de su cuna.

A los pocos minutos (el tiempo en que tardó el cuarto en oler a puesto de Kebap), mi bebé oloroso se convirtió en bebé apestoso pero dejó de roncar como un ogro. Y no hace falta decir que esa noche dormimos todos del tirón y como troncos. Así que, a pesar de estar tomándose sus jarabes e inhalar pacientemente todos los días, el niño sigue durmiendo con su cebolla al lado hasta nueva orden (o sea, hasta que se cure del todo). Por supuesto que durante el día están todas las ventanas abiertas, para mitigar un poco ese olor a sobaco turco que se respira por las mañanas en casa. Pero merece la pena, porque noches así, no teníamos desde hace tiempo.

martes, 27 de abril de 2010

En la farmacia.

El pequeño lleva un par de días con mocos y ayer ya empezó con la tos, así que, tempranito por la mañana, nos hemos ido al pediatra.

Aquí en el mierdapueblo no hay médicos, sólo veterinarios. Pero cuídate de llevarles a tu gato, porque como buenos veterinarios de granja vacuna (de las que el mierdapueblo está rodeado) que son, les da igual un gato más que un gato menos y a la mínima te dicen que acabes con su sufrimiento, aunque sea una indigestión. Como humano mejor ni te acerques, claro.

Mi pediatra está en la mierdaciudad de “al lado” (14 km.) y, la verdad, estoy encantada con él. Da igual si tienes seguro público o privado, te dan hora para el mismo día que llamas, si vas pronto te pasan enseguida, se toma su tiempo con los niños, no me ha mentado la homeopatía ni una sola vez, en la primera consulta me dio una tarjeta con sus números privados (por si hay alguna urgencia, a cualquier hora del día o de la noche, me dijo), los fines de semana abre una hora cada día (no sólo para urgencias, sino también para controles) y siempre siempre que voy y me está haciendo la receta me pregunta “¿Andas corta de algo? ¿Paracetamol? ¿jarabes?” para colárselo a la Krankenkasse, no vaya a ser que tengamos que pagar algo los padres.

Esta es una de las grandes (y pocas) ventajas de Alemania y su sistema médico: Absolutamente todas las medicinas que tu hijo necesite hasta los 18 años son gratuitas. Da igual que sea paracetamol para la fiebre, un jarabe para la tos o suero fisiológico. Todo. Incluso el apartito para inhalar, que nos dieron uno aquí nuevecito para nosotros solos, después de nuestras primeras navidades en España, que el mayor se agarró una bronqueolitis de caballo y, con Sanitas, nos lo prestaron los días que prescribió el médico allí. Eso sí, tienes que llevar la receta a la farmacia.

Hoy después de la consulta he salido receta en mano (suero fisiológico y jarabe para la tos) dirección a la farmacia, que está a 10 metros del pediatra. No es nada especial: aquí en Alemania hay farmacias cada 10 metros. Luego dicen que los españoles nos medicamos mucho y tralará, pero lo de aquí también se las trae: entre las decenas de panfletos publicitarios que caen en mi buzón todos los días, la mitad por lo menos son de alguna farmacia que anuncia sus promociones semanales. Y no en cremas, no señor, sino en jarabes, gotas nasales, antigripales y demás. “¡Equípese para el invierno!” rezaba uno de los slogans. Pero en España nos automedicamos mucho, hay que jo*****.

El caso es que a mí, la farmacia más cercana al pediatra no me gusta nada. Es de las más grandes y siempre tienen lo que pides, cosa que se agradece cuando en vives en un mierdapueblo sin farmacia y cualquier desplazamiento (con niños sobre todo) se convierte en una aventura. Así que, sólo por el hecho de no tener que volver por la tarde o al día siguiente, me compensa ir ahí, aunque no aguante a las farmacéuticas. Lo de hoy no ha sido nada nuevo, cada visita es más o menos así:
Yo: Hola buenos días. (y le extiendo la receta)

Farmacéutica: mmmmm… a ver, sí, eso lo tenemos. Un momento… ¿Le ha indicado el médico la dosis?

Yo: Sí.

Farmacéutica: ¿Y qué le ha dicho?

Yo: Tres veces al día, 2’5 ml.

Farmacéutica: ¿Qué pasa, que tiene mucha tos?

Yo: Pues no mucha, pero como ya tuvimos que inhalar hace un par de meses, por si acaso.

Farmacéutica: Ah. Pues yo no le daría esa dosis.

Yo: ya (porque ya me las conozco y paso de preguntar).

Farmacéutica: Mejor le das sólo 2 veces al día, 2 ml.

Yo: Bueno, le daré lo que me ha dicho el médico que le dé, que es el que ha visto al niño.

Farmacéutica: Ya, pero es que esa dosis que te ha dicho es para cuando la tos es más grave.

Yo: Ya, pero repito que es él el que ha visto al niño, así que si me ha dicho que le dé esa cantidad será por algo, digo yo.

Farmacéutica (señalando al niño dormido en el cochecito): Pero es que no le estoy viendo toser mucho, la verdad.

Yo: Ya, señora, es que no tose constantemente y menos cuando duerme en esa posición.

