martes, 30 de marzo de 2010

No tenemos tele

Pues eso, que no tenemos tele.

Este post lo escribo para explicar el por qué, que entiendo que haya gente a la que le resulte extraño.

A ver, en casa de mis padres hay 3 televisiones: el salón, la cocina y la habitación de mis padres. Hemos sido bastante televiseros (aunque cuando éramos pequeñas, teníamos limitaciones, claro). El caso es que cuando me marché a estudiar al extranjero no tenía tele ni me compré una. Total, estaba todo el día por ahí o tenía que estudiar un montón (que vaya carreritas que elegí para llegar sin dominar del todo el idioma), así que ni me lo planteé. No la eché de menos en ningún momento (si quería ver una peli tenía el portátil) y me acostumbré a no verla.

Mi marido… Bueno, la familia de mi marido es peculiar. Se fueron de su ciudad natal a un molino en el campo a moler piedras y, siguiendo la tendencia alemana hacia lo más natural y tradicional, no sólo tienen un huerto estupendo el jardín, mi suegra hace unas mermeladas con sus propias frambuesas de morirse y comen peces de su propio arroyo, sino que, por supuesto, no han tenido televisión jamás. Jamás quiere decir mientras tuvieron niños en casa, que fue independizarse mi marido que es el pequeño y ahí que se compraron una; eso sí, sólo ven programas culturales, que son todos muy intelectuales, con tractor, pero intelectuales al fin y al cabo (aunque cuando me traigo el Cuore o el In Touch de España se lo empollan de cabo a rabo, oye). Así que mi marido ha crecido sin televisión (ni películas infantiles, que eso sí que me parece una pasada).

El caso es que cuando me quedé embarazada y nos fuimos a vivir juntos no se nos pasó por la cabeza comprar una. No estábamos acostumbrados y no supuso necesidad alguna. Y así seguimos hasta que… nació el niño!

Ahí ya, la gente que al principio no decía nada, empezó a sorprenderse “¿Que no tenéis tele? ¿Qué hacéis por las noches? ¿Qué haces con el niño?”. Pues no, no tenemos tele. Por las noches hablamos, leemos, navegamos por internet (que también es un vicio) o nos vamos a la cama si estamos cansados en vez de perder una hora haciendo zapping e irnos al final cabreados porque no ponen nada. Y con el niño juego o me lo llevo a algún sitio o mira un libro o le pongo alguna peli o dibujos con el portátil (que también tiene pantalla).

Mi madre, en un momento de desesperación porque no había manera de que me comprase una tele por propia iniciativa, me regaló una. Ahí la tenemos muerta de la risa. La sacamos para ver películas (enchufamos el ordenador a la tele y la calidad de la película mejora considerablemente) y ya está.

Personalmente no tengo nada en contra de la tele. Me encanta. Me encanta demasiado. Y a mi marido en el fondo también (que es ver una pantalla y es como si le hubiesen hipnotizado). Me encanta la telebasura, las series de todo tipo, hacer zapping, encenderla un momento antes de irme a la cama por si acaso ponen algo interesante, los anuncios… Todo. De la tele me gusta todo todo todo. Por eso mismo no tenemos tele!

Si yo pudiese controlarme, encenderla sólo cuando ponen algo interesante, ser capaz de no encenderla automáticamente al sentarme en el sofá…etc. entonces sí que tendría una. Pero como tengo alma de yonqui, pues mejor no me arriesgo, que ahora que me he "quitao", estoy fenomenal sin ella: leo más, hablo con mi marido, me voy a la cama enseguida si estoy cansada, juego más con mi hijo y demás. Sé que si sacase la que tenemos y le otorgase un lugar fijo en el salón, se acabaría convirtiendo en la reina de la casa, condicionando todo lo demás. Así que ahí se queda, detrás del sofá y sin cable de la antena, de pantalla auxiliar. Eso sí, cuando voy a Madrid, recupero el tiempo perdido y el "vicio". ¿Alguien me entiende?

lunes, 29 de marzo de 2010

Viajar con niños



A no ser que lo hayáis leído enseguida, ahora mismo estaré probablemente en el aeropuerto, embarcando o sufriendo las 3 horas de vuelo que me quedan para llegar a Múnich (y luego 100 km. en coche hasta casa)… Esto quiere decir que, si no actualizo más, me podéis mandar flores a la clínica psiquiátrica más cercana a mi casa, en la que estaré ingresada por un ataque de nervios (todavía no entiendo cómo no me ha dado hasta ahora, que ya van un par de veces que he viajado sola con los dos).

Viajar sola con niños en avión es poner a prueba el amor maternal de cualquiera, seguro que hasta de la Jolie.

Lo primero son los bultos. Siempre tengo que llevar: Maleta gigante para la ropa de todos y que sobre espacio para el chorizo Palacios, el atún, arroz SOS y demás cosas varias que me llevo para allá; mi bolso, imprescindible; la bolsa de los niños (con pañales, comidas, mudas, juguetes y demás elementos imprescindibles para moverse con niños); cochecito (plegable, por supuesto); y en invierno, además, abrigos, bufandas, gorros y hasta traje de nieve si me apuras.
Facturar con niños y bultos es un rollo. Suerte que siempre me acompaña el que me lleva al aeropuerto (mi padre en España y mi marido en Alemania) y se puede ocupar de los niños mientras discuto con la del mostrador “no, no en pasillo no me ponga, mejor en la ventana, que así el niño está atrapado y no se escapa” o “Va muy lleno? (porque si va a tope, al pequeño lo tengo que llevar en brazos hasta que cumpla 2, aunque pese 20 kilos)”.

El control de seguridad es, digamos, la primera prueba de verdad, porque el que me acompaña no puede pasar a ayudar. Según qué aeropuerto y según qué guardia hayan puesto, si está de buen humor, si está tomando regularmente All Bran y esas cosas, puede, quizás, igual se dignan a echarme una mano: Hay que pasar todos los bultos de mano (todos menos la maleta que ya se ha facturado), hacer el strip tease de rigor, doblar el cochecito para que pase por la máquina, abrir el termo para que vean que llevo puré y no TNT…etc. con un bebé que no puede andar, ni gatear, ni mantenerse sentado y un niño de 3 años con mucha prisa por ir a ver los aviones. La mayoría de las veces no se preocupan de que el mayor no salga corriendo ni me dejan salir detrás de él un momento antes de que se embarque rumbo a Singapur (aunque a veces se me ha pasado por la cabeza dejarle), ni me sujetan al pequeño el medio segundo que tardaría en doblar la sillita para pasarla por la máquina. Casi siempre tengo que recurrir a la caridad de algún pasajero para que sujete al niño (al que toque en ese momento).

La segunda prueba es la hora de espera hasta que empieza el embarque. Nada más pasar el control hay que rezar para que la puerta de embarque quede al lado de algún baño y cambiador para poder dejarles limpios y secos antes de embarcar. Una cosa que no entiendo es cómo no ponen un WC en el cuarto del cambiador, al fin y al cabo es un baño también y para las que llevamos más de un niño (que ya sabéis que es “culo veo culo quiero”), es bastante práctico poder ponerles a todos en el mismo sitio (incluida la madre, que no sabéis lo poco pudorosa que me he vuelto desde que tengo que hacer pis en el aeropuerto con la puerta medioabierta para que no me los roben o no se metan con otra señora), sobre todo cuando todavía tienes el cochecito (a.k.a. lugar donde dejar al bebé un segundo para tener las manos libres y ocuparnos del otro). Otra cosa que debería estar prohibida son las tiendas del aeropuerto (conste que me encantan), porque es que lo tienen todo ahí al aire, en plan “cómprame” o “dile a tu madre que me pague, que ya me has chupado”… Eso sí, al aire sólo tienen guarradas, que llegan a tener ahí un bolso de Vuitton y no me importaría nada tener que decirle a mi marido al llegar “es que el niño lo había chupado y claro…”.

Entre baño y tienda, por supuesto, existe la posibilidad, con el trajín del aeropuerto y lo inconscientes que son los niños, de que el mayor salga corriendo así de buenas a primeras. Un segundo de despiste puede ser fatal (no un segundo mirando escaparates, que a eso no me da tiempo, me refiero a un segundo poniendo chupete, recogiendo sonajero del suelo…etc.) . Después de un par de sustos (que se quedaron en sustos, menos mal), decidí añadir a los bultos de mano, una maleta para mi hijo. Es la de la imagen: cuanto más cantosa, mejor, así se le puede localizar fácilmente entre la multitud. Eso sí, espero que no se pongan de moda, porque si no buena la hemos liado, que me veo perseguida por la Interpol por secuestro infantil (así que, por favor, elegid otro animal; son de Samsonite y no muy caras).

La tercera prueba es el vuelo. Si hemos tenido suerte, no nos han puesto justo detrás de Business (que no sabéis cómo se ofenden si les ponen niños detrás, pero te miran a ti como si lo hubieses pedido aposta para molestar) y no nos han sentado a nadie al lado. Las azafatas suelen ser encantadoras en casi todas las compañías (menos easyjet, que parece que te están haciendo un favor por llevarte), pero algunas, al intentar se simpáticas, firman la sentencia de muerte a un vuelo que podría ser tranquilo. Me refiero a las chucherías. Parece mentira que con la experiencia que tienen estas mujeres a la hora de llevar niños de todo tipo, todavía no sepan que son como gremlins, o sea, que si a un niño de 3 años le das un chute de azúcar justo antes de meterle en un miniespacio durante 3 horas, no va a poder gastar la energía desenfrenada de las gominolas como si estuviese en un prado. Si te da tiempo a parar la mano amiga de la azafata antes de que le dé al niño la chuchería, puedes usarla para hacerle chantaje (te la doy cuando lleguemos si te portas bien). Si te has despistado, prepárate para la que te espera.

Durante el vuelo, yo siempre rezo para que el mayor no tenga que ir al baño. Normalmente no sirve de nada porque siempre siempre siempre tiene que hacer caca. Sí, caca. No falla, oye. Además, siempre tiene que ir cuando el señor de al lado de acaba de dormir y hay que despertarle para salir, cuando el pequeño acaba de empezar a comerse el puré y estoy en plena operación alimenta-a-un-bebé-cotilla-en-menos-de-un-metro-cuadrado-sin-que-se-queme-o-tire-la-comida. Y no vale el “puedes aguantar un momentito?” porque las consecuencias pueden ser peor. Un día se me ocurrió decir eso mismo y se hizo pis encima (menos mal que sólo fue pis). Por supuesto tenía que ser el único día que no llevaba ropa de repuesto para él, así que me tuve que ir al baño, enjuagar eso un poco, y pasarme el resto del vuelo con el aire helado de arriba a toda potencia y sujetando los pantalones en alto para que se secasen antes de llegar, que en Alemania hacía un frío de narices y además, cómo iba a pasear al niño por el aeropuerto en calzoncillos!