Farmacéutica: Ya, o sea que no me va usted a hacer caso y le va a dar lo que le dé la gana.

Yo: No, lo que me dé la gana no, lo que me ha dicho el médico.

Farmacéutica (resignada-cabreada): Allá usted… Bueno, le doy también un ungüento de mentol para el pecho ¿vale?

Yo: No gracias, no quiero el ungüento.

Farmacéutica: Pero es que le va a venir estupendamente.

Yo (que no me gustan nada los ungüentos esos tipo Vicks Vaporub y además oí que son malísimos y que pueden provocar hiperventilación en niños): Ya, pero es que no lo quiero. Sólo quiero mi jarabe, si no le importa, que tengo prisa.

Farmacéutica: ¿Y a dónde va usted ahora con el niño malito?

Yo: Al bar a tomarme un coñac. Deme el jarabe y no se preocupe, que la próxima vez le traigo al niño a usted directamente para que le ausculte.

Respingo de la farmacéutica, cara de mala leche y de eresunamalamadre y una maleducada, pero, por fin, jarabe. ¡Misión cumplida!

Por supuesto que no me he ido al bar después, sino a casita. Pero jurando y perjurando (como siempre que salgo de ahí), que nunca más volveré a esa farmacia. ¡Qué tías! Todas las farmacéuticas de esta farmacia son así de pesadas. ¡Todas!

jueves, 22 de abril de 2010

Consulta con la homeópata

La tía de mi marido es homeópata profesional. Profesional de verdad; es decir que tiene una consulta en la que atiende a sus clientes, digo pacientes, con su camilla y su mesa, sus armarios llenos de productos y demás. Y de eso vive, a 40 euros la consulta.

En mi familia política es considerada como la autoridad en materia de salud y bienestar. Por todos menos por mi suegro que es químico y que se pasa la homeopatía por donde le corresponde y por mí, claro, que tengo médicos en mi familia y a mí esas cosas de herbolario como que no.

Si la ves, nunca pensarás que es una “profesional” de la salud. Más que nada porque no tiene pinta de estar muy sana, sino todo lo contrario. Pero a mis políticos parece no importarles eso: Tanto da si les duele la cabeza o les ha salido un bulto en el pecho, a la que acuden raudos y veloces, es a la tía.

A mí me vio el plumero nada más llegar a la familia. Yo no tenía ni idea de lo que era la homeopatía, pero la cara que debí poner cuando me explicaban en qué consistía y las bondades de dichos tratamientos fue, al parecer, más que suficiente.

El caso es que un día, cuando todavía no vivíamos en el mierdapueblo y estábamos sólo de visita, tenían tos mi hijo y mi sobrina (que también estaba por estos lares). La tos la verdad es que no era fuerte ni sonaba preocupante y además volábamos de vuelta 2 días después, así que ni me molesté en ponerme a buscar pediatra por la zona. Pero mi biocuñada, por supuesto, llamó a su tía para que viniese a ver a la niña.

Cuando apareció por la puerta, mi marido aprovechó la ocasión y me propuso probar… Total, que le echase un vistazo al niño no costaba nada y así igual me impresionaban sus métodos. Su frase exacta fue “¿Nunca has visto a un homeópata diagnosticar? Pues no te lo puedes perder, no tiene desperdicio.” Y tenía razón, desperdicio no tuvo, pero no como él se esperaba.

La homeópata sacó de su maletín unos 20 frasquitos idénticos, los puso en fila delante de mi hijo (que tenía por aquel entonces 1 añito y medio más o menos) y le empezó a preguntar “¿Cuál te gusta?” Os podéis imaginar que a un niño de esa edad le gustan todos los frasquitos. Por igual. Y cuantos más mejor. Así estuvimos, meneando cual maraca frasquito tras frasquito durante 15 min., después de los cuales, la paciencia de la homeópata empezó a evaporarse y se puso firme. Vamos, que se puso a guardar frasquitos a espaldas del niño (que si la veía con uno en la mano dirección al maletín, ese quería, por supuesto), hasta que quedaron 2 o 3. Después de eso, cerró su maletín y empezó a vestirse para marcharse, a lo cual pregunté yo extrañada “¿Y la consulta?”

Esa era la consulta. Las bolitas de esos 3 frasquitos era lo que curaría a mi hijo. La explicación que me dio – y que a todos les sonaba muy lógica – era que los niños, al no estar tan condicionados por conocimientos adquiridos como los adultos, sabían elegir intuitivamente lo que les hacía falta. Lo comparó con que cuando uno tiene sed y ve agua y un bocata, pues se va directo al agua.

Yo les veía a todos asentir con admiración (menos a mi suegro que estaba leyendo el periódico y haciendo que pasaba del tema, aunque en el fondo estaba relamiéndose de gusto al percibir otra adepta en la familia a la medicina tradicional), así que no me atreví, por miedo a herir sus sentimientos, a formular la pregunta que se me vino enseguida a la cabeza: El agua tiene una consistencia, igual que el bocata. Un color, un olor, aspecto determinado. Pero las bolitas homeopáticas y sus frascos son todos iguales… ¿Cómo puede saber el niño que necesita ese frasco y no otro? ¿Acaso las bolitas tienen radiaciones o algo así? Esto obviando el tema de que mi hijo, al final, no había elegido nada de nada, sino que había sido ella misma la que había ido guardando y retirando según iba pudiendo.

Por supuesto que no le di las bolitas al niño. Ni he vuelto a consentir otra consulta. Ni, por supuesto, me he hecho fan de la homeopatía y los homeópatas. Esto último no tiene nada que ver con la famosa consulta, sino porque he visto con mis propios ojos que no funciona: He visto a mi sobrina con fiebre ser tratada con homeopatía y acabar en el hospital con 41º y espasmos (varias veces) y a mi cuñada tratarse de un problema de tiroides grave con bolitas (y empeorar más todavía)… Y más cosas que veo todos los días que me ponen los pelos de punta. Eso sí, a la que miran mal y consideran madreenvenenadora en la familia es a mí, por bajarle la fiebre a mis hijos (cuando tienen), ponerles vacunas y llevarles al pediatra cuando están malos.

martes, 20 de abril de 2010

Bañar los platos

Como ya comenté en otro post, aquí en Alemania no son muy partidarios de bañar a los niños. A los que sí que bañan, sin embargo, es a los platos.

Sí sí, la primera vez que vi bañar un plato (y no en oro precisamente) también me quedé extrañada: Llenan el fregadero con agua, sumergen los platos sucios, les dan así un poco con estropajo y jabón, los vuelven a sumergir en la misma agua, los sacan, los sacuden un poco y los ponen ahí a secar. Igualito lo hacen con las cazuelas, fuentes, cubiertos…etc. Con la misma agua. Vamos que, a partir del 3º o 4º artilugio a bañar, el agua ya ha adquirido un colorcillo impreciso entre el gris rata y el marrón oscuro, con tropezones diversos e islitas de espuma dispersas. No hace falta decir que se necesita práctica y destreza para sacar el plato lo suficientemente rápido y que no se le quede nada pegado. Y esto lo que los alemanes consideran fregar los platos.

Mi marido (que ya ha pasado por el lavado de cerebro en este y otros muchos aspectos) dice que es para ahorrar agua. Vale. De acuerdo. Hay que ahorrar agua, claro que sí… pero supongo que se podrá hacer de una manera más… higiénica? Inteligente? Digo yo que para dejar los platos igual de sucios, pues directamente no los laves y así te ahorras incluso los 3 o 4 litros que deben de caber en el fregadero, no? O si lo que quieres es no despilfarrar agua pero tener los platos limpios al mismo tiempo, vas abriendo y cerrando el grifo según lo vayas necesitando (como hacemos nosotros).

El caso es que en Alemania bañan a sus platos. Para ahorrar agua. ¿Por cuestiones medioambientales? No. ¿Por qué el agua es cara? Tampoco. ¿Porque son tacaños (o austeros, si preferís)? Bingo.

Los alemanes son bastante tacaños. El hotel es siempre el último recurso (o sea, que si viene la familia lejana a conocer al recién nacido (y a la recién parida, recién recién de hace una semana), se meterán en tu casa, ocuparán tu sofá y, si son muchos, son capaces de traerse sacos de dormir e instalarse en el suelo de tu salón), las vacaciones en camping (te estabas frotando las manos pensando en tu luna de miel en un hotelazo en Bali o Canarias a cuerpo de reina? Pues vendrá con el mapa de campings en la Ostsee (lluvia sí o sí) y un libro de recetas para el camping-gas), los muebles de construcción propia, por supuesto (olvídate de ir el sábado a Ikea a mirar una estantería para el salón, aparecerá tu marido con 10 tablas de madera y unos clavos y te hará una asimétrica, digo moderna, para toda la vida), la ropa en el mercadillo de segunda mano (no de tus primos o de algún amigo, no, los bodies para tu bebé del mercadillo y cuanto más antiguos mejor que es muy chic decir que llevas ropa original de la DDR, no te jo**), la cuna del bebé en e-bay, de las antiguas “porque duran toda la vida” (y tú, en vista del estado en el que está la cuna, piensas, si ya ha durado toda una vida, pero de otro, porque está que se cae)… etc.etc.etc. Y no se trata de gente con pocos recursos, qué va! Ellos llevarán calzoncillos de Calvin Klein (toda la vida los mismos, claro, porque duran toda la vida), sí, pero los bodies del niño serán de la postguerra.

viernes, 16 de abril de 2010

Menudo susto...

Ayer tuvimos uno de esos episodios que, gracias a Dios, no son muy frecuentes en nuestras vidas, aunque tengo que reconocer, a mi pesar, que muchas veces suele ser por los pelos.

Después de una noche toledana y un día agotador con los niños, fuimos a buscar a mi marido al trabajo para ir todos juntos a una tienda de productos alimenticios que hay en un pueblo cercano (10 km.) en la que tienen uno yogures con los que lloras a la primera cucharada por la pena que te da que se vaya a acabar.

Cuando llegamos al molino, mi marido nos estaba esperando ya así que, sin apagar el motor, me pasé al asiento del copiloto y le dejé conducir a él. Al llegar a la tienda, se bajaron mi marido y mi hijo mayor a toda velocidad y se metieron dentro. Yo estaba terminando de cambiar la tarjeta del móvil porque el mío está roto y esperaba una llamada importante. El caso es que al bajarme, no me preguntéis qué paso por mi cabeza en ese momento, cerré el pestillo automático con la mano y empujé la puerta.