La llegada supone la liberación: Nada más aterrizar le planto los niños al que nos haya venido a buscar. En Madrid estupendo, ya que mis padres viven cerca del aeropuerto. Pero en Alemania, nos quedan todavía 100 km. de carretera hasta llegar a casa, así que mi momento de gloria al recoger las maletas en solitario se acaba enseguida. Eso sí, por lo menos ya no estoy sola y, aunque mi marido esté conduciendo y tenga que estar mirando todo el tiempo hacia delante, el mayor se entretiene un rato contándole todo lo que ha hecho en España con los agüelos.

Así que esto es lo que me espera hoy… Si no sabéis nada de mí en unos días, me encantan las margaritas y los bombones de la Caja Roja ;)

Seis cositas sobre mí

Aceptando de buen gusto la invitación de mamá vaca me animo a contar seis cositas sobre mí (ya ya, un poco tarde):

He sobrevivido al viaje en avión ;), así que debo de tener nervios de acero. No, en serio:

1. Me encanta bañar a mis niños: enjabonarles, ponerles cremas, colonia, peinarles, el pijamita y que se vayan frescos y olorosos a la camita. Esto significa que me encanta bañarme, lavarme el pelo, darme mascarilla, depilarme, ponerme crema y demás a mí también. Y más si es por la noche y ese día, además, he cambiado las sábanas... Lo malo de estar casada es que en alguna que otra ocasión que yo estaba disfrutando de mi momento limpio y oloroso total, se ha metido en la cama mi marido que acababa de cortar leña y me ha fastidiado la experiencia.

2. Me encantan las series americanas (menos Lost pero no me tiréis piedras): Mujeres desesperadas, Anatomía de Grey y todas las que tengan que ver con crímenes, sobre todo si hay asesinos en serie de por medio (eso sí, estas sólo las veo cuando está mi marido en casa que si no me muero de miedo).

3. Soy muy obsesiva (tengo alma de yonqui) y bastante autodidacta. Ahora me ha dado por asesinos en serie (ya sé, ya sé, no es un tema muy agradable, pero me interesa) y me estoy enchufando toda la literatura habida y por haber al respecto (incluídos manuales de criminilogía y cosas así). Me pasó con el alemán, que me gustó, me vicié y lo aprendí por mi cuenta en casa, sin academia.

4. Me gusta levantarme pronto (a veces no tan pronto como creen los niños jeje), aunque haya salido y sea fin de semana. Si me levanto más tade de las 10 tengo la sensación de haber perdido toda la mañana. Y nunca desayuno (menos en los hoteles).

5. Lo pregunto TODO. No me gusta nada quedarme con historias a medias, así que, cuando no me satisface la cantidad de detalles aportada por mi interlocutor, le fundo a preguntas. Esto implica que, normalmente, me cuesta bastante sintetizar. Cuando cuento algo, suelo tomar como referencia el qué me gustaría saber a mí. El blog me está suponiendo un esfuerzo inmenso recortando detalles, para no escribir posts interminables (y un buen ejercicio, por cierto).

6. Soy muy muy impulsiva pero a la vez muy muy racional. Puede parecer contradictorio a primera vista, pero no lo es tanto: Normalmente sigo mis impulsos (como cuando me quedé embarazada a los escasos 3 meses de relación con mi ahora marido) pero las consecuencias, me gusten más o menos, no me pillan por sorpresa y las asumo. Supongo que acabé harta de las listas de pros y contras, porque al final suelen estar siempre equilibradas, siempre hay contras, siempre hay pros. Una decisión no será nunca perfecta, así que, si ya está decidido, pues a apechugar con los contras, que no queda otra.

Y ya lo dejo aquí que el límite era 6 ;)

¿Repollos o payasos?

Cuando nació mi primer hijo, mi madre me equipó con faldones varios de todo tipo: Largos, cortos, con más o menos lazos…etc.

La verdad es que se los puse 2 días y ya, porque me parecían incomodísimos (y creo que al niño también). Lo que sí que le puse, durante sus primeros meses, fue ropa de bebé tipo española, o sea, azul clarito y blanca. Y, como no podía ser de otra manera, comprada en España. Al segundo los faldones ni se los probé y la ropa, cuantos menos lazos e incomodidades, mejor que mejor, pero seguí la misma línea monocromática que con el primero.

Aquí en Alemania tienen una manera peculiar de vestir a los bebés (y a los niños en general). No se trata de que les vistan más “alegres” o con más colores, no; es que les visten, literalmente, como payasos.


A mí personalmente me gusta mucho vestir a los bebés en tonos azulitos y blanco, porque me parecen colores suaves y agradables y creo que además, a un recién nacido, le dan un toque limpio. Y lo de vestirles con una gama de colores limitada creo que, además, tiene su lógica: como vomitan, se hacen caca, pis y demás a menudo, como muchas veces además hay que cambiarles sólo por partes (ahora la polaina, ahora el jersey…etc.), pues es más práctico que todo pegue con todo y así no hay que volver a vestirles enteros 5 veces al día.

En España sí que he visto que la gente está dejando de lado los típicos colores de bebé y les están vistiendo con otros colores. A mí me gusta menos pero no tiene nada que ver con Alemania. Aquí, vayan de verde, naranja o amarillo, los niños suelen ir conjuntados.

En Alemania, sin embargo, las combinaciones de colores en los bebés, serían objeto de estudio para cualquier terapeuta del color, porque madremía qué horror!!
Esto no es sólo cosa de niños, conste, también pasa en adultos: o van de negro-gris soviético o llevan cada combinación que hace daño a la vista. Mi conclusión, después de unos años aquí, es que los alemanes no tienen “visión de conjunto”; o sea, que les gusta su pantalón rojo, su jersey naranja y su camiseta amarilla con rayas moradas (cuantas más rayas mejor, tienen obsesión con las rayas), y se lo ponen todo junto, da igual lo feo que quede y lo que desluzca la ropa esa que tanto les gusta cuando no la sabes combinar. Y con los bebés y los niños, pasa igual.

Ellos mismos prefieren que los niños vayan graciosos a que vayan monos. Pero es que su concepto de gracioso no es el concepto que tenemos aquí. Aquí un niño vestido a la alemana no va gracioso, va como un payaso.

Además, aquí es casi imposible encontrar ropa azul o rosa para bebés. Yo me la tengo que traer toda de España. Y mira que mi marido dice que qué aburrido el niño con esos colores nada más (cuando es bebé, cuando crecen les visto más normal, pero siempre siempre conjuntados, eso sí), pero cada vez que salgo con ellos TODO el mundo me dice que qué monos van, que dónde compro esa ropa!

Lo que también me suele pasar aquí es que, como les visten de payaso unisex, hasta que no alcanzan determinada edad (y ya a las niñas les ponen un vestido, antes no, claro, porque lo de los pendientes no se estila y lo de cortarles el pelo, sea niño o niña, tampoco, que mi cuñada no le cortó el pelo a su hija hasta que cumplió 2 años), se creen que mis hijos son niñas… Yo, de verdad que no lo entiendo: El mayor va vestido normal y se nota que es niño, vale, y el bebé va de azul, con las fundas del cochecito, el huevo…etc. azul clarito también, y aún sí, siempre me dicen que “qué mona la niña”! Anda que…

miércoles, 24 de marzo de 2010

Escudo antichampú

Vivir en un pueblo es bastante coñazo para muchas cosas, pero en lo que a compras se refiere es lo peor de lo peor.
No hace falta decir que en mi mierdapueblo no hay tiendas y que, con dos niños pequeños (uno de ellos bebé), en plena tormenta de nieve o a -20º darse una vuelta por la ciudad más cercana no es nada agradable. Además, debe ser que adaptan la ropa de las cadenas tipo H&M (que es lo único que hay en la minicuidad de al lado) porque madremía qué horror las cosas que venden ahí! Luego llego a Madrid o a Múnich y todo es mucho más bonito...

Bueno a lo que iba. El caso es que como es un rollo irse de tiendas, internet se ha convertido en mi principal agujero de bolsillo. He sustituido el mirar escaparates por navegar por la red y la verdad es que alguna ventaja tiene esto: encuentro cosas en las que igual ni me habría fijado en las tiendas. Una de ellas es el maravilloso y fantástico escudo antichampú (Shampoo shield) de Mothercare (no, no me pagan comisión).



Yo estoy feliz de la vida con el invento. Lo compré un poco escéptica (ya sabéis cómo a veces resultan esas cosas que prometen a simple vista pero luego bá) pero he salvado el pelo de mi hijo mayor. Cuando era pequeñito le daba exactamente igual que le cayese agua encima o se le metiese en los ojos, pero de repente, de la noche a la mañana lavarle el pelo era un suplicio: llantos, disgustos, ojos rojos (porque no entiende que aunque le caiga agua por la cara, si cierra los ojos basta para que no le piquen, así que cuando la nota, los abre enseguida y claro, pasa lo que pasa)...etc.

Y encontré el shampoo shield, y funcionó y ahora se deja lavar la cabeza encantado!

Es como una visera que se sujetan ellos mismos porque sólo va por delante, o sea, como un toldito para los ojos y, teniendo las manos ocupadas, se suele quedar quietecito. Cuesta (por internet desde Alemania) 9.99 libras más gastos de envío, que suelen ser como 10 libras más. Como los gastos de envío son un poco demasié (pero da igual que pidas una cosa que diez porque son los mismos) he aprovechado para pedir alguna que otra cosilla más. Pero vamos, que hubiese compensado igual.

Para las que tengan niñas también tienen una especie de jarrita para aclarar el pelo que también tiene buena pinta, pero no la he probado. Supongo que el escudo vale igual para el pelo largo y además es más "limpio" porque lo haces con la ducha, mientas que con la jarrita vas recogiendo (supongo) el agua de la bañera.

Bueno, ahí queda eso. Si vivís en España (donde sí que tienen tiendas de Mothercare) quizás, en caso de no venderlo ahí, se podría pedir.

martes, 23 de marzo de 2010

Celos


Una de mis mayores preocupaciones al nacer mi hijo pequeño fue la envidia que pudiese sentir el mayor. Claro, de rey absoluto durante 3 añitos, tener que pasar a compartir su trono con un extraño, no tenía que ser nada fácil.

Supongo que la envidia entre hermanos es algo natural, pero no quería agrandarla dándole más importancia de la que creo que debe de tener, así que he hecho todo lo contrario de lo que hicieron conmigo mis padres cuando nació mi hermana y de lo que hace muchas veces la gente para que el mayor no se sienta “de menos”.

Para empezar, el famoso regalo de consolación que le trae el hermanito al mayor cuando nace. Me negué a que fuese un regalo “disculpa por haber nacido” así que lo convertí en regalo mutuo de bienvenida: No sólo el pequeño le trajo un regalo al mayor, sino que al mayor me lo llevé un día de compras, le “di” dinero y le dejé elegir un regalo de su parte para el hermanito (por supuesto totalmente manipulado por mí que, si le dejo, le regala una espada de caballero y eso no es lo más adecuando para un recién nacido, así que elegimos un peluche, lo envolvimos en casa y se lo trajo al hospital encantado).