En el mismo momento que oí el “click” me di cuenta de que el pequeño seguía dentro del coche (medio dormido) y que las llaves colgaban del contacto. Casi me da algo, pero pensé “Bueno, mi marido tiene otro juego” así que corrí como una loca a la tienda para pedírselo. Cuando le dije a mi marido que me diese sus llaves, que las mías se habían quedado dentro y el niño también, me miró con cara de nopuedeser y me dijo “las mías están en mi chaqueta, que también está dentro del coche”. En ese momento sí que me dio algo… Vamos, tal cual me puse a llorar del agobio/estrés/sentimiento de culpabilidad o lo que sea.

Cuando me vio en ese estado me dijo que me tranquilizase, que el coche no estaba al sol (y no hacía calor, que esto es Alemania) y que a lo peor, se rompía la ventana y santas pascuas. Yo ya me iba directa a buscar una piedra cuando me dijo “ni de Koñen, te esperas un momento con los niños que hay un taller al final de esta calle y voy a ver si nos pueden echar una mano”.

Como el niño seguía tranquilo (despierto ya, pero tranquilo) accedí y me quedé allí al lado de la ventana con el mayor esperando a que volviese.

Por supuesto, en cuanto mi marido se perdió por la lejanía el pequeño se empezó a impacientar y a llorar. Mi hijo mayor y yo nos pusimos a cantar, bailar, hacer cucútatá, saltar, enseñarle cosas a través del cristal y demás para que se distrajese (que la gente que pasaba debía pensar que éramos subnormales o de alguna secta que debería de estar prohibida), pero el niño a medida que pasaban los minutos se iba aburriendo de nuestras chorradas y volvía a llorar, hasta que llegó un momento en el directamente ignoró nuestros intentos circenses y se concentró en su llanto desesperado. El mayor, que no entendía qué pasaba, por qué su madre hacía el mono y al mismo tiempo lloraba, se empezó a aburrir, claro, y ahí que decidió irse de exploración: se iba a la carretera (desértica de coches pero no de tractores gigantes a lo Mad Max que cogen unas velocidades de miedo), se metía en la tienda y salía con un carrito lleno de yogures (y la dependienta detrás, claro) y yo mientras que no sabía qué más podía hacer… aparte de romper la ventana y sacar a mi bebé de allí, lleno de lágrimas, mocos, rojo y con la nariz perlada de sudor.
Mi hijo mayor, que es muy sociable (a veces demasiado) hablaba con todo el que entraba y salía de la tienda:

- Tú también tienes un bebé?

- Mmmm… No.

- Yo sí, está ahí en el coche, no puede salir.

Y la gente ponía su típica cara de limón-reproche-alemán. Pero ayuda no ofrecían, eso no.

Ya habían pasado unos 20 min. y mi marido seguía sin venir. No había rastro de él por ninguna parte y, por supuesto, no llevaba móvil encima, así que cogí al siguiente señor que salió de la tienda y le dije que hiciese el favor de pedalear dirección al taller y buscase a mi marido. Todo esto con el bebé histérico llorando en el coche, el mayor retenido por la fuerza para que no se fuese a la carretera y yo con cara de madre-desesperada-lagrimillas-en-los-ojos. Pues el tío, encima, se quería escaquear!! Me dice “Señora, no conozco a su marido”. Con un par. En ese momento me salió la vena échale-morro y en- España-mandamos-las-mujeres y no le di opción: “Ya sé que no le conoce, hombre, pero lleva un jersey azul marino y se llama David. Le dice usted, haga el favor, que o viene ahora mismo o rompo el cristal.Ale, pedaleando que es gerundio.” (creo recordar que incluso le coloqué la bici en dirección al taller, pero no estoy segura).

Tenía ya piedra y ventana elegida, sólo me quedaba saber cómo iba a golpear para no cortarme toda la mano (que lo que nos faltaba después de eso era tener que ir corriendo al hospital con una embarazada histérica y manca), cuando apareció mi marido en un coche de ADAC (que debe ser como el RACE en España). Tan tranquilos los dos. Y encima me dice cuando se baja “tranquilízate mujer, que no ha pasado ni media hora…”. Claro cachondo, me llego a ir yo y te quedas tú solo aquí con el niño berreando y sudando como un pollo y el otro haciendo de las suyas y te da un ataque.

El señor de ADAC se puso a sacar sus herramientas con una parsimonia que sólo aumentaba mi estado histérico y ahí que se tomó su tiempo para abrir el coche. Vale que no tardó más de 5 min. pero yo no entiendo cómo podía estar ahí tan tranquilo, cuando estaba viendo el percal que tenía delante.

En cuanto oí el “click” de nuevo juro que volví a nacer. Y el niño se calló como por arte de magia. Ahí que le saqué corriendo y me lo llevé a la tienda a por agua (porque por supuesto que también se nos había olvidado el biberón).

Lleva desde ayer siendo el rey indiscutible de la casa, aunque él mismo no entienda muy bien por qué. Y de momento, y hasta dentro de mucho, ha quedado terminantemente prohibido dejar las llaves en el contacto o dentro del coche por cualquier motivo. Y cerrarlo, so peligro que nos lo roben...

jueves, 8 de abril de 2010

El civismo alemán

Cuando vivíamos en Berlín (y no teníamos jardín) iba todas las tardes al parque con mi hijo.

Nuestro piso estaba en una zona relativamente tranquila, llena de estudiantes “serios” y familias jóvenes (Kreuzberg-Graefestr.). El parque al que iba estaba muy bien: grande, más o menos limpio, con zonas para todas las edades – entre ellas un arenero enorme de arena fina – y, por supuesto, miles de cafeterías y restaurantes alrededor.

El caso es que estaba yo una tarde de verano en el arenero con mi hijo mayor que, por aquel entonces, rondaba el año y de pronto se acercó un alemancito de unos 5 o 6 años. Nos miraba atentamente y parecía inofensivo, así que no le di mayor importancia hasta que, sin más, agarró un puñado de arena y me lo estampó en la cabeza. Mi reacción creo que fue la normal: antes de decirle nada, busqué a su adulto correspondiente con la mirada. Lo normal, digo yo, es que, si este ha visto lo ocurrido, se acerque inmediatamente a reprender a su hijo, no? Pues no. Ahí estaba el padre, sentado tan tranquilo en un banco mirando a su hijo jugar (o sea, no estaba leyendo el periódico y pasando o algo así, le estaba vigilando de verdad) y sin inmutarse. Yo seguía mirando al padre incrédula cuando me cayó encima el segundo puñadito de arena, a lo que mi mirada de incredulidad se tornó en mirada pero-no-le-vas-a-decir-nada? Y sabéis lo que pasó? Pues que el papá del niño se incorporó y me dijo en un tono paternalista-eres-tonta-o-qué “Ains, es que le tienes que decir que no te gusta que te tiren arena en la cabeza”…

¿Cómo? Resulta que YO le tengo que decir a SU hijo que no haga eso porque no me gusta a MÍ, en vez de decirle USTED, SU padre, que eso no se hace sin más! Pues sí, resulta que aquí en Alemania se ha puesto de moda (sobre todo entre padres jóvenes) educar así: Los padres no les ponen límites a sus hijos, se los ponen los demás. O sea, que los niños pueden estar tirando arena en la cabeza de los demás adultos, que sus padres no intervendrán, o podrán colarse en la cocina del restaurante, que tendrán que ser los camareros lo que les digan que eso no se hace, o podrán emborracharse y conducir, que tendrá que ser la policía la que les diga que eso no se hace y traepacáelcarnetchaval…etc.

En España somos más pasionales, más de darnos golpes de pecho y hacer las cosas por mis coj****, más orgullosos, más burros, más lo que queráis. Y luego llegamos aquí, a la “avanzadísima” Alemania y pensamos “Joer, qué educados son estos alemanes, qué formales que son, qué correctos, deberíamos de aprender de ellos." JA! Aprender? No hace falta aprender nada… Si queremos ser como los alemanes sólo tenemos que legislar hasta las horas de ir al baño.

Reconozco que para algunas cosas merece la pena: Conducir en Alemania, por ejemplo, es una gozada. El civismo de la gente al volante me impactó, sobre todo viniendo de Madrid, que ya sabéis que allí conducir es como intentar pasarte la última pantalla del Mariobross sin experiencia previa. Pero luego me entero de que de civismo tiene poco. No lo hacen porque está mal, lo dejan de hacer porque está prohibido (y multado): Está prohibido ir por la izquierda si no estás adelantando, está prohibido darle luces al de delante para que te deje adelantarle, está prohibido hacerle un corte de manga al imbécil por el que casi te estrellas…etc. Aquí los límites te los ponen fuera, no hace falta que te los pongas tú o, en caso de ser pequeños, te los pongan tus padres porque para eso ya están los camareros, los profesores, los demás padres protegiendo a sus hijos, los vecinos…etc.

Así que ya sabéis: no os dejéis cegar por el civismo alemán porque no es tanto como lo pintan. Y no os sorprendáis si aquí os encontráis rodeados de adultos reprimidos y niños asilvestrados (todos asegurados, claro, porque si no le vas a decir que no se puede usar de portería la ventana del vecino y este resulta que se ha despistado, más te vale tener al nene asegurado y no tener que estar pagando ventanas nuevas hasta que aprenda). Y, por supuesto, no os reprimáis a la hora de regañar a un alemancito/a delante de sus padres si hace alguna de las suyas, porque si no lo hacéis, el niño seguirá y sus padres encima os dirán que es culpa vuestra por no pararle.

Y ahora me voy a hacer la maleta que nos toca visitar a mi biocuñada este fin de semana y, por supuesto, educar a su hija porque su madre no la quiere coartar (a.k.a. levantarse de la mesa en el restaurante e interrumpir la conversación sobre remedios naturales para decirle a la niña que no se meta en la cocina a jugar con los fuegos)...

miércoles, 7 de abril de 2010

Adiós, chupete, adiós...