Después llegaron las famosas muestras de cariño “a evitar” delante del mayor. Mis padres me cuentan que ellos evitaban dar besos y achuchar a mi hermana cuando nació para que yo no tuviese envidia. Pues no señor, yo no me he cortado un pelo a la hora de mimar al bebé delante del mayor ni a la hora de mimar al mayor delante del bebé. Mi madre me decía “córtate un pelo” pero ha resultado ser lo mejor que he podido hacer: el mayor aprende a tratar al bebé según lo traten sus padres, así que si yo le ignoro, él le ignora y si yo le doy besos y le digo cosas cariñosas, él hace exactamente lo mismo. Exactamente. El mismo tono de voz, las mismas frases, los mismos besos…etc. Así que creo que esto ha merecido la pena.

Intento meterlos a los dos en el “mismo saco”. O sea, no le digo al mayor “no hagas mucho ruido que despiertas al bebé”, sino “no hagas mucho ruido que me molesta”. O, por ejemplo, cuando le hace reír haciendo el ganso, les digo “ya estáis haciendo de las vuestra, eh?” y cosas así. Le dejo tocar al bebé, jugar con él…etc. Con mucho cuidado, eso sí, pero algún que otro dedo en la boca y llanto posterior hemos tenido. Aquí lo que he hecho ha sido no regañar al mayor, sino decirle “así no le gusta, mira, mejor haces así. Has visto qué bien? Cómo se ríe?” También les hago partícipes de los logros del otro: Si el pequeño se da la vuelta lo celebramos los dos o si el mayor ha pintado algo bonito se lo enseño al pequeño en plan "mira qué bonito!" (aunque no se entere)

Una de las cosas que no puedo soportar (y que hace, en mi opinión, demasiada gente) es “despreciar” o “hacer de menos” al bebé delante del mayor para que no se sienta mal. O sea, si viene alguien y dice “qué mono es el bebé” automáticamente viene la coletilla “pero tú eres muuuuucho más guapo, vamos, donde va a parar, mil veces más guapo que tu hermano” (o listo, o bueno o lo que sea). Yo no sé si la gente no se da cuenta de que eso fomenta la competitividad entre hermanos y agranda la envidia ya existente. Una cosa es decir “qué guapos sois los dos!” y otra muy distinta es poner a uno por encima del otro porque el pequeño no entiende y le da igual. No me parece bien. Qué pasará cuando el pequeño sea más mayor y entienda?

Los regalos es otra cosa que me pone mala. Todavía no ha cumplido un año el bebé, pero ya hay gente aleccionadora que me está diciendo que cuando cumpla un año, también habrá que hacerle un regalo al mayor para que no se sienta discriminado. Pues no lo pienso hacer, lo siento en el alma. Igual que no le pienso regalar nada al pequeño en el cumpleaños del mayor. En mi opinión, hay que enseñarles desde pequeños a respetar y aceptar que, igual que su cumpleaños es SU día, el día del cumple del otro, es el día del otro y punto. Fomentaré la participación y la ilusión por eso mismo (o por lo menos lo intentaré), comprando los regalos conjuntamente, envolviéndolos, preparando el día del otro…etc.

Ya tuve bronca el otro día con mi marido, que se fue de viaje a Nueva York una semana y nos trajo detallitos a todos menos al bebé porque, total, no se entera. No se enterará el bebé, pero el mayor sí que se entera y no creo que sea bueno que esté viendo que se hacen diferencias desde el principio. Así que la próxima vez, aunque sea un mordedor o un chupete, me da igual, toca detallito para todos o para ninguno.

Aún así, el mayor tiene envidia del pequeño, claro. No hay cosa que más le moleste que tener que interrumpir la sesión de puzzle o coloreo con mamá porque el pequeño está llorando y tengo que atenderle. Pero he conseguido que no lo pague con el bebé, sino con nosotros. Me gustaría que no lo pagase con nadie, claro, pero es obvio que este tipo de cosas sientan mal a cualquiera y que no puedo pedirle a un niño de 3 años que "entienda" que un bebé me necesita ahora mismo y que lo suyo puede esperar un momento. En esto trato de ser comprensiva y nunca le digo "tú eres el mayor y lo entiendes, no?" porque creo que no lo entiende de verdad. Y, como no lo entiende, por supuesto que no uso con él la dichosa frase que usaron mis padres conmigo cada vez que tenía bronca con mi hermana pequeña: "Lo haces porque te da envidia?", porque creo que así se le está justificando (y enseñando a que se la justifique el mismo más adelante) la actitud y creo que existe una diferencia fundamental entre comprender y justificar.

Hijos bilingües

Uno de los temas más recurrentes entre madres expatriadas es el bilingüismo de los hijos. Sobre todo cuando la familia es mixta, o sea, uno de los padres español y el otro de la nacionalidad del país en el que se vive.

Yo siempre di por hecho que mis hijos hablarían español perfectamente y no me informé sobre el tema (ni me preparé para lo duro que es). Lo hice intuitivamente.
Con mi marido hablo en alemán, siempre. Intentamos hablar español una temporada un día sí un día no (él habla español peor que yo alemán) y al final resultó que el día que tocaba español no nos dirigíamos casi la palabra, reservando los temas importantes para el día alemán.

Lo que yo he hecho:

- Hablarle al niño siempre siempre siempre en español. Da igual quién esté delante (la gente sorprendentemente suele ser muy tolerante con este tema y les parece estupendo), el niño no oye una palabra mía dirigida a él en alemán jamás. Si la persona que está delante no habla español se le traduce después (o lo entiende por el contexto).

- No dejar que el niño me conteste en alemán, o sea, hacer como que no le entiendo cuando me habla en alemán. Esta es la parte más complicada o en la que yo he visto que otra gente ha “flaqueado” más. También es la más difícil, por cierto. Cuando el niño es pequeño y sólo balbucea palabritas, no distingue idiomas. Es decir que elige la palabra más fácil para él para decir, por ejemplo, “agua” y esa es la que usa indistintamente con sus padres. Si la palabra en cuestión era alemana y el niño es muy pequeño como para saber cómo se dice en español, no le ignoro completamente o le digo que no le entiendo. Lo que hago es “jugar” con él, por ejemplo, “qué quieres, agua? Ah! Es que a mamá se le dice agua y no Wasser. Lo puedes decir? Repite conmigo a-g-u-a, puedes?” mientras le pongo o le alcanzo el agua, claro. No es cuestión de que el niño odie el idioma, sino que lo vea como un juego, así que así es como hay que planteárselo. Es como tenderle una “trampa”: si va aprendiendo español y vas viendo que sabe decirlo y él también, llega un momento en el que no hay excusa para usar el alemán contigo y ya le puedes decir, directamente y sin escrúpulos “no te entiendo cuando me hablas así”. El niño no es tonto y sabe que su madre habla alemán porque es así como habla con su padre, pero ya se ha acostumbrado y no concibe hablar conmigo en alemán, así que, da igual quién esté delante, siempre siempre siempre se dirige a mí en español. Cuando aprende una palabra nueva en la guardería y no la sabe en español me pide que se la traduzca.

- Está tan acostumbrado que, cuando estamos sentados los 3 en la mesa por ejemplo, el niño cambia de idioma sin pensárselo: si se dirige a mí es en español y si es a su padre es en alemán. Para esto es importante que los 2 padres entiendan bien los dos idiomas, porque si no es casi imposible. Al niño no hay que sobrecargarle; si estamos teniendo una conversación amena, no le puedo hacer que me traduzca todo a mí, o sea, que si le cuenta o pregunta algo a su padre y tengo que contestar yo, no le hago repetirlo todo en español, me doy por entendida. Su padre, eso sí, lo hace igual. Es verdad que a veces está más vago y que tiene épocas en las que utiliza una palabra en alemán compuesta para evitar decir la frase correspondiente en español. Si sé que el niño sabe decirlo en español, le digo “qué?” y se da cuenta en seguida de que no cuela. Hay veces que una palabra en alemán no tiene traducción, así que la españoliza y yo se lo consiento.

- Me he dado cuenta de que los niños aprenden mucho de otros niños así que le viene muy bien pasar temporaditas aquí en España relacionándose con otros niños españoles. Por supuesto canciones, películas y demás, siempre se las pongo en español. Incluso si se emperra en una canción infantil alemana, la versionamos y punto.

- Lo que sí que hago es corregirle también el alemán. Una cosa es que yo no lo hable con él y otra muy distinta que le deje hablarlo mal con otros, así que si veo que está hablando con otro en alemán y dice algo mal, le corrijo (eso sí, la frase para corregir es en español).

Tengo que reconocer que el niño habla mejor alemán que español, que incluso tiene un ligero acento en español (en la entonación, no en la pronunciación), que a veces construye las frases a la alemana…etc. Me desespera, pero supongo que es normal. Lo que más me desespera es cuando la gente aquí me dice “tiene acento” y cosas así. No lo hacen con maldad, claro que no, por lo menos no todo el mundo, pero si supiesen lo duro que es ser la única fuente de español de tu hijo en el extranjero (todo el día corrigiendo, esforzándote por hablar perfecto, repitiendo y demás) se darían cuenta de que esos comentarios desesperan y frustran bastante. Me resultaría mucho más fácil dejarle hacer, que construya la frase a la alemana (con el verbo al final, el adjetivo antes del nombre…etc.) o darme por entendida con la palabrita compuesta de turno, pero sé que si bajo la guardia, el niño se acabará acostumbrando (porque para él es más cómodo hablar en alemán) y su español se resentirá (cosa que, estoy segura, me recriminaría cuando fuese más mayor).

Ahora tengo un nuevo reto: El lenguaje entre hermanos. Como su padre está todo el día trabajando y viaja mucho, me paso casi todo el día sola con los dos, así que el niño, de momento, ha aprendido a dirigirse a su hermano en español. Me imagino que cuando el pequeño empiece a ir a la guarde (todavía le quedan años) y a hablar alemán con regularidad, les será más fácil hablar en alemán o mezclar los idiomas entre ellos. Pero por lo menos me conformo con que les resulte natural dirigirse el uno al otro en español y que sea una opción para ellos, sobre todo si sólo estoy yo delante.

lunes, 22 de marzo de 2010

Somos novios...

Después de la crítica de ayer a los abuelos, voy a romper hoy una lancita por ellos.

Una de las (pocas) ventajas que tiene no vivir en la misma ciudad ni país que mis padres son las temporadas de otraveznovios que (muy) de vez en cuando disfruto con mi marido.

Reconozco que desde que ha nacido el segundo no hemos podido disfrutar de una de esas temporaditas (10 días como mucho), ni me he atrevido a sugerirlo. De momento.
La primera vez que dejé a mi hijo en casa de mis padres y me volví a marchar a mi casa en mantequillalandia (todavía vivíamos en Berlín, así que la oferta de ocio era considerable en comparación con el mierdapueblo en el que estamos ahora) estaba bastante nerviosa. El niño se quedó acompañado de una lista que parecía la constitución sobre todo lo que sí, lo que no, el cómo, cuándo, dónde y por qué. No hace falta decir que a mi madre le sentó como una patada en estómago la listita famosa, sobre todo las indicaciones tipo “cortar las uñas cada 3 o 4 días”, pero era la primera vez que me separaba de mi bebé de 7 meses y me sentía… no sé cómo me sentía.