Mi hijo mayor nunca fue de chupete. No lo quiso nunca, aunque para dormirse ayudaba mucho. Eso sí, teníamos que sujetárselo porque por sí mismo no lo cogía bien.
Uno de los efectos colaterales del “maravilloso” (ironía) método Estivill fue que, cuando se lo aplicamos, el chupete perdió su sentido. A los 7 u 8 meses lo dejó y hasta ahora.

Mi segundo hijo tampoco fue de chupete. No lo quiso nunca, aunque para dormirse ayudaba mucho. Al principio teníamos que sujetarlo porque no lo cogía bien (o ponerle un peluche de apoyo) y en cuanto se dormía lo escupía.

Durante el día me he negado a ponérselo y me ponía de los nervios la gente que venía a darme consejos no pedidos y me decía que se lo diese, aunque el niño estuviese tan contento y tan tranquilo sin él.

El caso es que mi segundo hijo aprendió a dormirse solito desde pequeño (gracias al método descubierto en el hospital), pero con chupete. Al principio no le daba mayor importancia: si se le caía y todavía no estaba dormido del todo le daba igual, o en el coche se dormía y no hacía falta nada más…etc. Pero el tiempo ha ido pasando y el chupete se ha ido haciendo imprescindible para dormirse. Y si se despertaba por la noche, para volver a dormirse. Vamos, el chupete ha resurgido como lo que es: Una adicción. Y mi bebé se ha convertido en un adicto.

Yo, que soy una adicta al tabaco (y mi marido también, y mis padres, y mis abuelos, y mis tíos, primos y demás), sufro y sé lo que es una adicción. Y cuando veo al niño sufrir por su chupete me recuerda a mí cuando sufro por el tabaco. Ya sé que los efectos no son los mismos, por supuesto que no (ningún niño va a morir por los efectos de su chupete y además creo que llegados a una edad lo dejarán por sí mismos, sin traumas de ningún tipo), pero la adicción, por la que yo sufro, me resulta parecida. Y me da pena y me niego a fomentársela. (Aviso: que no se ofenda nadie, a mí me parece estupendo que cada cual haga lo que le dé la real gana con sus hijos, tanto si quiere ponerle chupete a todas horas como si no se lo da directamente, pero por mi adicción personal (que sufro y no me gusta y lo he intentado dejar y no hay manera), pues me afecta así este tema).

Así que, en vista de su nuevo comportamiento dependiente hacia el chupete, hemos decidido quitárselo ahora, ya, antes de que lo empiece a pedir de día y tengamos que esperar todavía más.

Me animó mucho buscar información sobre el tema a través de internet: Todas las páginas que visité y que daban pautas (“profesionales”) me dejaron el mismo sabor de boca: Cambia la palabra “chupete” por “tabaco” y las pautas te sirven igual.

También encontré en foros diversos consejos o experiencias de otras madres: cortarle la punta, no lavarlo, dárselo a los Reyes Magos, echarle vinagre…etc. Como es pequeñín y no puedo hablar con él ni hacerle entender, la única que me pareció que podría servir fue la de cortarle la punta. Pero no funcionó…

Se lo hemos tenido que quitar de golpe, tal cual. Llevamos dos días… Sin dormir. El primero lloró bastante (20 min. vale, tampoco tanto y me quedé con él hasta que se durmió, al pobre encima no le iba a dejar pasar por esto solo, que ha sido mi culpa) y cuando le veía sufrir al principio pensaba “cómo le puedo estar haciendo esto al pobre, se lo voy a dar” pero a los pocos segundos, con el chupete preparado en la mano, pensaba “cómo le puedo estar haciendo esto al pobre… consentir que sufra así por esta mier**” y no se lo daba.

Por las noches se ha seguido despertando y quejándose. Me lo he llevado a mi cama, le he dado un poco de agua y ahí que se tranquilizaba, juntaba su naricilla con la mía (cubo para la baba de mamá) y se volvía a dormir.

Durante el día de ayer me desesperé porque no durmió nada y casi caigo yo se lo doy. Pero hoy, ahora, se acaba de quedar dormidito en su cochecito sin chupete y en 2 minutos (y no estaba agotado, como ayer por la noche) lo que me ha llenado de tranquilidad y felicidad porque lo está echando cada menos en falta.

lunes, 5 de abril de 2010

Gajes del oficio

Independientemente del colchón idiomático con el que llegues a tu nuevo país de acogida nunca dejas de aprender.

Tu vocabulario crecerá proporcionalmente al número de vivencias pero al mismo tiempo se limitará al tipo de experiencias que vayas teniendo. Por ejemplo, si llevas sólo 6 meses en Alemania pero te has enamorado(de)-peleado(con)-dejado(a) un autóctono o autóctona y además se te ha roto el coche, palabras como “carburador”, “cabrón”, “vaya faena” o “vete a tomar por c…” se habrán incorporado a tu diccionario mental. También puede ocurrir que lleves aquí 4 años y no sepas decir “embrague” y te sientas un poco menos listo de lo que te creías hasta que empiezas a desenvolverte en esa nueva faceta (me pasó a mí que hasta que no vinimos al mierdapueblo no tuvimos coche).