No hace falta decir que esa primera vez no la disfruté nada. Llamaba más o menos cada 2 horas a casa de mis padres para todo: ha hecho caca? Ha hecho pis? Le habéis puesto crema? Ha llorado hoy? Y estuve toda la semana deseando ir a buscarle. Cuando vi que todo había ido sobre ruedas, que el niño estaba feliz y estupendamente cuidado, que me seguía queriendo y no me guardaba rencor, que mis padres lo habían disfrutado un montón y que yo podría haberlo disfrutado también, aprendí la lección para las siguientes veces.

No lo he hecho mucho. 3 o 4 veces más en los 3 años y medio que tiene el niño, pero lo que lo he disfrutado, oye. Más que irme de viaje con mi marido a un lugar exótico y romántico. Ha sido disfrutar de mi casa y mi marido casi como si las noches sin dormir, los horarios imposibles, las verduras, los dragones y los príncipes no existiesen. Digo casi porque mi nivel de histeria en comparación con la primera vez había descendido considerablemente, pero aún así seguía pensando constantemente en mi niño, llamando, no cada 2 horas, pero sí cada 4 para ver qué tal estaba, cómo iba todo, si preguntaba por mí y demás.

Al niño le ha venido estupendamente para reforzar el vínculo con sus abuelos lejanos, mejorar su español, disfrutar del buen tiempo y la buena comida. A mis padres les ha venido estupendamente para disfrutar de su nieto a tope y mimarle sin la sargento de su mamá delante y quejándose. Y a nosotros pues es obvio para qué nos ha venido bien, no? Para dormir, salir a cenar, dormir, ir al cine, dormir, dormir, dormir, dormir…

Abuelos a distancia

Soy consciente de lo duro que tiene que ser ser abuelo a distancia. Más que nada porque ser hija (con hijos, o sea, la madre de los nietos) a distancia también lo es.
Entiendo que los abuelos miman y entiendo, por supuesto, que los padres, hasta cierto punto, dejen que los abuelos mimen. El problema es cuando los mimos no se reducen a unas pocas horas por semana, sino que son constantes durante varios días (los que dura la visita).

Para estar viviendo fuera, la verdad es que vengo mucho. No trabajo y los niños no tienen cole, así que da igual que cada 2 meses nos vayamos 2 semanas (suele ser lo mínimo que me quedo) a España a ver a los abuelos (y al sol, claro, no vayan a pensar los niños que mamá es una mentirosa y esa bola reluciente en el cielo no existe).


El caso es que cuando venimos, siempre tenemos el mismo problema: el exceso de mimos y las consecuencias de estos (que me toca pagar a mí solita cuando volvemos a casa). Mis padres se sienten culpables por no poder comer con nosotros los domingos o quedarse a los niños una tarde (cosa que sí hacen mis suegros de vez en cuando y acentúa la culpabilidad y la envidia, sobre todo la envidia, de mis padres). Así que cuando estamos aquí intentan recuperar el tiempo perdido: Chucherías, regalos, dejarles hacer lo que quieran…etc. Si esto fuese cuestión de unas horas semanales, me callaría. Total, no pasa nada porque los niños sean los reyes absolutos una tarde entera y puedan hacer todo lo que en casa no les está permitido (entiéndase merendar helado y bollo y sugus, ver 3 películas seguidas o bañarse esa noche con el bañador nuevo, aunque sea invierno). Pero qué pasa cuando ese comportamiento es permitido 10 días seguidos? Pues que el niño se acostumbra (y su salud dental se resiente, claro) y la visita se acaba complicando.

No me gusta nada tener que discutir con mis padres cuando vengo, y mucho menos por los niños. Se supone que yo soy su madre y ellos sus abuelos, que yo estoy para educarles y que ellos se pueden permitir mimarles (que ya me han educado a mí) en cierta medida. Pero la medida se convierte en exceso cuando llevamos ya unos días y no creo que sea beneficioso ni para los niños, ni para sus padres, ni para la relación entre los abuelos y los niños. Cada vez que volvemos toca reeducarles y lo peor de todo es que, cuando hablo por teléfono con mis padres y les cuento el horror de viaje que he pasado (sola casi siempre porque mi marido tiene que trabajar y no puede venir siempre), las rabietas del mayor los siguientes días, la diarrea…etc. me dice mi padre: “Ya, es que les hemos mimado demasiado. En gran parte ha sido culpa nuestra.” Joer, y eso no lo podían haber pensado MIENTRAS estábamos allí? Antes, por ejemplo, de tener que pelearme con mi padre por decirle que si ya se ha tomado un helado, le toca una pieza de fruta y no un bollo? Que no es por fastidiar o que nos les va a querer menos por que les digan a algo que NO?

Y de verdad que entiendo cómo se sienten. Yo también me siento culpable porque no los disfruten más, de verdad que sí. Pero oye, mira que sería fácil lavarse las manos y dejarme ser a mí la mala que dice que no a algo en vez de quitarme la autoridad de mala manera delante de ellos! Porque el niño se acostumbra a que mamá no tiene razón o a que a mamá se le puede decir que NO a todo (y soy razonable, conste, no un ogro) y eso, al final, lo pagamos todos.

domingo, 21 de marzo de 2010

Orinar sentados

Aquí en Alemania los hombres orinan sentados.

La verdad es que nunca me llamó la atención o me sorprendió especialmente cuando me dijeron “es que aquí los hombres orinan sentados; ensucia menos”. Y como no lo encontré raro o repulsivo o poco masculino, pues es algo que nunca he comentado en España.

Hasta que mi hijo ha empezado a ir al baño…

La primera fue mi madre que, cuando vio que el niño se sentaba y que yo se lo “consentía” me dijo que si estaba de coña, que es un chico y, como tal, tiene que hacer pis de pie y que si no lo hacía así, en España iba a ser la comidilla. No le di mayor importancia al comentario y dejé al niño hacer pis tal y como está acostumbrado y le es más cómodo.

El caso es que ya controla mejor el asunto. Es decir, que ha aprendido a apuntar y, claro, teniendo en cuenta que su amigo del alma de la guardería es de padre turco, pues lleva unos días que no se quiere sentar para orinar y pone como excusa que Yusuf lo hace así.

A mí Yusuf me cae estupendamente, así como me caen estupendamente sus padres. No me parecen retrógrados, machistas o radicales. De hecho, la madre de Yusuf es de las pocas que me dirige la palabra amablemente y se queda a charlar un rato conmigo cuando coincidimos en la guardería (el resto me ignora completamente por ser extranjera). Supongo que la manera de orinar de Yusuf tiene que ver con la manera de orinar que tiene su padre y, en el sur de Europa, ya sea España, Italia o Turquía, los hombres orinan de pie.

Pero yo me he acostumbrado a estar rodeada de hombres que orinan sentados y realmente se ensucia mucho menos, lo cual se agradece porque no tengo ayuda en casa. Así que ahora yo soy la que quiero que mi hijo, en este sentido, sí que esté alemanizado y pueda orinar sentado sin complejos. Por supuesto que mi madre ha puesto el grito en el cielo y me ha llamado loca pero, oye, no es ella la que tiene que limpiar mi baño, no?

viernes, 19 de marzo de 2010

Al parque con lluvia

Aquí el mal tiempo es algo normal.

En invierno porque hace un frío que pela y hay nieve suficiente como para llevar al niño en trineo a la guardería, y en primavera y otoño porque llueve día sí día también. En verano se supone que sale el sol y hace calor. Depende del día porque en agosto te puedes tirar una semana a 30º achicharrándote y acto seguido otra a 10º con lluvias torrenciales.

Para los padres esto supone un gasto importante, porque en verano necesitas también ropa de abrigo y ya sabéis cómo crecen los niños, así que igual le compraste un jersey en junio pero en agosto ya no le vale y resulta que necesita ropa abrigada otra vez.

Aquí tienden a sacar a los niños a tomar el aire haga el tiempo que haga. Claro, si hace malo casi todo el año, no puedes estar haciendo excepciones todos los días y dejar al niño en casa esa tarde, porque al final resulta que no se desfoga nunca y un niño de 3 años en casa todas las tardes puede acabar volviéndote loca.
En invierno no hay tanto problema: les disfrazas de astronauta, con sus monos de nieve, bufanda, pasamontañas, guantes, botas (horrorosas y carísimas) de nieve…etc. le das un trineo o una pala y les tienes entretenidos con la nieve.

El problema es cuando llueve o ha llovido el día anterior, que está todo mojado y embarrado y los trajes de nieve no valen, primero porque se asan ahí dentro, y segundo porque calan, así que el niño se moja igual.

Para mí los Regenhose fueron todo un descubrimiento cuando llegué aquí. Son una gozada: se los pones encima de la ropa normal, con botas de agua y un chubasquero, y el niño se puede rebozar por el barro, tirarse 20 veces por el tobogán empapado, que no se moja. Al llegar a casa se los quitas en la puerta y tachán! El niño sigue limpio y seco.

No los he visto en España (lo cual no quiere decir que no existan) y al principio tampoco me los llevaba. Hasta que ha resultado que llevamos un par de inviernos horribles allí y el niño estaba que trinaba encerrado todo el día. Así que un día los metí en la maleta. En el parque donde llevo a mi hijo en Madrid fueron un éxito rotundo… Vamos, que llego a traerme unos cuantos y montar un chiringuito a 50 euros pantalón después de la demostración que les hizo el niño, y me hubiese forrado.
No cuestan tanto, conste, como unos 20 euros. Y, como tampoco hace falta que les estén perfectos, siempre puedes comprar una talla más y que le valga un par de años. Si los encontráis por España, los recomiendo totalmente, sobre todo para esta época del año.

jueves, 18 de marzo de 2010

Desmontando un mito: La mujer trabajadora en Alemania

Corre una leyenda por España que cuenta que en países del norte (Alemania por lo que me toca) tener hijos es mucho más fácil: Que las bajas maternales son espectaculares, que los padres también se las cogen sin penalización, que las guarderías y colegios son gratuitos, que el Estado te da ayudas patatínpatatán.

Pues lo siento pero es eso, una leyenda. Y para muestra un botón:

http://www.zeit.de/2010/05/C-Muetter-Mobbing?page=all

Die Zeit, para el que no lo sepa, es uno de los periódicos semanales más prestigiosos de por aquí. El artículo que publica viene a confirmar la realidad que muchas mujeres viven aquí y yo lo cuento para que por las Españas no tomen como ejemplo a los alemanes, que no son tan tan buenos como los pintan.

El autor se centra en 3 mujeres, profesionales reconocidas (hasta que el test les dio una alegría por lo menos) y madres.

Las 3 (y muchas más que no aparecen en el artículo), en el momento en el que informaron a sus jefes de que estaban embarazadas, fueron puestas en stand by profesional, con la esperanza de que se apagaran por sí solas. Se acabaron los proyectos, los clientes, los pedidos. Empezó el aburrimiento: leer, navegar por internet, tomar café. Hasta el parto.

En Alemania, el Elternzeit (baja parental, porque se la pueden coger los dos) es de 3 años. Es decir que la empresa tiene la obligación, no de guardarte el puesto (este lo pierdes si no vuelves al trabajo antes de las 16 semanas, como en España), sino de adjudicarte uno de similar responsabilidad y sueldo cuando decidas volver (lo que, según se desprende del artículo y me han contado a mí madres extrabajadoras aquí, significa lo contrario de un ascenso, o sea, un descenso enmascarado con, por ejemplo, un cambio de departamento).

Personalmente considero que 16 semanas son pocas para la familia y pocas y muchas para la empresa. Para la empresa son pocas porque 16 semanas con un sustituto de ETT no dan para nada: en cuanto se ha acostumbrado y empieza a rendir en condiciones, vuelve la dueña del puesto. Y para la empresa son muchas porque cubrir esas 16 semanas con el trabajo de los demás compañeros suele ser complicado. Pero es lo que hay. Para la familia es obvio por qué son pocas, que si la OMS dice que la lactancia materna es recomendable hasta los 6 meses, si tienes que volver a los 4 ya me dirás tú cómo lo haces (que encima te van a descontar las horas que pasas en el baño con el sacaleches, como si lo viese, o te van a poner la misma cara que al que sale a fumarse un cigarrito).

El Elterngeld (o el dinero que te dan durante tu baja) lo recibes durante un año nada más (aunque la baja, en teoría, sean 3) y se corresponde con el 67% del neto que has estado ingresando durante los últimos 12 meses. Además de esto, existe el llamado Kindergeld, que son 165 euros al mes durante 25 años (creo, lo van cambiando todos los años).

Así contado parece estupendo. Un añito de baja es ideal (con pelas) y luego te puedes quedar hasta 2 más si quieres (a dos velas, eso sí). Pero la realidad es bien distinta: Si resulta que quieres volver al trabajo después de un año, te las ves y te las deseas para encontrar una guardería. Sólo hay plazas para el 17% de los niños menores de 3 años. Tienes la posibilidad de contratar una Tagesmutter (literal: madre de día), claro, pero te cuesta un ojo de la cara (8 euros/hora, en caso de encontrar una baratita) y además sólo puede cuidar al niño (o sea, nada de limpiar, cocinar y demás labores hogareñas. Aquí además, lo de la ayuda doméstica tampoco se estila, está mal visto y es más cara todavía que la Tagesmutter).

Cuando el niño tiene 3 años, por fin, y si tú ya has asumido que tu vida laboral será un stand by hasta que te apagues pero lo quieres intentar de todos modos porque tú lo vales y lo sabes, tienes, por ley, derecho a una plaza de guardería (aquí la guardería es hasta los 6 y después el cole). De 8 a 12 y sin comida. Y no, no es gratuita. Yo estoy pagando ahora mismo 70 euros al mes (pagaría 94 si no tuviese al pequeño en casa) por 4 horas y sin comida. Bueno, siempre puedes pedir jornada reducida hasta que empiece el cole, no? Pues no, ya la puedes ir pidiendo hasta que el niño tenga barba porque el colegio aquí también es de 8 a 12.

Además, el derecho a jornada reducida (y la supuesta obligación de la empresa a adjudicarte un puesto nuevo) es un arma de doble filo. A pesar de que hay estudios sociológicos que afirman (está todo en el artículo) que trabajar a media jornada es más beneficioso para la empresa (ya que se rinde lo mismo, vaya), aquí sigue imperando la cultura del culo pegado a la silla. O sea, que no está bien visto. Y como la empresa no te tiene que devolver TU puesto, sino ofrecerte uno nuevo, te pueden decir que tienen una vacante de 12 a 4. Anda qué casualidad! Justo cuando el niño no tiene guardería/colegio! Pues eso… te toca apagar. O hacer malabarismos, como en España.

¿Bañarle cada 2 semanas?

Una de las cosas que más me impresionó de Alemania cuando tuve a mi hijo es que aquí no les bañan.

Al principio pensé que serían cosas de mi cuñada, que es un poquito especial, pero luego me di cuenta que no, que la especial soy yo por bañarles todos los días.
He oído muchas veces aquello de que el agua no es buena y que no hay que bañarles en exceso. Vale. Me lo creo. El mayor, de hecho, no se baña todos los días, pero sí se ducha todos los días. O sea que, después de todo el día por ahí, en el parque, arenero, que si pis, que si caca, antes de cenar, le doy un baño o una ducha en condiciones y le limpio todo el cuerpo. El pequeño es un bebé y no puede ponerse de pie, así que le cae baño todos los días y le encanta. Y a mí me encanta el ritual baño: lavarles, ponerles cremita, colonia, peinarles…etc. Es lo que marca el final del día para ellos. Y les relaja un montón (lo cual les viene muy bien porque tener a un niño de 3 años encerrado toda la tarde porque hay tormenta de nieve o hace -20º es tremendo).

Aquí en Alemania, el baño no se estila. Ni la ducha. Y no es raro encontrarse con una Hebamme que te diga que si le bañas, se le caerá la piel.

Así que aquí, lo que sí que se estila son las llamadas Waschlappen: una especie de manopla de toalla, que mojan y restriegan por determinadas zonas del cuerpo para limpiarlas (culete, manos, cara, pies). A mí personalmente me parecen una guarrada y una putada. Una guarrada porque las cambian cada 2 semanas, así que tal cuál la usan, la cuelgan en el baño y la dejan secarse hasta el día siguiente, aunque la peste de la Waschlappe sea cada día peor (porque dentro se queda húmeda y cerrada). Una putada para el niño porque desnudarle y pasarle una especie de papel de lija frío por su cuerpo seguro que no es santo de su devoción. Digo yo que si no quieren bañarle, en ducharle tardan lo mismo, el niño sale más limpio y además le cae agua calentita encima y no se enfría.
Mi cuñada, como ya he dicho, no baña a su hija. Si acaso cada 2 semanas y una vez al mes porque hay que lavarle el pelo. La niña huele que tira para atrás y, cada vez que hay que lavarle el pelo, el pollo que monta es de impresión. Claro, como que para ella el agua es un elemento extraño. Eso sí, mi cuñada sí que se ducha todos los días.

¿Niños perfectos?

Hace un tiempo leí un artículo en el Magazin de Die Zeit. No recuerdo bien el título, era algo así como “Mein Kind schafft das,…” y no sé qué más (traducido sería algo así como “mi hijo consigue hacer esto, cueste lo que cueste).

El caso es que el artículo trataba sobre la manera que se tiene de afrontar la maternidad actualmente (aquí en Alemania) a diferencia de antes. Para mi sorpresa, resultó ser un artículo bastante crítico, pero creo que el autor tenía mucha razón en algunos puntos.

Hablaba de la desnaturalización de la maternidad/paternidad, de su mitificación: Ahora los niños no son algo que se den por hecho, como antes, sino que son deseados. La gente tiene 1 o 2 hijos porque quiere, no porque es lo “normal”. Esta nueva forma de ver la paternidad en sí no tiene nada de malo, en teoría tendría que ser todo lo contrario: se les presta más atención, hay más estudios, más literatura, la gente asume sus responsabilidades como padre de manera más consecuente...etc.

Pero esto también tiene su lado negativo: Las expectativas desmesuradas. Al tener 1 o 2 hijos deseados, se corre el riesgo – contaba el artículo – de atosigarles, de esperar demasiado de ellos, de intentar perfeccionarlos constantemente. Clases de baile, música, deportes, particulares de cualquier asignatura en la que no vayan demasiado bien…etc. Logopeda enseguida si el niño cecea, terapia psicológica si es un niño difícil…etc. El autor no ponía en duda en absoluto que todo esto se hacía con la mejor de las intenciones, claro que sí, pero decía que el mensaje que entendían los niños no era el que se pretendía transmitir: No entienden “lo hago porque te quiero y quiero que tengas todo a tu alcance”, sino “no eres perfecto, te vamos a arreglar”. Y eso, como no podía ser de otra manera, genera estrés y frustración en los pequeños.

Entre tantas clases y actividades buscadas por y para los niños, y a pesar de ello, los padres alemanes pasan una media de 20 min. a la semana (¡!!!) de tiempo de calidad con sus hijos… Una broma, vamos. Por lo visto es más beneficioso para su desarrollo que ayuden a cocinar a mamá o hacer un puzle con ella o que les cuenten un cuento mientras planchas (o sea, un poco como se hacía antes, cuando tener hijos era lo "normal"), que mil clases de baile y música y deportes. Por lo visto los niños a los que se les dan bien las matemáticas saben trepar a los árboles y subirse a las vallas, pero muchos padres, en vez de ver la relación y apreciarla, les cortaban esto último y contrataban un profesor particular 2 veces por semana.
Me gustó mucho el artículo porque mi hijo mayor, con 3 años y bilingüe, cecea con algunas palabras y su padre me había propuesto hace poco llevarle al logopeda. Os podéis imaginar a dónde le mandé, no? Y porque además, a mí me gusta tenerlo en casa conmigo haciendo nada en especial (un bizcocho, un puzle, contar una historia mientras plancho) y no ocuparle todas las tardes con mil actividades, por muy estimulantes que sean (alguna sí, claro, pero no todas las tardes).

No sé cómo será esto en España, pero aquí, las consecuencias de esto que cuento son niños frustrados y estresados de verdad. Y sus padres completamente desesperados porque no entienden de dónde viene esa rabia o esa infelicidad si les están dando todo lo que pueden y además la música les gusta, no? El resultado de esto es preocupante, porque la etiqueta “niño hiperactivo” se está poniendo muy a la ligera (con su consiguiente visita al médico y prescripción de medicamentos) y esto me parece peligroso. No dudo que haya niños hiperactivos que necesiten tratamiento, claro que sí, pero no creo que cada niño con carácter o difícil lo necesite… Esto además, provoca que se vuelvan a sentir imperfectos y arreglables y este círculo vicioso no hace más que agrandarse.

Comer con los niños

Una de las cosas que más me gustan de Alemania es la hora de la comida.

Normalmente se come entre las 12:00 y las 12:30. Hay que tener en cuenta que se entra al trabajo mucho antes que en España (mi marido empieza a las 7:30, por ejemplo, pero a las 17:15 termina), así que también hay que levantarse y desayunar mucho antes.

El caso es que, si todo el mundo come a las 12:00 y esa suele ser la hora a la que comen los niños, significa que se come con los niños. Si son muy pequeños comen antes, claro, pero en cuanto aprenden a coger la cuchara, aunque no dominen el asunto todavía, se les sienta a la mesa con los demás.

A mí personalmente me encanta comer con mi hijo (el pequeño todavía es muy bebé, así que no come con nosotros): preguntarle qué tal en la guardería, enseñarle a comer en directo y con ejemplos, tener que comerme los guisantes aunque no me gusten para que se los coma él también…etc. Pero sobre todo eso, que la comida no sea pura y llanamente alimentarse, sino también un acto social familiar (y además los fines de semana nos podemos echar la siesta tranquilamente todos).