El caso es que cuanto mejor hables, más segura te sientes (obvio) y menos difícil es conseguir que tu interlocutor entienda lo que quieres/necesitas/exiges. El problema es cuando vas demasiado confiado, que te crees que lo sabes todo, no te informas y, en una situación en la que necesitas reflejos, pues te fallan (o no, según se mire).

Por supuesto que mi primer hijo supuso entrar en un mundo (bueno en varios) nuevo para mí. Supongo que habría sido igual de nuevo en español, pero en alemán fue toda una aventura. Yo, que estudiaba aquí 2 carreras de letras en alemán, con novio alemán, compras en alemán, amigos alemanes y demás cosas todas en alemán y, por lo tanto, con muy buen nivel y sin acento extranjero, orgullosísima, de pronto me encuentro diciendo ciertas cosas… (supongo además que mi dominio del idioma descolocó todavía más a los receptores de las burradas que llegué a soltar). Las dos más “divertidas” fueron en el pediatra, cómo no… Ahí van:


1) Llego al pediatra con mi bebé de pocos meses, desconcertada porque en mi familia predominan las mujeres y, claro, no estaba nada familiarizada con los órganos masculinos a tamaño Nenuco.

Yo: Hola, tenía cita con el Dr. Subanestrujenbajen.

Enfermera: Muy bien. Vaya desvistiendo al niño. Qué le ocurre?

Yo: Pues verá, es que tiene algo raro en la… en la… en la…

(enfermera expectante, dando ánimos con la mirada)

En la… en la… mmmmm…

(enfermera impaciente, a punto de empezar el un,dos,tres anatómico conmigo)

En la… en la… pollita? (Schwänzchen)

(enfermera con ojos como platos que baja la vista a la tarjeta sanitaria, lee nombre extranjero, suspira con alivio y se descojona).

Pues claro… Cómo se supone que yo, que sólo había interactuado con adultos (y no hablado mucho sobre el tema de forma “seria”), tendría que saber cómo se dice “colita”? Pues no sabía, obviamente. Y en un intento de inocentar la palabrita dichosa, casi quedó peor que si la suelto tal cual.

2) En la zona en la que vivimos ahora existen unas garrapatas bastante asquerosas que además transmiten unos virus peligrosos, así que puedes vacunarte. Mi marido, confiando ya en mi experiencia con los pediatras alemanes (que había mejorado considerablemente teniendo en cuenta que el niño ya tenía 2 años y había llegado a esa edad con sus vacunas, sus medicinas y sus revisiones normales) me dice que llame al Dr. Gotascaen y pida cita para vacunar al niño. Yo no sé por qué siempre entendí Schnecke (caracol) cuando decían Zecke (garrapata), y ni corta ni perezosa pasé de buscar en internet y llamé al pediatra sin informarme del asunto:

Yo: Hola Buenos Días, llamaba para pedir cita para el niño.

Enfermera: Muy bien, de qué se trata?

Yo: Es para la vacuna contra el caracol.

Enfermera: Perdón?

Yo: La vacuna contra el caracol.

Enfermera: Qué caracol?

Yo: Pues el que hay en los bosques, el de las picaduras peligrosas!

Enfermera: Perdón?

Yo: Que sí, hombre, los caracoles esos que hay por aquí, que me han dicho que si pican contagian enfermedades peligrosas!

Pip pip pip pip pip pip pip pip

Yo: Oiga? Oiga? No me lo puedo creer, qué bordes que son por aquí.

Cuando se lo conté a mi marido estuvo haciendo la croqueta un rato, hasta que ya me aclaró el error… Mea culpa. Menos mal que no me pidieron el nombre y cuando fui no supieron que yo era la loca de los caracoles asesinos.

domingo, 4 de abril de 2010

Laufrad

Quería esperar para hablar de esto hasta comprobar yo misma que realmente funcionaba. Y funciona!!

No los he visto en España pero me han dicho que están empezando a venderse (lo que no sé es dónde). Se trata de los Laufrad:



Ya sé, ya sé, me lo dice todo el mundo (que me traje uno para casa de mis padres) "Dónde están los pedales de la bici?" No están. No tiene. Es una bici normal pero sin pedales. Y tiene su lógica, nos os vayáis a pensar, que es un invento alemán!

Se trata de que el niño aprenda desde muy pequeño a mantener el equilibrio sobre ruedas finitas (como las de la bici). El mío tiene el suyo desde que tenía 1 año y medio más o menos. Al principio no lo manejaba muy bien (no levantaba los pies del suelo) pero poco a poco ha ido cogiendo confianza y no os podéis imaginar la velocidad que alcanza: se da impulso con los pies y los levanta del suelo en marcha, como cuando pedaleas en una bici y luego dejas que te lleve por inercia. Igual.

La gracia de esto es que el niño, con 3 años y medio, ha aprendido a montar en bici normal y sin ruedines en 1 hora. A pedalear aprendió con los típicos triciclos. Y a mantenerse en equilibrio con el Laufrad. Ahora que el conejo de Pascua le ha "traído" la bici, no ha necesitado ni una tarde entera para combinar las dos capacidades motoras que lleva desarrollando desde pequeñín. Increíble.