Recuerdo que en España, cuando era pequeña, comí sola con mi hermana muchos años a nuestra hora. Y mis padres a la suya. No tengo ningún trauma por ello ni nada por el estilo, no creo que eso esté mal; es, simplemente, que los adultos comen a las 14:30 y los niños a las 13:00. Y la cena igual. El tema guardería/colegio también influye, claro. Aquí es que terminan a las 12:00, da igual la edad que tengan (una de las razones por las cuales es difícil tener hijos y un trabajo normal por estos lares, por cierto, y da igual la edad que tengan tus hijos) y a esa hora les mandan para casa sin comer.

Comer con niños tiene sus inconvenientes, por supuesto: No se puede mantener una conversación adulta con tu pareja porque se aburren y se ponen a jugar con la comida, si el niño está más revoltoso es probable que tú no pruebes mucho bocado porque tendrás que ocuparte de darle de comer tú…etc.

Es por eso que las cenas sí que las separo. Mi marido y yo cenamos cuando están en la cama ya. Y es nuestro momento. Cenamos lo que queremos (que no tiene por qué ser lo más sano), cuando queremos y podemos hablar de lo que queramos todo lo que queramos sin interrupciones. Esto también pasa en casa de mis padres cuando vamos de visita: las cenas son para los adultos. Pero las comidas también… Y me da penita sentar al niño a comer solo (conmigo, claro, pero yo no como) en la cocina a su hora (mis padres salen a las 15:00 para comer, así que sería casi imposible esperarles). Come más y mejor, lo reconozco, porque mi atención se centra exclusivamente es SU comida, pero ese momento pierde para mí el aura familiar que tiene cuando estamos en casa.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Pucken!


Mi primer hijo nació en Madrid y pesó 4 kilos. Le di el pecho 4 meses, al final de los cuales pesaba ya más de 9, así que imaginaos el tamaño.

El caso es que pasé casi dos semanas después del parto en casa de mis padres (mimos a mansalva) y después resultó que tuvimos que soportar (el pobre niño y los pobres padres) los malditos cólicos del lactante. A los 3 meses se le pasaron los cólicos, pero ya se había acostumbrado a dormirse en brazos. Siempre. Fue terrible porque cada vez tardaba más en dormirse, así que había que cargarle más tiempo cada vez. Y 9 kilos se notan… Cuando cumplió 8 meses, por recomendación del pediatra, le enseñamos a la Estivill a dormirse solo. El niño no tiene ningún trauma, conste, pero dejarle llorar unos días hasta que se acostumbró no me hizo mucha gracia.

El caso es que el segundo iba tomando los mismos derroteros que el primero (aunque sin cólicos, lo que ya de por sí fue un gran alivio) y me negué desde el principio. No estoy a favor de soltarles en la cuna y largarme, ojo. Yo me quedo siempre un ratito, les cuento un cuento, una canción, hablamos un rato, pero luego me voy y se duermen solos. Aunque claro, cómo consigues que un bebé aprenda a dormirse solo en su cunita?

Después de unos días desesperada, se me ocurrió imitar lo que hacían las enfermeras en el nido del hospital cuando ponían a dormir a los bebés. Las enfermeras amorosas, eso sí, que había alguna que parecía la prima de Gargamel. En alemán se llama “Pucken”. En español no lo he encontrado.

Pucken consiste básicamente en inmovilizar los brazos de tu bebé a lo largo de su cuerpo, para que así no se despierte constantemente por haberse golpeado con sus manos o asustado con ellas (que al principio no saben que sus manos son suyas). Dicen que es bueno, ya que duermen mejor y más profundamente (y descansan) y que además evita que se den la vuelta y se pongan panzaabajo.

Al principio no estaba muy convencida, tengo que reconocerlo, así que le envolví los bracitos (dejando las piernas libres, por supuesto) con la típica gasa multiusos (la doblas formando un triángulo, le acuestas encima y con los picos le sujetas los brazos pasándolos por encima y sujetándolos con el peso de su cuerpo). El primer día tardó un poco en dormirse. Me quedé con él todo el tiempo, acariciándole la tripita y cantándole hasta que se quedó como un tronco. Así, según fueron pasando los días, necesitaba menos para dormir, hasta que llegó un momento que él mismo bajaba los bracitos al acostarle y podía salir del cuarto cuando todavía no estaba dormido (pero sí tranquilo y dispuesto a ello).

Me empecé a informar por internet, ya que la gasa se le iba quedando pequeña y encontré los llamados Pucktücher o Pucksäcker . Son como los típicos saquitos de dormir que se les pone, pero tienen incorporados como “alitas” que se cierran con velcro.

Lo he estado usando hasta hace relativamente poco (aunque he leído que hay gente que lo ha estado usando hasta el año). Yo no se lo he apretado mucho (dicen que tiene que estar suficientemente suelto como para que puedan juntar las manitas a la altura del pecho), así que según ha ido creciendo, se iba liberando él solito por las mañanas. Hasta que un día que le acosté se liberó desde el principio y se lo quité definitivamente. A mí me ha funcionado muy bien, aunque en España me han criticado por esto (aunque luego estuviesen sorprendidos de lo bien que funcionaba). Mis padres lo llamaban en plan de coña “la camisa de fuerza” o el “bebé-crisálida”. El niño ha dormido de un tirón toda la noche desde que tenía 2 meses (12 horas sin interrupción). Me imagino que no todo fue por el envoltorio (el niño es dormilón ya de por sí), pero ayudó mucho, de eso estoy segura. Ahora el niño se duerme solito y encantado, después de la sesión de mimos y besos obligada (y encantada) al acostarle.

De Pucktuch hay muchos modelos, de diferentes tamaños, materiales y demás. Yo me compré uno finito de algodón orgánico que me costó unos 25 euros. Los hay más gorditos, pero personalmente no me gusta abrigar demasiado a los bebés a la hora de dormir y, además, este que tengo yo, se puede usar en verano sin pijama, sólo con el body.

Hebamme ¿sí o no?

Aquí en Alemania tienes derecho a que te visite una Hebamme (comadrona) gratuitamente en tu propia casa después del parto. Normalmente suelen ser unas 10 visitas pero si necesitas más, no hay problema.

La idea en sí es muy buena: Viene una profesional a mirarte los puntos, revisar el cordón del bebé, ayudarte con la lactancia, aconsejarte sobre los cólicos y demás.

Con mi primer hijo no la tuve porque di a luz en Madrid y perdí ese derecho y con el segundo, en vista de las Hebamme que conocí durante mi primer embarazo, preferí ahorrarme el disgusto. Disgusto por qué? Pues porque, en su gran mayoría, las Hebamme se las traen y si además eres española, el schock puede ser brutal.

A mí me parece estupendo que una se decante por la crianza natural, como también me parece estupendo que una se decante por lo contrario o, como ha sido mi caso, combine los dos tipos de crianza según el ritmo de vida, las necesidades externas al bebé (otros hijos, lugar de residencia, vida profesional, posibilidades económicas, estado de ánimo de la madre, enfermedades…etc.) y demás factores que también han de tenerse en cuenta en la maternidad. Porque, lo siento mucho, pero creo que no se puede vivir en una burbuja maternal constante e ignorar el resto del mundo. Afecta aunque intentes negarlo y más vale que asumas que tu maternidad no va a ser como en los libros (con mensajes muchas veces contradictorios) si no quieres volverte loca.
El problema de las Hebamme es que hay que mantenerlas a raya. No puedes dejar que se hagan la reina de tu casa ni la madre de tu hijo, porque es lo que tienden a hacer.

En vez de asumir que hay mujeres que prefieren hacerlo de otra manera (entiéndase dar a luz en un hospital, bañar al niño o, simplemente, vestirle de azul clarito) y que ellas no están ahí para adoctrinar, sino para ayudar a que una mujer recién estrenada como madre lo haga lo mejor que pueda en el marco de sus decisiones (faltaría más, que es la madre), se dedican a poner malas caras y a soltar cada perlita que, si una no está preparada o no se mantiene firme (cosa que suele ser difícil tal y como te encuentras nada más dar a luz y con un bebé chillón 24 horas al día), puede hacer mella y provocar todo lo contrario que se pretendía (por ejemplo: pavor a la lactancia materna y su consiguiente abandono). Yo he oído auténticas historias de terror acerca de Hebamme. Más que de terror, debería decir de terrorismo, porque algunas han conseguido que una madre, recién estrenada, poco informada y dispuesta a aprender, acabe odiando todo lo que a crianza natural se refiere por culpa de estas pequeñas dictadoras.

Además es que es de cajón: Si pretendes ayudar a que una mujer que está desesperada/cansada/agobiada consiga dar el pecho a su hijo, lo que tienes que hacer es tranquilizarla y hacer que se sienta segura y decidida. Lo que seguro que no tienes que hacer es que se sienta culpable por dudar, estar cansada o agobiada. Porque entonces lo más probable es que te mande a ti y a tus consejos (u órdenes) a tomar vientos y salga a comprar biberones, sintiéndose, al fin, liberada.

Sólo he oído una (sólo una) buena experiencia referente a las Hebamme alemanas. Fue por pura casualidad. Por eso recomiendo que, si se quiere una, se dedique un poco de tiempo antes del parto a buscarla, conocerla y poner las cartas sobre la mesa: Qué quieres y qué no quieres. Y sobre lo que no quieres no admites ni una sola ironía, mala cara o regañina, que para eso ya tienes a tu madre.

Si se consigue encontrar a una con la que haya sintonía la ayuda puede ser muy beneficiosa. Yo tengo que admitir que después de mi segundo parto hubo un par de días que sí que me hubiese gustado poder llamar a alguien que supiese del tema para venir a echar un vistazo y tranquilizarme, en vez de tener que correr al hospital por algo que al final no era nada (se me han saltado los puntos? Se ha infectado el cordón?...etc.), porque aunque fuese el segundo y tuviese experiencia, cada niño y cada parto es diferente y no siempre te vale lo que aprendiste del anterior.

Embarazo en Alemania

Hace poco conocí a través de la red a otra española casada con autóctono (abundamos, por cierto) y más o menos recién instalada en el país. Ya tienen 2 hijas juntos y están pensando en ir a por un tercer bebé. Como sería su primer embarazo en Alemania, me preguntó qué tipos de pruebas y controles se realizan por aquí. Cuando se lo dije, se quedó anonadada… Resulta que aquí no te hacen casi nada y casi nada es casi nada. Si quieres más, tienes de desembolsar.

Para todas aquellas que se pregunten qué es eso que no hacen y que si quieres tienes que pagar, voy a hacer una lista de lo que hacen, lo que no y cuánto cuesta (por lo menos en mi gine) cada prueba “extra”:

- Sólo tienes derecho a 3 ecografías durante el embarazo. Una al principio, otra a las 20 semanas y otra al final. Si quieres más, cuesta cada ecografía 25 euros y si quieres una en todas las revisiones puedes comprar un “pack” que te cuesta 125 euros.

- No te hacen la prueba de la toxoplasmosis. Lo único que está incluido es la prueba de la rubeola (Röteln), sífilis (Lues), la Hepatitis B y el VIH. Si quieres hacerte análisis de toxoplasmosis, Cytomegalie (algo parecido al VPH), listeriosis y eritema infeccioso, cuesta cada prueba entre 35 y 40 euros.

- La prueba del pliegue nucal (Messung der Nackenfalte) no está incluida tampoco y cuesta 150 euros.

- El triple screening (Triple-Test) cuesta 70 euros.

- La Dopplersonografie (que es como una ecografía a color para ver si la cantidad de sangre que le llega al feto a través del cordón es suficiente) cuesta 25 euros cada una.

- El test para la diabetes gestacional cuesta 30 euros (más lo que te cuesta el zumito repugnante que te tienes que comprar tú en la farmacia).

- La prueba para ver si tienes hongos (Streptokokken A y B) cuesta 20 euros.

Esto es lo que hay aquí. Según en qué Bundesland estéis os costará más o menos cada prueba (en Berlín, donde pasé el primer embarazo no costaba todo lo mismo). También depende de vuestro ginecólogo que estéis bien informadas: En Berlín, por ejemplo, no me dijeron ni mu sobre ninguna prueba. Fue mi gine en España (al que iba cada vez que iba de visita y que me trató el final del embarazo, pues di a luz allí) el que me dijo qué pruebas tenía que hacerme. Cuando las exigí me miraron como si fuese una histérica hipocondríaca pero como pagué me las hicieron, qué remedio. Aquí en cambio ha sido el propio ginecólogo el que me ha aconsejado muchas de ellas. Él mismo no entiende cómo pruebas tan básicas (como por ejemplo la de los hongos, la toxoplasmosis o la del azúcar) no son estándar, pero no es su culpa. Es un encanto de hombre y alguna que otra eco me la ha “regalado” (a.k.a. justificado ante la maldita Krankekasse porque sí).

Aviso de esto sobre todo para las que estén en ciudades donde el estilo BIO está demasiado anclado y donde no os van a informar sobre este tipo de pruebas. Hablo sobre todo de Berlín, donde mi experiencia con los médicos ha sido de película de terror (aunque me imagino que habrá de todo, claro). Para que os hagáis una idea: Me quisieron tratar una displasia avanzada con tampones homeópaticos!! Fue llegar a Madrid y el ginecólogo de aquí meterme en quirófano para hacerme una conización, así que imaginaos qué hubiese podido pasar si no llego a pedir una segunda opinión…

martes, 16 de marzo de 2010

Ha ganado Ostern...

Supongo que es parte del proceso, pero cuando lo pienso en frío me da pena.

Este año no pasamos la Semana Santa en Madrid. Pasamos Ostern en mierdapueblo.

Ha sido decisión mía (mi marido no hubiese podido viajar a España de todas formas porque tiene que trabajar). Ir a Madrid me apetece mucho, claro que sí (de hecho voy la semana anterior), lo que no me apetece nada es: el viaje (con 2 enanos cada vez menos), los compromisos (TODO el mundo tiene que vernos YA, ahora mismo y todos los días y la gente cambia las citas como a ellos les viene en gana, dando por supuesto que, total, tú estás de vacaciones y tienes todo el tiempo del mundo. Pues no señor, no lo tengo, también quiero disfrutar y relajarme, que para eso he venido, no para andar corriendo de un lado para otro), mucha gente no estará (así que no habrá muchos niños en el parque y el mío se aburrirá como una ostra, para variar).

Además, me apetece mucho celebrar Ostern. Supongo que es lo que tiene estar casada con un autóctono y llevar aquí algún tiempo, que acabas cogiéndole más gusto a determinadas celebraciones de aquí que a las de allí. Semana Santa en Madrid para mí no es nada especial. Ni vamos a misa, ni a procesiones, ni hacemos nada fuera de lo que incluye una visita a mis padres normal y corriente. Aquí en cambio, el domingo de Pascua es el día de los niños: Se esconden huevos y chocolatinas varias por el jardín y, por supuesto, regalos!! Este año al mayor le cae, como es tradición aquí, una bicicleta. Y estoy deseando ver su cara cuando se la encuentre detrás del arbusto (no sospecha NADA) y, además, poder pasar un día especial en familia “de verdad” (o sea, sólo nosotros en nuestra casa).

Esto me ha hecho pensar seriamente en el resto de celebraciones familiares: Navidad, Año Nuevo, Reyes…etc. Si vives cerca de tus padres y tus suegros, toca comida o cena, claro, pero el momento regalos-debajo-del-árbol-por-la-mañana es tuyo. Sólo para ti.

Viviendo fuera, en cambio, se da por hecho que irás a pasar esas fechas con tu familia. Me resultaría raro no hacerlo, claro, y triste también. Pero estas Navidades, por ejemplo, me ha dado una pena horrible no poner árbol aquí en casa (total, nos fuimos a Madrid el 22 de diciembre y volvimos el 9 de enero), no despertarme con mis niños y mi marido y pasarnos toda la mañana en pijama abriendo regalos y desayunando tranquilamente, que los regalos no fuesen sólo míos y pensados por mí (que ya sabéis que las abuelas a veces se pasan o pasan de ti olímpicamente) para ellos, llegar a MI casa después de una comida familiar y quedarme a gustito con mi marido en el sofá (sin mi padre al lado viendo la tele)…etc. Esas cosas que se hacen en y que hacen la Navidad, vamos.

El problema, además, es que mi expatriamiento no es temporal. No tiene ninguna pinta de que vayamos a vivir en España algún día. Así que alguna solución tendremos que encontrar, digo yo, porque así no se puede estar infinitamente. Yo tengo esperanzas de que mi madre, en algún momento, deje de odiar Alemania (no por nada, que llego a vivir en China y odiaría China) y de tomarse como algo personal contra ella que quiera pasar tiempo con mi familia en mi casa que, por suerte o por desgracia, está en Alemania. Lo que me preocupa es que en algún momento tendré que elegir, inclinar la balanza, y eso me hará perder mucho contacto con España, cosa que no quiero. Pero no se puede tener todo ¿o sí?

Parto en Alemania

Salía de cuentas el 27 de agosto, pero aquello no tenía pinta de querer salir pronto. Ya había retrasado la reserva del hotel para mis padres y asumido que tendría un parto inducido (no había servido de nada que me tirase la semana entera limpiando cristales como una loca).
El 28 por la mañana me levanté descansada (era la primera vez que dormía realmente bien desde hacía meses) y me fui con mi hijo mayor a la compra. Me encontré a todos mis conocidos aquí y todos me dijeron que no tenía “cara de parto” (todavía me pregunto cómo es una cara de parto) para nada.
Cuando volví a casa, me empecé a encontrar un poco mal: dolorcillo, agotamiento, estómago revuelto, así que llamé a mi marido al trabajo y le dije que se viniese a echarme una mano, que no estaba muy católica. No sospeché nada de nada. El dolorcillo se había convertido en pinchacillos regulares (cada 5 min.) pero nada preocupante, no era un dolor que te obligase a concentrarte en él, sólo una pequeña molestia. No comí nada porque tenía el estómago regular pero, mientras comían ellos, mi marido tuvo una idea estupenda: Si íbamos al hospital ese día, no tendría que ir al día siguiente (que tenía cita a las 8 de la mañana para revisión), con lo cual podríamos dejar al niño en casa de mi suegra a pasar la noche y salir a cenar. Vale.
Cuando terminaron de comer, dejamos al niño en casa de mi suegra y nos fuimos para allá… Cuando llegué y para justificar mi aparición, le dije a la comadrona que tenía contracciones (los pinchacillos). Su cara de “otra histérica” fue un poema, pero me hizo pasar y me enchufó a las ventosas. Cuando vi la intensidad de las curvas en el gráfico, me di cuenta de que los pinchacillos eran, efectivamente, contracciones (llegaban hasta 100 y no bajaban de 50), aunque no dolían. Cuando se lo dije a mi marido puso la misma cara que la comadrona y siguió proponiendo restaurantes para esa noche.
A los 10 min. aproximadamente rompí aguas, así que se tuvo que callar y salir a buscar a la comadrona, que dejó de mirarme como a una histérica un rato. Lo que tardé en decirle que se diese prisa que en mi familia somos muy rápidas. Me exploró, me dijo que ni siquiera el cuello estaba borrado del todo y que me tranquilizase, que todavía me quedaba un buen rato.
Me ingresaron y me metieron en la sala de dilatación y paritorio (aquí se hace todo en la misma), donde volvieron a ponerme las ventosas. Las contracciones habían empezado a doler mucho, así que le dije a la comadrona que quería la epidural YA! Yo me había mentalizado que en Alemania la epidural no te la ponen a no ser que te hagan cesárea, así que no me había hecho pruebas de ningún tipo. En ese momento mi valor se fue al garete y la pedí a gritos, así que me dijeron que “vale, no hay problema, pero te tenemos que hacer análisis de sangre y tardarán una hora” (primer mito caído: en Alemania no te ponen la epidural). El caso es que mientras me sacaba sangre una enfermera, la comadrona me exploró otra vez, para ver cómo iba la cosa y de cuánto tiempo disponíamos. 7 cm.!!! En 20 min.!!! Así que me dijo que de epidural nada de nada, que no había tiempo. Pensé que nos pasarían al paritorio en ese momento (no sabía que aquí es la misma sala para todo), pero no, ahí nos quedamos, mi marido con los zapatos de la calle, sin mascarilla ni guantes ni nada de nada. También pensé que vendría un médico en algún momento, pero tampoco. Si lo hubiese pedido seguro que habrían llamado a uno, pero en ese momento ni se me ocurrió. 5 contracciones más y salió el bebé! A la 3ª o así yo había dejado de entender alemán… Las palabras y frases más básicas como “respira”, “inclínate hacia delante” y demás no tenían sentido para mí. Las oía, distinguía, sabía que las sabía, pero no las entendía… Un horror.
El dolor desapareció nada más salir el bebé… Fue impresionante verlo: no estaba en la típica silla de ginecólogo con sujeciones para las piernas, sino en una camilla normal y corriente sobre la cual me podía poner en la posición que quisiese, así que lo vi todo. Alucinante. Mi marido colaboró un montón, cortó el cordón umbilical y esas cosas.
Nada más salir el bebé, me lo pusieron encima mientras sacaban la placenta y me cosían (la comadrona y la enfermera, ahí no apareció un médico en ningún momento) y luego ya lo cogieron, lo limpiaron, pesaron, vistieron y demás.
Nada más terminar, me bajé por mi propio pie (impagable esto, tengo que reconocerlo) de la camilla, me limpié, puse un camisón limpio y demás yo sola y me pasaron a una sala con el bebé para estar tranquila y ponérmelo al pecho (me preguntaron si se lo iba a dar, no lo dieron por supuesto, cosa que me gustó).
Cuando mi marido llamó a mi suegra, habían pasado 2 horas desde que habíamos dejado al niño en su casa, así que al principio se pensó que mi marido le estaba tomando el pelo. Mis padres igual, que por qué no les habíamos llamado cuando supimos que estaba de parto? Pues porque no hubo tiempo…
Nada más subir a la habitación (compartida con otras 2 más) me duché y me metí un bocata de jamón, reservado para la ocasión, entre pecho y espalda que me sentó divinamente. Me impresionó mucho lo mayor que me pareció mi hijo de pronto cuando vino a conocer a su hermanito. Había dejado de ser mi bebé… Ahora era mi niño mayor!
Lo de compartir habitación al principio me daba pavor y pensé en pedir una para mí sola (y pagarla, claro), pero después tuvo sus ventajas: Las visitas eran de pocos en pocos y se quedaban también menos tiempo. Y las de mi habitación no iban a convertirse en mis mejores amigas, pero eran agradables y educadas y se agradece tener a alguien en la misma situación al lado con la que poder hablar de dolores, molestias y niños (eran 2 cesáreas, así que yo me obligué a tragarme mi quejiquismo habitual viendo el percal que tenían las otras pobres).
Una cosa que me encantó del hospital fue el concepto “campamento de madres” que tienen montado allí. El primer día me trajeron la comida a la habitación pero en cuanto me empecé a encontrar mejor me medioobligaron a pasar al comedor (uno especial pequeñito para recién paridas a 10 pasos de la habitación) con las demás. Al principio me pareció fatal, pero después me gustó mucho poder estar con otras más afines a mí, en la misma situación, criticar a la enfermera nazi de por las noches, comparar pediatras…etc. Marujear, vamos. Y, teniendo en cuenta que mi marido no podía estar ahí todo el día conmigo (se tenía que ocupar del mayor), me hizo sentirme bien acompañada.
También tenían salas para dar el pecho, cambiar los pañales y demás. Había una sala sólo para mujeres y otra donde podían entrar también los maridos. Y enfermeras pululando por ahí, dispuestas a ayudar en todo lo que pudiesen. Y lo mejor de todo: LA ROPA!! No tuve que llevar ni un body! En la misma sala, había armarios llenos de ropa igual para todos (no era muy mona, pero qué más da, lo que le faltaba a mi marido el pobre era tener que irse llevando bodies y ropita sucia, lavarla, plancharla y volver a traerla), así que cuando se ensuciaba el niño, le cambiabas ahí y punto. Eso sí, no le bañaron ni un día (le limpiaban por la tarde y le miraban el cordón) y me prohibieron bañarle yo hasta que se le cayese el cordón y después de eso con moderación, o sea, una vez a la semana como mucho. Me lo pasé por el forro, por supuesto.
A los 3 días me mandaron a casa, después de la primera revisión pediátrica (se la hicieron en el hospital, así que una gozada).