También es verdad que en España no se necesita aprender a montar en bici lo antes posible, pero en Alemania ir en bici es tan normal como ir andando, así que les enseñan pronto, sobre todo porque con 3 años ya pesan lo suyo como para estar llevándolos en la tuya. De todas formas, si os animáis, os lo recomiendo totalmente.

Los hay de diferentes precios, claro. El que tengo yo, que en realidad es de mi cuñada(parecido al de la foto), es carillo pero ha merecido la pena porque ha aguantado bastante (mi sobrina, mi hijo mayor y sigue en perfecto estado, así que me imagino que pasará por más manos). También los tienen "normales" (o sea, que no sean de madera, pero es que mi familia política está obsesionada con la madera y TODO tiene que ser de madera: juguetes, el Laufrad, las tronas...etc.) e incluso con la parte entre el asiento y el manillar baja y lisa, para que puedan apoyar los pies ahí si quieren.

jueves, 1 de abril de 2010

Enseñar a perder

Reconozco que a mí los juegos de roles no me divierten nada. Estoy convencida de su importancia para el desarrollo social del niño, por supuesto, así que, cuando toca, me meto escrupulosamente en mi papel de paciente, cliente de la tienda, princesa secuestrada (pero aquí elimino la ñoñez típica y colaboro en mi salvación, faltaría más, que estamos en el s. XXI), alumna aplicada o dragón asesino, según las circunstancias.

Pero no me divierto mucho con esto. A mí en realidad lo que más me gusta es hacer puzles, dibujar, colorear y los juegos de mesa varios. La alegría que me dio descubrir juegos de mesa en versión infantil fue tal que casi los compré todos de golpe: el Memory, el Quips, el Camelot junior (este lo recomiendo especialmente, es impresionante)…etc.

Por supuesto, como madre súperorgullosadesuhijosúperlisto, con poco más de un año ya tenía un par de juegos de mesa (que son a partir de 2,5, o sea, en realidad a partir de 3). Al principio eso de jugar a un juego pues como que no. Miraba las piezas o cartas, las lanzaba al aire, las volvía a mirar, las dejaba, las cogía otra vez y construía una torre atrapaprincesas o las cocinaba. El caso es que, según fue creciendo y comprendiendo más, lo de jugar al juego en sí (y no con él) empezó a funcionar. Está claro que, si jugamos los dos al 100%, gano yo, que para eso soy más mayor y sé contar o tengo memoria suficiente como para recordar dónde están las 2 cartas iguales entre 24 nada más. Así que al principio le dejaba ganar…

Claro, la ilusión que le hacía acertar, lo contento que se ponía, lo como un pavo que se inflaba ahí todo orgulloso, pues no me podía resistir. Y de esta manera, mi niñosúperlisto llevaba ganando más de un año a todo lo que jugaba y ya no era sólo súperlisto, sino que también era un poco súperarrogante: Ya nada de chispita “lo he conseguido” en sus ojos cuando ganaba. La chispita era ahora “lo ves? Hala chínchate, soy mucho más listo que tú”. Y por eso no estaba dispuesta a pasar. No por orgullo, no. Pero no creo que sea bueno para su salud mental enseñarle en casa (o dejarle creer) que es el mejor del mundo y que luego salga al mundo exterior y se dé cuenta de que no y se acompleje, pierda confianza en sus padres… yo qué sé, que no sea feliz, vamos.

Así que me propuse enseñarle a perder.

Para que no fuese muy “traumático” (jaja), lo hice despacito. Tampoco era plan de que mamá, que llevaba siendo una pardilla un montón de tiempo y no daba pie con bola, de pronto se convirtiese en Einstein. Y ahí que el juego quedaba cada vez más empatado y él más empapado en sudor, de lo mal que lo estaba pasando al ver que perder era realmente una opción.

El caso es que llegó el día en el que le tocaba perder. Yo jugué sin límites ni miramientos, tal cual jugaría con otro adulto. Pero pasó ese día y el siguiente y el siguiente y el siguiente y nada, no había manera. Lo que parecía tan fácil al principio (ganar a un niño de 3 años) resulta que no lo era tanto.

En realidad no es tan grave: Si el niño ha nacido con una flor en el culo, pues suerte que ha tenido. Pero yo seguía empeñada en que perdiese alguna vez, que se cogiese el rebote del siglo, montase el pollo y tener que explicarle, en vivo y en directo (pero eso sí, con mucho amor que para eso soy su madre), que no pasa nada por perder, que no es importante, que no cambia nada, que sigue siendo súperlisto y que, además, por qué se puede enfadar él si mamá nunca se enfada cuando pierde?
Pero no había manera, oye, así que tuve que recurrir a… las trampas.
Cabizbaja estoy confesando un golpecito de más en el dado aprovechando un despiste, o el levantamiento disimulado de varias cartas del Memory hasta dar con dos iguales... Yo, la Madre, la que le tiene que inculcar valores, dignidad, integridad y demás –dad, colándosela a un niño de 3 años a la Oca!!

Pero ¿qué opción me quedaba si no perdía por sí mismo ni por asomo?

El consuelo que me queda es que ha aprendido a perder (aunque a veces le siga sentando mal). Y mañana me lo llevo a echar la quiniela…