Hombres y embarazo

En realidad no lo quería hacer público tan pronto por si las moscas, pero la situación me enerva bastante y necesito desahogarme.

Estoy embarazada otra vez. De 7 semanas. Buscado y deseado, es lo que queremos: 3 niños. Y, en vista de la situación y las facilidades que tenemos las madres en Alemania a la hora de ponernos a trabajar o trabajar en absoluto (sobre todo en el oeste y sur del país y sobre todo en los pueblos), pues los dos últimos tienen que ser seguiditos, aunque de esto ya hablaré en otro momento.

El caso es que mi marido lo sabe, claro, y aún así y aún siendo el tercer embarazo por el que pasa él también, no entiende los cambios si no son visibles… A partir del 5º mes, cuando la tripa ya empieza a redondearse y es obvio para cualquier observador externo que estoy embarazada, entonces sí, entonces puedo estar cansada, malhumorada (pero no mucho)…etc. Pero ahora, durante los 3 primeros meses, cuando todavía no se nota pero cuando una realmente se va quedando dormida por las esquinas, tiene náuseas, pocas ganas de jaleo erótico y demás, como se me ocurra decir “estoy agotada” o “no me apetece” o “tengo el estómago revuelto” mi marido me sigue mirando como si le estuviese contando una milonga!! Y como encima le suelte “es que estoy embarazada, recuerdas?” me mira como si estuviese manipulándole con excusas tontas!!

Y lo que más me molesta es que, tratándose ya del tercero, debería de saber que esto es normal: Hemos ido a clases de preparación al parto donde explicaron los síntomas y cambios, sobre todo a los maridos, que se creen que tener un hijo es que se hinche la tripa y ya, hemos mirado en internet, tenemos conocidas embarazadas que cuentan lo mismo mismito… pero no hay manera, oye.

Hay veces que me encantaría, de verdad, que sólo por un día fuese capaz de sentirse como yo cuando estoy embarazada o cuando tengo la regla, con los dolores, los cansancios, las incomodidades y demás… Pero, claro, eso es imposible.

De momento, he conseguido que comprenda que no estoy todo el día rascándome la tripa en casa con los niños: El sábado me fui a pasar el día con unos amigos españoles a Múnich y se quedó él solito con los monstruitos. Cuando volví por la noche estaba como si le hubiese pasado una apisonadora por encima. Y el gusto que me dio el ver su cara de perrito apaleado cuando le dije “pues ahora imagina que, además de ocuparte de los niños, hubieses tenido que limpiar, cocinar, planchar, poner lavadoras, hacer las camas y demás”… (una que es tonta y se lo dejó todo preparado).

lunes, 15 de marzo de 2010

Parto en Madrid

Escribo esto para aquellas que estén dudando entre dar a luz en Alemania o irse a España para la ocasión, ya que a mi primer hijo lo tuve en Madrid (por Sanitas) y al segundo aquí en el hospital de Memmingen, sin ningún tipo de seguro privado. Primero hablaré de mi parto en Madrid, luego de mi parto en Memmingen y después haré una comparativa y me inclinaré por uno u otro, aunque supongo que se podrá deducir de mis afirmaciones cuál me gustó más.


- El parto en sí: En Madrid me indujeron el parto 14 días después de salir de cuentas y con oxitocina.

Fue una sensación rara, la verdad. Yo me imaginaba que rompería aguas a las tantas de la mañana y que llegaríamos al hospital jadeando y con el corazón desbocado, así que llegar al mostrador a la hora indicada, con la maleta en la mano, una cara “estupenda” y decir “Hola, tengo cita para dar a luz” me resultó un poco frío. Tengo que decir que estaba tan tan harta que en ese momento me dio igual, yo sólo quería soltarlo.

Me hicieron pasar y me prepararon para la ocasión: Camisón “sessi”, enema (más sessi todavía cuando tu marido está delante), las ventosas dichosas (cómo las odio) y los tubitos de goteo. En mi familia somos muy rápidas (ya os daréis cuenta en el relato del parto alemán), así que al poco de empezar el goteo, rompí aguas y las contracciones se hicieron insoportables. Enseguida (aunque en ese momento me pareció una eternidad) bajó el anestesista y me puso la epidural. He de decir que me decepcionó bastante: Sí que me alivió el dolor de las contracciones pero este no desapareció por completo, así que cuando me tocó empujar me negué y pedí a gritos que viniese el anestesista otra vez a pincharme algo, que eso dolía mucho. La ginecóloga no me dio una torta por tontadelculo (aunque me la merecía), pero como el niño ya estaba casi y no había manera de convencerme, sacó el bisturí y preparó aquello para meter los fórceps. Le hubiese bastado con enseñármelos porque cuando la vi montarlos me puse a empujar como una loca y ya salió, pero la episiotomía bestial no me la quitó nadie. A todo esto había llegado ya el anestesista y me había inyectado ese algo por el que gritaba, así que cuando me subieron a la habitación, me encontraba estupendamente (eso sí, cuando se me bajó la anestesia, me di cuenta de que no estaba estupendamente, sino anestesiada totalmente, y que no tenía que haber estado removiéndome en la cama y presionando los puntos). El trato, tanto del médico, como de los enfermeros, matronas, anestesista y demás que estuvieron presentes fue estupendo. Lo que no me gustó mucho, ni a mi marido tampoco, es que sólo le dejaron estar presente al final y una vez embutido en una especie de traje de astronauta. Para evitar infecciones, vale, pero demasiado poco que le dejaron al pobre colaborar.


- En planta: Era un hospital privado, así que tuve una habitación para mí sola con camita supletoria para mi marido, tele, comida en habitación…etc. Eso sí, la privacidad de la habitación facilita situaciones poco relajantes para la recién parida: A las 3 horas de dar a luz había 11 personas en el cuarto, achuchando y flasheando con cámaras diversas al recién nacido y nada sensibles a situaciones como, por ejemplo, querer dar el pecho con tranquilidad. Vamos, que mi cuarto parecía un bar a la hora del partido. Las enfermeras muy atentas, eso sí, sobre todo teniendo en cuenta nuestro grado de pardillez (tanto la mía como la de mi marido) que no sabíamos ni cambiar un pañal. Nos explicaron y ayudaron en todo y me proporcionaron todas las drogas necesarias para volver a mi estado anestesiado durante las noches (que menuda episiotomía). Eso sí, no me preguntaron en ningún momento si había ido al baño ni me explicaron las complicaciones que pueden surgir si no tomas las medidas adecuadas al principio (el segundo parto que tuve a los 15 días de dar a luz, las hemorroides…etc.).


- Postparto: Fue terrible… Por el tema de ir al baño, sobre todo, y porque mi marido se tuvo que volver a Alemania a los 3 días (pero llevaba ya 20 días en España y no se podía quedar más, que el retraso del parto se había comido ya todas sus vacaciones). Estuve 14 días en casa de mi madre: una gozada. No tuve ni que limpiar, ni que cocinar ni que hacer nada de nada. Yo era la reciénparida y, como tal, el centro de todos los mimos y detalles (después del bebé de 4 kilazos que tuve, claro). A los 14 días me cogí un avión y mi otra yo (porque después de tener un bebé ya no eres la misma) se plantó en casa de mi antigua yo… Fue un poco traumático volver a casa con toda la parafernalia después de casi 2 meses fuera y a cuerpo de reina y estar, de pronto, completamente sola con el bebé la mayor parte del día. Este tema, de todas formas, lo trataré en otro momento porque quiero explayarme con él.

Presentación

El nombre del blog lo dice todo ¿no?

Soy una madrileña de 28 años que vive desde hace 6 en Alemania.
Estoy casada con un autóctono y tenemos un niño de 3 años y otro de 6 meses.
Los 4 primeros años los pasé en Berlín, pero desde hace dos vivo en un mierdapueblo pequeñito en el sur del país.
Este blog lo he abierto para hablar de mis experiencias como madre, como expatriada y como madre expatriada. Y, por supuesto y sobre todo, para echar pestes del mierdapueblo alemán en el que vivimos, que ha sido la marcha que tiene la que me ha empujado a lanzarme a la aventura bloguera. O esto o un amigo invisible y, como no quiero que me quiten la custodia por loca, pues…
No pretendo sentar cátedra. Me imagino que mucho de lo que cuento o mi visión de Alemania y España no coincidirán con la de muchas que se encuentran en mi misma situación. Pero estoy segura de que coincidirá con muchas otras. Lo que sí que pretendo es pasármelo bien y que se lo pasen bien los que lean esto, así que intentaré rescatar mi sentido del humor.